Festival Internacional de Poesía de Medellín

 

Una generación
(Grabado en Mezzotinta)


De tanto agitar banderas se fueron volviendo harapos.
Muchos, como Eneas, íbamos con el padre a cuestas
En lucha con su sombra y su talante.
El fantasma que recorría el mundo
Se sentó a nuestra mesa y compartió
Un pan hecho con la levadura del sueño.
Recordábamos a Louise Michel,
Su manera de señalar que la misma madera
Sirve para fabricar toneles o cadalsos.
A cada tanto recibíamos noticias de Patmos:
Paisajes devastados y hombres desplazados,
Lejos del más allá de las ciudades.
Se fueron poblando de vacíos las mesas del café,
De herrumbre los cubiertos del ausente.
El oscuro garitero repartía un naipe negro
Y supimos que la muerte, como un corredor de fondo,
Entrenaba en los estadios nocturnos y vacíos.
Siempre hubo mujeres lavando el agua,
Dándonos a comer el pan de la alegría.
Despreciamos los pasos congelados de la estatuaria,
Los caballos de bronce y los poetas de mármol,
Las mutiladas Venus que desconocen el desperezo o el abrazo.
Una tertulia de sombras bebía el vino del destierro.
En ella estaban el que cerró la puerta,
El que fue mala noticia en una edición de la tarde,
El que jamás juró ser novio de la muerte.
A nosotros nos tocó aprender a nadar en un naufragio.

Para Iván Darío y Leopoldo

 

Visita a un cementerio de autos

Tras los campos de millo y de cebada
El jardín de la herrumbre
Recibe la visita de la lluvia.
Golpean los goterones las viejas carrocerías
Que tienen un aire de belleza olvidada.
A la salida de la ciudad
Detuve mi bicicleta en el cementerio de autos
Y creí ver la pelirroja
Con sus muslos abiertos al amor
En el asiento trasero del Studebaker
/de su abuelo.
Nadie trae flores a sus muertos,
Mr. Ford, Mr. Packard,
A pesar de extrañarlos más que a sus padres.
Por años dieron mejor trato a sus bielas
Que a sus vísceras, a sus embragues
Que a un rumor de cansancio en las arterias.
Algo de un naufragio del tiempo
Hay en esta necrópolis de latas retorcidas,
Algo de estancada y desmembrada metalurgia.
Algunos de estos restos de latón
Fueron cabinas poderosas de hombres seguros
Que huyeron de sí mismos al paso del tren,
Al cruce de la liebre o al encuentro del árbol.
Hasta el auto fantasma
Que escapó tras arrollar al vendedor de manzanas
Por la carretera 39,
Se siente en su casa. Hay algo de espiritismo
En esta leprosería de autos. La lluvia
Es la médium que convoca a los tripulantes
De destazados coches de huesos más firmes,
Menos calcáreos que sus ahora invisibles
/conductores.
Todo lleva a pensar
En una arqueología del vacío.
Es posible que mañana se encuentren
Estas necrópolis hundidas en la arena
Y alguien guarde en su maleta
Alguna pieza del Chevrolet rojo
Como la huella de una edad primitiva.

 

 

Del jefe de los bomberos al señor Montag

Deberá aprender
Que los libros arden a 451 grados Fahrenheit
Y a repartir el fuego entre sus folios,
Señales de vida que simulan los hombres.
De regreso a casa, recordará que sus historias
Son escritas con ceniza y voces calcinadas.
Tendrá que trocar manguera y riego en lanzallamas,
el agua en fuego,
Como los grandes sacerdotes que atizaron ascuas
En la noche que trepaba los muros medievales.
No debe dejar sin su ración de llama ningún libro
Por pequeño y discreto que parezca,
Puede ser una trampa para atrapar desprevenidos,
/para cazar insomnes.
Como el lacre derretido, los libros sólo dejan
Manchas rojas en la memoria, fantasmas en ronda.
La historia antigua,
Los miles de muertos clasificados en las bibliotecas
Son legiones de náufragos perdidos de rumbo.
¿Cuántos dieron la vida por su engañosa belleza,
Cuántas consejas se escondieron en sus lomos
Para celebrar mañanas huidizas y falsos profetas?
Queme los diccionarios,
En ellos se oculta un arsenal de rebeldías,
Enterradas municiones disfrazadas de ensueño.
Vigile que las chimeneas no esparzan al viento
/esquirlas de palabras.
Incendie sus novelas, sus piezas dramáticas,
Sus libros de viaje, sus tratados de ornitofilia,
Sus volúmenes de arquitectura y otros puntos de fuga
Que ocultan entre líneas su linaje de árbol.

