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Espectralidades del duelo

Magdalenas por el Cauca. Proyecto expositivo de Yorlady Ruiz López y Gabriel Posada Montoya.

Por: Yorlady Ruiz López

I.            Introducción

Entre el 2006 y el 2007 realicé una serie de trabajos íntimos que le dieron madurez al proceso artístico que venía desarrollando, como camino de preparación para el proyecto “Magdalenas por el Cauca” que inició en el 2008 con el artista Gabriel Posada, y  al cual, inicialmente me vinculé como tutora ante el Ministerio de Cultura de Colombia, que lo premió en  la modalidad de Residencia Artística en el 2014.

Magdalenas por el Cauca se planteó en un primer momento como un homenaje a las mujeres, madres, esposas, amantes de los desaparecidos en las aguas de los ríos de Colombia. A través de una serie de pinturas realizadas en largas jornadas de diálogo; aprendimos desde las voces que han vivido de manera directa el conflicto -utilizando entre orilla y orilla el arte como un puente-, entre las vivencias, la historia y lo simbólico, de alguna manera pudimos desenredar la madeja de nuestras emociones a la orilla de un río que caminaba silencioso los recodos de nuestra cordillera central y que llevaría sobre balsas el testimonio visual de las Magdalenas para hacer un recorrido fúnebre dándole una voz metafórica a las aguas y a las víctimas.

En lugar de asumir la postura cómoda de informar sobre el desarrollo de la obra, adquirí la responsabilidad de acompañar el proyecto en todas sus dimensiones.  Esta obra efímera recorrió en su primer trayecto las comunidades de la ribera del Río Cauca en Risaralda entre Caimalito, la Carbonera, Estación Pereira, Beltrán y la vereda Guayabito en Cartago Valle del Cauca, en donde las comunidades participaron de manera directa al ser invitados a una exposición de fotografías de su mismo entorno: una especie de reflejo en el que podían participar con historias, proponiendo nombres para las fotografías que eran en suma el recorrido de un artista en la búsqueda del lenguaje para darle cuerpo a su obra. Estuve de manera activa elaborando los talleres, conversando con los participantes, visitando el río para contemplar el silencio con el que arrastra sus aguas turbias.

Mi cuerpo que ya recogía las diversas historias de un mismo mito se empecinó en promover la elaboración de una llorona que fuera instalada en una de las balsas y así, bajo el templado sol del mediodía, maquillé mi cuerpo y vestí aquellos trajes que Gabriel Posada había pintado con fragmentos de otros cuerpos. Elegí uno que partía el cuerpo en dos con una línea roja, puse un manto sobre mi cabeza y recosté mi cuerpo sobre el borde frío del río, en la intimidad de la tarde, bajo el silencio del agua y su fangosa orilla. Posada hizo las primeras fotografías de la “La Llorona”.

Impregnada por la emoción que causaba la fuerza del río mientras halaba mi cuerpo, este mito se ofreció ante mí aún con más expectativa que cuando lo leía en las historias de los niños. Esta feminidad que encarnaba un duelo a través del llanto, tomaría forma con algunos elementos más ordenados luego de realizar “Exhumaciones” (2010) en el Museo de arte de Pereira, obra que nuevamente me llevó al río a ver el macabro escenario de huesos abandonados en el remolino de Bertrán, como una evidencia que extraía el intenso sol de aquel año. Un revelador relato visual de lo que sucedía bajo las aguas cuando el río baja su nivel por el verano: muchos huesos quedan expuestos en la orilla del río, animales muertos, fragmentos de lo que fuera un cuerpo y trozos de madera acariciados por el agua, pedacitos de un bosque navegando “río abajo” contando esa historia de la humanidad. Pareciera que estos cuerpos se niegan a desaparecer del todo;  ni el río, ni la tierra nos borran, ahí estamos resguardados y es la tierra la que retiene nuestro dibujo primario, nuestro origen. 

Es así como este artículo indagará a partir del proceso corporal asumido con el performance las maneras de resignificar las violencias políticas desde los duelos y rituales ante la ausencia de seres queridos. 

