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Abrirse a la obra de Joaquín Giannuzzi es, de alguna forma, exponerse a la constatación de que la poesía - esa escritura de la incertidumbre pero también de la intensidad, esa escritura del no saber, del desconocimiento, esa escritura que habla también de su contrario - puede convertirse en una experiencia concreta. Todo en la poesía de Giannuzzi, impulsa hacia el mundo real; un mundo sólido, compacto, por momentos opresivo; un mundo donde el sentimiento dramático de la vida adquiere consistencia; un mundo en el cual los objetos revelan - al ser reconocidos en su completa dimensión de objeto - la propiedad central de su desnudez, de su despojamiento, de su precariedad. Siempre estuvieron allí, y siempre pasaron desapercibidos. Pero ahora, gracias a la visión del poeta, a su palabra, son nombrados, señalados; es expulsada de ellos toda posibilidad de representación, para, finalmente, ser presentados como lo que son: cosas. ¨Súbitamente/un círculo de luz en la mesa,/revela el extremo de un cenicero,/una taza completa en su azul, un lápiz/y su hoja de papel con un texto/aún desconocido. Así abandonan su estado anterior de invisibilidad para adquirir presencia, cuerpo, densidad. Todo señalamiento implica en primera instancia un reconocimiento. Y Giannuzzi nos muestra gracias a su poesía que aquello que nos rodea ha influido en nuestras vidas: unos zapatos, un plato de sopa, una dalia, una mosca; objetos, alimentos, plantas, insectos, que al ser retratados en su envergadura de forma concreta, sin transmutación posible, generan en nuestra interioridad una escenografía sensible que nos enfrenta, a través del espejo de su propia impotencia, con nuestros miedos más profundos: la insignificancia, el deterioro, la fragilidad del amor, la fugacidad, el olvido. ¨Sobre el pasto declinante/un grillo se arrastró hasta mi sombra/y se detuvo, perplejo,/ante una amenaza de disolución./Después se aplastó, buscando/su propia tumba/y sintió como el mundo se enfriaba./Así fue el comienzo/de la verdad de un año que no amé./ Giannuzzi ha construido a lo largo de los años una poética original, profunda, con una gran variedad de registros (desde lo coloquial, pasando por lo irónico, lo cáustico, hasta alcanzar también lo histórico, lo sensible y lo reflexivo) pero siempre privilegiando la estructura del poema y, el lenguaje, como las columnas vertebrales de toda su poética. ¨La auténtica literatura no es la que halaga al lector, confirmándole en sus prejuicios y en sus seguridades, sino la que le acosa y le pone en dificultades, la que le obliga a ajustar las cuentas con su mundo y con sus certidumbres¨.(1) La voz de Giannuzzi se ha convertido en un punto de referencia ineludible para las nuevas generaciones. A diferencia de otros grandes poetas argentinos, quienes han hecho del uso de la metáfora, de la imagen y del lujo verbal las condiciones esenciales de sus obras, Giannuzzi ha preferido, como él dice, bajar el tono: huir de la metáfora, de cierta solemnidad y de toda exuberancia lingüística. ¨Busco una literatura de puras evidencias, plana, que se identifique con la realidad¨. (2) Y así como, otros poetas han avanzado en el desarrollo de sus estéticas hasta más allá de los límites y por ello mismo, de alguna forma, cerrado un círculo, la poesía de Giannuzzi, por el contrario, abre nuevas perspectivas: permite gracias a la diversidad temática y formal, la posibilidad de adentrarse a través de intersticios, grietas, fisuras. No ya desde el lugar del asombro sino, como él bien remarca, desde la “creación de una expectativa”. Como enseñaba Leonardo Da Vinci a un discípulo - ¨Escucha el sonido de esa campana. Sólo hay una campana, y sin embargo el sonido es múltiple¨.
(1) Claudio Magris, El Danubio, Anagrama, novela.
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