Festival Internacional de Poesía de Medellín

 

 

Dos poemas de Auden: una lectura desde la actualidad
COMO VERSAR LA GUERRA

Por Germán Carrasco
(Artes y Letras de El Mercurio)

Dos poemas de W.H. Auden sobre soldados y batallas son releídos e interpretados hoy por tres poetas. ¿Qué rol cumplen el arte, y la poesía, en las guerras de hoy?

Es curioso que W.H. Auden, quien escribiera, entre otras, estos dos poemas acerca de la guerra -que hoy más que nunca cobran sentido-, haya señalado en el "Paris Review" lo siguiente: "En casos de injusticia política y social, sólo dos cosas son efectivas: la acción política conable y los informes periodísticos directos sobre los hechos. Las artes no pueden hacer nada. La historia política y social de Europa habría sido igual si Dante, Shakespeare, Miguel Angel y Mozart nunca hubieran existido". La pregunta es cómo abordar los horrores sin tomar el tema a la ligera y sin el mesianismo heroico y salvífico que, si fue efectivo en otros momentos históricos, hoy es algo así como una gesta ajena, improcedente, que no gatilla reflexiones ni moviliza sentimientos, ya que hoy la figura del héroe y la del representante, excepto para algunos, resulta ridícula. Pero la guerra es un hecho y en algún momento se presenta como tema en el arte y la literatura. El problema es el cómo. En el mundo medieval un reino luchaba contra otro, los que peleaban cantaban sus hazañas y el poeta estaba con la guerra; en el mundo moderno se rompe esta diferencia entre los hermanos y los otros (brothers and others) y a ningún poeta se le ocurriría justificar un ataque bélico excepto a algunos desquiciados que juegan con lo políticamente incorrecto, casos curiosos que se inflan como globo a costa de decir zarandajas. Otros, como Bruno Vidal, asumen el discurso de los torturadores (es muy fácil aún espantar al pequeño burgués y la prensa se caracteriza por seguir el juego del personaje, sin entender bien el trasfondo, el personaje que con el que Vidal juega); otro que se da el lujo de ser políticamente incorrecto cuando se le canta y que hace algún tiempo en "The Clinic" justificó los ataques a Irak señalando que "debía correr la sangre nutricia".

Poesía, poesía

La pregunta hoy es cómo abordar el tema de la guerra, de las guerras sin los recursos expresionistas y experimentales (gestos, gritos, manchas) propios del arte de posguerra europeo. Porque hay que decirlo en estos casos: con ciertos temas no se juega y por eso el poema comprometido mal hecho es además de inefectivo, políticamente obsceno. Para abordar la devastación, en algunos poemas contemporáneos el hablante pierde el sentido y comienza a hablar fragmentariamente, repite noticias, discursos, canciones infantiles, cifras, tratados, como si sólo se pudiera hablar del desastre desde la locura o repitiendo el discurso del adversario. Hoy en algunos poemas acerca de la devastación económica y los desastres aparece también una poesía de argumentaciones ensayística con gráficos y cifras precisas. Por ejemplo, un poeta cuyo libro es casi un ensayo político-económico se dirige a Shelley de la siguiente manera: "Oh, legislador del mundo, no fuiste ignorado en absoluto, / es sólo que fuiste considerado tal como exigías: se te dio el reino preferido, el variable, intangible y perfectamente ideal;/ el otro quedó para nosotros, dueños y destinados a regir/ territorios más concretos del planeta". Así comienza un libro de poesía ensayística acerca de la devastación económica argentina (Poesía Civil, Sergio Raimondi) que luego se plaga de datos de ensayo, la visión lúcida del sociólogo o politólogo que muchos rechazarían como poesía. El precio que pagan quienes se embarcan en la búsqueda de nuevas formas para abordar estos temas es el precio de siempre: la incomprensión y la reacción desmedida de quienes por miedo a lo nuevo y por conservar sus héroes y poéticas estáticas dicen: esto no es poesía. Entonces, reflexionemos a partir de un autor con el que todos vamos a estar de acuerdo, un clásico, con un autor que no genere anticuerpos. Auden, con este autor hasta el militante más obtuso, hasta el más conservador, hasta los roñosos del club de la insigne métrica, hasta los que tienen sus firmes dioses canónicos de la literatura chilena (de los que hablan durante toda una vida, yo no sé cómo no se aburren), hasta los pedantes adictos a las citas dolosas para engañar al palurdaje; todos, todos sin excepción, considerarían poesía lo de este señor de rostro misterioso y arrugas infinitas. Más que merecidamente. Quisimos saber cómo se leen hoy en día estos dos poemas de Auden y les consultamos a algunas personas. Incluimos las versiones de los poemas en español y los originales en inglés.

