Notas sobre un renacimiento cultural en tiempos de barbarie
Notas sobre un renacimiento cultural en tiempos de barbarie
Por James Petras Ponencia escrita para el Encuentro Nacional de Arte y Poesía por la Paz de Colombia
Introducción
Vivimos en tiempos de guerras destructivas con fines imperiales en nombre de la “democracia”, de explotación salvaje en nombre de las “potencias emergentes”, de desplazamiento forzado de la población en nombre de la “inmigración”, y de despojo en gran escala de los recursos naturales en nombre de los “mercados libres”. Vivimos en tiempos de barbarie y las élites bárbaras se valen de un ejército de lingüistas y manipuladores culturales para justificar sus conquistas.
Los grandes crímenes contra la mayor parte de la humanidad se justifican por una desgastadora corrupción del lenguaje y del pensamiento —una deliberada invención de eufemismos, falsedades y conceptos engañosos. Las expresiones culturales son un factor determinante básico de las relaciones de clase, nacionales, étnicas y de género. Reflejan y son producto del poder político, económico y social. Pero así como el poder es en últimas una relación entre clases antagónicas, las expresiones culturales también son canalizadas a través de la mirada, las experiencias y los intereses de las élites dominantes y sus rebeldes ciudadanos.
Así como los escritores de las élites bárbaras han fraguado un mundo lingüistico de terror, de demonios y de salvadores, de ejes del bien y del mal, de eufemismos que embellecen los crímenes contra la humanidad, así un nuevo grupo de escritores, artistas y participantes colectivos se han pronunciado para aclarar la realidad y evidenciar las bases existenciales y colectivas para desmitificar las mentiras y crear una nueva realidad cultural.
Frente a la barbarie de la élite, surge un renacimiento cultural. Investigaciones periodísticas, obras de teatro y canciones revelan los crímenes. Afirmaciones de integridad, la solidaridad social y el rechazo individual de los alicientes monetarios fortalecen el compromiso moral ante las persistentes amenazas, los asesinatos y la censura oficial.
Los grandes crímenes de las potencias imperiales y sus clientes locales incluyen las masacres y el diario conteo de muertes, y la propaganda que califica a todas las víctimas de criminales y a todos los criminales de salvadores. Los delincuentes políticos no han podido y no pueden silenciar, ensordecer o cegar una nueva generación de intelectuales, poetas y artistas críticos que le hablan la verdad al pueblo.
Hay varios temas que son esenciales para el avance del renacimiento cultural emergente y nuestro desafío al reino de la barbarie. Estos incluyen la política del lenguaje, los malentendidos conceptuales y el valor intelectual en la vida diaria. El gran conflicto se produce entre el poder de los medios masivos de comunicación y la solidaridad colectiva, y la falsa asociación de clase con la alta cultura y la cultura de masas.
La política del lenguaje
La corrupción del lenguaje es una prescripción de complicidad en los crímenes políticos. La corrupción del lenguaje asume la forma de eufemismos creados por publicistas, transmitidos por los medios masivos de comunicación, repetidos en el pomposo lenguaje de académicos y jueces, y traducidos al lenguaje soez de la prensa amarilla sensacionalista. A los crímenes monstruosos contra las comunidades rurales perpetuados por el estado policial los llaman “pacificación”; la reducción de los salarios y de los servicios sociales la describen como “estabilización”; y califican de “flexibilización laboral” la eliminación de la legislación laboral que protege el empleo contra los despidos arbitrarios y el debilitamiento de los sindicatos.
Los defensores de los derechos humanos de las víctimas de la violencia militar son llamados “cómplices de los terroristas”; a la violencia estatal y paramilitar sistemática la llaman “seguridad nacional”; “terrorismo” a la oposición a los vínculos militares y políticos con los paramilitares; y “medidas de salvación nacional” a los planes contrainsurgentes en gran escala financiados por las potencias imperiales extranjeras.
También existe el pretexto de establecer una terminología seudo científica neutral a actos inhumanos —la destrucción de miles de comunidades y el desplazamiento de millones de personas es descrito como una “liquidación de elementos subversivos”, y equiparado al exterminio de insectos dañinos.
