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Althea Romeo-Mark (Antigua y Barbuda)

Por: Althea Romeo Mark
Traductor: Ricardo Gómez

PROMETEO
Revista Latinoamericana de Poesía
Número 86-87. Julio de 2010.

HACEDORES DE NACIONES

                      

Un tropel de hombres marrones en un alto de la isla
hablan en español y en francés criollo,
no en el patois inglés de las generaciones
reunidas ante ellos.

Degradados por sus apodos,
linchados por la fijeza de desdeñosas miradas, 
tildados de roba-empleos,
acorralados por inmigración,
son arracimados en camionetas, encadenados como ganado.

Envueltos en la inclemencia de la vida,
restan importancia a la fresca claridad de la madrugada,
desconocen el aguijón abrasador del sol que ha de venir.
Ojos hambrientos, se precipitan loma abajo,
a la caza de camiones en ascenso.

Como mangostas que quieren matar,
cargan contra el primero que aminore su paso.
El hombre, su motor aún en marcha,
grita: “dos días de trabajo por cuatros.”
Los hombres se agitan, empujan,
se vuelven acróbatas – acuerdan el lugar
y corren hacia un trabajo duro y mal pago.
Los desilusionados
continúan al acecho,
esperan su turno.

Son hacedores de islas-naciones.
Son los padres de líderes que ven con los ojos
de quien ha sido privado de sus derechos.

 

VISA VENCIDA

 

Te escurres como un hervido de okra * y eddo**
cuando inmigración te pisa los talones.
Hasta Bush es tu primo hermano cuando
la migra te pisa los talones.
Tu mente hace tic-tac como reloj barato
cuando la migra te pisa los talones.
Okra, sangre y reloj. Qué confusión
cuando la migra te pisa los talones.
Ves a tus hermanos subir al fuerte
con cadenas de ganado en sus manos
todo por los de inmigración.
Tic-tac, tic-tac. ¡La alarma se dispara 
cuando los de inmigración te van a hacer daño!
¡Zas! Se encienden los pies de okra y el eddo cambia a segunda velocidad
cuando la migra te pisa los talones.
Mejor busca pronto a tu primo hermano.
Okra, eddo, sangre y reloj
qué confusión, cuando la migra te pisa los talones

* Malvácea tropical (Abelmoschus esculentus) su fruto parecido al pimentón se usa como verdura y como condimento.
** Tubérculo tropical (Colocasia esculenta) con textura y usos culinarios parecidos a los de la papa.

 

EL NÁGER * MAN

 

El brokrah ** man blande
el látigo sobre una espalda.
El náger man blande
el látigo sobre una espalda.
Cuando la esclavitud ya hacía mucho
que se había ido.
Colonialismo, independencia,
identidad cultural.
El náger man blande
el látigo sobre una espalda.

* Habitante negro de las Antillas en el patois de Antigua y Barbuda.
** Terrateniente blanco en el patois de Antigua y Barbuda.

 

SEGUNDAS IMPRESIONES DEL ABUELO

 

La choza infestada de termitas
cerca de una arboleda de mangos
huele a humedad
a pesar de las ventanas abiertas.

Del closet que
abrimos a la fuerza
cuelgan ropas raídas.

El espíritu del abuelo se aferra a nosotros
ondea en polvorientas hilachas
nuez moscada y clavo,
cacao y canela.

La abuela dice que él era creación del diablo.
Que la había abandonado o que ella
lo había dejado, dependiendo del día
en que oyeras la historia.

Ella lo expulsó de su corazón,
selló su choza con tablones cuando él murió
y le cerró la puerta a nuestras vidas.

La abuela nos reveló un secreto
cuando llegaron las penurias:
el abuelo dejó montones de billetes guardados
de las temporadas de recolección de frutas en Florida.

Él nos habla
a nuestro paso entre el crujir del suelo.
Cuelgan los banjos de las frágiles paredes.
 Reposan las armónicas sobre frágiles repisas.