 

II. Exhumaciones y La Llorona

En la obra “Exhumaciones” utilicé unas telas que simulaban sudarios a través del frotagge con sanguina sobre esqueletos, evocando ese Lenguaje de los Huesos de Clea Koff [1], en donde nos dice: “…he leído en montones de artículos de periódico que los parientes de un difunto creen que tener el cadáver, aun cuando sólo sea un trozo, resulta clave a la hora de dar el asunto por zanjado y poder llorar la pérdida”.

Llorar deriva del latin plorare [2], dice el diccionario, además, que es “fluir un humor por los ojos, derramar lágrimas, lamentarse por algo o darse lástima por algo”. Si en la obra Éxodo había una súplica por la desaparición del cuerpo y en Exhumaciones un implorar por la aparición, en La llorona aparece el lamento; la posibilidad de derramarse en llanto ante la desaparición del cuerpo y la aparición de cualquier vestigio del mismo.

Para ese momento ya conocía a los familiares de víctimas de Trujillo. Las mujeres que Gabriel Posada evocaba en sus pinturas (Magdalenas), tenían voz, tenían sus testimonios, tenían el poder de la persistencia y de la incansable exigencia de justicia. Antes de Magdalenas por el Cauca,  no había tenido la posibilidad de acercarme a familiares de víctimas, por lo tanto estos encuentros significaron un diálogo íntimo entre mis performances y la realidad que enfrentaban aquellas personas que habían perdido a sus familiares, y reafirmaron la búsqueda creativa en la que me encontraba, dándole un sentido más amplio a esas mediaciones que venía proponiendo con el performance: un despliegue de sentido dado por quienes eran parte de esa realidad un tanto ficcionada en el lenguaje del arte, entramando líneas simbólicas entre el mito de la llorona y las mujeres que fueron a los ríos a buscar en medio del llanto a sus seres queridos.  “Llorar” a través de este performance me permitió evocar esas presencias de la ausencia  que venía soportado en el cuerpo de estas mujeres. 

Según Diana Taylor [3], refiriéndose a los artistas que amplían su rango de acción  desde el performance y lo político, “La mayoría de los que somos aludidos en estas protestas performáticas no somos ni víctimas, ni sobrevivientes, ni asesinos, pero eso no significa que no participemos en el drama de las violaciones a los derechos humanos. Con todas estas atrocidades que se han cometido y se siguen cometiendo en nuestra América (para no ir más lejos) estos artivistas nos ayudan a recordar que nosotros (todos) vivimos en proximidad a la violencia política”.

 

La Llorona

La llorona se reafirma luego de los encuentros en Trujillo con las mujeres que llevan una lucha incansable. Cada viaje de Pereira a Trujillo estaba cargado de un sinnúmero de emociones y contradicciones; los regresos fueron un llanto, un duelo, escuchar los testimonios en contraste con las historias sobre el río me animó a bordar 365 lágrimas sobre pañuelos de tela blanca que representan un año; veinte años de llanto incesante.

Este mito hispanoamericano que tiene diferentes significados alude de manera general a la búsqueda y peregrinar de una mujer que vaga  por los ríos lamentando perpetuamente la ausencia de sus hijos. En Colombia la versión varía desde una mujer mestiza que arroja sus hijos a un río por el abandono de un hombre español, hasta la versión de una mujer joven y bella que es embarazada por un hombre que se va a la guerra, y en su cansancio de recién parida, por el temor del abandono, arroja su hijo a un río. En Chile le dicen la Pucullen [4] (de cullen, lágrima, y pu, plural), es una presencia fantasmal vestida de blanco. En la tradición oral se le reconoce como la “guía de los muertos, que indica con sus pasos y llantos el camino que debe recorrer el muerto para dirigirse desde su morada terrenal hacia el más allá".

Para Posada, las Magdalenas por el Cauca son todas aquellas mujeres que con la expresión popular lloran como unas Magdalenas ante la pérdida de sus familiares. En la historia bíblica católica, es una mujer en penitencia, que al descubrir el sepulcro vacío lloró sin descanso creyendo que habían robado el cuerpo de Cristo.