Daniel Samoilovich: Agradezco al poeta Germán Carrasco su pregunta acerca de estos poemas de Auden, uno de los cuales he tenido la oportunidad de traducir junto a la también poeta Mirta Rosenberg.

La pregunta es pertinente, y la vigencia de los poemas, extraordinaria. El "Blues de la Muralla Adriana" muestra a un soldado en los confines del imperio, velando por una idea que no entiende o un poder con el que no se identifica; extrañando a su chica, lejana, angustiándose por los que merodean en torno a ella. Creo que el asunto clave, la tremenda fuerza política del poema, finca en buena medida en el hecho de que este soldado no es un hombre idealizado, ni lo es su amor por su novia: el anillo que ella le dio, él cuenta frescamente que lo perdió a los dados, y por otra parte no anhela volver a su patria para consagrarse a algo especialmente útil, sino para mirar el cielo con el único ojo que imagina ha de quedarle. No es, desde luego, un gran objetivo, y sin embargo es enteramente respetable. Ese soldado solitario merece simpatía no por ser un héroe, ni un antihéroe, ni un enamorado, ni un ciudadano de pro, sino simplemente por ser un hombre; además, un hombre que, batido por el viento cruel de unos poderes que determinan su presente, pese a todo tiene el valor de reírse un poco de los demás y otro poco de sí mismo. Su propia simpleza torna más injusta su suerte; más aún que si fuera una especie de pacifista o progresista avant la lettre. Su sencillez y desparpajo son el espejo invertido donde se refleja, mejor que en cualquier otro sitio, la astucia infantil, cuando no la estupidez lisa y llana, que priva en casi todos los arrestos de guerra ofensiva a lo largo de la historia. El ritmo de cancioncilla, el fraseo popular del tetrámetro yámbico y sus rimas pareadas dan forma a este infantilismo, respetable y delicioso en el soldado, siniestro en los hacedores de la guerra.

Otra clave del pequeño poema es el punto de vista: Auden no asume la voz del bienpensante que se compadece del soldado, sino del propio soldado; es de su propia canción que surge ese pequeño gran personaje que hemos descrito; apenas se piense un poco en ello, se entenderá que ningún otro punto de vista hubiera podido llevar a ese resultado.

Éste es un rasgo característico de Auden: cada elección, cada palabra, cada acento da en el blanco, como alguien que tirara una moneda al aire y le metiera diez balas por el mismo agujero. Es la certeza total, la habilidad absoluta puesta al servicio de un sujeto poético que, como el sabio verdadero, es sabio porque quiere saber, no porque lo sabe todo; efectivamente, el poemita no es una monserga pacifista, no es una respuesta, sino una pregunta por el destino del hombre y el sentido de la historia; pero qué poco significativas suenan estas palabras enunciadas como conceptos, en contraste con la visibilidad perfecta de nuestro soldado al pie de la muralla. Es la poesía la que da significación a las ideas, desde los presocráticos en más, pasando obviamente la metáfora de la caverna de Platón.

El otro poema, en la forma más serena, más suavemente irónica, del soneto, lleva la atención hacia la conversación de unos dignatarios, unos supuestos "altamente entrenados" de los que depende la guerra, el dolor de los demás. Visibilidad es otra vez la palabra: magistralmente, el poema abre con el aflojamiento de la presión del día, el aire que ha sido limpiado por la lluvia y los picos lejanos que se ponen en foco; sólo después, aunque no mucho después, "entran en foco" los personajes, y ese paisaje límpido es indispensable para que el calmo horror de lo que están haciendo -jugar a la suerte de su conversación una guerra- pueda medirse en toda su extensión. Las montañas, las flores hábilmente cultivadas, son el mundo de la naturaleza y la cultura que enmarcan, impasibles, una tormenta de destrucción y sufrimientos que aquellos "entrenados" con sus zapatos caros están perfectamente capacitados para desencadenar.

Los dos poemas me hacen pensar en unas conversaciones recientemente desclasificadas de los años 60 en el Salón Oval de la Casa Blanca, donde el presidente John Fitzgerald Kennedy, su Secretario de Estado y los jefes de las fuerzas armadas discutieron la crisis de los misiles cubanos: toda la escena es de una obscenidad escalofriante los militares querían tiran una bomba atómica sobre Cuba, McNamara se oponía, Kennedy dudaba; la suerte de millones pendía de un hilo, de una maniobra soviética para lograr el retiro de los misiles de la OTAN emplazados en Turquía, llevada a cabo con una temeridad delirante, como delirante era la voluntad de Fidel Castro de transformarse, a él y a su pueblo, en mártir de la revolución mundial, como delirante era la reacción de los altos mandos norteamericanos. Aquella deliberación en la Casa Blanca, leída en sus avatares textuales, parece una mala copia de una escena de comedia, o mejor, de una pieza histórica de Shakespeare llena de nobles ambiciosos, infantiles y tunantes; todo sería ridículo, si no fuera porque de aquella mala copia dependían la vida y la salud de seres humanos reales, por no decir la sobrevivencia de la humanidad entera.

