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Mite Stefoski, Macedonia

25º Festival Internacional de Poesía de Medellín
Fotografía de Sara Marín

Por: Mite Stefoski
Traductor: Raquel Lanseros y Marija Krstevska

25º Festival Internacional de Poesía de Medellín

 

 

Las cosas ya no son las mismas

 

¿Debería pasar todo esta mañana?

 

Los periódicos escriben:

Apareció un nuevo mar.

En alguna parte de África el sol

pasó demasiado bajo

y quemó todos los árboles botella.

Los profetas no saben quién anunciar primero.

Los santos anoche vinieron varias veces en vano.

 

Las televisiones anunciaron:

Desde anoche hubo varios continentes inundados.

El sol se quemó en incendio.

Está descubierto un remedio por una enfermedad no descubierta.

Los dioses visitan el país de nuevo

Lucrecia viola por los parques de nuevo.

 

Todo pasa antes de que despierte.

Uno no debe levantarse tan tarde.

diciembre 2001

 

Un poema sobre la repetición

 

Una nube de dudas se acerca desde la distancia

y empieza a llover sin parar.

Arriba el cielo ya no tiene nombre.

Abajo la tierra que no tiene nombre,

cansada de parir, desolada como la blancura

sube arriba hacia el cielo que se está cayendo.

En el crepúsculo las cosas descalzan las palabras

como calzados desgastados.

Vagan así,

hasta encontrar un nuevo refugio, escondite,

salida desde la que van a poblar el mundo de nuevo.

La red ajena de alguien está esperando un poco más lejos

para pescarlas, enyugarlas.

Para encontrarles un hogar nuevo.

Un cielo nuevo y tierra nueva.

Y otra vez el mismo juego.

Mientras alguien

allí detrás

se ríe a la repetición

del error.

A pesar del aviso de la promesa,

está esparcido por el cielo azul

como esta tinta

que contiene todas las anteriores

y las noticias anuncian una nueva inundación.

 

Un tiempo nuevo

una llave perdida

 

de la alcoba de los sueños

algunas fotografías

de difuntos que se están riendo

una calle

que recuerda mis pasos

el pensamiento

antes de recurrir al cuchillo

el vuelo

de ese mismo pájaro

algún río

que inundó mi sueño

silencio

separado del sonido de la salida

dos manzanas

que pudrieron en la alacena

una nave de papel

que zarpó para no regresar

la bestia

que ruge en la noche larga

la garza

que pica la mañana

el tiempo

leía

mientras yo escribía

 

Frase

me asombra la anguila

 

como encuentra su camino

por el agua

sombras cercanas y blancura distante

rasgada

se abre como suspiro

y se derrama en el silencio

 

me asombra la anguila

pescada en esta frase

que se derrama en el silencio

 

 

Anotación de un poema

Aquí está ese poema:

El poema desaparecido

Una casa de piedra y ladrillos rojos mano que alcanza
había en esta calle, una región llena de risa
ventanas con arcos quebradiza e inconstante como reflejo
y un pino que crece sobre ellos. dibujo en el agua
Avenida con acacias que florecían pared que escucha conversaciones ajenas
lagartos, horizontes, dibujos y nombres
como si cayera nieve oscuridad que se derrite en el cuenco oval
cuyos aromas tintineo de la moneda metal
se mezclaron con los aromas de las lilas bolsillos llenos de pequeñeces
había en la calle. gatos que pasan desinteresados
Un adoquín desgastado y liso neumáticos que ruedan
que revelaba aquellos compresas de codos y rodillas heridos
que pasaban por aquí en la noche cicadas
cubría esta calle lluvias de verano, aleros que golpetean
Niños que jugaban al escondite hasta tarde calcetines rotos
estaban en esta calle ojos llenos de polvo
Dos grandes cerezos en el patio desde los que
caían las cerezas podridas e inalcanzables
en la calle que una vez existía. silencio
Tal vez hubo alguien que caminó por esa calle.

