Abbas Baydoun (Líbano, 1945)
Poema inédito en español
De Tyr (Fragmento)
I. EL MAR.
¿Quién soy yo, para levantarme entre los rapsodas, los zapateros venidos sobre caballos extenuados a través de los desfiladeros; los leñadores
sofocando, con yeso, las pequeñas hogueras.
Los jóvenes panaderos, encendiendo, en los barrios circulares, antorchas de paja y lagartos; los campesinos transportando mujeres y niños sobre
el lomo de viejos asnos y atravesando, bajo el plenilunio de los campos, valles que son lo mismo que cicatrices cerradas?
¿Quién soy yo, para precederlos bajo las arcadas que hacen curvar
las casas, a la altura, donde se anudan las cuerdas para secar ropa, a fin de dejar una abertura para el espacio y las estrellas?
Aquí, los hombros de la ciudad y sus vértebras; sobre sus puentes
se acumulan, arrugadas sus hojas espesas para enrollarse alrededor
de sus vendas y de sus venas abiertas, alrededor de sus jirones de piedra gris;
ella parece, entonces, bajo una luna que no ve, como una rosa de humo
y de metal. Ella se repliega sobre sus pozos, sus brechas y sus arcos.
Ella se mueve como un ojo muerto, como un orificio dentado y es allí
donde la ciudad se comba y nosotros atravesamos su joroba, con paso ligero, hacia un estrecho mediodía.
¿Quién soy yo, para guiaros, para mostraros las piedras sobre las cuales nacimos reptiles, en el momento en que la ciudad levantaba su cabeza desde el mar? Él nos nutría de sol y de sal, en el cuenco de nuestras manos comimos peces vivientes. Las aguas nos levantaron por encima de la
piedra, mientras que aprendíamos, a diario, palabras y pensamientos
nuevos. Estábamos cubiertos de arena cuando nos refugiamos sobre
las riberas. Nos hemos abandonado a los lavadores de arena que
nos envolvieron con espuma madurada en la brisa nocturna; y bajo
una ola, salimos de nuestras conchas.
Pasamos una noche clavados en una corriente de perfumes marinos
y otra noche al pie de los cipreses y de las ánforas de pinos, bajo el follaje de los azafraneros, allí donde se extienden las praderas marinas. Después abrevamos sangre del corazón del alba y de la noche. Nuestros ojos
se empañaron, mientras estuvimos bajo las aguas verdes. Salimos
relumbrantes, del huevo de la pascua marina y de la plata de los peces.
La arena estaba sobre nosotros igual que las estrellas; nuestras pieles
resonaban cual hojas de oro y, bajo el agua de nuestras almas, fuimos arena prisionera. El agua invadía nuestros follajes y fuimos recubiertos
de escamas y de nácar. Entramos a la cavidad del mar, en medio
de sus múltiples hijos y bajo la envoltura de nuestro corazón; y sobre
las praderas de nuestras vigilias, batía el mar.
El mar se levanta y nos lleva sobre la cresta de sus falanges hasta
los mástiles; el mar se infla bajo la brisa y el flujo, el pecho de la corriente
se levanta y crece. Nosotros nos erguimos, por debajo de nosotros mismos,
por debajo del océano y del ruido de las olas que se rompen hasta nuestros muelles y sobre nuestros andenes de madera. Henos aquí dispersos
entre las olas de algas que se rompen como árboles fragmentados
y nosotros permanecemos en medio de los círculos flotantes de espuma.
Henos aquí perdidos en nosotros mismos, cada vez que el mar ancestral
se eleva lentamente sobre sus escalas; el ojo verdea y la mirada se llena
de agua todas las veces que se entreabren las escamas del mar y el agua escapa a sus torbellinos en posición de guardia.
Ella navega con un timonel de aire ebrio, hacia los cuatro puntos cardinales, nadando sobre la cresta de sus azules cristalinos. Entonces,
nos ponemos de pie, el mar rugiendo en nosotros. Nosotros
lo contemplamos, escalando como un caballo y volando como las dos alas de un pájaro invisible.
Nos hemos alejado y lejano ha devenido el mar; él descendió nuestros senderos de piedra y nuestras balaustradas; el agua se ha retirado
a su morada, bajo el pecho de su sombra vaga. Lentamente, ella aspiró
la superficie de la tierra y la secó. Entonces surgió la tierra firme
con sus estelas de piedra y sus praderas esculpidas, chimeneas y piedras verdecidas apareciendo poco a poco, y el mar permaneciendo
a retaguardia, vasto murmullo de bosques saqueados.
Ciudades oscuras están encadenadas allí, como esqueletos de delfines
y de fósiles escupidos a la orilla, que duermen parecidos a lagartos
petrificados, sobre el trono del mar.