Si aquella escena, que involucra a uno de los presidentes más "esclarecidos" del siglo XX, nos pone los pelos de punta, ¿qué pensar de estas otras pésimas copias de aquellas malas copias que son Bush, Rumsfeld y Wolfowitz? Me temo que aquí no hay ni siquiera un McNamara que aporte una cuota de sentido común, sino un fundamentalismo perfectamente peligroso que hace de todos nosotros unos soldaditos piojosos apostados en el fin del mundo, unos jardineros mirando impotentes cómo unos sujetos "altamente entrenados" deciden nuestra suerte, con la colaboración de una banda fanática y criminal otrora alentada por ellos mismos contra la URSS, y que hoy asume el papel del enemigo, les levanta la adrenalina y les da pretexto para la "acción". ¡Esta gente ha visto demasiadas películas de vaqueros, mientras comía pretzels grasientos! ¡Uno de ellos ni siquiera es capaz de hacer las dos cosas al mismo tiempo! Vaya si Auden es actual: es actual su mensaje político, y lo es porque su eficacia poética es absoluta, una demostración de lo mucho que la poesía puede aportar para sustraerse a los cantos de sirena de la guerra y la violencia, abstracciones, disparates y mentiras por las que sufren seres humanos de verdad.

Hernán Bravo Varela, poeta mexicano: Siempre resultará poco acertada la invocación de un gran poeta con torpes epítetos como "social" y "comprometido". Toda palabra poética genuina -y pienso, en ese sentido, en The Waste Land, de Eliot, o en un Canto poundiano como "With usura"- traspasa el corazón de las ideologías, cancela los maniqueísmos; puede asumir una consigna política o social con el fin de transformarla en lo que el poema porta y reporta como su hábitat, mecánica y respiración. Así, al lector de Auden le impresionan los alcances de la incesante música de sus poemas, oída más allá del fragor de una interminable batalla moral, que acompaña las últimas líneas de un soneto como "Embassy". "With all the instruments for causing pain" ("con instrumentos todos de causar dolor"), escribe Auden, el poema sigue su marcha, dolorosa, cristalinamente. Se abre paso entre la mezquindad, la herida y la grisura de los tiempos que corren para crear un tiempo otro -Another time, en palabras del poeta- donde autor, lector y la palabra que les sobrevivirá conozcan el sitio exacto de la iluminación menos fugaz pero más insistente, menos atroz pero más rigurosa. Basta con que el lector -y el hombre que a veces se oculta detrás de él para vivir- desee aquella iluminación con toda la fe que aún le auxilia para cantar, junto con Auden, la cólera del mundo.

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Dos poemas de W. H. Auden

Embajada

Se disipó, al caer la tarde, la opresión del día;
Las altas cumbres pudieron divisarse; había llovido
A través de amplios prados y flores refinadas
Fluía el diálogo de los diplomáticos.
Dos jardineros les miraron los zapatos caros
y el chofer esperaba, leyendo algo apoyado sobre el manubrio,
hasta que ellos terminaran su intercambio de enfoques.
Parecía una escena perteneciente a la esfera privada.
Lejos de ahí, sin importar sus buenas intenciones,
las fuerzas armadas esperaban un error verbal
con toda la parafernalia dispuesta para dañar:
Y del encanto de ellos dependía
una tierra devastada, con sus jóvenes masacrados,
sus mujeres llorando y el pueblo bajo el terror.

(Versión de Germán Carrasco)

Blues de la muralla Adriana

Un viento de tormenta sopla sobre el rastrojo,
Tengo frío en la nariz, y en mi túnica piojos.
Viene la lluvia repicando del alto cielo inglés,
Soy un soldado de este muro, y no sé por qué.
La neblina lo está cubriendo todo,
Mi chica está en Tungria, yo duermo solo.
Aulus es un tipo que le arrastra el ala,
No me gusta su estilo, no me gusta su cara.
Piso es un cristiano, su dios es un pescado:
Si por el fuera los besos se habrían terminado.
Ella me dio su anillo; lo jugué y lo perdí:
Yo quiero a mi chica, y también me quiero a mí.
Cuando tenga un solo ojo y sea un veterano
No haré más que mirar el cielo del verano.

(Versión de Daniel Samoilovich y Mirta Rosenberg)

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