Festival Internacional de Poesía de Medellín

Anamnesis: palabra y memoria



Por Miguel R. González 

   La palabra germina en la matriz de la memoria, y es gracias a la palabra que se activa el proceso evocador: arrastra larvas de la experiencia fugitiva, convocando los espectros anteriores. La palabra es esencialmente simbólica, fragmento que aspira a completarse con la fusión de la realidad vivida: revive, recrea lo ya vivido, aunque cubierto ahora de una pátina de extrañeza, por la distancia que impone el propio devenir, por el alejamiento que provoca la conciencia.

   Hablamos para rellenar huecos, fisuras que se extienden en el flujo, discontinuo, de la temporali­dad; este es el juego donde se forma y perpetúa la conciencia. Las palabras reflexionan, se doblan hacia atrás recogiendo el reflejo, la impronta de lo pretérito. Hablamos para retener el instante, para negar brevemente la huida de los seres, para remansar la estampida tumultuosa de su agua desbocada. Pequeñas burbujas de eternidad en el hervor bullicioso del acontecer. Ser consciente es ser hablante. Si el devenir se nos presentara absolutamente homogéneo -uniforme duración- si no distinguiéramos en su textura corrientes, remolinos, áreas de mayor o de menor densidad, jamás se precipitaría la palabra; pues que ella se configura ciertamente para salvar toda clase de discontinuidad o variación, -los pálpitos brownianos: grietas de ese océano vivo y metálico que es el tiempo. Islas, continentes, simas que modulan e impiden la confusión de toda identidad turbia donde nuestra voz no cabe: palabra, como el cayado de Moisés que hiende el cuerpo de las aguas, y lo escinde.

   La palabra ha sido modelada con la arcilla del tiempo: es tiempo coagulado, latido en el centro de masa temporal que forma sistemas complejos, cuando atrae hacia si vestigios, briznas, pecios del pasado. Un sistema múltiple, aglomerado, un territorio en donde se contiene, en su brevedad, lo pasajero: ondas que se despliegan, y generan ríos subterráneos que desembocan a otra luz, a otro mar.

   La palabra guarda con la experiencia una cercanía de la que carece el concepto, que es, a lo más, palabra descarnada, esqueleto de experiencia que no remite a nada concreto. El concepto no es vida cristalizada sino cuenco que nada contiene en su interior, huero saco de vientos. Es fruto, sí, de la avaricia de la palabra, de su avidez por nombrar, mera formalidad agigantada del proceso evocador. De ahí que se incline hacia lo no real, lo puramente desmaterial­iza­do y exangüe. Su demasía le lleva a pretender ser continente de todo, y, a la postre, de nada. De poco nos sirve el concepto en la dramaturgia de la evocación, ninguna sombra del pasado puede convocarse con su ayuda. Es, a lo más, palabra hinchada y fatua que da paso a lo irreal 1 , lo imaginario. Cuando emplazamos el pasado, la palabra nos sirve de guía; decimos: casa, pero no la casa ideal, abstracta, sino la casa aquella vivida, sujeta a las coordenad­as de la experiencia; casa que huele a humedad, cuyas paredes encaladas aun podemos acariciar en el recuerdo. Los conceptos, sin embargo, dan frío, y también miedo, apartados como se hallan en su hiperurano inmóvil. Sólo la razón, el logos desprendido de sus adherencias vitales puede pensar objetos como esos. El cuerpo, cuando piensa, recuerda; y lo hace con palabras vivas. Es otro el cometido de los conceptos: cuando lo abstracto se impone, lo concreto se disipa. El viejo Parménides nos colocó frente al dilema de escoger entre experiencia y razón, opinión y verdad. Son demasiad­as las razones de la razón para tener la razón.