 

 

Mester de servidumbre

Por carecer de flechas,
Los mendigos
Arrojaban
A los nobles
Sus propias heridas.
Pero había
Una raza de pordioseros
Más mísera aún:
Robaba heridas ajenas
Y las vendía
En la plaza de mercado.
Con tan burdas armas
Los pobres cruzaron
La noche medieval.

Para María Matilde

¿Qué vio la bruja de
Goya en su vuelo?


Cuando su fiel amigo,
Un diablo cojuelo,
La invitó a levantar
Uno a uno los tejados del reino,
No vio nada
Que no supiera ya su padre,
Un pintor sordo y temerario:
Judíos más allá
De los confines de la corte,
Un imperio cainita que reparte
Quijadas de asnos entre hermanos,
Un carnaval
De desvaríos y disfraces.
¿Acaso vio la remesa de enanos
Llegados al reino
Desde Polonia e Italia
Y, sin burla alguna,
Desde los Países Bajos?
De esos feudos llegó
Un bufón tan pequeño
Que traía noticias del subsuelo.
¿Pudo ver el mercado de lazarillos
Que fingían visiones
Y ocultaban sucesos?
¿Vio venir al caudillo
Como a un viejo flautista
Que conduce la turba al precipicio?
Quizá escuchara los trucos
De Quevedo y Velázquez
Para hacerle esguinces a la muerte.
O tal vez,
Los primeros trazos del pintor
Al fijar en el lienzo
El retrato de su amigo,
Poeta de frente amplia
Y de labios mezquinos.
¿Vio el comercio
De grilletes de hierro
En un siglo de oro?
Cuando la corte enviaba enanos
De regalo a la nobleza
Como quien ordena una caravana
De espejos deformes,
La “linda maestra”
Llevaba en ancas de su escoba
Una bruja novicia
Que ocultaba su cara.
Podemos dudar de la existencia
De un dios de la guerra 
Concebido a imagen y semejanza
De un regimiento de enanos
Como Mari Bárbola,
Barbarroja, Bonamí o Pertusato.
Solo un dios benigno aceptaría
Tan horrible semejanza,                                                                        
Pero la clerigalla,
Frailes y trotaconventos,
Hacedores de espejos ciegos
Y doctores del Santo Oficio,
No podrían creer tantas bondades.                                                                     
Goya y Velázquez,
El perdulario Quevedo
Y el anónimo Lázaro de Tormes,
Vieron el reverso de la historia.
Ellos atraparon sin recelo
Una galería de espantos:
Los jorobados
Que parecen llevar un morral
De piel en sus espaldas,
Los títeres sin cabeza,
Los deshechos y contrahechos,
Los cojos y los fusilados.
¿Por qué la bruja novicia
Que acompaña a la hechicera
Esconde su rostro
En la giba de la maestra?
Podríamos pensar,  
Siendo una mujer desconocida
Nacida en una casta de rapaces,
Que se cubra para no ver
Desde el aire nocturno
Los poblados de la razón
Y su cosecha de monstruos
O los reyes vestidos de púrpura 
Que ordenan iniciar
El baile teratológico
De la “tiniebla viviente”.

Para Nelson Romero
Bogotá, noviembre 18 de 2009


Naturaleza muerta


Voy por la calle con mi maletín de antílope
Y mi billetera de becerro.
Calzo zapatos de toro
Y llevo un blusón rojo teñido en achote.
Toda mi ropa fue lavada por un secreto río
Y jabones de rosa.
En mis papeles rumora un viejo bosque,
Por momentos siento que
Se despereza la serpiente del cinturón.
Hay vestigios de clorofila en mis dientes.
Escribo con carboncillos de sauce.
Me pregunto qué trozo soy del paisaje.


Biografía de Nadie


Es notable la gloria de Nadie: no tuvo antepasados bajo el sol, bajo la lluvia, no tiene raigambre en Oriente ni Occidente. Ni hijo de Nadie, ni nieto de Nadie, ni padre de Nadie, pequeño cónsul del olvido.

¿Ven un vacío en la foto familiar, un hueco, un espacio entre la respetable parentela? Es Nadie, sin rastro y sin linaje.

Es notable la gloria de Nadie antes de la primera mañana de la historia, precursor de hombres que hoy son hierba, de padres de otros padres que son velas sin pabilo.

Festejemos a Nadie que nos permite presumir que somos Alguien.

Tierra de Nadie


Nadie
Pinta un pájaro donde hubo tigre.
Su rugido borra el silbo. Traza un árbol
Donde antaño pintó un mástil.
Quién diría que bajo árbol y pájaro
Duerme un tigre
Mientras cruza un barco a toda vela.
Esta nube
Fue sábana en su encordado,
La silla se reclina en algo que fue pared,
El cielo fue jinete azul.
Nadie ama el claroscuro,
Los colores del olvido,
Los pintores de nieblas.
Rembrandt y Morandi
Preguntaron por Nadie.