Estos eufemismos son una forma de anestesia colectiva empleada para tranquilizar a la población no directamente afectada por la violencia oficial; la imaginería que evocan siempre es benigna con el fin de esconder una realidad maligna. “Pacificar” sugiere un “pacificador” y le permite al padre calmar suavemente al hijo para que deje su irritante lloradera. Pero la “pacificación” de un pueblo sugiere lo opuesto: la intervención violenta de fuerzas militares en una comunidad tranquila, causando alaridos de dolor y escalofríos de muerte.
La estabilización en boca de las autoridades estatales significa reducir los déficits comerciales y financieros, conservando al mismo tiempo los subsidios y las exenciones de impuestos para la clase gobernante. La estabilización de las grandes empresas y los bancos implica la desestabilización de la clase trabajadora y los pobres: la pérdida de servicios de salud, el aumento de los precios de los artículos de primera necesidad como la comida y el transporte, y la pérdida de empleos que lleva a la disolución de las familias, la reducción de la escolaridad, los hogares con padres o madres solteras, e índices más altos de suicidios y alcoholismo.
El ensayo general de cualquier transformación política y social es la claridad lingüistica —hablar y escribir en un lenguaje en el que las palabras y los conceptos evoquen la realidad en que vivimos, sobre todo el impacto de clase diferente de las políticas específicas. La aclaración de los eufemismos no es tarea de los lingüistas sino de todos los artistas e intelectuales comprometidos.
El lenguaje y la izquierda
La izquierda ha fallado demasiadas veces en la tarea de elucidar el significado de los eufemismos —apelando al perezoso truco de ponerle comillas a la palabra del caso. El propósito de las comillas es indicar ironía, crítica o rechazo del eufemismo —pero son tan oscurantistas como el eufemismo que tratan de refutar. Muchos escritores tratan los regímenes autoritarios y represivos que sostienen ser democráticos simplemente poniéndole comillas a la palabra “democracia” —como si las comillas se explicaran a sí mismas. Los críticos fracasan en tomarse el tiempo y hacer un esfuerzo para elaborar un término más preciso, que capte el significado cognitivo del sistema político. El hecho de apelar a las comillas tiene una larga historia de abuso por parte de la izquierda, un abuso que sirve para socavar el propósito pedagógico de educar a las clases populares y de darles un nuevo y útil vocabulario político.
Más recientemente, sobre todo entre los intelectuales que pretenden comunicarse o liderar las clases trabajadoras y campesinas, se abusa de la comprensión popular profiriendo insultos. Cuando usan “groserías”, los intelectuales renuncian a la responsabilidad de ampliar el vocabulario de los activistas de la clase trabajadora o campesina. Cuando los trabajadores o los campesinos apelan a las groserías, buena parte del efecto dependen del contexto y el tono que determinan el significado. La misma palabra grosera puede ser una denuncia o un término afectuoso, dependiendo del contexto. Pero cuando existe un vocabulario político más preciso y variado, el intelectual seudo populista debería introducir y definir su significado en lugar de pretender establecer una buena relación sobre la base del nivel más limitado y simplista de la comunicación: la vulgaridad.
El intelectual que menosprecia a los trabajadores y campesinos no amplía su comprensión; reduce, al contrario, la capacidad de leer y escribir del intelectual.
El otro lado de la moneda es el problema de la pedantería del intelectual: el empleo del lenguaje extraño y abstracto derivado de textos muy especializados, fracasa cuando trata de concretar las realidades y luchas de los trabajadores y los campesinos. La tarea del intelectual es tomar ideas complejas y hacerlas comprensibles —ilustrar ideas de la práctica diaria. Es más fácil escribir para otros intelectuales que hacer un esfuerzo por explicar el contenido y el significado de un concepto a las clases populares. Pero esto es lo que se debe hacer sin condescendencia ni excesos de simplificación.
La claridad conceptual: Entre la democracia y la barbarie
La perversión conceptual es el opio de los intelectuales apologistas del terror estatal. ¿Cuáles son los conceptos más a menudo corrompidos? ¿Cuáles son los actos más frecuentes de corrupción? ¿Cómo y por qué tienen lugar estas actividades obscenas?