25 agosto, 2002 completado en 30 agosto, 2004

 

Mite Stefoski (Macedonia). © #25FIPM. Photo: Sara Marín
Mite Stefoski (Macedonia). © #25FIPM. Photo: Sara Marín

Este poema no es un gran logro, seguramente no encontrará su lugar en las antologías, no es un poema de programa, no es auto poético, ni siquiera está publicado. Todavía está escondido dentro de mis anotaciones, no ha sido leído por ningún otro; a veces lo encuentro por allí y sin falta lo leo. Lo veo especial, aunque no lo es. Sin embargo, digo sin embargo, porque tengo la intención de continuar como si algo me hiciera regresar a este poema. Entonces ¿qué hay en este poema?

Hay una calle, y esa no es una calle infinita, interminable, sino tiene exactamente 373 pasos – medidos con los pasos de un niño de 10 años, con una mochila escolar en la espalda, bastante pesada, ya que el niño la lleva encorvado, encontrando el justo punto de gravedad – desde el principio, donde termina el asfalto y empieza el adoquín viejo, desgastado y en algunas partes desnivelado, donde las lluvias hacen charcos, 373 pasos desde el callejón inclinado que cubre el adoquín viejo hasta la otra calle, hasta el asfalto nuevo. Esa calle no es espaciosa, ancha y llana con aceras bonitas, con filas de árboles ordenados y candeleros, sino es un callejón desnivelado, curvado, y se parece más a una callejuela, con casas viejas, con ventanas de mirador que resaltan sobre ella; con tejas que se pusieron verdes y oscuras de musgo y liquen; con aleros sin desagüe, que gotean en la calle cuando llueve, y se hacen filas de largos carámbanos en invierno, y cuando hace más calor, de improviso se caen en la tierra como si se rompiera un florero de vidrio, ventanas que miran una hacia la otra, patios con vallas y cercas de todo tipo, árboles viejos con copas irregulares, y una cosa más. Ni siquiera es especial por el hecho de que una persona conocida e importante vive allí; no hay monumento de mármol o bronce que indica que en tal y tal casa pasó eso y eso, y por esta razón se levanta ese monumento en memoria del evento.

En la calle del poema hay una casa hecha de piedra hasta cierta altura, y arriba está construida de ladrillos, que se asoman detrás de algunos lugares donde el revoque se cayó de las paredes; tiene ventanas con arcos, rajadas, divididas en varias pequeñas partes de vidrio, bordeadas de marrón, que daban la ilusión que eran más grandes, una puerta de madera con candado viejo, valla de ladrillo cubierta de tejas semicirculares, sobre las que se asoma un pino alto que esconde la casa un poquito, cuyas ramas se tocan con las ramas de uno de los dos cerezos del patio vecino. Por la otra parte una fila de acacias que emblanquecen en la primavera y que recogen las abejas venidas de quién sabe dónde, invitan a las manos infantiles estiradas arriba hacia las flores para que las prueben. Aromas que sólo pueden prevalecer sobre las lilas floreadas en los rincones de los patios y el alboroto de los niños que hasta tarde juegan al escondite durante la noche de verano en esa pequeña calle con sólo 4 postes de luz, de los que sólo dos tienen bombillas. Entonces ¿qué es tan importante en esa calle para que se escriba un poema?

Esa es mi calle, yo le doy nombre y la dejo sin nombre, yo pongo números en las casas, yo la pueblo y la despueblo, yo construyo y derrumbo las casas, yo hago madurar las cerezas, yo rompo los calcetines, me daño mucho las rodillas y los codos, yo empujo llantas en el adoquín, invito a los amantes que susurren dulcemente apoyados en un muro escondido, yo dirijo al cartero en rumbo correcto para que distribuya las cartas.

Esa calle no existe fuera de mí. Ahora mi memoria se esfuerza mucho para llenarla de objetos. A pesar de mí, hay una prueba más de la existencia de esa calle – mi poema. Todavía no está publicado, sin embargo existe. Si desaparece, desaparecerá la calle. Cada regreso la extiende, la hace más real, más pintoresca a pesar de las cosas comunes que pueblan esa calle. Ésa es mi fabricación, sólo mía. Nadie la puede encontrar en los planes de ninguna ciudad y nadie puede caminar por esa calle.