   La palabra es símbolo, arrastra en su estela alguna porción de realidad, fusiona lo presente con alguna pizca de pasado, a la vez que sondea el devenir. Sintética, no analítica; no crea, recrea. Tal vez cuando sale de los labios divinos posea capacidad ontogénica, no así de los nuestros. A nosotros se nos abandona en el remolino del tiempo, en su revoltijo de anillos que, sin cesar, se alejan. Es metafórica: siempre encaminándose hacia otra parte sin abandonar el sitio donde ahora se encuentra: "Sólo el poeta sabe / mirar lo que está lejos"; lo distante, lo que a lo lejos rutila y se aproxima. La palabra se abandona a un movimiento que aboca a un horizonte huidizo, inapresable, a una incesante imagen que se escapa. Jamás se halla vacía, no es mero continente, sino naturaleza com­pacta, densa, carnal, y transcen­dente. En ocasiones (Gabriel Miró) llega a ser comestible, dejándonos al pronunciarla un regusto a fruta nueva y fresca: a paraíso perdido que, generoso, regresa. El poeta es "un hombre que se contenta con palabras"[2] ; cuanto le rodea (y él mismo también) no es más que palabra embozada; se gusta en tocarla, acariciarla, saborear­la..., la acerca a su alma y aspira su rumor dulce y áspero. Atiende a lo lejano, a lo todavía inalcan­zable que se pone al acecho de la voz. Lo remoto, profundo y secreto, como la pulpa del fruto, como el meollo del bulbo. Vuelan, las palabras, hacia lo desconocido, absorben el polen y lo alquimian en miel, como abejas que son de lo invisible. El dinamismo de la palabra es remedo de la versatilidad del ser. Si la verdad que am­bicionamos es viva no nos será posible capturarla mas que con palabras también vivas. Cuando quedan liberadas de su uso ordinario y presentadas en disposición imprevista, aleándose con otras, las palabras se inflaman, iluminando una región oscurecida de lo real que emerge de su tiniebla para ocupar su lugar junto a nosotros, en la heredad del hombre. Es su capacidad desveladora la que nos hace posible el acceso al hondón del ser, a su amasijo de larvas, a aquello que se agita en el corazón de las cosas y las sostiene. "Algo -afirma René Menard- estaba allí, disimulado en nosotros, que unas palabras desvelan, algo que aparece, desaparece, reaparece, nos provoca, nos mide, nos juzga, anula nuestras categorías, nos niega y nos crea una nueva intensidad de ser, abre una especie de paso vertiginoso hacia un hogar de unidad presente en el trasfondo de nuestra especie"[3] . Arrebatados a un país de raíces antiguas, de madres remotas, cae­mos por el túnel de las formas de quienes nos precedie­ron, y damos en el centro germinal de la especie, en un humus apretado y fecundo, de enorme densidad semántica; y nos absorbe.

   Es en el seno de la palabra donde se nos revela su radical ambivalencia; todo centro es ambiguo (su estabilidad proviene de estar siendo de continuo empujado en todas las direcciones). Cada palabra, como Juno, se ubica en el quicio que distingue (une/separa) dos ámbitos: el mundo de lo consciente y el de lo inconsciente. De sus dos faces, la anterior se presenta armoniosa, precisa, dispuesta a referirse a algún objeto o acción; la posterior, es de aspecto informe, y nos comunica con un territorio impreciso y turbio, abigarrado, retrotrayéndonos en una fuga de sonidos que no parece detenerse. Entonces, la palabra ya nada significa por sí sola, sino en tanto se aproxima a otras y se funde con ellas, fiel a su naturaleza fagocitaria que propende a asimilar­ cuanto se aproxima a su área: orden y desorden conjuntados, diferencia e identidad, caos y cosmos.

   Es tarea del poeta esforzarse por lograr que la palabra se libere del uso ordinario que la petrifica; conseguir que se quiebre y muestre la gema que esconde en su interior, como la doncella encantada de los cuentos que despierta por el beso. Cómo hacer para que desvele su brasa originaria, su enorme capacidad semántica, esa avidez suya de referirse a todo: en eso y no en otra cosa reside el oficio de poeta. Para alcanzarlo se precisa que acierte a quebrarla y así acceder a su palpitante corazón. Al igual que del choque del pedernal nace el destello de la luz que guarda, así, en la metáfora, en el contundente encuentro de la palabra con la palabra, es que puede desvelarse su escondido fuego.

   La palabra poética supone la conciencia monista, la experiencia que propende a confundir lo vivido, nunca a diferenciarlo. "Cuando se empieza a ver todo en todo, la manera de expresarse suele volverse más oscura. Se empieza a hablar con la lengua del ángel"[4] . La lengua del ángel es pansémica, como la de Dios cuando aparece ante Job desde el vértigo del remolino; voz inarticulada con que se edifican los mundos. El sujeto poético -también el místico- entiende lo real como un sólo ser homogéneo. La razón poética es, por ello, sintética, proclive a la mezcla y a la confusión, porque la conciencia (¿el inco­nsciente?) de sobra conoce que en los estratos más profundos del ser no existen perímetros, ni piel, ni compar­timentos, sino que "todo es uno y lo mismo", ápeiron adérmico. Similar entusiasmo aparece en el alma embriagada por la experiencia extática y estética. De esta forma el antiguo aedo creía sentirse poseído por las Musas. El aedo es ciego, y ve. Ve más que los otros mortales. ¿Y qué es lo que ve?, ¿tal vez el orden inexorable del universo? Él es vidente, de lo pasado y de lo porvenir. En la rueda del devenir, el futuro ya ha transcurrido. El aedo "ve lo invisible. El dios que le inspira le descubre, en una suerte de revelación, las realidades que escapan a la mirada humana"[5] . Convocar a las Musas supone arriesgarse a acceder a la inocencia primera, abandonarse al olvido y ser así un no ser lo que somos: regresar al pasado, volver a ser lo que fuimos (sé el que eres). El poeta es músico, oficiante de las Musas, y ellas le revelan el pasado y el futuro[6] , cuanto no es presente (el hombre es, en verdad, un animal que desconoce el presente[7] ). Tiresias, y Calcas[8] , poseen la omnisciencia lírica, son receptáculo de la revelación divina. Hesíodo recibe de las Musas el bastón de la sabiduría (skeptron)[9] , y canta un saber prestado. El aedo recita [10] : 'recrea', 'renueva', 'rehace', 'revive', en definitiva, recuerda (y también 'reencarna', 'resucita'). La reminiscen­c­ia no es exclusiva­mente recuperación de lo pretérito, sino también aproximación de lo porvenir, pues, al cabo, el futuro se halla, latente, en la conciencia divina. La presciencia del dios hace que tanto el futuro como el pasado acaben por identificarse en una suerte de inmóvil actualidad. La memoria es potencia, capacidad de doblegar el decurso de los acontecimi­entos, o revelar el tiempo como una impostura (el presente no es devenir). Saber escuchar, afinar el oído, recuperar la inocencia del oído suficiente para apoderarnos del ruido de los seres. Ellos nos reclaman con sus susurros, porque aspiran a habitar en nuestros labios.

