Festival Internacional de Poesía de Medellín

Juan Bañuelos (México, 1932)

De la Antología Poesía en Movimiento

Esta noche y sus viejos nómadas de blanco

Y todavía, todavía el ciego Tiresias va cojeando mientras recuerda al mar.
El astro de Quetzalcóatl anda buscando sitio entre la noche.
La noche con todas sus estrellas gira como un viejo molino de palomas,
y nosotros, resueltos ya en ruinas, de esta carroña deliciosa
sabremos ser tierra, sabremos ser fuego –sabré ser pájaro
y su vuelo-
y consentiremos en nuestro propio corazón al hombre.
Ahora cerca del espíritu vamos a crear la palabra (un arco iris movido por el aire).
Que el tiempo nos separe como separa los días y las aguas,
que la palabra sea como la mano de Ananías y veamos
por una sola vez,
por una, lo que no podíamos ver.

Porque ¿qué es el crepúsculo
sin los ojos del hombre?
¿Y qué es la pregunta sin que
responda el que la sabe?
¡Ay, corazón, alégrate y deja tu palabra en mi boca!
Hagamos nido en las llamas de las imágenes; que un grillo debajo de la lengua vigile el sueño de caracol del mundo
mientras danzando, enloquecido el viento rasga sus ropas en los árboles.
¡Ay, corazón, alégrate, y ante un poco de agua del mar en nuestras manos,
sintamos su grandeza al recordarlo!
Y porque nuestro tiempo no es tiempo para interrogar al Mar
sino para poner su boca en el polvo,
y porque ¡ay! difícil es ver la hora desnuda de su arena,
he aquí que un coro de lágrimas se oye en la noche
y las estrellas tiemblan como párpados blancos en los ojos del agua.
-Mas un día oímos la voz de la humedad del río subir
la sangre hasta la luz, y danzar astillándose en los corazones.
¡Ay, escribo sin medir camino ni palabras: no tropiece mi lengua para fundar el orden y la vida!
Porque la vida es, y como la tierra, se embellece cuando arrojamos las semillas.
Sólo cuando construimos nos despojamos de la ebriedad de la tiniebla.
-Duermen los siglos en las piedras y el silencio se hace tiempo;
en el verano de los muertos, el adolescente es un peñasco estéril.
Sólo hila una tumba la arcilla que no conoce el agua.
Nosotros nos iremos por los viejos caminos transitados,
por las vías donde desovan los reptiles, por donde se quedó
una estrella que olvidó la noche recoger, por el lugar del sueño,
por donde el colibrí canta y su canto es liquen que cae
para formar nido en el ojo de un ciego.
¡Ah, esta noche y sus viejos nómadas de blanco!

Viento de diamantes

La eternidad está enamorada de las obras del tiempo.
W. Blake

Lo mismo que Adán sumergido hasta la alondra del silencio,
sucio de humana noche en que he caído, rompo todos los pronombres
para tenderme en el día óseo de la plenitud.
Acudo ebrio de musgo y tulipanes hasta las criptas de las piedras
o de los ríos secos, donde muerden el silencio cárabos crepusculares
y en donde un hombre solitario se hinca.
Pisando soledad entro en el día, porque es dable a las criaturas
ver su hora crecer para hallar luego algo de los mortales
en un grano de arena. Mas también bajo las gradas seculares y
diviso el humo de las chozas de los hombres,
veo los caminos cotidianos, las nubes que anuncian el otoño
y a la mujer grávida de su fruto sentada en su hamaca
viendo pasar las horas.
Y me muevo con las hierbas,
y con el menor movimiento del caballo, y siento que dentro de mí corro
como ese río que estoy viendo que avanza.
¡Y miro alejarse la carreta del último cosechador!

E igual que una palabra lanzada a la mitad del mar
caigo en el seno del prodigio. Y como el minero que se cubre
con las manos la faz cuando de pronto, ciego, reencuentra la luz
así la dulzura levanta su toga y me envuelve temerosa.
¡Ay, el hombre soy y no lo había advertido!
el amparado por dioses tutelares de la iniquidad, el que frecuenta
y ronda tanto rencor taimado del polvo con su cauda de crines blancas.
¡El hombre soy, mas no me basta!
Porque el sol tiene su trigo en llamas y el mar tiene los ojos tocados por la gracia.
El hombre soy
pero toda cosa nacida con la aurora, con ella muere,
y toda criatura que engendra la noche
con ella se aleja porque oscuro es su linaje. Todo pasa.
Y como el agua y el sol, también todo queda. Un silencio
que se sienta a esperar el primer ruido. Nuestra imagen
que se pierde y se encuentra como el humo que no es
más que el eco del fuego.
No otra cosa que la espuma negra
que va haciendo el arado sobre la tierra.
Y lejos de la memoria del viento que dejaron las épocas,
un olor de centeno y anís hace volver los pájaros.

Y porque el horizonte no es más que una hoja larga de perfil,
dejo que mudas tribus de peces muerdan los guijarros,
dejo que brille el hocico del jabalí en la noche
y que bajo el zumbido de las abejas
los bueyes trillen la mies.
¡Ay, reivindicación bañada en el ojo inocente!
¡Oh, exultación del mar sostenida en el resplandor!
¿De qué remoto sueño hemos caído? ¿Por qué somos una
rueda que grita enloquecida? ¡Ah! triste es nuestro
paso, en verdad,
¡No más que olas somos! Nos levantamos brevemente...
para seguir siendo mar.

 

Juan Bañuelos nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México en octubre de 1932. Es poeta; estudió en las Facultades de Derecho, Filosofía y Letras y en la Escuela de Ciencias Políticas, todas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Pertenece al grupo La Espiga Amotinada. Su poesía ha sido difundida por la BBC de Londres y publicada en idiomas como el checo, polaco, búlgaro, húngaro, noruego, sueco, rumano y alemán. Ha publicado, en poesía: Puertas del Mundo, en La Espiga Amotinada (colectivo), Fondo de Cultura Económica (FCE), Letras Mexicanas, 1960; Escribo en las paredes, en Ocupación de la palabra, (colectivo) FCE, Letras Mexicanas, 1965; Espejo Humeante, Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA)/ Joaquín Mortiz, 1969; No consta en actas, Instituto Politécnico Nacional, México, 1971; Destino arbitrario, ed. Papeles Privados, México, 1982; Espejo humeante y Destino arbitrario, Secretaría de Educación Pública, ed. Lecturas Mexicanas, 1987; Poesía de Juan Bañuelos, (selección y prólogo de Raúl Novás), Cuba, Cuadernos Casa de las Américas, 1988; Donde muere la lluvia, Guadalajara, Luvina, México, 1992.
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