Festival Internacional de Poesía de Medellín

Alfonso Fajardo (El Salvador, 1975)

Brillante

Y atribulado,
artificial
y hasta un poco sencillo,
guardás el polvo
de las monedas en tu bolsa;
tomás el microbús
y –sin recipiente para el asco-
aguantás
el vómito fosforescente de lo tragado;
tenés sexo
con la mujer de tus sueños
y luego ella misma te despierta;
fumás un cigarro
que no tiene marca
y respirás su azul olor en tus dedos;
caminás por la noche de la ciudad
y en ella te desvanecés
como la sombra en el agua de los ojos;
mandás al diablo al tiempo,
escupís con desprecio el rostro del santo,
maldecís a tu familia,
mordés la mano de tus amigos,
matás al perro de tu vecino,
orinás en la iglesia,
golpeás a las ancianas,
matás a tu papá,
a tu mamá, a tus hermanos;
matás y matás dulcemente
y luego te sentás a ver la televisión,
te preparás una deliciosa tasa de café,
te dormís
y soñás con los angelitos
hasta el nuevo
brillante día que viene.

Marzo y 14 de 2001.

Coronación amante

Como un Nonualco que se corona
entre pavesas de piedra virgen
como un poeta que se adhiere
al abono de luz del calcio
así me yergo ante los pezones verdes
trepidando en antiguas brasas
hasta sangrar de alba mis pasos
Respiro una bruma indescifrable
de astillas y pétalos
su cuerpo moldeable
por los fríos puñales del tiempo
Voy rumiando nuevas alas
tatuadas a la tierra recién reciclada
de tantos recuerdos innombrables
y tanta de llama de odio prendida en éxtasis
Existo en una percepción
donde palpo abismos y negros
y rostros amantes de un estigma
que es el mismo
para todas las voces del pájaro embriagado
de acuerdos rosa y sombreros inéditos
Soy porque digo sal
a cada herida heredada que hoy me corroe el zurdo corazón
Pero no bebo los licores de las banderas
no doy mi canto fúnebre al porcino
ni al cuervo mi diaria muerte
Hoy sólo beatifico toda la sangre
que bulle en mi ventana
porque como el caudillo
hoy me corono de tierra y nada más

Psicografía

Valproato y Fenobarbital. Botella al mar. Bestiario. Iglesia ensangrentada. Tengo sed. Todos los días, la bestia amarilla, se yergue sobre mis hombros. Abandonado, podrido veintiséis veces, el reloj de gelatina, caminas las empedradas escaleras, sus oscuros y dañados espejos. Pantera, la fútil imagen, se desliza frente a mi ventana. Y la ventana, sometida a una lluvia de ceniza escarlata, reducida al último rincón de la casa en ruinas, mira bailar al mundo exangüe. Todo estéril. El vicio con que me engaño, la mujer con que me lavo, la palabra con que me masturbo. ¡Ah mártir de mí mismo!, ¡despreciable niño sarnoso con alma de perro!.

Vano el zapato, el asqueroso tambor. El aire, inyectado de crápulas, navega inmune en mis venas. Pentagrama podrido en el cielo. Estructura, adónde tus zonas erógenas, tus cosquillas pederastas. El tiempo cose su musgo en mi mirada, las calles me maldicen y el poro, el único poro adecuado para mi negra sed, corre hacia lo seguro, a lo común y corriente. Toda pintura, pese a sus fugas de nácar, perecedera. Hombre, sinónimo de muerte. Muerte, espina dorsal del mundo. Mundo, pozo plétora de hombres. Jaurías, asambleas de decapitaciones, cuerdas flojas, aquelarres de payasos, llameantes palabras de sombras, sed de otro mar, flores asesinas y orgásmicos espirales de prolongada sangre. Las veintisiete noches de la noche, en el monólogo de la polvosa y abandonada ventana, han fundado su pequeño, mutante y solitario gusano. Infierno, todos te rodeamos. Miro al mundo, y si horizonte me evade; pregunto a los astros, y guano obtengo. ¿Qué quiere, entonces, la drogadicta pintura de mí?. ¿Que licencioso una vida camine, que eternamente espere la cicatriz de mis sueños, que le sea fiel al perro que muerde mi mano que me identifique con las palabras de mi verdugo, que entierre mis demonios, que vomite mis preguntas y que –entre el dulce veneno de la mediocridad y el aletargamiento más hereje- amanezca verde fosforescente frente a la basura del tiempo?. ¡Ah, si la vida tan sólo fuera eso!. Dejadme en paz, cobarde, corrupto dedo acusador. ¡Que todos mueran a mi costado!. Que dios se vaya al diablo, que mis amigos ardan en la lepra del odio, que la esperanza se desgarre las vestiduras de lo imposible y que todos, a la mierda, enfilen su hambre. ¡Dejadme en paz, corrupto, usurero mundo inexistente!. El cáncer del tiempo ha crecido en mis venas. Con todos y conmigo estoy en paz, y mi paz es un azaroso, bello infierno.

 

Alfonso Fajardo nació en San Salvador, El Salvador, en 1975. Poeta y crítico literario, es miembro fundador del Taller Literario TALEGA. Libros publicados: Novísima Antología, Mazatli, 1999; La Danza de los Días, Editorial Lis, 2001; y Los Fusibles Fosforescentes, Editorial Cultura, Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala, 2002. Ha publicado artículos y textos en Suplementos Culturales y Revistas Literarias y participado en congresos y encuentros poéticos en Centroamérica. Ha publicado sus poemas en: Antología de una Década, 1985-1995, recopilación de los ganadores de los Juegos Florales Salvadoreños, Zacatecoluca, CONCULTURA, 1997; Juego Infinito, plaquette antológica del Taller Literario TALEGA, CONCULTURA, 1999; Alba de Otro Milenio, Antología de Poetas Jóvenes de El Salvador, CONCULTURA, 2000; y Diccionario de Autores Salvadoreños, compilado por Carlos Cañas Dinarte, 2003.
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