   El alma humana cuando en verdad se dirige hacia la naturaleza viva -que, latente, alienta en lo aparente­mente inerte- queda por ella atrapada, y empujada al canto, a la danza. Si la gracia de un dios no intercede [11] , esa emoción no llega a materializa­rse en canción (que es, propiamente, cántico, celebración, conmemoración de lo que es). Son las palabras vivas, los espíritus, las almas de seres que nos poseen. Pero cuando el hombre se aparta de ese encantamiento de lo inmediato, se taponan sus oídos -como  en los compañeros de Odiseo- y ya nada le es posible escuchar. A lo más el estruendo de las máquinas (motores, turbinas, pistones...), o la estremecedora gelidez de los conceptos. En el alma ensordecida ya no anidan los pájaros fulgurantes de las cosas, su desconcierto le hace incapaz de escaparse (éxtasis) a la morada del ser. La inocencia del ser precisa servirse de labios inocentes. No es primitivis­mo, sino fineza de alma que se logra mediante un esfuerzo extremo. Es el poeta un alma infantil, pues él (como 'músico') es el representante del habla original [12] .

   Las Musas, hijas de la Memoria, nos conducen -como las Helíades al joven Parménides- hasta un estadio inicial donde se hace posible la desvelación de lo real; nos restituyen, a través de los capilares de nuestra memoria particular, al epicentro de la vasta memoria que nos nutre y nos abarca, allí donde se aglutinan miríadas de conciencias diminutas que burbujean en el crepitar de sangres iniciales. El canto de la Musas, igual que el de las Sirenas (que son su máscara), seducen el alma y la con­ducen hasta los acantilados donde las naves se desarbolan. Son las Madres terribles que nos mecen en su tibio regazo y nos depositan, -embriagados, aletargados-, en las aguas indiferenciadas del olvido que se confunden con las aguas de la muerte. Sabemos de sobra que entre memoria y olvido se establece una relación muy estrecha. El olvido es tanto carencia como exceso de memoria, y en ambos casos hace reventar la finísima piel de nuestra conciencia.

   La palabra poética, insistimos, no debe confundirse con el concepto. Es simbólica, metafórica, grávida -y avarienta- de sentido; el concepto es analítico, propende a la división; y ésta es su condena, pues imaginándose autónomo, acaba por creerse pleno de entidad. Así en Platón, la antipatía que mostraba ante el hacer de los rapsodas; éstos no desvelan el ser, nada más repiten (mímesis) el dictado divino, las antiguas leyendas. Platón destierra de su Calípolis a los poetas porque ve en ellos el riesgo de lo inmóvil, el ejercicio de una memoria que hace imposible cualquier innovación, que impide que aparezcan un nuevo orden a partir del pasado. El poeta desterrado, para Platón, es el sacerdote que se afana en conservar el vano pasado, la edad antigua y yerma que no genera realidad futura.

[1].         Enrique Pajón, El ser y el hombre.
[2].         Nikos Kazantzakis, Alexis Zorba.
[3].         René Menard, La experiencia poética.
[4].       Georg Ch. Lichtenberg. Aforismos, F-47
[5].       Jean-Pierre Vernant, Mito y pensamiento en la Grecia antigua, II
[6].       "Infundiéronme voz divina para celebrar el futuro y el pasado". Hesíodo, Teogonía, 32
[7].       "El hombre es el único animal que desconoce el presente". Oscar Kiss Maerth, El principio era el fin.
[8].       Homero, Iliada, I, 70
[9].       Teogonía, 28
[10].       'Recita', vuelve a citar, convoca de nuevo.
[11].       "Se sabe que algo precede a la palabra humana: esto debe ser escuchado y vivenciado antes que la boca pueda ser perceptible para el oído, y se sabe también que esa voz inspirada, llena de secretos, que precede al habla armoniosa de los hombres, pertenece a la misma naturaleza de la cosa como una manifestación divina que se deja revelar con su esencia y con su excelsitud". Walter F. Otto, Las musas
[12].       Walter F. Otto, Las musas

Publicado el 13 de agosto de 2015

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