Lo que queremos ser
Por José Libardo Porras Vallejo
Al contrario de lo que comúnmente se afirma, las sociedades contemporáneas no quieren ser una cosa distinta de la que ya son, la resistencia al cambio es una marca característica de ellas y están desorientadas las personas y las organizaciones, legales o no, que se empeñan en trastocar su entorno de un plumazo.
La meta más cara a una sociedad es la estabilidad: se buscan la paz, el desarrollo tecnológico y el bienestar porque contribuyen a una mayor estabilidad. Una meta macro que se reproduce en lo micro: las personas desean tener una salud estable, un matrimonio estable, un empleo estable. Lo estable dura en el tiempo sin caerse y nos ahorra sobresaltos. Lo paradójico es que en el camino de alcanzar el punto más alto de su estabilidad en eso que son, individuos y colectividades van realizando sus transformaciones, como la rana del cuento de Augusto Monterroso, que de tanto esforzarse por ser una rana perfecta, la de mejores ancas, su carne termina confundiéndose con la del pollo. Antes de devenir en hombre, el mono sólo aspiraba a perdurar en su naturaleza de mono.
Cada sociedad se provee de sus propias herramientas para conjurar las amenazas a su sueño de estabilidad. Su constitución, su Estado, sus partidos políticos, sus instituciones, sus costumbres, en fin, el establecimiento, todo lo que da cuerpo a un grupo social, está diseñado para que aporte en la preservación de su estabilidad, para que le ayude a defenderse de lo que pretenda transformarla. Cuando una sociedad descubre que alguien o algo, lo que ha dado en denominar “un agente desestabilizador”, tiene capacidad de operar en ella mutaciones significativas, lo absorbe o lo extirpa como a un tumor, lo invisibiliza o lo borra con métodos más o menos sutiles: algunas han usado una gama de recursos que incluye el asesinato. Para saber quiénes podrían haber cambiado ciertas sociedades, habría que consultar las listas de asesinados. ¿Qué sería de Colombia hoy si hubieran dejado vivir a Camilo Torres? ¿Qué de Estados Unidos si no hubieran asesinado a Luther King? ¿Qué de Cuba con el Che Guevara entre sus dirigentes? ¿O de Chile con Salvador Allende? ¿O de la India con Ghandi?
Saber qué es ella misma y aceptarlo es la primera condición que debe cumplir una sociedad para conseguir su estabilidad. Las sociedades que lo han hecho así han construido naciones prósperas y sólidas. Independiente de lo cuestionable y absurdo que pueda parecernos, Estados Unidos es un imperio, lo sabe y quiere seguir siéndolo pésele a quien le pese; los países europeos, que pasaron de ser sociedades con una economía social de mercado a ser neoliberales y globalizadas, al parecer buscan dar la vuelta a lo social. Los europeos no quieren parecerse a los norteamericanos; los norteamericanos no quieren parecerse a los europeos.
¿Qué es Colombia?, ¿qué somos los colombianos? Dos preguntas del millón a las cuales para responderlas nos hemos obstinado en rechazar las respuestas que consideramos de signo negativo, porque nos importa más la imagen. Hemos procedido igual al enfermo que cree que negar la enfermedad que el médico le ha diagnosticado basta para no sufrirla.
En cualquier inventario que hagamos de nuestro ser nacional hallaremos unas de cal y otras de arena, carencias y posesiones humanamente loables o reprobables, pero qué le vamos a hacer. Somos así. Tenemos unas prioridades, unos gustos y unas actitudes, y no hay razón para avergonzarnos de ellos hasta el punto de negarlos. Mas deshonroso que ser feo es, siéndolo, creerse bonito.
En los últimos años se han venido definiendo con claridad tres rasgos de nuestro carácter que son, precisamente, una prioridad, un gusto y una actitud.
La prioridad número uno es la seguridad. La seguridad, creemos, es un baúl encantado que nos proveerá maravillas sin límite. Por la seguridad estamos entregando el alma; lo que más nos importa del lugar adonde vayamos es que sea seguro, aunque los requisados y sospechosos seamos nosotros. No pedimos ángeles de la guarda sino guardaespaldas. Nuestra imagen del paraíso es, ante todo, un sitio seguro. Y eso está bien, pero estaría mejor si al de la seguridad agregáramos otros valores que no le son incompatibles: la legalidad, la justicia, la solidaridad, la equidad.
La libertad no es una prioridad, no es un imperativo común y su falta no preocupa seriamente a casi nadie. Y cómo va ser prioridad la libertad si somos tan pobres: libertad y pobreza son antinomias. Decía Albert Camus: “Me da horror este país en el que se pretende ser libre sin ser rico”.
Se está consolidando en nosotros un sentimiento que podríamos denominar de norteamericanidad, consistente, primero, en que día a día hacemos más propio el estilo de vida de esa sociedad, y, segundo, aprobamos incondicionalmente las iniciativas políticas, económicas y sociales de su gobierno, o las del nuestro si están en consonancia con ellas aunque seamos los primeros perdedores. En ocasiones somos más papistas que el papa.
Con la consigna de ser optimistas hasta la muerte nos empecinamos en minimizar los problemas gordos del país. ¡Como si el optimismo, y más cuando es debido a la desinformación, fuera una virtud o un remedio! Y todos nos mostramos de acuerdo. ¿En qué? En todo. La unanimidad se nos ha tornado una especie de apostolado. Nadie duda, nadie cuestiona, nadie pone los puntos sobre las íes. El verbo “disentir” tiende a desaparecer. ¿Cuándo fue la última vez que usted oyó a alguien decir “¡Yo disiento!”? Era una exclamación que ponía a todo el auditorio en alerta y las cabezas giraban como en busca del origen de una música deliciosa. Y el resultado final es la indolencia: las tragedias nacionales se nos han vuelto estadísticas. ¿A quién, mientras no vea en riesgo su propia seguridad, le dañan el sueño esos fantasmas que entre nosotros se cuentan por miles y millones? ¿Cuáles fantasmas? Pues los abusados, los secuestrados, los desaparecidos, los desplazados, los miserables...
La clave es aceptar lo que somos y lo que queremos ser con ecuanimidad, y si es del caso con dolor, en vez de andar disfrazándolo y ocultándolo, como hiciera el personaje de Gabriel García Márquez que cocinaba piedras para hacerles creer a los vecinos que cocinaba alimentos. En nada ayuda engañarnos con cuentos chimbos como ése de que somos un modelo de democracia para América Latina y otras bobadas por el estilo. No. No somos modelo de nada. Se trata de la construcción de una sociedad estable donde todos podamos vivir sabroso y tranquilos. Supongamos que el país es la mesa a la que todos necesitamos sentarnos a comer, entonces antes barramos de ella la basura. Y hagámoslo cuanto antes.
José Libardo Porras Vallejo nació en Támesis, Antioquia, Colombia, en noviembre de 1959. Es Licenciado en Español y Literatura de la Universidad de Antioquia. Con su libro Historias de la cárcel Bellavista, obtuvo el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de cuento, otorgado por los Premios Nacionales de Cultura. Ha publicado, seis historias de amor, todas edificantes (1996). Primer puesto en el Concurso Literario Cámara de Comercio de Medellín), El continente sumergido (1990) y Es tarde en San Bernardo (1984). En septiembre de 2000 Editorial Planeta Colombiana publicó Hijos de la nieve, su primera novela. Sus libros de poemas son: Hijo de la ciudad (1994) y Partes de guerra (1987). Dueño de una prosa medida, distante de cualquier posibilidad onírica, que sin duda estos ámbitos del encierro y el delirio pueden ofrecer, sin recurrir a rupturas temporales o espaciales, escribe historias surcadas por temas constantes que definen la condición humana: la solidaridad y la soledad, los celos y el amor, la venganza y la muerte. |