Los conceptos más frecuentes sujetos a la perversión por el poder estatal son: la ciudadanía, la sociedad civil y las elecciones libres.
La palabra democracia tal como la usan apologistas internos y extranjeros, reduce la democracia a una serie de procedimientos electorales, la competencia entre dos o más partidos, y las instituciones legislativas y ejecutivas basadas en las elecciones. Los elementos más esenciales de la democracia, la libertad de expresión, de organizarse, reunirse y protestar, son excluidos; y la acción de los paramilitares, la violencia policial y militar tienen por resultado los asesinatos sistemáticos, los secuestros y las desapariciones que socavan todo el contexto preparatorio de las elecciones. En otras palabras, el terror estatal socava el contexto político de unas elecciones libres entre partidos opositores y candidatos críticos. El empleo intensivo y generalizado de la fuerza y la violencia durante las campañas electorales determina las consecuencias de las elecciones: la alternación de líderes dentro de los estrechos límites de la oligarquía gobernante. Los procesos electorales sujetos al terror estatal, a las matanzas sistemáticas y a la intimidación de los votantes son claramente incompartibles con cualquier concepto sustancial de democracia. La eliminación física de los opositores políticos y la intimidación psicológica del electorado definen al estado policial.
Asociar el terror estatal y las amenazas con la democracia es una burda perversión del proceso democrático: la libertad de escoger a quienes compiten por ocupar los cargos públicos y de adoptar alternativas para el sistema existente. Algunos escritores se refieren a las “democracias paramilitares” —países en que los paramilitares patrocinados por el Estado desfiguran y condicionan los procesos electorales; la ironía de esta definición —que une conceptos opuestos— nos recuerda la frase de George Orwell, “esclavitud es democracia”. También algunos dicen “democracia imperial” para referirse a los Estados Unidos, donde la política interna es democrática mientras que su política exterior imperial dicta las duras reglas de la violencia y los regímenes dictatoriales. Estos conceptos compuestos por contradicciones son estáticos; la construcción de un imperio, especialmente en momentos de derrota y de malestar interno pueden llevar a la usurpación dictatorial del poder ejecutivo, es decir, la democracia imperial se convierte en un estado policial imperial.
Otro concepto que ha sido corrompido por los apologistas del poder estatal es el de “sociedad civil”, es decir, las clases sociales, organizaciones y asociaciones que no dependen del Estado. Los apologistas del terror estatal que claman por la defensa de la sociedad civil, se refieren solamente a unas organizaciones civiles elitistas y encubren sus relaciones íntimas con el estado policial. Su virtuosa “sociedad civil” excluye a las asociaciones campesinas independientes y a los sindicatos con una orientación de clase. Al hablar sobre la defensa de la sociedad civil, defienden al estado policial dedicado al asesinato de los líderes de la sociedad civil, tales como los abogados, campesinos, trabajadores, estudiantes y demás actores sociales independientes. La aniquilación de la sociedad civil en nombre de esa misma sociedad describe un estado de barbarie: el Estado bárbaro bajo la fachada de una competencia electoral oligárquica.
La ciudadanía y el Estado bárbaro
El ejercicio pleno o parcial de las virtudes cívicas es una empresa peligrosa en un Estado bárbaro. El historial es claro en Colombia: 3 millones de ciudadanos forzosamente desplazados, 40.000 ciudadanos asesinados por los paramilitares y los militares, decenas de miles de ciudadanos forzados al exilio o la clandestinidad. Para muchos ciudadanos, la decisión de continuar ejerciendo plenamente sus deberes cívicos, de ejercer su derecho social de organizar acciones cívicas y su derecho político de cuestionar el gobierno oligárquico arbitrario, está a diario amenazada. Sin embargo, muchos otros, los más prudentes, escogen actuar dentro de los parámetros institucionales impuestos por la oligarquía, expresando su disentimiento en una forma ambigua o alegórica. Los presidentes de los Estados bárbaros que denuncian públicamente a los ciudadanos que ejercen sus derechos cívicos los sentencian a muerte —usualmente ejecutada por sicarios en moto que matan a sindicalistas camino al trabajo, a abogados de derechos humanos al salir de la oficina, y a campesinos cultivando sus campos.