Esa casa en la calle es mía. Yo no vivo en ella, pero ella vive en mí. Con cada regreso es más acogedora, más clara, más cercana. Unos detalles más, unas pequeñeces más aparecen en esa calle, una novedad que desde siempre ha sido presente allí, emerge y se asoma, como si fuera la primera vez, a veces tan maravillosa y detalladamente hecha, como si hubiera necesitado meses y días para hacerla, y ahora, aquí aparece toda y brillantemente hecha; de repente, la encuentro en ese lugar enrejado con mi fabricación.

Un día probablemente sabrán que yo inventé ese poema, pero nadie sabrá con certeza que también inventé la calle, con todo lo que hay allí. Supondrán, sin embargo, convencidos que esta es una calle de mi infancia, una calle real, una calle diferente, que por alguna razón merece que se escriba un poema sobre ella. Algunos a lo mejor la buscarán. Algunos no leerán ese poema, sobre la calle estrecha y adoquinada. Algunos intentarán caminar por allí. ¿Será mi calle en su imaginación la misma que yo inventé? ¿Caminaré yo por mi calle o caminaré por sus calles desconocidas? Construirán una ciudad con calles parecidas, así, y sin embargo, diferentes, ajenas, sombrías, siniestras. Sin embargo, mi calle remanecerá una y única en esa ciudad única. O tal vez, ¿desaparecerá el poema?

Es de noche y yo estoy soñando a un Borges que sueña con tigres. Ese tigre ardiente de Blake, ese tigre de Hugo, el malo Shere Khan del Libro de la selva, finalmente se mueven sus tigres también, de color azul oscuro, diversos. Ya no existe ese Borges que de vez en cuando sueña con algún tigre, pero en el futuro también, aparte de todos los remanentes tigres en las selvas, sus tigres soñados, tigres de sueños no terminados, caminan por las bibliotecas, desde allí en los libros, los versos, las palabras. Todos los tigres pasan por los jardines de Borges. Sólo a veces, muy tarde en la noche los dejo pasar por mi calle. ¿Sigue allí Borges, ese otro Borges, que sueña con Borges que no está y envía a los tigres en mi calle?

A veces pienso que yo soy más irreal que esa calle, casa, árboles, objetos. Como si hubiera escapado o como si fuera expulsado de allí. Como Chuang Tze yo vacilo entre cuál de las dos cosas es más real. Vacilo si mi calle es como el tigre de Borges, una forma de sueño o ¿eso soy yo? cuyos pasos escucho ahora en mi calle...

18 diciembre, 2010


Mite Stefoski   nació en Struga, Macedonia, en 1975. Es poeta, cuentista, ensayista, crítico y editor. Realizó estudios de Filología, Literatura Comparada y Teoría de la Literatura. Dirige Struga Poetry Evenings, el más antiguo festival internacional de poesía del mundo contemporáneo, el cual se celebra anualmente a finales de agosto, desde 1962.

En su arte poética, considera que “…Un día probablemente sabrán que yo inventé ese poema, pero nadie sabrá con certeza que también inventé la calle, con todo lo que hay allí. Supondrán, sin embargo, convencidos que esta es una calle de mi infancia, una calle real, una calle diferente, que por alguna razón merece que se escriba un poema sobre ella. Algunos a lo mejor la buscarán. Algunos no leerán ese poema, sobre la calle estrecha y adoquinada. Algunos intentarán caminar por allí. ¿Será mi calle en su imaginación la misma que yo inventé? ¿Caminaré yo por mi calle o caminaré por sus calles desconocidas? Construirán una ciudad con calles parecidas, así, y sin embargo, diferentes, ajenas, sombrías, siniestras. Sin embargo, mi calle permanecerá una y única en esa ciudad única. O tal vez, ¿desaparecerá el poema?...”

@MiteStef
Struga poetry evenings
Mite Stefoski LinkedIn

Publicado el 26 de abril de 2015

Última actualización: 20/01/2022