Festival Internacional de Poesía de Medellín

Nicolás Suescún


Canción del señor en el campo

Yo no fui quien nació cuando nací,
yo no recuerdo nada de mi vida,
yo me veo morir y no soy yo,
yo ignoro si he aumentado de estatura
y jamás me he visto crecer un solo pelo.

Cuando alguien que dice conocerme
me saluda, yo protesto y le digo:
Perdone usted, ¿decía? Y si él me dice:
“¿No es usted tal y tal?, yo lo conozco,
conozco a su padre y a su señora madre,
hemos hablado mucho, hemos bebido juntos”,
le respondo: “Yo no bebo, no hablo, no veo
yo no tengo ni padre ni madre”.

A mí nadie me ha visto, que yo sepa,
y ahora que me levante de esta silla
me llamaré por otro nombre
y tendría que mirar algún retrato
para saber quién era el que estaba sentado.
Yo me indigno, yo no hice lo que hice,
yo protesto, que no me den razones, que no estoy,
y diga que el señor está en el campo esta semana.

Utopías

El paraíso terrenal, el jardín del Edén
—para Adán, la vasta tierra entera:
¿no era mejor un sitio sin el árbol
de la ciencia del bien y del mal
y montañas, y más de cuatro ríos?—
es cosa, se sabe, de sueños y de ensueños,
materia de esas tierras fantásticas y exóticas,
creadas por hombres que imaginaron
mundos mejores que éste en que vivimos,
sólo islas a veces, pequeños estados ideales,
perfectos, armoniosos, pacíficos y gratos,
con jerarquías férreas y mucha disciplina,
o donde todos los hombres eran iguales
en comunidades, gremios, falansterios
y en idílicos y hermosos jardines naturales
o ciudades simétricas, higiénicas y bellas,
del remoto pasado o el lejano futuro
en fulgentes Atlántidas o urbes futuristas,
nebulosas comarcas y fantásticos edenes
de habitantes con perfecta salud y larga vida
entregados a dulces y espirituales usos,
o a los mismos oficios de siempre, sin sudor
y sin lágrimas, con orden y justicia, o sólo orden;
amables tiranías, o comunas anárquicas y laxas.
Ácratas mansos, soñadores exactos,
Utóposes ilusos todos ellos: Platón,
Moro, Bacon, Campanella, Fourier
y Owen, Huxley, Orwell y todo el resto,
con sus barcos de papel y castillos en el aire,
sus pesadillas, visiones o leyes ideales;
y también los que buscaron y lucharon
por el Edén perdido en la dura tierra
que pisaban, para hacerla buena y suave
y pródiga, y que pusiera deliciosos frutos
en sus bocas, y donde en brazos del amor
olvidarían el mundo, el tiempo y el espacio.

Reporte económico

(Adam Smith y Karl Marx se encuentran en un puente de Londres)
“Trabajarás con el sudor de tu frente”, así maldijo Dios a Adán.
Y es así como Adam Smith concibe el trabajo.
—Marx

Adán, no el del Edén, sino Smith,
y el viejo Carlos de las grandes barbas
se encuentran en un puente de Londres.
El judío teutón se abalanza
contra el sajón flemático,
éste lo elude y el falso teutón
cae en las aguas heladas del Támesis,
famoso por las ninfas
que otrora cantaran en sus riberas.
Un coro de alabanzas se levanta
a razón de un chelín por cada voz.
“Todo tiene su precio”, dice Adán,
y Carlos se hunde en el río de la historia,
turbio y lleno de una fauna pedestre.
Glú-glú-glú. Dios entonces
lo recibió en su seno y le dijo:
“Carlos, Carlos, esto te sucede
por llevarme la contraria,
pero Yo soy generoso y soy magnánimo,
dame todo lo que tienes en los bolsillos
y Yo te daré la mejor de mis nubes
muy cerca de la nube de Adán,
de Adán el del chelín, no el del Edén”.
“Eso sería el infierno, dijo Carlos.
“En efecto”, díjole Dios
con truenos y relámpagos,
“pues haz de saber
que todo tiene un precio,
hasta en el Cielo,
pregúntale a Adán si no es así,
al del Edén o al del chelín”.

Confucio reinterpretado

Reunirse en lugares
donde no se reunieron nuestros antepasados,
celebrar ceremonias que no celebraron,
tocar la música que no conocieron,
respetar a quienes despreciaban,
amar a los que odiaban,
servir a los vivos porque están vivos,
olvidar a los muertos,
que bien muertos están.

Este realmente no es el momento

Este realmente no es el momento
de pintar basiliscos,
los intrincados trazados de sus lomos,
ni de hacer la apología del animal doméstico,
gato, perro o periquillo.

Uno lo mira, el cielo,
sin nubes y mucho más azul
que aquel tan amorosamente descrito por poetas,
cubriendo el mundo intermedio de los hombres.
Ningún obstáculo. Sino
al contrario, necesario elemento
de sus proezas, sus idas y venidas,
testigo en el fondo inalterable
a pesar de las mudables nubes,
que guarda su secreto
hasta el último momento de luz iridiscente,
acogiéndolo todo.

No, el animal no tiene, ¿o tiene?
lugar en este instante,
gato, perro o periquillo
observando a su amo hacer el tonto,
con los ojos tapados,
doméstico y sumiso.

Lo que contó sobre el pasado
cierto hombre del futuro

Y Lilith, la bestia uraña
que habitaba en el desierto
se apoderó del mundo,
hizo de todos los hombres
sus hijos,
los hizo esconderse en sus casas,
los hizo taparse las caras
y llevar una máscara sonriente,
los obligó a hacer cuentas
y a calcular su vida,
a computar su muerte,
a venderse y comprarse.
Vivirán sin su pasado, dijo,
y no volvió a pasar un solo automóvil
por las autopistas bien iluminadas
que quedaron de pronto en tinieblas
y fueron invadidas por perros
que aullaban como lobos,
mientras en sus pantallas
veían las últimas imágenes
—imágenes ellos—
los últimos hombres del pasado,
que destruyeron el mundo,
por olvidarlo.

(del libro inèdito Este no es el momento)

Nicolás Suescún nació en Bogotá en 1937. Hizo estudios de humanidades, de historia y de literatura en la Universidad de Columbia y, más adelante, en la escuela de Altos estudios de París. Fue durante varios años director de la revista Eco. Ha sido traductor de Rimbaud, Flaubert, Somerset Maughan, Ambrose Bierce, W.B. Yeats, Christopher Isherwood y Stephen Crane. Entre su obra publicada están los libros El retorno a casa (Editorial Universitaria de Chile, 1971), El último escalón (Editorial Pluma, 1974), El extraño y otros cuentos (Carlos Valencia Editores, 1980), La vida es..., Los Cuadernos de N (Planeta, 1994) y Oniromanía, 1996.
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