Atacar las causas de la guerra

Por José Martínez Sánchez

Colombia es el país negado desde la infancia. Asaltada la cuna por una larga noche de violencia y desplazamiento forzoso, generaciones enteras hemos vivido la pesadilla de muerte y desesperanza durante la segunda mitad del siglo XX. Los lectores que por fin nos acercamos al libro escrito por Germán Guzmán Campos y Orlando Fals Borda no podíamos menos que sentir el horror y la extrañeza ante los hechos que sacudieron el territorio nacional entre 1948 y 1956. Aún parece sonar en nuestros oídos la amenaza de los hombres “chupasangre”, de los cortes de franela y otras formas de flagelación sólo superadas por el repugnante sistema de exterminio utilizado por sectores estatales y paraestatales contra los inconformes del campo y la ciudad, sin duda continuación de una guerra frontal a los desposeídos de la tierra. La literatura, tan puntual a la hora de reflejar esa tragedia en épocas pasadas, de repente se vio silenciada por la gran industria editorial para dar paso al experimento del Frente Nacional, cuyos resultados pusieron en evidencia los privilegios del bipartidismo y el nacimiento del narcotráfico. Incubada en la memoria de nuestros progenitores quedaba la huella de la frustración, el fratricidio y la pobreza.

Convertido el territorio colombiano en campo expedito para el asesinato, el pillaje y la corrupción, la sociedad civil debió acudir a formas organizativas que permitieran denunciar ante organismos nacionales e internacionales los delitos contra la libertad de expresión y el desconocimiento de los derechos humanos. Antes la gente decente tuvo que repudiar el crimen individual y colectivo contra dirigentes políticos, gremiales y estudiantiles en diferentes regiones, porque aquel experimento largamente acariciado por los dos partidos tradicionales muy pronto desencadenaría la peor crisis padecida por el país en tantísimas décadas de vida republicana.

Sobre este panorama de impunidad y desolación, la palabra modernidad fue sólo el objeto de especulación por cuenta de intelectuales más o menos timoratos, según el papel impuesto por los medios al alcance de los lectores. Una vez el lenguaje literario y la reflexión crítica fueron sometidos a una forma de lobotomía sin precedentes, la expresión propia de las instancias gubernamentales fue la del héroe rabioso entronizado por la ignorancia. Es el discurso entregado a los políticos del turmequé por aquellos generales formados en la Escuela de las Américas para borrar el comunismo en Latinoamérica, más empeñados en combatir los efectos y no las causas que justifican el derecho a la protesta. Por suerte salieron ilesos los miembros de las academias de la lengua al incluir la palabra en los diccionarios de uso corriente. Porque la cacería de brujas fue y sigue siendo una de las peores formas de intolerancia oficial.

Así llegamos a una actualidad donde fenómenos como el militarismo, el confesionalismo, el paramilitarismo, el cacicazgo político, el narcotráfico, la parapolítica y el genocidio ya no pueden ser ocultados por los medios. Día a día los colombianos presenciamos con impotencia la podredumbre de un sistema basado en la mentira y la inconstitucionalidad. Quizás porque vivimos en la esquina más conservadora del continente no se nos ha permitido recobrar esa infancia tranquila y promisoria negada por la violencia. La antropofagia anunciada por Daniel Caicedo en Viento Seco, esa novela breve sobre la barbarie política en Colombia, nos impide hoy aceptar la existencia de un estado respetuoso de la democracia y los derechos ciudadanos.

 

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