Al conocer de cerca a las Magdalenas vivas, el performance La Llorona evocó el deseo del llanto incesante en un recorrido por la avenida del Río en Pereira (2010) y por el pueblo de Trujillo Valle (2011) que aún aguarda las lágrimas de las mujeres que solo pudieron sepultar a sus hijos y esposos de manera simbólica en el Parque Monumento de la Memoria,  y para quienes el vacío de la ausencia fue el deseo constante de que esa voz familiar regresara a tomar café con arepas. Unas presencias que están reflejadas en las fotografías que se llevan a las marchas, en las memorias constantes y en el imparable conflicto que allí persiste.

Han pasado más de 25 años de la masacre de Trujillo y en el pueblo los grupos armados al margen de la ley imponen una soterrada manera de gobernar, de controlar; no son tan evidentes, apenas se perciben pues aprendieron a camuflarse en el pueblo, la gente los reconoce y murmullan  voz a voz los combates y los asesinatos selectivos como el de la matriarca Alba Mery Chilito, asesinada por la espalda el 7 de febrero de 2013. Se sabe que quién cometió el crimen ya está silenciado bajo la tierra de ese mismo cementerio, que guarda la memoria de quienes han sobrevivido en un pueblo que carga con la historia de sus muertos.

En uno de mis viajes a Trujillo hallé una historia que me contó una desconocida en la buseta. Se trataba del fantasma de una prostituta que se aparecía tarde de la noche en la vía de Riofrío a Trujillo.  La carretera oscura y destapada levantaba polvo; el calor encerrado en la minibuseta se sentía en la piel densa y sudorosa, que sufría el enterrarse los pliegues de la ropa como mordazas que laceraban. El conductor iba como si lo persiguieran, como si las tripas urgidas de comida desearan llegar al tiempo de la sopa caliente. La silla era tan pequeña que sentía el brazo húmedo de la señora que estaba al lado atareada con una caja y bolsas. En una curva que me apretujó contra ella, exclamó:

-¡Eh, este señor va como si llevara la mona atrás! 

Y sonrió como si fuera natural que yo supiera quién era la Mona. Le sonreí en silencio, sin preguntar, con dudas de si había comprendido bien a qué se refería.  ¿Quién era la Mona y qué representaba? El silencio no duró tanto, la incertidumbre y el deseo de saber me hicieron romper el mutismo que suelo tener en mis viajes a Trujillo (Valle del Cauca). Esperé de nuevo su mirada para preguntarle:

-¿Quién es la Mona?

La mujer empezó a narrar la historia de un fantasma que está en las curvas de la carretera que conduce de Riofrío a Trujillo, esa vía por la que transitó la impunidad sacando personas para ser torturadas, asesinadas y desaparecidas. Dicen que la Mona fue asesinada en esa vía; al parecer se sube en la silla de atrás de los buses de los conductores que viajan solos y se percibe el peso de su cuerpo cuando se sienta duro sobre la silla.

-Sí, a la Mona la mataron, no se sabe bien cómo. Ay niña, hay gente muy mala, vea ese muchacho la semana pasada que hizo matar al papá por estar metido con esa gente. Fueron a la casa a buscarlo y el papá por defenderlo se llevó la balacera, era un viejo bueno [5].

Esta historia se me apareció como un fantasma, quizá como la poiesis del trabajo creativo que se va revelando poco a poco en el cotidiano, en las observaciones espontáneas para enfrentar una vez más los relatos cargados de misterio y magia donde la gente revive recuerdos, desaparecidos y muertos para contar las historias a través de apariciones y manifestaciones de memoria desde el horror y la tristeza.

Desde la infancia hemos convivido con una serie muy variada de seres y espantos, desde los del campesinado hasta los de las ciudades. En mi niñez era frecuente escuchar historias de duendes que hacían perder los niños, de brujas que a pasos ligeros azotaban los techos y trenzaban la crin de los caballos, pero también de cómo utilizaban estos espantos para desviar ladrones y autoridad y pasar sin penurias el contrabando de licor y tabaco. 