Un apolillado sombrero panameño
pende de un clavo
sobre la desvaída foto de una boda­–
la abuela y el abuelo sonriendo.

 

EL ÚLTIMO GRIOT DE LA ISLA

Sale el sol,
el inmenso vagabundo que llamamos Anti-hombre
carga a la oscura y ajada Miss Lizzie
Mango Hill abajo desde su antigua
casa de cajas de fósforos.

Él despliega una silla en aquel cruce de caminos
bajo la acacia roja
donde los vendedores pregonan frutas
y  las viejas venden periódicos
a los autos que pasan.

Tiene que ser en este lugar, en este árbol,
como si allí estuviera el cordón umbilical de ella enterrado, 
como si ella hubiera venido al mundo
al tiempo que plantaban la semilla de este árbol.

Ella canta, teje cuentos–
sus gestos, sus dedos nudosos,
se arraigan en historias hace tiempo olvidadas.
La aldea recuerda,
Lizzie siempre se sentó allí
metiendo tabaco rapé entre sus encías y sus labios,
que parecían molerlo y formar antiguas historias
en un inglés liado con palabras africanas.

Lizzie habla palabras de jumbie **
su voz viene y va
en su propia frecuencia.
Crujen sus ensalmos, se desvanecen en un susurro,
canaliza la voz de los ancestros
de hace varias generaciones.

El mensaje cambia de lugar y de tiempo.
Ella, sin notarlo, nos pierde en su deambular.
No nos damos tiempo de escucharla.

* Espíritu o demonio del folclore del Caribe.

 

TRADICIÓN

 

El funeral ha terminado.
Los hombres se reúnen en un bar cercano,
beben rondas continuas de ron
en honor del muerto,
alivian su sed abrasadora
y entierran su dolor bajo una risa estentórea.

Estuvieron junto a la tumba
luciendo sus mejores trajes negros,
los sombreros sobre sus corazones,
secando las inundaciones de lágrimas
que rasgaban rostros de mujer,
levantaron y sostuvieron
a quienes se derrumbaban por la pérdida.

Llevaron el ataúd por todo el pueblo
y todas las tiendas cerraban sus puertas
al paso de la procesión.
Cuando la fila negra
serpenteaba por la calle principal,
el muerto miró la vida
por última vez
en beneficio de la memoria.

Le dimos nuestros adioses
tras las puertas cerradas
por entre las persianas
y todo estaba inmóvil–
totalmente inmóvil.

 

SABIDURÍA ANTILLANA

¡Nunca señales
hacia un cementerio!
decían las ancianas.
Muerde pronto tu dedo
antes de que se pudra y se te caiga.
Así que nunca pasábamos por ellos caminando,
acelerábamos,
enjutas piernas que chocaban
con la gravilla
y entre sí,
los corazones martillando,
las manos crispadas en puños,
incrustadas en los bolsillos
o clavadas a nuestros costados;
rogábamos que no se fueran a
escabullir por algún encantamiento
y a señalar.
Al pasar el peligro,
contábamos
dos manos,
diez dedos,
sentíamos el miedo seguir su curso,
agradecíamos a Dios
y cuidábamos de nuestras rodillas ensangrentadas,
contábamos nuestras costras
y llorábamos.

‘No señales a los cementerios,’
decimos a nuestros hijos
cuando nos interrogan
sobre las cicatrices en nuestras rodillas.
‘Debes morder tu dedo
antes de que se pudra y se te caiga
y camina cuando pases por el cementerio
no corras.’

 

SUKAHNAH

 

I
He venido huyendo
del canto de los lustrabotas,
grillos gritones
que hurgan en el hormigón de algún patio,
brillantes ojos de luna.

El silencio en casa habla de paz.
Mi mujer, a quien cuido,
duerme, su cabeza cuelga al borde de una cama.
Gruñe, su aliento vestido de ron,
en un soñar inquieto.
Vengo huyendo de opresivas escenas,
me deshago de mi abrigo y me quito el pantalón.
Allí yace, vacío de mí.
Rasgo mi camisa, me saco la ropa interior, me deshago de mi piel.
Mi espíritu respira, libre de vida humana una vez más.

