Festival Internacional de Poesía de Medellín

 

 

Carta de Breyten Breytenbach
acerca de la muerte de Darwish

Queridos amigos:

Acabo de escuchar la terrible noticia de que Mahmoud Darwich ha muerto. Así como debe de ser para ustedes. Estoy seguro de que la angustia y el dolor causados por esta pérdida son casi insoportables.

Algunos de nosotros tuvimos el privilegio, sólo hace unas pocas semanas, de escucharlo leer sus poemas en el anfiteatro de Arles. El sol se estaba poniendo, había un viento silencioso en los árboles y de las calles cercanas llegaban las voces de niños jugando. Y durante horas, nos sentamos en los puestos de piedra, fascinados por la profundidad y la belleza de su poesía. ¿Era sobre Palestina? ¿Era sobre gente que moría, sobre el cielo que se oscurecía, sobre las relaciones íntimas con aquellos al otro lado del muro, sobre el “soldado” y el “huésped”, sobre el exilio y el amor, sobre el retorno a lo que ya no está allí, sobre el recuerdo de los huertos y los sueños de libertad? Sí —como una corriente profunda todos estos temas estaban allí, ya que eran tema constante de sus versos, pero también eran sobre higos y aceitunas y un caballo contra la línea del horizonte, y el tacto de una tela, el misterio del color de una flor y los ojos de la amada y la imaginación de un niño y las manos de un abuelo. Y sobre la muerte. Suave, terrible, repetidamente, por implicación, burlonamente, incluso anhelante —la muerte. Quizás intuímos —¿recuerdas Leila?— que esto era como decir adiós. ¿Así? ¿En tierra extraña? El tiempo se detuvo allí, y el lamento se volvió casi gozoso con el ritmo imperecedero de los dos hermanos de negro con sus instrumentos de cuerdas acompañando las palabras que nos llegaban de la tierra y de la suave brisa de su tierra distante. Sentimos ganas de llorar pero él nos facilitó las cosas y nos hizo alegrar. Cuando terminó, recuerdo, no queríamos irnos. Había oscurecido pero nos quedamos allí muy juntos, abrazándonos. Los extraños se miraban a los ojos, en busca de unas palabras, de unos pensamientos para comunicarlos. ¡Cómo se ha vuelto de difícil expresar las emociones! Recuerdo haber pensado lo profundo que nos había emocionado, lo generoso que había sido. Y tan alegre. Tal vez, si lo hubiera sabido, habría querido despedirse en esta forma. Sin drama. Sin gestos histriónicos. Sin declaraciones demagógicas. Ya sin mucha certeza. Con desesperanza, sí —y con risas. La dignidad y la humildad del combatiente. Y en cierta forma, sin que lo supiéramos o comprendiéramos, su deseo de consolarnos. Dijo que estaba despojando sus versos de todo, salvo de la poesía. Buscaba, con más profundidad aún que siempre el destino y el sentido de ser humanos universalmente compartidos. Tal vez estaba tratando de darnos a entender que ahora era el momento de “recordar la muerte”.

Al día siguiente cuando partimos, cuando nos despedimos en ese hotel Nord Pinbus con sus enormes afiches de corridas y fotos de toreros frágiles como ángeles en la intimidad de prepararse para salir a la cegadora luz del sol, con el olor dulce de muerte de las azucenas en el hall, quise besar sus manos pero él no quiso.

Pasará el tiempo. Habrá elogios y homenajes. Él será “la voz oficial del pueblo”… El sabía todo eso, y a veces se burlaba suavemente de las hipérboles y las expectativas imposibles. Tal vez su ira será olvidada. Tal vez, incluso los políticos se abstendrán de opacar su complejo legado, sus cuestionamientos y sus dudas, y tal vez —también en el extranjero— los cínicos no nos disgustarán esta vez con el espectáculo de sus lágrimas de cocodrilo.

Mahmoud se ha ido. Se acabó su exilio. No alcanzó a ver el final del sufrimiento de su pueblo —las madres y los hijos y los niños que no pueden saber por qué han nacido en el horror de esa vida, la crueldad arbitraria de su muerte. Él no se desvanecerá. Como tampoco su silueta en su limpia ropa pasada de moda, ni los ojos inteligentes tras sus gruesos anteojos, ni sus bromas, ni su curiosidad sobre el mundo y la intimidad de tenderle la mano a aquellos cercanos a él, ni sus agudos análisis de la agitación y la locura de la política, ni su humanismo, ni el mucho licor y los muchos cigarrillos, ni la hospitalidad de nunca causarle daño a uno, ni esa voz que hablaba sobre el perenne espacio de la poesía, ni sus versos, ni la eterna cópula de sus palabras.

He querido alcanzarlos. Algunos de ustedes, lo sé, deben de estar llorando como yo ahora, y otros también que no lo conocieron; pero seguramente era un punto de referencia para todos nosotros. Tal vez nos detendremos en algún sitio al oír el batir de alas de unos pájaros sobre nosotros, y pondremos una mano protectora sobre nuestros encandilados ojos buscándolos en el cielo.

Para mí él vivirá en el ritmo de los pájaros. En Arles le dije que quería proponerle a mis camaradas poetas que cada uno de nosotros debería declararse ciudadano palestino honorario. Trató de reírse de mi propuesta con la usual turbación de un hermano. Y, por cierto, ¡cuán insignificantes han de ser nuestros intentos de comprender y de abordar lo inconsolable! No podemos morir o escribir en lugar de su pueblo, en lugar de Mahmoud Darwich. Sin embargo, en cierta forma, por fútil que sea el gesto, tengo que tratar de decir el honor que fue para mí haber conocido un poco a este hombre, y el privilegio y el don de su poesía. Y es por eso que quise celebrar la dignidad y la belleza de su vida compartiendo con ustedes estos fugaces momentos.

Breyten Breytenbach

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