El ejercicio diario de las virtudes cívicas en un Estado bárbaro es un hecho heroico. La ciudadanía recta, frente a las amenazas de muerte procedentes de líderes políticos con inmunidad, es una virtud que solo puede ser atribuida al ciudadano del común. El recto ejercicio de la ciudadanía no es parte integral del sistema; existe a pesar y contra el Estado bárbaro. Bajo condiciones extremas, la conciencia cívica puede incluir el voto nulo o la abstención. Estos pueden ser considerados actos superficiales particularmente donde los oligarcas controlan el proceso político y la votación solo sirve para darle un barniz de seudo legitimidad a los bárbaros en el poder. Allí donde existen alternativas políticas, libres de un control oligárquico, los ciudadanos pueden escoger ejercer su derecho político de reunión y colectivamente decidir romper con el sistema y el aparato de la violencia.
¿Tragedias políticas o criminalidad política?
Muchos escritores y artistas progresistas, al escribir sobre las potencialidades perdidas de países ricos material y humanamente a causa del mal gobierno, hablan sobre tragedias políticas. Este es un serio malentendido, que malinterpreta el carácter de tragedia y el abuso del poder político. Existe una tragedia política, en un sentido clásico, cuando gobernantes con buenas intenciones pero de carácter débil cometen actos de terror —el asesinato de familias, por ejemplo— o sumen sus países en guerras devastadoras con pretextos nimios y por orgullo individual (hubris).
Los actos de barbarie de los gobernantes oligárquicos no son el resultado de defectos individuales, son producto de actos colectivos, deliberados y sistemáticos de pillaje, explotación y usurpación de pequeñas propiedades rurales. Los actos de guerra son contra las propias comunidades. Las razones de la guerra no son ofensas personales, sino la defensa de privilegios indefendibles, el poder ilegítimo y las grandes concentraciones de riqueza.
La violencia sistemática a largo plaza y en gran escala de sucesivos gobernantes oligárquicos contra los ciudadanos y el empobrecimiento de un país potencialmente rico no constituyen una tragedia. Son un crimen político o, más exactamente, un crimen contra la humanidad. Cuando hablemos de tragedias políticas, hablemos de la Atenas clásica antigua o del Hamlet de Shakespeare, pero no de la Colombia contemporánea, un país donde la narración que lo describe es más parecida a una genealogía de la Mafia.
La tragedia trata sobre buenos gobernantes que cometen un crimen político por un exceso de orgullo. El público de una tragedia se identifica, por lo menos al principio, con el gobernante y sus aparentes virtudes y buen gobierno. Pero al avanzar inexorablemente el gobernante hacia su caída, al público le repugna el crimen, solo que cuando se hace justicia experimenta una catarsis —una sentido de justicia redimida, incluso una sensación de que el absolutismo político, aunque ejercido por un gobernante que solía ser virtuoso, ha sido debidamente castigado. Un sentido de ambigüedad ciudadana con respecto a la condición humana, incluso entre quienes ocupan la más alta esfera política, permanece en la conciencia del público.
En contraste, los gobernantes oligárquicos actuales comienzan su gobierno como delincuentes homicidas. Hasta sus mismas campañas electorales están marcadas por asesinatos, mutilaciones criminales y masacres. Al convertirse en jefes de estado, no hay ambigüedad: los colaboradores más cercanos del presidente son oligarcas, su bancada parlamentaria es elegida con fondos ilícitos de los narcotraficantes, y el gobierno es impuesto por los fusiles y los machetes de asesinos a sueldo.
Los actos criminales de los gobiernos son constantes y sin ningún aspecto positivo que los redima. En ningún momento el público —los ciudadanos— manifiestan una identificación emocional. Al contrario, al multiplicarse los crímenes, su indignación y repudio emocional se vuelven más intensos. Con el sistema de justicia tan totalmente corrompido y la complicidad de los medios de comunicación, el público no encuentra una expresión públicamente expresiva —no se produce una sensación de justicia porque, al contrario de las tragedias griegas o de Shakespeare, el horror no tiene fin. La criminalidad política que impregna los estados bárbaros contemporáneos no será eliminada por un redentor de la élite.