Sobre ellas se vuelven a cerrar sus arcadas, sus puentes y sus palmas
de mármol; asfixiadas por sus aguas secretas, ellas se contraen
como un fruto seco y como un corazón arrugado entre la ceniza.
Cuando los arroyos se relajen como serpientes muertas, cuando el mar permanezca en los mercados, dormido, estancado, y el agua se retire
de nuestros rostros, henos aquí, semejantes a lavaderos de arena y tamices de agua.
Levantamos alto nuestras brechas numerosas que han vertido el mar
de todas las costas, y en cuanto el primer flujo nos deja como círculos
de olas y anillos de espuma sobre la playa, permanecemos entre las velas
y las carroñas, pecios del mar y restos de una ola a la que le han robado
el corazón.
Buscamos el mar bajo la piel pero no sacudimos sino nuestra arena
y nuestras estrellas y no nos asimos de nuestras almas, conchas vacías.
Quemamos nuestros anillos en el agua, incendiamos el agua hasta
la ribera y reventamos las olas inmensas; el agua se concentra
en los barrios, bajo las moscas de los vastos mares. Ella duerme bajo
las casas y los pozos, inmóvil. Entra en nuestras alcobas y se extiende entre nosotros, prisionera de sus redes y de sus escamas.
Enferma sangrando en el arroyo ella descenderá de los molinos, azotada, su fuerza de roble secreto, para aparecer bajo nuestros lechos
como un pez muerto.
Las aguas del mar se tormentan en la noche y el bosque arrasado, el mar se hilvana igual que una serpiente bajo las hogueras y la piedra. El mar surge alrededor de nuestras casas y chorrea de nuestro vestido; no queda, luego, que se ha clavado en sus abismos, sino un rechinar marino,
llenando el horizonte. Nuestros lechos y nuestras almas se desecan
entonces como las riberas. Y la ciudad permanece privada de su seno;
sus osamentas polvorientas se acuclillan mientras que las armazones
de las casas vacilan como toperas y el aire se separa de los cuartos.
La vajilla sobre los anaqueles, los grandes péndulos fijados a los muros,
los alimentos sobre el fuego y los niños alrededor de los lagos. Al norte
y al sur los árboles se pasean. Somos pocos en saber que al pie
de las hogueras, hay zapatos llenos de barro y que aquellos que han vuelto a entrar han dejado tras ellos corrientes escupidas por la tierra, vientres abiertos sobre la ruta. Han dejado carroñas de cangrejos vivientes bajo
sus mantos maculados. Que nadie me tiente a sacudir estos hombres, ahora que sus dedos y sus dientes les son despegados y la lluvia los atravesó.
Somos pocos en saber que los hombres no han cambiado, sino que cambiaron el timonel de sus sueños y que la noche no es suficiente. Que esta mañana lapidada como una rosa seca no es para nosotros; que el aire, de hierro, es duro para la mirada y la luz. Que las bocas están rotas sobre las almohadas, los rostros azotados por el rayo. Que las vidas se renuevan y que las gentes venden el porvenir por una muerte tranquila en un balcón, y que con la palabra se levanta la brisa como un muerto que se despierta.
Nos hemos tendido sobre piedras tan largas como los bosques, envueltos en velas. Entre las acogedoras piedras, nos dormimos e hicimos el aprendizaje del amor; sobre una planicie de arcilla la suerte se nos dio y comimos nuestros humildes frutos. Nos recubrimos con el rayo cayendo sobre las praderas de piedra y crecimos bajo la lluvia nocturna. Nosotros supimos que sólo los sueños de yeso no se esconden, que sólo los cuerpos de arcilla no embaucan.
Entre la piedra y el agua, chorreamos como el hierro fundido y siempre, vimos
nuestros sueños, que no pudimos reconocer, asesinados. Y lloramos sobre
las riberas con el corazón de la piedra verdadera.
Traducción de Rafael Patiño
Abbas Baydoun nació en el Sur del Líbano en 1945.
Estudió Literatura Árabe en la Universidad del Líbano y después
en la Universidad de la Sorbona, en París. Desde 1968 ha desarrollado la
escritura poética. Por sus actividades políticas fue encarcelado
durante algún tiempo en El Líbano y en Israel. Se ha desempeñado
también como periodista, y dirige la página cultural del diario
libanés Al-Safir. Algunos de sus libros son: Le Temps à grandes
gorgées (1982); Tyr (1985), Visiteurs de la première
jeunesse (1985); Critique de la douleur (1987); La Vacuité
de cette coupe (1990); Les Cousins de notre regret (1993) y Pour
un malade qui est l'espoir (1997). Su escritura ha sido definida como una
especie de catarsis, al reproducir ésta, poéticamente, las condiciones
exteriores que la engendran. Una parte de su obra ha sido vertida al francés. |