Festival Internacional de Poesía de Medellín

Mustafa Lacheraf (1918)

País de larga pena

País de larga pena que se viene en un mismo asalto invisible cargando el espacio hasta su cima. Hele aquí como una serpiente de arena y de piedras feroces: avanza con un crujido inaudito, en un canto de eternidad en donde se mezclan el rumor de los hombres y de las bestias y las sordas vidas latentes de la planta y del agua.

Lagartos y orugas, flores de abrótano, asfódelos vivaces, y los pasos de la manada sobre el sílex mate, y el viento perdido que teje y que reteje. La vida a escondidas se mueve en una dulce reptación de plumón, de sedas animales, de mica, de tierna avalancha sobre el flanco de la duna por donde se deslizan los fennecs (1). Y el sol nos mira, terrible y fraternal en el negro de los ojos, en el ágata prodigiosa en donde se establece la medida del mundo, se ordena de más lejos el movimiento reptil y se refleja en nosotros el día interminable.

¡Testigos, oh testigos! ¿Qué veis, pues? ¿Dónde estaba lo insólito? Todos los milenios se enroscan en una infancia, la memoria ha vivido las edades de la tierra. Lo que ha de venir está sobre los mismos caminos, y menos que el viejo el mozalbete cándido se asombra y se maravilla. Y los pies titubeantes que le llevan tras la huella, y las manos llenas de toscos sonajeros, ya se han afirmado con fuerza en el asidero y en la pisada.

Como las adelfas amargas y floridas, la prístina sabiduría es ante todo una sombra a lo largo de las aguas ausentes y bajo la canícula.

Y cuando la ola vuelve al arenal tatuado por patas sutiles, los pájaros ya se han ido hacia las raras aguadas llevando en su pico el amargor de la rosa y la sed del limón.

¡Es verdad! Los niños también estaban débiles, piando su árida inocencia, pero el otoño ha llegado. Sombra insignificante en las riberas, que se aplasta a ras de suelo meridiana, ocre y caliente como rubor de infamia, ¡lejos estaremos de este juego claro-oscuro!

Nunca más la fiebre se deleitará en sus escalofríos al borde de las ciénagas; nunca más se hará el amor en la agobiante siesta bajo el perfume de ámbar gris y sudor.

Retrocede el verano con su embotamiento; en adelante las estaciones obedecerán a las vigilias. Mediodía desorbitado, noche en pie, y las horas del día son un alba en vilo. El niño que titubeaba se reúne con el hombre en los más duros caminos. En cuanto a la edad, no habrá más que la de la memoria y vuestros días son iguales cuando la Muerte ha golpeado.

Pues la muerte ya no espera el soplo que vacila
el fin doliente o achacoso
el sueño de agonía en las humedades de hospicio.
Una juventud monótona se apresura hacia sus altos lugares
todo vestidos, sin mortaja, sin bálsamo ni benjuí
un olor de salitre impregna los jóvenes cuerpos
un almizcle inmaterial aviva su sangre demasiado nueva.
La plegaria en torno a ellos es efluvio de eterna juventud,
aliento que se estremece de boca en boca,
vasta respiración en donde los muertos se diluyen para
permanecer entre nosotros.
Hasta la piedra, hasta la espina,
hasta la ortiga de los campos abandonados.

Un remolino de ira agita entonces el suelo en torno a la matanza
y la hierba se eriza en donde ha corrido la sangre.

¡País de larga pena que se viene en un mismo asalto tranquilo
por delante de los bárbaros!
No es ya la resaca de las viejas cabalgatas batiendo la llanura bajo los
hierros en el jadeo de las cargas y las retiradas.

Antes que ceder la roca se calcina y por todas partes
lo que se mueve recibe su porción colmada de tormenta.
Los juegos agrestes han huido del cercado roto,
el perro rojizo y el asno y la oveja
andan errantes desde hace mucho tiempo tras las huellas del pastor,
pero el niño-zagal está lejos sobre las cumbres soberanas.
Un fuego vengador se enciende entre sus manos
un fuego negro que resuena en medio de los verdugos.

Las madres han invocado a las aves de paso
y a los santos adormecidos bajo ajados ornamentos.
El viento altanero y el río, las grutas inmemoriales
el ensueño y la piedad: el corazón de las pobres mujeres
espía todos sus ecos.
Sus ojos se abren grandísimos en el abismo de las cosas,
en el vapor y el infinito:
“¿Dónde está el ausente? ¿Dónde está para que sepamos su lugar
o la tumba o la prisión?”
Pero él es de otros lugares al margen de los pensamientos ingenuos
de otros lugares fuera del cielo, del día y de la noche.

Como una serpiente de arena y de piedras feroces
se venía sin prisa en medio del silencio.
Un rumor que apenas rozara el Desierto
un lánguido espejismo se arrastraba en los confines
de gemas y de agua viva y de enramadas ausentes
el espacio fabuloso equivocaba su larga marcha.

Ahora bien, la bestia perezosa en dragón se ha mudado
un dragón ocelado de mil destellos de fuego
de sangre escandalosa, de napalm y de plomo
un dragón de leyenda, un dragón fasto y puro.
La paloma ha seguido a las aves de paso
y el sílex breve bajo el salto de las gacelas
centellea y quema y sangra.
En el día de la destrucción, amigos ¿dónde estáis?
La tierra se abotarga por donde el extranjero pasa
Pero sus caminos secretos brillan como una llama justa
y la sed de no ha mucho que la fuente apagara
con un gusto de sal, con un sabor de ausencia,
he ahí que se sacia incluso con los nubarrones.
El mundo se reconstruye en la noche familiar
-la noche se aclara también para ganarle al día-
¡y la gracia en peligro se ha incorporado a los combates!

(1) Animal del desierto muy parecido al zorro, pero más pequeño y con orejas grandes.

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