En la ciudad escuché varias veces la historia de un carro fantasma que iba sin chofer y venía desde el infierno recogiendo pasajeros de los que nunca se sabía nada, historia que se puede contrastar perfectamente con la desaparición de personas en automóviles sin placa, hechos frecuentes en los desórdenes sociales relacionados con grupos armados legales e ilegales. Surgen pues mitos urbanos y creencias que nos permiten comprender las transformaciones espirituales y culturales referidas hacia lo religioso y hacia lo político, creando sentido hacia esas rupturas; cuando la muerte es trágica, cuando la muerte genera discontinuidad de la experiencia de vida se reelaboran otras maneras de representar y refugiar la fe.

Comprendí que las ausencias tomaban otra forma, eran recreadas de otras maneras por los familiares para que permanecieran cerca al sentir y así poder mantener otra comunicación desde la ausencia.

Recordé el libro de Patricia Nieto Los escogidos [6] que habla sobre los muertos del agua, los cuerpos rescatados en Puerto Berrío a los que los habitantes hacen ruegos y peticiones cuando los escogen:  

“Margaritas para un escogido podría llamarse el cuadro que observo. Las flores bordean los cuatro lados de la lápida pintada de celeste. Dos letras apenas dominan el plano y significa que allí descansa un desconocido. A los pies del hombre anónimo, mecido en su muerte por aguas del río Magdalena, un sufriente descarga su dolor, su miedo y su esperanza.”

 Quien adopta un cuerpo le pide deseos a su escogido a cambio de sus cuidados y rezos por su alma. Cuando el escogido empieza a cumplir, se le coloca un mensaje que dice: "gracias por los favores recibidos".

¿Qué suplen esas presencias para un pueblo testigo de la muerte viajera por las aguas del río Magdalena?  ¿Por qué creer en esos seres sin nombre, sin una historia conocida? “Han escrito ‘escogido’ para anunciar su decisión de entrar en comunión con el espíritu de ese alguien del que no se ha dado noticia de su muerte.” Tal vez, esta performatividad que se desata entre la ausencia y la presencia es la que interviene en la manera simbólica de reanudar sus recuerdos, de generar aliciente entre las penas propias y las del desconocido NN, que además motiva transacciones de los presentes con los ausentes, de los favores a cambio de los rezos y las ofrendas. De manera similar en el performance “La Llorona” hay un intercambio de duelos entre una propuesta simbólica del llanto que representa en lágrimas las ausencias.

Quizá para los familiares de los desaparecidos se vuelve un aliciente la posibilidad de comunicarse, de que algún recuerdo se materialice, o para los habitantes de Puerto Berrío una manera de hacer duelo a su propia barbarie.

En mi proceso de exploración sobre los muertos del agua encontré la siguiente noticia [7]: “Blanca Nuri Martínez tenía ambos motivos para adoptar un muerto del río. Esta mujer de la localidad, madre de siete hijos, ha visto a tres de ellos desaparecer sin dejar huella. Ella escogió a dos N.N. a los que vela sin falta y a los que pide favores mundanos. Al primer cuerpo le puso de nombre Isabel, como su difunta mejor amiga de la infancia. Al segundo le promete el nombre del hijo, al que nunca pudo velar, si se porta bien con ella.

‘Yo le presto mis lágrimas a estas almas que no tienen quien les cuide y les rezo para aliviar su sufrimiento’, esgrime la curtida señora.”

¿Cómo denominar esa ausencia que adquiere poder a través de quien invoca su presencia?, por ahora intentaremos con las palabras espectro y fantasma, en una primera definición encuentro que es “Figura irreal, generalmente horrible, que alguien ve a través de su imaginación y llega a parecer real; resulta curioso en el caso de Puerto Berrío asociar lo “irreal” cuando hay un cuerpo sin identificar en una tumba y sospechar que lo “horrible” puede vincularse con las manos criminales que ultimaron esa vida o con el grado de descomposición en que fueron sacados del agua.

En otra definición se refiere a la palabra fantasma [8]. (Del lat. phantasma, y este del gr. φάντασμα).

1. m. Imagen de un objeto que queda impresa en la fantasía.
2. m. Visión quimérica como la que se da en los sueños o en las figuraciones de la imaginación.
3. m. Imagen de una persona muerta que, según algunos, se aparece a los vivos.
4. m. Espantajo o persona disfrazada que sale por la noche para asustar a la gente. Era u. t. c. f.

Espectro.
(Del lat. spectrum).

