Festival Internacional de Poesía de Medellín

Yves Bonnefoy
La palabra es ya el olvido


Por Carlos Vásquez

“Vestida del color con que esperan los muertos”, la poesía de Yves Bonnefoy rodea un raro silencio, lo escribe. Ya que al hacer del silencio la morada del poema se restablece una complicidad primera de la palabra, no con la memoria que la perpetúa sino con el olvido que la exhibe a la luz y la borra.

Eso, como la espera, es de la muerte, a decir verdad de la alianza que sellan vida y muerte en esta escritura, extraña y penetrante como un grito.

Poesía en la que se decide hablar lo callado que nos señala.

Poesía en que el silencio es la luz, y esta la sutil hermandad de la palabra y su sombra.

Poesía en que la inmovilidad es un vértigo, un movimiento desbordado en su contención, como Douve, mujer en cuyos labios sangra el frío, “más bella que el rayo cuando mancha las blancas ventanas de tu sangre”. O esta otra Douve, que según el diccionario es Zanja, Foso, y en la que el movimiento evoca más bien el deslizamiento de las mínimas piedras y que halla en el ojo del poeta esa otra embriaguez, la de lo que rueda sin apenas caer, morir, sombra que se desliza por la sangre. Mirada fija donde la flecha cae. Oigo a Bonnefoy: “Sólo hay una voz en busca de lo inasible que si bien no lo encuentra lo revela, nos dice dónde está, lo señala”.

¿Cuántos de entre nosotros van tras esa voz que apenas se muestra, que se parece más al mutismo que al eco que nos imponen? La que da testimonio de ese imposible sonido, amordazado y torturado. Al evocar a Celan, Bonnefoy sabe que el silencio –celebración imposible- es violencia, que calla en nosotros la herida de hablar. Ya que las palabras están “disponibles pero sin eficacia suficiente, cerradas aunque inmanentes, engañosas en el instante mismo de la notación más escrupulosa”. Por eso su poesía es desgarrada e insurrecta, enseña que cada voz es ella y el silencio que la revela. De ahí a la poesía concebida como un acto hay sólo un paso. “Desde hace un siglo... la poesía de Occidente se cristalizó en temas de exilio, de posesión, de rechazo. Pero la poesía no debe describir simplemente la ausencia –sólo sería entonces relato. Debe ejecutar un acto “el único acto valedero: desprender la presencia de la ausencia, hacer de lo irremediable y del límite nuestra verdadera reencarnación”.

La poesía da fuerza para destruir. Es la más alta resistencia, a la opresión que conlleva estupidez. Hay que triturar el rostro esculpido en la hipocresía, su forma, su belleza. Blasfemar la prometida perfección. Ya que “la imperfección es la cima”.

Poeta prácticamente desconocido entre nosotros, autor de una obra fundamental –Hier régnant désert; L’Ordalie; Dans le Leurre du Seuil; Ce qui fut sans lumière; Du mouvement et de la immobilité de Douve; La oú retombe la flèche- son suyos ensayos en un tono que reúne pensamiento e imagen, lúcida medita la poesía, la pintura, la historia, la filosofía. Algunos de los más importantes fueron reunidos bajo el sugestivo título de Lo improbable.

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