Dos poemas de Friedrich Schiller
Por: Friedrich Schiller
La repartición de la tierra
-¡Tomad la tierra! -desde su alto asiento
dijo a los hombres quien pobló el vacío-.
-Para cumplir mi soberano intento
habedla en fraternal compartimiento,
que os la doy como herencia y señorío.
Ya más correr, por acudir primero,
cada mortal al llamamiento vino,
y cuanto pudo sometió a su fuero:
los frutos de la tierra, el campesino;
la selva, do cazara el caballero.
Colma la troj el mercader y el arca;
se adueña el monje del viñedo umbrío:
¡y, ya fuerte sintiéndose el monarca
sendas y puentes con barreras marca
diciendo; -¡El diezmo! porque el diezmo es mío.
Años después, cuando por fin completa
la irrevocable partición quedaba,
de remoto confín llegó el poeta.
¡Ay! Todo campo deslindado estaba,
y toda cosa a su señor sujeta.
-¡Tarde y en vano mi poción exijo!
¿Y así, el más fiel en mísero abandono
dejando, ¡oh Dios! desheredaste al hijo?
Tal del señor postrándose ante el trono,
el pobre vate entre sollozos dijo.
-Si absorto en la región de las quimeras,
-contesta Dios- te retardaste, iluso,
no en balde llores ni acusarme quieras:
¿do estabas tú, que confundirme esperas?
-¿Dónde? ¡A tu lado! -el soñador repuso.
Mi vista apacentaba en tu hermosura;
del cielo en los acentos, mis oídos;
si lo terreno desdeñé en la altura,
fue que tu gloria, que sin par fulgura,
¡me embargaba la mente y los sentidos!
Y Dios: -¿Qué hacer? Sobre la tierra nada
me resta ya con qué colmar tu anhelo;
ajeno el bosque, la heredad cercana…
Vente conmigo, si te place, al cielo,
¡que desde hoy libre te daré la entrada!
Oda a la alegría
¡Oh amigos, cesad esos ásperos cantos!
Entonemos otros más agradables y
llenos de alegría.
¡Alegría, alegría!
Oda a la alegría»
Alegría, bella chispa de los dioses,
eres tú la hija del Elíseo,
ebrios de fuego penetramos,
oh celestial, en tu santuario.
Tus encantos unen de nuevo
lo que el mundo ha separado;
todos los hombres serán hermanos
en donde tus suaves alas posas.
¡Abrazaos, millones de hombres!
¡Que se abrace el mundo entero!
Hermanos, sobre la bóveda estrellada
un padre amoroso habita.
Quien ha tenido la fortuna
de tener un amigo,
quien una bella esposa tiene,
¡que se una a nuestro júbilo!
También aquel que a un alma
en la Tierra pueda llamar suya,
y quien no lo ha logrado,
¡que llorando se aparte de esta alianza!
¡Todo lo que haga parte a este círculo
alabe esta armonía!
A las estrellas nos lleva
en donde el Ignoto reina.
Alegría beben los seres todos
en los pechos de la naturaleza,
que los buenos y los malos
sigan su senda de rosas.
Besos y racimos nos ha dado,
y un amigo fiel hasta la muerte.
Deleite dio al gusano
y al serafín que está ante Dios.
¿Cómo os destruís, multitudes?
¿Mundo, no entrevés al Creador?
¡Busca más allá del firmamento,
sobre las estrellas Él habita!
La alegría es el mayor poder
de la naturaleza eterna.
La alegría impulsa las ruedas
del gran reloj del mundo.
Flores saca de las semillas,
del firmamento los soles,
y hace girar en los espacios las esferas
que ni el astrónomo conoce.
Alegres como los soles que recorren
el soberbio espacio del cielo,
seguid, hermanos, vuestra senda,
alegres cual un héroe que a la victoria va.
De la verdad en el ígneo espejo
ella sonríe al que investiga.
En el escarpado monte de la virtud
señala el camino de la paciencia.
En la soleada montaña de la fe
se ve al viento su bandera,
y en el sarcófago entreabierto
se la ve en el coro de los ángeles.
¡Tened paciencia y valor!
¡Esperad un mejor mundo!
Allá sobre la bóveda estrellada
un Dios grande os recompensará.
Ser iguales a los dioses no es posible,
mas es hermoso parecerse a ellos.
La aflicción y la miseria invitan
a alegrarse con los que están alegres.
Rencor y venganza sean olvidados
y nuestro mortal enemigo perdonado,
ninguna lágrima lo oprima,
ni lo roa el arrepentimiento,
¡nuestro libro de deudas sea destruido!
¡Que el mundo entero se reconcilie!
Hermanos, sobre la estrellada bóveda
juzga Dios como juzguemos.
Bulla en las copas la alegría,
de la dorada sangre de las uvas
beban los caníbales dulzura,
y sea la desesperación heroico coraje.
Hermanos, poneos de pie,
que la copa colmada circule
y su espuma hasta el cielo salpique.
¡Brindemos por el Buen Espíritu,
al que el torbellino estelar aclama,
al que alaba el himno de los serafines,
¡brindemos por el Buen Espíritu,
arriba sobre la bóveda estrellada!
Firme coraje en las duras penas
y ayuda para inocente que llora
¡jurad por la eternidad!
La verdad al amigo y al enemigo,
y el orgullo viril ante el trono de los reyes,
bien vale los bienes y la sangre, hermanos,
que la corona sea para el que la merece,
¡y que caigan los que engañan!
Cerrad estrechamente el círculo sagrado,
jurad por este vino dorado
ser fieles a las promesas,
¡juradlo por el juez de las estrellas!
Traducción de Saúl Botero-Restrepo
Friedrich Schiller (1759–1805) fue uno de los dramaturgos, poetas y filósofos más influyentes de la historia alemana. Junto a su gran amigo Johann Wolfgang von Goethe, lideró el movimiento del Clasicismo de Weimar, una época dorada de la literatura germana que buscaba un renacimiento cultural a través de los ideales humanistas, la belleza y la razón.