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PEDRO ENRÍQUEZ

PEDRO ENRÍQUEZ

España, 1956


DE ESPALDAS A LA FIESTA

He venido con palabras en las manos,
como un niño que se amamanta,
como una muchacha que recibe su primera caricia.

Nadie me llamó,
ni mi nombre aparecía entre la lista de invitados,
un breve recuerdo, un íntimo pensamiento,
un gesto acaso en uno de los asistentes
ha bastado para esta presencia
que es un inconveniente.

Todos hablan en voz baja y me observan,
deseosos de que desaparezca.

Soy extraño entre aquellos que un día reíamos
y bebíamos juntos,
quizá cómplices de la misma aventura
-¡qué palabras tan deleznables!-

Hoy he llegado como un suspiro,
como un soplo,
como la misma sangre siempre presente,
tan dolorosa cuando resbala por la piel abierta de la herida.

Y aquí estoy, indiferente,
igual que un firmamento ocupando todo el espacio de la atención,
dioses pequeños observándome.

No, no es la música, los vasos, las promesas,
las falsas vestimentas, lo que me atrajo.

Sólo un pensamiento:
duele la vida sin esperanza,
sigue la rueda sin cansancio.

Traigo un sueño y alguien me espera,
mirando al cielo,
    de espaldas a la fiesta.

NOCTURNO

La noche encendió su vela sin límites:
Miles de aguijones de cera herían el cielo.
Cabellos de luz evanescentes
engañaban al duende de las tinieblas.

Por las nubes rodaba una lengua de cocodrilo
lamiendo la lluvia con su discurso de agua.
Un reflejo de farolas rompía cristales
en los colmillos de las esquinas.

Era la ciudad dormida,
                        búhos en las ventanas
y murciélagos persiguiendo el sueño de los niños.

Era la hora confusa cuando la pluma de un cuervo
se transforma en paloma,
          cuando los ladrones se detienen
a observar su rostro en el espejismo
de las fuentes en silencio.

Un enigma invisible abrió sus fauces
devorando la madera de los puentes,
          dormían los olvidados y su miseria.
El paisaje de cloroformo se apoderó
del alcanfor de las corbatas
                    y corales verdes en las arenas
escondían amantes en un viaje imposible.

En el atril del vacío
                              el océano recitaba un verso imperfecto,
puro en el olvido de la espuma.

Era nuevo el mundo en los objetos inventados,
libre sobre el blanco de las almohadas,
la raíz antigua de los parques
                                        escondida en los armarios.

Era la prisión del misterio,
                                        destino y locura,
                    secreto y alcohol,
                              alma de la sombra,
abanico de párpados
                                        compartiendo la sal y el tequila.

Las imágenes buscan el destello de una luciérnaga.

Amanecía.
Nuevamente la vida.
Se purifican los dedos en el papel.
Tras una cortina de humo,
                    calles canallas y ruinas de alce,
Dibuja esmeraldas el aire.

SE HA CLAVADO LA CIUDAD...

Me sobra corazón.
Miguel Hernández

Se ha clavado la ciudad
en el diafragma de un anuncio triste
          canción indefinida de lágrimas
que el viento mueve
con la paciencia de amantes imposibles.

Por el labio roto del paisaje
suenan las gargantas eléctricas de los claxons.

Nadie por los pasadizos de la ternura
encendida.

Acaricio mariposas que no existen.

Pedro Enríquez nació en Granada, España, en 1956. Poeta, narrador, editor y arquitecto. Colabora asiduamente en la organización de actos culturales, coordinando encuentros de poetas y recitales de música y poesía. Director de la Revista Ficciones Revista de Letras, sus poemas han aparecido en diversas revistas literarias de España, Estados Unidos, México y Portugal. Ha publicado los libros de poemas: Extremo a extremo del silencio, 1987; Historias de arena, 1993; Vigilante de niebla, 1995; Los áridos pasos, 1999; El eco de los pájaros, 2002; Las manos en su vuelo, 2003. Dice Juan J. León, “… Pedro Enríquez escribe una poesía intuitiva, al margen de cualquier técnica preconcebida, ajena a toda planificación ni medida determinante: una poesía marcada por la sensibilidad y ajena a la racionalidad. La acumulación de imágenes sugerentes es la muestra continua de una realidad cambiante que centra la atención del lector. Su expresión poética prefiere sugerir a decir, dar a entender más que dar a conocer, con lo que libera la imaginación del lector, para que aporte su propia interpretación del contenido poético según su sensibilidad, saber y gobierno. Parece como si este escritor fuese anotando las impresiones poéticas según le van surgiendo en su cotidiana experiencia como si de una escritura semiautomática se tratara…”

Última actualización: 28/06/2018