II
Salgo ascendiendo por la ventana,
sin sombra bajo la luz de luna,
toco el suelo, corro,
elástico en mi libertad
que termina al llegar la luz del sol.
Atrapo peces bajo el arrecife
y no puedo comerlos,
no tengo bolsillos
o cuerpo en dónde guardarlos.

III
Debo regresar
a la prisión de la piel
en una casa sombría.

IV
Mi mujer se sienta
al borde de su cama
y ríe como un demonio.
Habla del mal.
Escucho el mal, veo el mal.
Ha salado mi piel
pues sabe que no puedo regresar
dentro de ella
muerta,
seca,
quebradiza
se rompe y se deshace en la nada.
Sabe que moriré como hombre;
como espíritu sin cuerpo,
he de conservar mi cuerpo y espíritu
o vagar en la noche
huir al vuelo de las voces de los hombres durante el día.

VII
Mi mujer me toma por maligno
pues soy Sukahnah
un hombre que se deshace de su piel
tras la muerte del día.

 

MANÁ

Cae la lluvia.
Gordas perlas transparentes
marcan la tierra polvorienta.

Los oxidados techos de las bancas del mercado
protegen a los rezagados, húmedos,
los tomados por sorpresa.

Una agitada masa marrón
de hormigas aladas
arrebata la noche.

Hipnotizadas
por el brillo de las luces callejeras
se aglutinan en dirección del resplandor.

Crepitan las alas.
Se precipitan sobre el suelo
como ángeles caídos.

Con la primera luz de la mañana
dedos marrones escarban la tierra mojada,
apilan en baldes las hormigas sin alas.

La risa y la algazara resuenan en la aldea africana.
Limpian las retintas chimeneas de piedra de las cenizas de ayer.
Les arrojan chamizos secos, los encienden.

Las manos abanican con cartón para
dar nacimiento a grandes hogueras.
Las cucharas de palo remueven sucias pailas de hierro.

Las hormigas se tuestan y revientan para convertirse
en un salpimentado festín crocante
caído del cielo.

 

DAMA DRAGÓN

 

Es vieja,
un arrugado y flácido
saco de huesos.

Es sabia,
dicen, en las oscuras
artes de las brujas.

Un dragón
que deambula en la noche,
chupando sangre de bebés.

Vino de la aldea cuando era joven,
danzaba con el diablo a la medianoche,
los ancestros que rechazó
vendieron su alma.

Una horquilla que se marchita
sin sustento,
se arrastra por el suelo, al sol o a la lluvia.

Somos ciegos, los corazones son rocas,
los labios escupen palabras injuriosas
al pasar.

Nadie reclama a este ser
que se alimenta de raíces,
sembrado junto a la carretera.

Ningún hijo
ninguna hija
ninguna hermana.

* “De pie, levántate, levántate por tus derechos - Canción de Bob Marley (1972)

 

 

REVOLUCIÓN Y REGGAE 
(GOLPE DE ESTADO EN LIBERIA – 1985)

 

La luz del día hace cambio de guardia con la noche
y en la radio retumba “Get up, stand up,
Stand up for your rights”*
No suena el himno nacional.

Se confirma pronto la sospecha,
una monótona voz interrumpe
la tranquila canción reggae
“El Partido Revolucionario del Pueblo
ha tomado el gobierno;
permanezcan en calma, quédense en casa.”
“Get up, stand up,
Stand up for your rights”

Bob Marley no sabe que
han secuestrado su canción
y la han incrustado en cabezas;
las rodillas debilitadas por el miedo
no nos permiten levantarnos

Nos reunimos alrededor de una mesa de cocina
intranquilos por el ra-ta-ta de los disparos
y por los cantos de “patriotas” borrachos
que celebran prematuramente el golpe de estado
celebran el ascenso de líderes tribales al poder
cuentan con el nepotismo para subir de estrato
para ascender en la escala social.

