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Luis María Martínez (Paraguay, 1933)

El pueblo es un gigante

No importa que al presente sea como:
nulo poder, poderío gigante no ejercido,
clamor difuso, mustias convicciones,
mudez difusa, ¡mudez de tantos!
El pueblo es un gigante incuestionable.
Gigante con el gesto de la mano.
Gigante con los raptos de su asombro.
Gigante con la sombra de su vida.
Gigante con la voz de su garganta.

El pueblo es un gigante soterrado.
Gigante con el río de sus vidas.
Gigante con sus pasos en la historia.
Gigante que ambicionan los mortales.
Gigante desterrado entre las gentes.
Gigante con millones de videntes,
de sordos y de oyentes,
de ciegos con virtudes musicales.
(¿Gigante oscuro, mustio o desterrado?).
El pueblo es un gigante.
Gigante con la llama de una estrella.
Gigante que al moverse es una fragua.
Es yunque que soporta fieros golpes.
Es golpe que se inserta en los martillos.
El pueblo ha sido siempre un buen gigante.
Gigante que a la historia ha dado fuego.
Y ha dado mar y chispas y maderas.
Valor de un Goliat con piedras sueltas.

El pueblo es un millón, varios millones,
que al clamar con valor en toda historia
lo impulsa a que ejercite: ¡un salto hacia adelante!
¡El pueblo es un gigante inusitado!

En el tiempo este pueblo

En el tiempo este pueblo
fue muy próspero y hondo
que lo echaron de bruces,
que le dieron de muertes,
que los valles hedían de muertos,
que los cerros penaban de muertos,
que los ríos corrían con muertos,
que los pueblos olían a muertos,
que las calles...
Lo pialaron muy fuerte.
Le quitaron la casa.
Y la casa, su pan y su risa.
Empezaron a ararle
con historias que eran bien otras,
le inventaron de cosas...
que otro nombre era el nombre del pueblo,
que otros héroes eran los héroes del pueblo,
que otra lengua era la lengua más buena,
pues la suya era tosca y grosera,
tan grosera que hería en los labios,
que debía olvidarla,
que debía no hablarla,
y tirarla de nuevo a los bosques...
Que su música cierta era otra.
Que su voz de labriego era otra.
Que sus cantos.
Parcelaron su mapa (cada vez más pequeño lo dejan)

Se instalaron los feudos
con capangas y cepos y hambres,
se vinieron los antes.
Se detuvo la historia.
Le cortaron las alas.
Le pusieron de hinojos.
Y en el aire vibró la nostalgia.

De un pasado pasado a leyenda,
de una lucha feroz por ser libre:
«si hace falta morir moriremos,
si no hay armas, sin armas caeremos,
lucharemos con todo,
y hasta el fin marcharemos...».
Y siguieron silencios fatales.
Un paréntesis grave.
De gran pueblo a pueblo caído.
De vidente a cegado.
De hablador a callado.
De saciado a hambriento.
Se inició un musitar de tristezas:
que oprimido, trabado y sin nada,
se arrugó de tan triste,
se vistió de gran luto,
e inició el novenario bien pronto,
a rezar lo que tiene
en feroces dolores que sangran,
por su cuerpo de pueblo atrapado,

por sus aires de pueblo sin aires:
¡el de un pueblo sin nombre y sin nada!
Desbordó su mortal letanía...

 

Luis María Martínez nació en Asunción, Paraguay, en 1933. Poeta, cuentista y ensayista. Presidente de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP) de 1990 a 1991 y director de la Revista “Estudios” entre 1986 y 1990. De extenso recorrido poético, su obra se caracteriza por un fuerte acento crítico-denunciatorio. Varias veces galardonado con premios literarios, ha publicado más de una docena de libros, de los que se destacan en particular los poemarios Armadura fluvial (1961), Ráfagas de la tierra (1962), Desde abajo es el viento (1970), Clarea el firmamento (1975), Perpetuamente alondra (1982 Primer Premio del Concurso de Poesía 1980 del PEN Club del Paraguay), Ya no demora el fuego [1969-70] (1986) y una muy valiosa recopilación antológica, en dos tomos, de la poesía social paraguaya: El trino soterrado, volúmenes I (1985) y II (1986).
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