Festival Internacional de Poesía de Medellín

Colombia, metáfora y paradoja
El país visto desde la poesía

Por Nicolás Suescún

Cuando tenía 29 años, compré un grueso cuaderno, y empecé a escribir, después de haber leído ávidamente y de haber escrito unas pocas reseñas de libros. Era un grueso y estupendo cuaderno, donde escribí mis primeros cuentos y poemas, y que es la base de Los cuadernos de N. Este es uno de los pequeños poemas de este libro:

La muerte blanca,
tan diaria,
no es la muerte.
La muerte es la injusticia,
la traición y el olvido.

Desde que empecé a escribir poesía una de mis obsesiones, si no la principal, fue el otro, el marginado, el pobre, el oprimido. Es decir, la injusticia encarnada en las víctimas de una sociedad cruel e hipócrita. Al lado de los poemas personales, quizás demasiado quejumbrosos, hay retratos, visiones fugaces, de nuestros intocables y de algunos de los caídos en la tremenda hecatombe que ha sido nuestra historia durante la mayor parte de mi vida. En un poema titulado “Víctimas” digo que “el olor nauseabundo de sus huesos ardiendo / me ahoga todo el tiempo”; en otro digo, “El lamento del hombre sin voz, / la palabra del que no sabe hablar, / la mirada del ciego, es esto lo que busco”.

Estos son poemas en que describo a ese otro, y en que me pregunto por qué no estoy en su lugar. Y aquí se presenta ante mí la injusticia del mundo. ¿Por qué estoy yo aquí, mirándolo desde la ventana al pasar por la calle, o echado en el andén espulgándose como un perro, y cómo cierro los ojos y paso, indiferente, o lo miro desde la segura distancia de la ventana? ¿Acaso unos pocos poemas sociales y tímidos justifican lo que viene a ser mi real indiferencia ante el genocidio? ¿Ante el terror paraestatal? ¿Ante el horror de las fosas de los paramilitares? ¿Ante el millón o más de infames asesinatos y ejecuciones extrajudiciales—igual o mayor que el número de bajas que tuvieron los estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial— que ha habido en Colombia desde 1948, lo que demuestra que hemos vivido en un cruenta y sorda guerra —la única en expansión en América Latina, según los historiadores— que afecta más que todo a inocentes campesinos pobres y desposeídos?

He hablado de mi indiferencia. En realidad no lo es, puedo afirmar que tengo una pasión por la liberación del hombre, solo que es una pasión que solo puedo expresar a través de lo que escribo. Lo que siento más bien es una impotencia, es la pregunta que tal vez todos nos hacemos: ¿qué efecto tiene nuestra poesía en los lectores? ¿Podemos cambiar la sociedad? ¿o solo podemos hacer que unos pocos cambien su forma de verla? Tal vez, pero el efecto en la sociedad en general de la poesía que sobrevive es a largo plazo y opera en forma casi subterránea, se podría decir. No es algo medible. No se pueden hacer estadísticas al respecto. Pero hay un hecho irrefutable: la lectura de la poesía es la mejor manera de comprender el mundo, de verlo. Stendhal dijo que la novela era un espejo al borde del camino, yo creo que la poesía es el espejo del mundo.

Y aquí viene a cuento el nombre de este Encuentro, “Colombia, metáfora y paradoja. El país visto desde la poesía”. Dos cosas hay que anotar sobre el sugerente título. La primera es que solo se le ha podido ocurrir a un poeta. Sospecho quién es. La segunda es que Colombia no puede nunca ser una metáfora, porque es una realidad terrible y maravillosa a la vez. Pero una metáfora es una relación verbal. Es decir una realidad no puede ser una metáfora, puede ser todo, menos una metáfora. Pero la palabra “Colombia” sí es una metáfora… ¿de un país asesino, acaso, como lo califica Fernando Vallejo para justificar su ridícula y publicitaria renuncia a la ciudadanía? He pensado primero en esto, porque esta clase de enunciados esconden la verdad. Ningún país es asesino, y menos éste. Sería más exacto decir que Colombia es un país asesinado, o más bien martirizado, explotado, engañado, despojado, humillado, presa de la barbarie.

Pero tampoco esto es del todo cierto, y de aclarar esta visión se encargan los poetas, tan distintos ellos como todos los demás hombres y mujeres, pero con la capacidad de expresar sus dolores y alegrías, su infinita riqueza humana, y también la belleza y el horror del mundo. Pero lo hacen de muy diferente manera.

