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En ciero lugar

En ciero lugar




Por Vilma Tapia Anaya
Especial para Prometeo

a Hölderlin, a Rilke, a Lezama

En cierto lugar del mundo, hay un hombre que, cubierto por un pantalón y una camisola blancos y calzando unos simples zapatos de lino, en soledad y en silencio, avanzando ligeramente pero sin prisa, como un venado, durante los días y las noches de prolongados meses, visita los lugares sagrados de su país natal. Cuando llega a uno, repliega sus movimientos hacia el centro de su corazón, y dice. Dice palabras que en su intimidad son una lluvia que riega el germen de la bondad en esta misteriosa tierra, palabras que configuran la posibilidad del nacimiento de la bondad. No lleva ni un puñado de cosas. Lleva otras palabras, unas más: devoción y confianza. Los bosques ofrecen siempre algún fruto jugoso y la gente ha hecho puentes, ha hecho puertas, techos, cuencos, cántaros. Con la gente tendrá efímeros encuentros. Está solo. Sus actos no tienen testigos.

Hay un hombre, en otro lugar del mundo, desde sus tempranos amaneceres, anaranjados y puros, hasta sus breves y perfumadas noches, todos los días de todos los años de su vida no ha hecho otra cosa que señalar el cielo. Si habla, quiere que sus palabras nombren lo sagrado, su región áurea. Él puede, cerrando los ojos recuerda que algo más nos pertenece, y cuando está tan allá, revisitando la sobreabundancia, extasiado en su belleza, unas suaves lágrimas humedecen sus pestañas, entonces vuelve. Un acto de insólita bondad se produce: transforma sus recuerdos en palabras. Habla, apelando a nuestra condición de fundamento, puesto que somos un diálogo. Deposita su aliento en cada palabra, reanima la esencia de lo que ha recordado.

Hay una mujer, en el mundo, en este mundo, en un rincón de un mercado campesino ha descargado un aguayo de sus espaldas. Sobre el piso se extiende una urdimbre elocuente: en alineamientos de hilos oscuros alternados con cambios horizontales de hilos claros, con predominancia del añil y del verde, se configuran los pares opuestos de inicio. Con sumo cuidado apila sobre el tejido las papas que ella misma, su esposo, sus hijitos y sus hijitas cultivaron y cosecharon. Un hombre le ofrece ocho grandes bloques de sal por toda la carga. Ella humildemente sonríe, dice un no desaforadamente absurdo, y aun agradece. No tomará los ocho bloques de sal. Acepta tres por la mitad de lo que tiene, cuatro serían un exceso. Y la posibilidad de quedarse el resto de la mañana sin tener qué ofertar en la feria, sería ociosa.

Hay unos hombres y unas mujeres, en este mundo, por unos días y unas noches se detienen. Dejan de producir, de generar, de acumular. Dejan de participar del ruido, de la velocidad, de la voracidad, de la violencia. Unos junto a los otros instalan un territorio, la edad de la ternura, que es, a saber: una extensión, un espacio en el que lo imposible deviene posible. Y es una situación, un acto ético en el que las subjetividades son desnudamente expuestas y felizmente recibidas. Son hombres y mujeres que, reunidos en un círculo finito e infinito, convocan la sustancia de lo todavía inexistente. Ellos y ellas, como de los ojos, como de los oídos, del cielo se cuelgan.

Hay el amor y la bondad y la inteligencia sobreabundantes, en este mundo, la poesía los resguarda, los rescata, los trae, los devela.

En el vertiginoso flujo que es el vivir, la poesía se detiene y respira. Inhala ese espacio puro, incesantemente reproductor, primitivo. Después, sigue. Camina en una dirección contraria a la corriente, o da pasos oblicuos, haciéndose siempre a un lado. Si en sus múltiples desplazamientos se topa con densidades que impiden el paso de la luz, empuja, reacomoda, abre. Posibilita el paso de la luz. Si aún no ha amanecido, llama al sol. Y si el sol no está más, si es verdad que ha llegado ese tiempo, si el sol ha huido, la noche, aún sagrada, espera de la poesía que ésta, en su deambular, restituya el fulgor, los fulgores, hebra por hebra.

Última actualización: 04/07/2018