Festival Internacional de Poesía de Medellín

Inaugurada en la capital colombiana la
Cumbre Mundial de Arte y Cultura para la Paz



Por J. Ignacio Chaves G
http://paterasalsur.blogspot.com/

En el teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá ha dado comienzo un evento que le apuesta sin ambages a la paz. Aunque la paz como tal, absoluta e impoluta, no exista es necesario buscar la convivencia pacífica. Las palabras de Patricia Ariza, de Sergio de Zubiria y de Juan Manuel Roca han destacado por encima del resto de las voces.

Con un vídeo promocional de Idartes en el que artistas y público reconocen su labor cultural se ha presentado la Cumbre Mundial de Arte y Cultura para la Paz de Colombia, un lugar para dialogar, desde y con el arte y la cultura, por el entendimiento a partir del respeto y el reconocimiento de las diferencias.

En una semana que envuelve en su centro una de las fechas que cambiaron el sino de la historia colombiana. Aquel nueve de abril de 1948 en que el asesinato del líder político liberal Gaitán prende la mecha de la violencia que acompaña a esta región, con sus altibajos, desde la independencia.

Siempre es interesante e importante apostarle a la vida en paz, a un evento en pos de ella, esa palabra que lleva camino de convertirse en un flatus vocis por su excesivo uso que casi la vacía de contenido.

En un país de múltiples artes y variadas culturas, con identidades criollas, africanas, indígenas y, sobre todo, mestizas. Una tierra que, como dice la canción, quiere ver y abrazar el viento, aunque éste no se deje; que quiere ver y abrazar la paz, aunque ésta se resista.

Totó la momposina se reconoce como tejedora de vida a través de su arte. Y en Colombia hay tantas artistas, tantos creadores, tantos saberes que lo mismo escriben los azules del mar y del cielo que pintan los verdes del mundo

¿Qué tanto estamos dispuestos a apostarle a la paz? Necesitamos tomar conciencia de clase, entender la capacidad ciudadana para construir y empezar por nosotros mismos y por nuestros amigos, compañeras y vecinos; por reconocer al otro (a), tener memoria, conocer el contexto y, con ética y con criterio, movilizar el alma y ponerle el cuerpo a la construcción de esa sociedad incluyente, respetuosa, diversa y plural.

Dos intervenciones musicales, con un discurso denunciador, un indígena de la sierra Nevada de santa Marta y una mujer y un hombre del Chocó, para mostrar dos de las realidades muchas veces relegadas e ignoradas, dos de las situaciones de desplazamiento o exclusión.

Mientras el ciudadano mamo reclamaba la dualidad de pensamiento hombre-mujer, y el valor de ellas como agua sagrada, para una nueva tierra, la pareja afrocolombiana afirmaba la memoria que está en sus cuerpos y que, pese a haberles robado el tambor y el palo de chontaduro, de cargar a sus muertos y de verse desplazados desde África y en Colombia, nadie les quitará lo bailao. Terminando con un grito para animar la cumbre y a la concurrencia: “Queremos vivir en paz con todos los demás”.

En esta apuesta para construir una cultura de paz, tomaron el escenario y los micrófonos las y los representantes de algunos de los organismos convocantes o que respaldan la cumbre. Primeramente, la ministra de Cultura, Mariana Garcés, quien planteó algunas reflexiones para la discusión a partir del maestro Estanislao Zuleta y su pensamiento para debatir con el otro desde el respeto y sin querer eliminarlo. Abogando por crear diferentes canales para la convivencia con la cultura como marco de referencia en un  país plural y diverso pero desde el respeto, transformando la educación y construyendo un nosotros. Como ejemplo ha mostrado un vídeo con experiencias de cultura incluyente (en la alcaldía de calamar, mejor un instrumento musical que un arma, una emisora de Tumaco, o las historias bordadas en sábanas de tiritas).

Para la secretaria de Cultura de la alcaldía de Bogotá, Clarisa Ruiz, hay nuevas narrativas que expresan nuevas formas de vivir y de visibilizar al otro, que es parte de la cultura de paz. Ha pedido encontrar, recordando a Teresa Hincapié, los hilos de hierba en las placas de cemento. También ha recordado al maestro Zuleta y la importancia de reconocer el conflicto armado y los múltiples conflictos sociales, entender las nuevas ciudadanías y que lo cultural tiene que estar en la base de toda actividad del Estado.

El embajador de Francia en Colombia, Jean-Marc Laforêt, ha recordado a Einstein y su frase sobre la culpa de quienes miran y no hacen nada para animar al pueblo colombiano a trabajar por y para la paz.  

La fundadora y directora de la Corporación Colombiana de Teatro, Patricia Ariza, ha tenido palabras para la gente que trabaja al pie de la guerra y del olvido; ha pedido transformar la poesía en resistencia, y que actuemos como sujetos políticos para hablar de política. Ha mencionado como en Colombia se indaga igual en la fiesta y en el dolor, y cómo reírnos de las pompas del poder como hacía Jaime Garzón. Ha pedido convertir el dolor en fuerza y la palabra para exigir que se escuchen nuestras propuestas desde la cultura con un relato polifónico, nombrando lo innombrable y narrando lo inenarrable, y ha sugerido que nos pongamos en los zapatos del otro (a), como hacían y hacen Doris Salcedo, Alfredo Molano y Jesús Abad Colorado. Para terminar ha demandado una constituyente para una nueva ruta de navegación y el cese de todos los fuegos.

Marta Lucía Zamora, secretaria general de la alcaldía de Bogotá, ha valorado la importancia de ver la realidad de la calle y de reflexionar para mostrar que sí se pueden superar los conflictos.

Para Ana Teresa Bernal, alta comisionada para la paz de la alcaldía de la capital, las estrellas se alinean en Bogotá con personas de todo el mundo. En un país con siete millones de víctimas por el conflicto interno colombiano, conmemorar y marchar en el día nacional de la memoria y solidaridad con las víctimas, en honor de quien levantó la bandera del pueblo, es un esfuerzo más por la paz, que se construye desde dentro y día a día para recuperar el tejido social. Porque la oportunidad es la de la paz.

Según el músico colombiano César López, esta es una reunión para aprender, para mejorar. Cree que el arte da cuenta de un proceso íntimo que se debe mejorar y que el tiempo dirá, a partir del encuentro con los demás y en sus miradas, si lo hemos hecho bien o mal. Ha pedido difundir por todos los canales lo que se diga en esta cumbre por si no lo hacen los medios.

Las intervenciones institucionales han terminado con las palabras del director general del Instituto Distrital de las Artes, Santiago Trujillo, quien ha agradecido la presencia de las víctimas del conflicto armado, de las personas inscritas, lo que muestra la avidez de estar y de ser, de quienes se movilizarán el 9 de abril, de las participantes, de las invitadas, de los movimientos artísticos, el respaldo del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, por construir cultura y arte para la ciudadanía, a todos los colectivos y a Patricia Ariza, a los organismos públicos y a todo el equipo de Idartes. Ha recordado a García Márquez, a Jaime Garzón y a Carlos Gaviria y ha finalizado con una rima de raperos que dice, entre otras cosas, que “somos los que escuchan y esperan, que somos el himno que cantará un mundo sin fronteras”.

A continuación se ha presentado en el escenario el poeta y escritor Juan Manuel Roca, para presentar un poema por la paz escrito para la ocasión “Pequeña cosas que trae la paz”. Tras recordar a Carlos Gaviria, nos ha hablado del grafitero, del que llamamos el otro, del pobre diablo de la escuela, del usurpado y del desplazado para cuando llegue la paz, y que podamos verla, aunque sea entre la niebla, y sentir el aire y evocar las cosas olvidadas y lo bueno que traerá y que será tenerla. Que no habrá paz con usura, la lepra del alma y que ama el perdón pero desconfía del olvido.

Tras la poesía, la filosofía de Sergio de Zubiria, miembro de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, quien ha destacado que sea Bogotá el inicio del camino hacia la cumbre en la busca de la paz por tres motivos: porque el conflicto y el desplazamiento la convirtieron en lugar de víctimas; porque los territorios invisibles han llegado acá con sus héroes de un país de regiones, y porque su administración tiene seres humanos que sienten empatía con el prójimo. Para este doctor en filosofía que la cultura es paz es una fórmula demasiado repetida. Ha recordado a Ana María Ochoa cuando se preguntaba qué se invoca cuando se nombra la paz; a García Márquez cuando se interrogaba si no sería la Tierra el infierno de los otros planetas, y que seguimos sin paz pese a tener todas las herramientas para lograrla. Como decía  Eric Hobsbawm, el siglo XX ha dejado 122 millones de víctimas y una ardua tarea para el XXI. También ha mencionado las complejas relaciones entre conflicto y cultura y la vinculación de ésta con la violencia, tal como planteaban de una u otra manera Walter Benjamin y Sigmund Freud; y que, como postulaba Ernst Bloch, “cuando se acerca la salvación aumenta el peligro”.

Zubiria cree que la paz no es muchas de las cosas que se dicen de ella, que debe ser justicia social y resolución en la mirada y en la conversación. Ha rememorado los peligros y las virtudes de la cultura y el arte. Entre los primeros: la domesticación, su relación con la realidad, la endogamia y que su lugar está más allá de los derechos. De las segundas: el cuestionamiento permanente sobre los imaginarios, que tiene la máxima apertura para producir, que posee el valor emocional de la vida, que los movimientos culturales transforman la política y que promueve la participación.

El segundo panel del día, después del protagonizado por mujeres víctimas y sus resistencias, ha puesto en escena al escritor y sociólogo Alfredo Molano, al columnista León Valencia, a la dramaturga sudafricana Jane Taylor y al cineasta y escritor Fernando Vallejo, con la moderación del politólogo José Antequera, para hablar de memorias, relatos y comunicación.

Molano ha narrado como recurrió al periodismo para ampliar los relatos, para intentar romper el monopolio transmitiendo lo que la gente le contaba. Una historia más amplia aunque no académica. Ha pretendido romper la historia oficial, que juzgaba y condenaba a la gente sin que se pudiera defender.

El analista político Valencia ha llamado la atención sobre quienes le disparan a la democracia, que no son sólo las guerrillas, que lo hacen desde fuera del sistema, sino también las élites políticas, que lo hacen desde dentro. Para él, Colombia es un estado híbrido con funcionarios que respetan los mecanismos democráticos y otros que no lo hacen. Ha pedido un pacto con las guerrillas y un compromiso de las élites que fueron quienes buscaron a los ilegales, porque ese es el gran reto para la reconciliación en el país. Como anécdota contó de la existencia de gobernadores que tienen dificultades para hacer una frase de sujeto, verbo y predicado. Se ha declarado optimista de que se mire en conjunto el conflicto colombiano.

La estudiosa de la reconciliación en Sudáfrica, Taylor, se ha preguntado sobre quiénes son los responsables en los conflictos. Entiende que es necesario que los estados reconozcan sus violencias y cree que el arte y la cultura, pese a las dificultades, le aportan al diálogo, tal como plantea en su afamada obra de teatro “Ubú y la comisión de la verdad”. La gente tiene que creer que son parte de la historia y que con sus aportes pueden contribuir al cambio.

Para cerrar el panel intervino el escritor colombiano residente en México Fernando Vallejo leyendo un texto suyo sobre el marco de la impunidad. Ha hablado de lo inconmensurable de la ruina de Colombia con un Congreso y un Poder Judicial corruptos y una prensa arrodillada y un Estado desaparecido. Pero su disertación, para mí, ha estado llena de incongruencias. Está muy bien que El Espectador publique íntegro su discurso, esperemos que no lo haya hecho porque en su incendiaria proclama culpa de toda la situación de hoy a las FARC, a las que señala como delincuentes asesinos ocho veces sin mencionar ni una sola a los paras, al ejército o a la policía.

