Festival Internacional de Poesía de Medellín

Cantor de los espléndidos territorios antillanos


Por Nancy Morejón
(Diario Granma)

Aimé Césaire, gran poeta de la lengua francesa y uno de los más esclarecidos pensadores del llamado Tercer Mundo a lo largo del siglo XX, tras una agonía que duró más de una semana, acaba de morir este jueves 17 de abril en Fort-de-France, capital de la Martinica, su isla natal. Este escritor publicó poemas, ensayos, piezas teatrales —como aquella dirigida aquí por Roberto Blanco, con música de Leo Brouwer donde denunciaba el asesinato de Patricio Lumumba, que encarnaba Mario Balmaseda— convertidos mucho tiempo después en inmortales señas de identidad.

De otras muchas maneras contribuyó a difundir la historia de la travesía esclava hacia tierras americanas. No por azar, después de la conferencia de Bandung, junto a Alioune Diop, en París, organiza en 1956 el primer Congreso de Escritores y Artistas Negros, cuya gestión desembocara en la creación de la revista Presencia Africana. Fue dramaturgo y animador de cultura a la vez.

Su leyenda, de dimensión universal, está constituida no solo por su emblemática producción literaria sino su constante presencia en las luchas sociales de su pequeño país por forjar una conciencia civil en favor de las ideas anticoloniales, en busca siempre de la más legítima identidad de los pueblos africanos ya en su territorio original, ya trasplantados, como fuerza de trabajo esclava, a nuestro continente.

Cantor de los espléndidos territorios antillanos, Aimé Césaire abrió su genio a la recuperación de una dignidad que no se apartaría nunca de su lado. Reconocido en la historia literaria francesa como el inventor de la palabra negritud, desde sus años juveniles, pudo enfrentar los valores adversos de un sistema que veía a África como un expoliado surtidor de materias primas para enriquecer únicamente las arcas de una Europa que condenaba a esas fuentes al más despiadado subdesarrollo.

La palabra “negritud” se escuchó por primera vez en algún verso de su célebre Cuaderno de retorno al país natal (1939). Era tanta la vocación antillana de aquel joven poeta que pronto su mensaje apareció en Cuba, años después, traducido por Lydia Cabrera en una memorable edición de extraordinaria belleza, pues sus ilustraciones fueron realizadas por el sagüero Wifredo Lam, con quien mantuvo una amistad hasta su muerte en París.

Su poema, de largo aliento, se convirtió en una bandera descolonizadora sostenida por manos receptivas de muchas corrientes progresistas, o no, consagradas al mejor destino de los pueblos del Tercer Mundo. Definición que por cierto creara otro gran compatriota suyo, el martiniqueño Frantz Fanon, artífice de esa experiencia que fuera el balcón afroasiático, tan caro a los principios de Ernesto Che Guevara quien, durante los años sesenta, lo diera a conocer entre nosotros. En las páginas de Los condenados de la tierra, descubrí al poeta de la brújula y la pólvora, autor del clásico Discurso sobre el colonialismo (1950).

Según la investigadora belga Lylian Kesteloot, Césaire, junto al senegalés Léopold Sédar Senghor y el guyanés Léon Gontran Damas, creó el polémico movimiento de la negritud sin cuya existencia no podría escribirse la historia moderna de África y su diáspora mundial. Todavía hoy resuenan los ecos del Cuaderno... en su incondicional mensaje de amor a las Antillas, a las culturas negras de América Latina.

En el 2007, resultó ser un curioso acontecimiento editorial la aparición de una versión española a dos manos del Cuaderno... que reproduce, en buena medida, los rasgos de la original. A la traducción se añaden unas notas reflexivas a modo de epílogo de la propia Lourdes Arencibia, quien ha realizado con este volumen una contribución inapreciable al conocimiento de este texto fundador de los valores antillanos.

Apasionado del mundo Caribe, cuya imagen literaria perfiló como pocos, Césaire visitó nuestra capital a propósito de la celebración del I Congreso Cultural de La Habana. Alrededor de una mesa en El Carmelo del Vedado, Rogelio Martínez Furé, Sara Gómez y yo, entre otros, lo escuchamos disertar horas y horas sobre temas diversos como el futuro del Congo o la presencia de valores y rezagos provenientes de la esclavitud —conmovido porque una joven escritora cubana estuviese escribiendo su tesis de grado sobre su obra, bajo la tutoría de la doctora Graziella Pogolotti, y admirara el legado de sus compatriotas Fanon y Édouard Glissant.

Han sido declarados cuatro días de duelo en su país natal. Los círculos literarios más representativos del planeta, el amplio universo de la francofonía en las Antillas, Canadá, África y Asia han perdido a una de sus voces más aclamadas por su autenticidad y dedicación al oficio de comunicar ideas como la siguiente: "No es verdad que no tenemos nada más que ser en este mundo sino parásitos (...) Ninguna raza tiene el monopolio de la belleza, de la inteligencia, de la fuerza y hay un sitio para todos a la hora de la victoria". Y su divisa fue: "Soy de la raza de los oprimidos".

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