Colombia: los héroes de la vida diaria
Muchos son los críticos literarios y enorme el público que admira a las estrellas del cine y los deportes y los ganadores del premio Nóbel y los considera héroes o heroína. Yo por mi parte debo confesar que mis héroes y heroínas no son ni santos ni famosos, y ni siquiera los grandes pensadores críticos e intelectuales de fama mundial de Europa y los Estados Unidos.
Los más admirables para mí son esos colombianos que trabajan constantemente con gran energía y dedicación en la búsqueda de las virtudes sociales de solidaridad de clase con las víctimas del Estado bárbaro y que afirman su dignidad cívica a través de la defensa de los derechos humanos y sociales. Los famosos y los intelectuales —sobre todo del hemisferio norte— tienen su reputación mundial que los protege de los estados depredadores cuando critican sus injusticias. Para ellos es una gran ocasión publicitaria —una conferencia de prensa, una reunión, la firma de una petición. Estos pequeños actos son significativos y tienen cierto peso moral.
Pero para mí pierden importancia comparados con los diarios actos de valor y solidaridad de los sindicalistas activos —los trabajadores de firmas de gaseosas y rurales, los mineros del carbón— y los abogados y profesionales defensores de los derechos humanos frente a actos cotidianos de muertes violentas y amenazas de muerte. Hay una gran distancia moral entre exponer la vida cada minuto del día, como los colombianos activos en los movimientos sociales, y los académicos que hablan desde la protección de sus torres de marfil en Europa y los Estados Unidos. Las acciones de estos últimos, a causa de su fama, pueden presionar la liberación de las víctimas de torturas por los Estados bárbaros —algo que no es insignificante sobre todo para el individuo del caso. La disminución temporal de la intimidación puede brindarle al pueblo un momento de alivio, pero una vez que los famosos, los ganadores del premio Nóbel se dedican a sus demás actividades profesionales, son los trabajadores, los campesinos, los activistas y los movimientos sociales los que tienen que enfrentarse a las amenazas de muerte y a los diarios desafíos en su trabajo, en sus familias y su entorno social. Sus virtudes de solidaridad y de coraje cívico, de militancia con sus consecuentes ideas son las cosas que me inspiran la creencia de que la barbarie no es omnipotente y de que tampoco representa nuestro destino.
A pesar de las pomposas declaraciones de expertos y críticos de los medios de comunicación masiva que proclaman su poder, sabemos que millones de personas de todo el mundo desafían sus mensajes. Organizan protestas populares, levantamientos, huelgas generales a pesar de que los medios masivos de comunicación están contra la acción de las masas. Contra la conformidad masiva de los medios de comunicación masivos, el espíritu y la tradición de clase, la solidaridad familiar y comunitaria ha sido hasta ahora más exitosa de lo que los expertos en los medios admiten. En Venezuela todos los principales monopolios de los medios de comunicación masivos denunciaron y apoyaron un golpe fallido contra el presidente Chávez, quien fue elegido tres veces, cada vez con una mayoría más amplia.
La verdad es que el Estado bárbaro es vulnerable, tácticamente poderoso a causa del dinero y las armas pero estratégicamente vulnerable. Ninguna institución, incluso las que sostienen a los Estados policiales, puede mantenerse frente a una resistencia cultural y política constante que ponga al descubierto sus engaños, sus actos criminales, su corrupción y sus despojos. El presidente de los Estados Unidos y su cliente latinoamericano más leal pueden propiciar las muertes violentas masivas, pero nadie cree en sus mentiras y engaños. Cuando su justificación del salvajismo depende únicamente de su control de la fuerza, es porque ya han perdido la lucha política.
Para hacer más grande su derrota política y sobre todo para asegurar que ningún otro oligarca bárbaro los reemplace, debe haber una profunda revolución cultural junto con el rechazo del pasado político. La desaparición de la barbarie requiere un renacimiento cultural, en el que lo mejor del arte, la lengua, la danza y la música no se definan por límites y tabúes de clase.
Traducción Nicolás Suescún
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