Pese a que dice algunas verdades, se queda más en lo negativo, criticando, que es fácil, sin aportarle argumentos a la paz. No vale con decir que él no es culpable de lo que pasa, cada quien tiene que asumir la parte de responsabilidad que le corresponde porque todas y todos formamos la sociedad. Además, su verborrea se acerca cada vez más a la del anterior presidente. Creo que ha perdido un poco el norte y que en su discurso mezcla las churras con las merinas.

Ha afirmado que la cumbre es una farsa, pues tal vez sí o tal vez no. De momento es una realidad para darle la palabra a la gente, a la de la academia y a la de la calle, a la de la oficialidad y a la de lo alternatividad, a la de las instituciones y a la de las organizaciones sociales.

Aún así, es un lujo contar con su presencia, y escucharle para luego poder rebatirle.

Pero yo me quedo con la fe en el hombre declarada por Alfredo Molano, con el diálogo sosegado de León Valencia, con las palabras profundas de Zubiria o con la poesía de Juan Manuel Roca.

(…)
Se habla de grandes sucesos
cuando venga la paz

La verdad,
me bastaría verla
apacentando pequeñas cosas,
encontrando en la niebla
de un país que ya no existe
un balón, un trompo
o el caballo blanco
que se esconde
en paisajes prohibidos

Me bastaría con saber
que las mujeres lloran
al momento del ritual
de las cebollas
y no al de las viudeces

Que el río
no es una parcela
de tumbas
(…)
La única guerra
que anhelo, madre,
es contra el tedio,
una guerra sin cuartel
contra la servidumbre
para tener el brazo
dispuesto al abrazo
y salir a la calle cuando
estallen la noche
y el verano.
(…)
¿Sería mucho pedir
que la patria no sea
una pérfida madrastra,
una tirana,
o tan solo una palabra
en labios de sus dueños?

¿Que los muertos
en las falsas batallas
no sean parias
que disfrazan de enemigos
en un guiñol siniestro?

¿Que la palabra libertad
deje de ser
acariciada por gendarmes
y el telón del respeto
cobije también
la sombra erguida
del insumiso,
del desobediente?
(…)
Podremos ser ilusos,
pero ¿cómo no soñar
con un país donde nadie
esté en la lista de espera
de los grandes señores
de todas las orillas
de la guerra?
(…)
Pero si la paz
no es también
una cosecha de ocio,
una vendimia de luz
y una conquista de sueños,
habrá que volver a tejer
las 3 letras de su palabra
(…)

Parte de su poema “Pequeñas cosas que trae la paz”, estrenado y leído en la cumbre.

Durante toda esta semana se presentarán propuestas, ideas, cantes, escenas, músicas, fotografías, documentales, experiencias y vivencias en torno a las realidades de un país que busca la paz. Una tarea ardua y difícil que, como señalaba León Valencia, está siendo torpedeada desde fuera y desde dentro.

Que cada quien aporte lo que pueda para alcanzarla, por poquito que sea será bienvenido. Porque lo peor es no hacer nada y mirar a otros hacer, acierten o yerren.
Hay muchos caminos por recorrer, lo importante es converger en el destino.
Cultura y arte para la paz, arte y cultura en el conflicto, pero sin guerras, sin muertes violentas y sin actores armados. Porque, como dice el dramaturgo colombiano Santiago García, “El artista no puede ser indiferente hacia la sociedad y la época en que vive; al contrario, debe ser agente activo para la toma de conciencia social y política.”
Porque todas y todos somos arte, cultura y paz, y como recomienda la organización del evento hemos de respetar las palabras, los silencios y las opiniones de los (as) otros (as).
En la convivencia, con sus anomias pero sin violencias.

Publicado el 7 de abril de 2015

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