Los perros de Nadie


Callejean,
Escarban los restos del día
Como quien acude a un tanatorio:
Perros góticos apaleados en misa,
Un domingo raído por la lluvia.

Bogotá duerme al fondo de su hartazgo
Y los perros de Nadie
Rastrean los días en fuga,
La sombra perdida de un Virrey.

Un niño ata en sus colas de cometa
Latas de avena
Con la efigie de un cuáquero
Que no pierde su torva dignidad.

Los perros sin dueño
Recorren centro y sur de la ciudad,
Las zonas donde Nadie
Tiene su reino de olvidos.

¿A quién ladran
En la calle vacía?
¿A quién dirigen
Sus orejas vacilantes?

Acaso descubran el paso de Nadie,
Del que fue una vez,
Envuelto en brumas.


Testamento de Goya


El tiempo
Ha devorado mi rostro
Como Saturno a sus hijos.
Quizá mi sordera fuera un don, 
La manera de asordinar
El grito nocturno de los fusilados,
El canto feroz de la locura.
Traigo noticias de la sombra,
El sueño de la razón
Que galopa sus broncos caballos
En mi alcoba.


Tras la campiña italiana


En las noches, tras la campiña italiana,
Abren sus bocas de vacío las cárceles de Piranesi.
Son piedras que fueron lápidas,
Que fueron viento ensimismado.
El arquitecto de la nada graba en mi piel
El tatuaje del eterno prisionero.
Un barrote lunar. Y otro barrote de fuego,
Y ya no se de qué lado de la celda están los ojos,
En qué recodo del laberinto me agazapo.
Si en un descuido del paisaje
-Tras fijar al papel una lluvia de hierro-
Piranesi trazara un mapa del feroz extravío,
O forjara una ganzúa en la herrería del ángel...
Entre arcos y ojivas y garitas de horror
Un guardián invisible tiende su mortaja.


Autorretrato con sombrero


A Antonio Caballero

En mi dibujo 
La cabeza porta un gorro
A la usanza de Rembrandt,
Aunque el gorro de Rembrandt
Haya tenido una mejor cabeza,
Sin duda, una mejor cabeza.


Escenario para Morandi


El pintor recorta una lonja de silencio,
Lo macera en un mortero
Hasta dar con la piel de la penumbra.
El pintor, recostado en la niebla,
Humedece su pincel
En un cubo de nada.
Giorgio Morandi traza fronteras al vacío,
Despliega en ellas las formas del tiempo.

Fabulita del arte


A Antonio Samudio

Las dunas del desierto
Elaboran texturas bajo el Simún
Pero no enseñan su arte en los salones.
Festejemos a las dunas
Y su clamoroso público: el viento

 

Lectura de Juan Manuel Roca en la inauguración del 23° Festival de Poesía de Medellín. Fotografía de Natalia Rendón Juan Manuel Roca  nació en Medellín, Colombia, en 1946. Poeta, ensayista, crítico de arte, narrador y periodista cultural. Su producción poética tiene una apertura hacia el surrealismo, pero luego encuentra su tono y temas personales. Algunas de sus obras son Memoria del agua, 1973; Luna de ciegos (Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia), 1976; Los ladrones nocturnos, 1977; Cartas desde el sueño, 1978; Fabulario real, 1980; Ciudadanos de la noche, 1989; Pavana con el diablo, 1990; Monólogos, 1994; La farmacia del ángel, 1995. En 1994 publicó Prosa reunida. Libros de ensayos: Museo de encuentros, 1995 y Cartógrafa memoria, 2003. Entre las antologías de su poesía se destacan Luna de ciegos (México 1994), Los cinco entierros de Pessoa (España, 2001) y Cantar de lejanía (Bogotá, 2005). Recibió el Premio de la Cámara Colombiana del Libro, 1992 y el Premio de Periodismo Simón Bolívar, 1993. Obtuvo el segundo Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, en 1975; Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, en 1979; Premio al Mejor Comentarista de Libros Cámara Colombiana del Libro, en 1992; Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, en 1993; Premio Nacional de Cuento Universidad de Antioquia, 2000 y el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura, 2004.

Video. Lectura del poema Una carta rumbo a Gales leido durante el XIII Festival Internacional de Poesía de Medellin en 2003.

Artículos de Juan Manuel publicados en este sitio:

Dos miradas a la obra de Juan Rulfo. Por Juan Manuel Roca.

Defensa de la re-niñez

Publicado en agosto de 2013

Gulliver: