Samuel Jaramillo (Colombia, 1950)


HAY QUE ABRIRLE UN LUGAR A LA NOCHE


y a su respiración vegetal.
Igual, lo que me corresponde es el deseo.
Un cuerpo de mujer arde lentamente
en la penumbra horizontal
donde una hierba oscura
crece con denuedo.
El estremecimiento
de las ramas de los árboles
no responde solamente al viento
de esta noche ecuatorial
que lija las cosas
hasta dejar de ellas tan solo el hueso:
habla de que, contra toda prudencia,
quise besarla una vez más
en el jardín lunar.
Me voy. Pero ahora sé
que a mi espalda
dejo una puerta entornada.
Como una brasa,
el deseo dormita.
Ronronea con sus uñas retráctiles
en la noche estival.
   
 
 

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