Jairo Guzmán

Inéditos

La rosa

Angel de alas
concéntricas
que son párpados
extendidos
al delirio de la nube
que hacia ti avanza
para cubrirte
con su alfabeto tornasol
de briznas de agua

Desde el cenit
te ves flotando

Frente a ti
apareces atado a la tierra
con un cordón de espinas

La tierra quiere detenerte
y tu delirio es el sol

Flotación y Gravedad
te disputan
por los dones de tu milagro
porque eres un enigma
con forma de torbellino en reposo
a cuya aparición
le anteceden las manos
que domaron a los monstruos de Arborescencia

Esas manos acariciaron la espina
y de esas nupcias
brotaste
pleno de mensajes
cifrados en tu silencio

Tu actitud
es la de quien escucha
las lisonjas del sol
el cíclope pelirrojo

Los himnos a tu fragilidad de umbela de éter
serán entonados
con acordes de rocío
cuando tus alas se desprendan
y ya no esté el altar de tu figura

Ozono

Arcángel protector
de la pradera
donde crece
el sagrado Stropharia

Por ti
a lo lejos
la montaña
se ve azul

Gema de éter
emanado
de la pedrería celeste

Uno
en la trinidad
del oxígeno

Un pez muerto en la playa

Pareces un monje budista
escuchando el gong de las galaxias

¿Será que alguna vez fuiste terrestre
y el delirio de boscaje de tus ancestros
te hizo desmayar en este paraje?

¿Acaso fuiste gacela?
¿Qué rayo te fulminará cuando seas ave?

Estabas borracho de sol
y ya se me hacía abstruso
un pez bronceándose en la playa

Cuando seas un pájaro
grande y azulenco como el pájaro de la soledad
te escucharé la salmodia a la alegría
ante el esplendor que trasvasa
a la crátera del pelícano
el vino del rayo blanco
Pájaro de las aguas
tu sed de madreselvas y dientes de león en flor
no fue saciada
Cuando seas ave
en el ramaje de un guayacán
concédeme la clave de los vientos

El espejo negro

Atraído por la visión de un árbol, camino por la sabana, hasta extraviarme en su paisaje. Su tallo, abrazable por ocho hombres en círculo. Tan alto que aves migratorias se desvían de su ruta, allá lejos, imantadas por su presencia.
Palacio para pájaros. Bajo su fronda me acuesto hasta entrar en el trance del intersueño. Mi visión se desplaza como si otro llevara en su rostro mis ojos. Avanza. Una pradera. Hongos, gigantes, de un material calcáreo. Corro. Me acompañan vientos corporeizados o cuerpos huracanados. Luego, una arboleda de robles. Una pequeña laguna.
Los vientos me abandonan en la parte trasera de una casa, construida con maderas que exhalan aromas. Hay recámaras, amplísimas, de techos altos. Hay cervatillos, grabados sobre pieles; miran, perplejos, un remolino de aves. Emblemas de oro, plata y piedras pulidas.
En el espejo de ónix se ve la entrada a un recinto donde se realiza un diálogo, sin palabras, entre muchas personas. Leves corrientes de un viento atémporo ondulan, benévolamente, en el cielo de este recinto semi-elipsoidal.
Proceden de remotos parajes o tal vez siempre han estado atrapados en el espejo negro. Al atravesar ese velo, se siente que nos esperaban. Todos dicen, con mucha clarividencia, mensajes fundamentales. Es un habla que no puede ser expresada sino como un coro de briznas flotantes. Al regresar de allí se siente que esas voces, como viento que roza las espigas, nunca más nos abandonarán. Los ojos regresan al cuerpo.


Jairo Guzmán (Montería, 1961). Ha publicado los libros de poemas Coro de ahorcados y Todo paisaje es la elegancia del ojo. Director de la Escuela de Poesía de Medellín y miembro del equipo organizador del Festival Internacional de Poesía en Medellín.

 

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