Festival Internacional de Poesía de Medellín

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Anti-Platón

Por Yves Bonnefoy
(1947)

I

Se trata de este objeto: cabeza de caballo más vasta que la naturaleza donde toda una ciudad se incrusta, sus calles y sus murallas corriendo entre los ojos, abrazadas al meandro y a la prolongación del hocico. Un hombre supo edificar de madera y de cartones esta ciudad, iluminarle sus flancos con luna verdadera, se trata de este objeto: la cabeza de cera de una mujer que gira desgreñada sobre el plato de un fonógrafo.

Todas las cosas de aquí, país del mimbre, de los vestidos, de la piedra, o para decir mejor: país del agua sobre los mimbres y las piedras, país de vestidos manchados. Esta risa de sangre cubierta, les digo, traficantes de lo eterno, simétricos rostros, ausencia de mirada, pesa mucho más en la cabeza del hombre que las perfectas ideas, ésas que sólo saben desteñirse en su boca.

II

El arma monstruosa un hacha con cuernos de sombra llevada sobre las piedras,
Arma de la palidez y del grito cuando giras herida en tu traje de fiesta,
Un hacha ya que es necesario que el tiempo se aparte de tu nuca, Oh pesada y toda la densidad de un país sobre tus manos al caer el arma.

III

Qué sentido prestar a esto: un hombre forma con cera y colores el simulacro de una mujer, la adorna con todas las semejanzas, la obliga a vivir, le prodiga con un sabio juego de iluminaciones esa vacilación incluso al borde del movimiento que también expresa la sonrisa.

Luego se arma de una antorcha, abandona el cuerpo entero a los caprichos de la llama, asiste a la deformación, a las rupturas de la carne, proyecta en el instante mil figuras posibles, se ilumina de tantos monstruos, ¿experimenta como un cuchillo esa dialéctica fúnebre en que la estatua de sangre renace y se divide en la pasión de la cera, de los colores?

IV

El país de la sangre se persigue bajo el vestido en carreras siempre negras
Cuando se dice, Aquí inicia la carne de la noche y los falsos caminos se llenan de arena
Y tú sabia cavas para la luz de altas lámparas en los rebaños.
Y te vuelcas sobre el umbral del país insulso de la muerte.

V

Cautivo de una sala, del ruido, un hombre mezcla cartas. Sobre una: «¡Eternidad, te odio!» Sobre otra: «¡Que este instante me libere!»

Y sobre una tercera el hombre aún escribe: «Indispensable muerte.» Así, sobre la fisura del tiempo camina, iluminado por su herida.

VI

Somos de un mismo país sobre la boca de la tierra,
Tú de un sólo chorro metálico con la complicidad de los follajes
Y aquél que se llama yo cuando el día declina
Y se abren las puertas y se habla de la muerte.

VII
Nadie puede arrancarlo de la obsesión de la cámara oscura. Inclinado sobre una cubeta intenta fijar el rostro bajo la capa de agua: siempre el movimiento de los labios triunfa.

Rostro sin mástil, rostro extraviado, ¿bastará tocar sus dientes para que ella muera? Al paso de los dedos puede sonreír, como cede la arena bajo los pasos.

VIII

Cautiva entre dos ladrones de superficies verdes calcinada
Y tu cabeza de piedra ofrecida a los ropajes del viento,
Te miro penetrar en el verano (como una mantis fúnebre en el cuadro de las hierbas negras),
Te escucho gritar en el revés del verano.

IX

Se le dice: cava este poco de tierra mueble, su cabeza, hasta que tus dientes hallen una piedra.

Sensible solamente a la modulación, al paso, al estremecimiento del equilibrio, a la presencia afirmada en su estallido que ya lo cubre todo, busca la frescura de la muerte invasora, triunfa holgadamente de una eternidad sin juventud y de una perfección sin quemadura.

Alrededor de esta piedra hierve el tiempo. Con sólo tocar esta piedra: las lámparas del mundo giran, una iluminación secreta circula.

Traducción de Pablo Montoya

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