Lo que importa, creo yo, en el poeta es si hay lugar en él, en su estética, para la sangre y la carne, es decir si pinta la realidad —la suya, si se desnuda y se muestra tal cual es, y por medio de esto nos da una visión del mundo que nos ayuda a verlo con otros ojos, y así enriquecer nuestra vida— o si crea un mundo alterno de imágenes que nos ayuda, por contraste, a entender el mundo concreto que nos rodea, o que describe o fustiga la realidad,enriqueciéndonos también, ayudándonos a entender la historia y a respetar al ser humano. Y a guardar la memoria de los muertos porque como escribió Aurelio Arturo, “…los que no volvieron viven más hondamente”, / los muertos viven en nuestras canciones”.

También hay poetas exóticos, que se mueven y respiran el aire de la cultura y la música europea, y que nos hablan de países extraños, y de la bohemia que es el más extraño de todos los países, habitada por seres nocturnos extremedamente pálidos y brillantes. El mayor de ellos pero también el más colombiano, es León de Greiff, porque como dijo Jorge Zalamea, a Colombia, a la sociedad, lo ata el “vínculo del idioma”, que nadie ha como manejado con mayor destreza y virtuosísmo. Todas las formas poéticas y parece que todas las palabras, y centenares de palabras inventadas o rescatadas del olvido y que solo quedarán en su obra. Pero hay en ella una visión única y descarnada, llena de gracia y de humor, de la realidad circundante, que para él fue el proceso de la colonización antioqueña.

Otra cosa es la acción viril, talando montes,
esguazando torrentes, desnarigando breñas, rompiendo la roca del oro,
desdoncellando la tierra germinadora,
vagando primitivo bajo el sol —sobre lentas
aguas o procelosas —indolente:
o haciendo versos, haciendo versos
lejos de la algazara citadina, lejos del vocerío
de aquestos pajarotes que alborotan y aturden
y se roban el grano…

Este fragmento es uno de los tantos en su obra que pintan esa saga, que taló los árboles centenarios de la propia Antioquia y de Caldas, Quindío, Risaralda y el norte del Tolima, labor destructora que fue continuada por los cultivadores del café caturro que talaron los maravillosos y centenarios bosques a la sombra de los cuales se daba el mejor café del mundo. Fue este un proceso similar al de la conguista pacífica de cualquier país.Pero la historia de Colombia ha sido la historia de la depredación, de la destrucción constante de la tierra, y ahora tenemos esas grandes haciendas utilizadas ahora para enterrar a decenas de miles de personas inocentes… descuartizadas. Ha sido, es, una espantosa rapiña. Grandes terrenos donde podría haber cultivos o ganado usados como tenebroso cementerio clandestino… mientras hay 3 millones de desplazados, la mayor parte niños que crecerán en la miseria y la ignorancia. También esta es la historia de Colombia, porque ellos son las víctimas inocentes de la lucha sin cuartel por la posesión de la tierra, no para cultivarla, ni mejorarla, ni protegerla, sino para poseerla. Simplemente para poseerla.

Es mucho lo que sugieren estos versos sobre Colombia, porque no solo describen la destrucción de la naturaleza que fue general —García Márquez cuenta la forma como talaron los espesos bosques de las riberas del Magdalena para alimentar los vapores en que viajaban a Europa los burgueses colombianos— sino que pinta despectivamente a la burguesía, esa “algazara citadina”, esos vocingleros “pajarotes que alborotan y aturden / y se roban el grano”. “Pajarotes”, ¡qué buena palabra en lugar de la inocente “pájaros”!

Y un poeta muy distinto, Luis Vidales, puede darnos una idea exacta de la alienación urbana, esa característica de las ciudades mucho más seria que la contaminación ambiental:

Ruidos en la ciudad que sólo es calles
y calles
en la ciudad que está de espaldas
volteada hacia adentro
hacia los interiores de las casas.

Y podemos ir de uno a otro poeta, descubriendo a Colombia, descubriéndonos.

Sin embargo, no nos podemos contentar con esto los poetas a los que nos duele el país y queremos hacer algo para que termine el desangre, para que salga a la luz la verdad, y para que haya paz y justicia, porque la paz y la justicia de Uribe es el premio para los paramiliares y el ocultamiento de la verdad. Creo que este Encuentro ha sido convocado para iniciar una acción. Yo propongo que ésta sea un gran movimiento que se llame “Por la paz de Colombia” (PLPDC), que empiece con una página de Internet en las que hablemos a nombre de las víctimas de la guerra, para las cuales no hay reparación, y en la que desbaratemos metódicamente las mentiras del régimen, y digamos la verdad sobre la opresión y la represión bajo la que vivimos, y que el 20 de julio de este año organice una enorme, una gigantesca, una millonaria marcha blanca y preferiblemente silenciosa en todas las ciudades y pueblos de Colombia en la que todos vistamos de blanco, con pancartas blancas, con afiches blancos, con vallas blancas. Que sea la revolución blanca, la revolución de la paz. Tumbemos a Uribe con la paz y el silencio.

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