Apagamos la radio
algunos de los que se levantan por sus derechos
se llevan hombres
con destino desconocido
a pesar de los ruegos de esposas e hijos.

Rogamos por poder escapar de la tormenta
pues una revolución, como un huracán, puede
cambiar de dirección, dejar muerte y destrucción
a su paso, mientras lucha por sobrevivir.
El cambio trae muerte a algunos,
masacrados por hombres que querían ponerlos en su lugar,
mostrarles quién es el jefe, ejercer sus derechos
en nombre del destino y de “Get up, stand up,
Stand up for your rights” himno recién descubierto,
rehén de una causa turbia.

 

TOQUE DE QUEDA

 

Prisioneras desde el alba hasta el ocaso,
las mujeres no se atreven a parir.
No nos atrevemos a ser mordidas por serpiente
o picadas por escorpión. Ni nos atrevemos a caer
en una alucinante fiebre de malaria.
El viaje en carretilla
hasta donde el curandero más cercano,
será nuestra garantía de muerte.

La aldea cobra vida
cuando cantan los gallos.
Cerramos nuestras puertas cuando
los pollos cabecean en el gallinero.

No des al soldado una excusa
para hacerse el manda-más, no le des
una razón para ensayar su arma.
Puede no haber tiempo
para poner una cruz en tu tumba.
No te queremos enterrado
como ganado enfermo.

 

NÁUFRAGA

 

Mujer morena vestida de rojo
se arrellana bajo la mirada de Dios-Sol,
sus piernas se extienden a lo largo de una banca verde
en la tornadiza primavera.

Su cabello es un jardín descuidado –
los rizos de una mujer
que llora a los muertos,
los rizos de un alma abandonada a su suerte,
hambrienta de cultura, marcada por sus batallas.

¿Es ella una joven perdida buscando la independencia?
¿Es un regalo del calor tropical de las vacaciones?
¿Es una novia enviada por correo?
¿Una refugiada? ¿Una esclava doméstica en fuga?

Ruego porque el Dios-Sol no parpadee
pues ella, perdida en un mar de caras pálidas,
se ahogará en el frío.

 

UNA BIENVENIDA REAL

 

La orden resuena
como las campanas dominicales.
Nivelen las carreteras, esparzan el asfalto,
limpien las cunetas, poden los arbustos al lado de la carretera
distribuyan la banderas británica.

Los aldeanos blanquean sus casas y sus cercas.
El obeah man * le prohíbe a la lluvia caer
“¡Detente, en nombre del imperio!”

Agarrando la bandera británica, campesinos
se abrasan dentro de sus trajes de domingo
a lo largo de la carretera recién alquitranada.
Los padres cargan a sus hijos sobre sus hombros,
se empujan para conseguir la mejor vista de la reina
cuando su séquito pase bajo el arco de hojas de palma.

Isabel II en su reptante Rolls Royce
luce fresca en el sofocante calor,
saluda rostros marrones difusos con su mano enguantada.

Sus siervos gritan y ovacionan,
ondean la bandera roja, blanca y azul,
y empiezan a cantar “Dios salve a la reina”

* Chamán y brujo de las antiguas colonias caribeñas de Inglaterra.

 

LLEGAR A SER GILBERTO

 

El nonagenario que alguna vez fue temido
por su firmeza, camina sin paso firme,
la fe dirige cada uno de sus pasos,
cada uno de sus frágiles miembros sabe
que el tiempo ha sido generoso.

El viejo, de tez oscura
desde sus días  de luchar contra el sol,
se ve más delgado que en las fotos
de años más mozos.

Abandonada la tintura que veló su edad,
una blanca corona celebra la longevidad.
Las fotos de su rostro flácido y marchito
no son ya imágenes claras.

Sobre las paredes del salón,
fotos en blanco y negro
revelan el granjero,
el portero, el tendero,
el esposo que fue
y el bisabuelo que es.
Sus hermanos, maduros de enfermedad y años,
han caído ya.
En su árbol genealógico de raíces profundas
ha germinado una cuarta generación.

Este patriarca sabe que
su tiempo está tasado,
ha dejado atrás sus días indómitos,
ha dado paso a la razón y pide
que sus hijos se acerquen más a Dios.

Ora por sus almas, pronuncia
palabras por mucho tiempo calladas.
Pero esas palabras amorosas
de las que tanta hambre han tenido
los sacuden al escucharlas.

 

VAGONETA

 

Larga
oscura máquina verde
como un gusano
a través de los pueblos del país
campana que tintinea nerviosa
al arrancar
y al detenerse,
movimiento brusco
al casi chocar
en las afueras de la ciudad,
suenan fuerte las
campanas
ruegan,
menguan las palpitaciones
de advertencia,
un motor resucitado
serpentea
entre
el sofocante tráfico del pueblo,
se detiene,
escupe
y devora gente
en su estrecha panza,
hasta el hartazgo como una pitón
se arrastra perezosamente
a la estación final.

Traducción de León Blanco

 

LOS OJOS DEL JUMBI*


Sostengo los ojos en manos ahuecadas.
Pupilas negras crean círculos rojos,
tantos, tan diminutos,
se cuelan entre mis dedos.
Algunos antillanos permanecen distantes
temen los ojos del jumbi que brillan
como brasas ardientes en la oscuridad
si posas tu mente en ellos.
El Jumbi vuelve a poseer sus ojos
a la medianoche, canta en tus oídos,
Devuélveme adonde me encontraste.
Los atrevidos examinan minuciosamente los arbustos
buscando ojos en forma de abalorios,
los arrancan de las vainas
los empapan en agua,
y atraviesan las pupilas
con agujas gruesas y afiladas,
para ensartarlos en cuerdas.
Los turistas se lanzan a los vendedores
en búsqueda de recuerdos
cabelleras trenzadas, una foto
con una iguana, un burro,
y con aquella camiseta que dice
   I be jammin.
Compran un collar de abalorios del Jumbi,
zarpan, despegan,
abalorios apretan sus gargantas,
no saben que los muertos son también turistas.

*El espíritu del muerto.

Traducción de León Blanco

ASUSTADO

Asustado bajo la casa
el miedo grita
desde los ojos de John-John
sale corriendo de su boca
irrita nuestros oídos.
Huye, doblando las rodillas
hacia los brazos de alguien
que desea salvarlo
del orbe blanco.
Mamá detiene su vuelo,
lo envuelve como crisálida.
Asustado bajo la casa
John-John habla entre dientes
y maldice por doquier.
Mamá enjuga su cabeza afiebrada,
lo frota con ron de laurel.
Papá ora y cuenta
los abalorios de su rosario,
permanecemos cerca de él,
observamos presas de la ansiedad
esperando las órdenes de mamá.
Papá salió
a arrastrar canecas de arena
de una playa cercana
para esparcirla alrededor de la casa
trazando la línea entre
la vida y la muerte.
No cruzarán la barrera,
nos aseguran los ancianos.
Carga levantada,
John-John duerme mucho.
Un largo crucifijo de madera
cuelga de su cabecera.
Una biblia abierta reposa sobre una mesa
y Cristo mira desdeñoso
desde el muro al otro lado del cuarto.


Althea Romeo-Mark  nació en Antigua, isla caribeña, en 1948. Poeta, narradora y profesora, realizó estudios  universitarios de educación, inglés y literatura americana moderna; ha vivido en Estados Unidos, Liberia, Reino Unido y Suiza. Ha publicado, entre otros, los libros de poemas: The Silent Dancing Spirit, 1974; Palaver: West Indian Poems, 1978; Two Faces, Two Phases, 1984 y Beyond Dream: The Ritual Dancer, 1989. Sus poemas y relatos han sido incluidos, entre otras, en las publicaciones: Revista Review interamericana; Welcome to my Pad; The Harvard Advocate, Sun Jewels: Anthology of Virgin lslands Poetry y New Kent Quarterly.

Última actualización: 25/08/2023