1. m. fantasma (‖ imagen de una persona muerta).

¿Son acaso una especie de suplente del dolor esas representaciones de la ausencia o es el fantasma una recreación en la elaboración del duelo ante la desaparición? Para Lacan es [9] “el ghost, esa imagen que puede sorprender el alma de todos y de cada uno cuando la desaparición de alguien no fue acompañada de los ritos que esta exige”. Es así como ante el proceso del duelo la persona tiene percepciones de la ausencia, o desea materializar esa ausencia.

La pérdida tras la muerte de un ser querido va acompañada del duelo.  Freud lo define como [10] “la reacción ante la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente como la patria, la libertad, un ideal, etc”. Caracterizado por la pérdida de interés en el mundo exterior y la distancia de todo aquello que no esté conectado con la memoria del ser querido, según Freud, este es un trabajo psíquico autónomo que busca una respuesta libidinal del sujeto frente al objeto perdido. Este ejercicio es paulatino,  doloroso y está sobrecargado de una memoria emotiva que desliga poco a poco la pérdida. A diferencia de una muerte natural, por enfermedad, y/o accidental, la muerte violenta y la ausencia por la desaparición forzada; entendida esta como la exclusión radical del otro diferente, opositor o del extraño, eliminando toda prueba de su existencia, tiene connotaciones distintas en la elaboración del duelo, en sí, trastoca la lógica del mismo pues no hay prueba que testifique la ausencia, no hay prueba de esa pérdida. “En el trabajo de duelo frente a la muerte del otro amado, el doliente construye un sentido que justifica la pérdida y le permite movilizar la elaboración; en la desaparición, la búsqueda de sentido pone al doliente frente a un otro enigmático y poderoso que conserva la verdad sobre la vida y la muerte del ser amado”.

El performance se vuelve entonces esa mediación que trae a escena la ausencia, que da cuerpo al duelo. En “Éxodo” el ruego es el encargado de evocar aquellos cuerpos desaparecidos y la memoria emotiva de un pasado colombiano marcado por la furia del machete; en “Exhumaciones” es la relación directa con el cuerpo sanguinolento, con la huella del otro y en “La Llorona” es la reconstrucción del llanto como discurrir la pérdida.

La ausencia del cadáver dificulta la elaboración del duelo: no hay rito funerario, no hay tumba, se elimina la posibilidad de la práctica del ritual de despedida que simboliza el final de la vida y que da inicio al duelo.

Propone Beatriz Eugenia Díaz en su libro [11]“Del dolor al duelo” que es posible asumir la pérdida desde varias vías: la construcción de rituales propios en comunidad; la aplicación de la ley garantizando la verdad, la justicia y la reparación; y la inscripción del sujeto en la dimensión del acto creador que lo modifica a condición de poner fin al anhelo y al dolor, cortando la relación de goce con el ser que se reconoce perdido. Así podemos inscribir las prácticas artísticas entre esos actos para reconstruir símbolos de esas ausencias.

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[1]. C. Koff, Lenguaje de los huesos. España: Ed. Martínez Roca, 2004,  p. 24.
[2]. Real Academia Española, Diccionario de la lengua española. 21ª edición. Buenos Aires: Ed. Espasa Calpe, 2001.
[3]. D. Taylor, Performance. Buenos Aires: Ed. Asunto Impreso, 2012. p.131.
[4]. Bibliotecaduocvalparaiso (1 de noviembre de 2012) Halloween la llorona chilena. Recuperado de: Bibliotecaduocvalparaiso
[5]. Goyes, R. (24 de agosto 2013) Incursión armada deja un muerto y un herido en Trujillo. goyes.wordpress.com. Recuperado de Goyes.wordpress.com
[6]. P. Nieto, Los escogidos. Medellín: Ed Sílaba, 2012, p. 18.
[7]. Porras, H. (14 de junio 2014) Se adoptan muertos.entornointeligente.com. Recuperado de Entornointeligente.com
[8]. Real academia española. (12 de oct 2012).Diccionario de la lengua española. Recuperado de  Rae.es
[9]. J. Lacan, “Seminario 6, el deseo y su interpretación”. Buenos Aires: Ed. Paidós, 2014, p. 14.
[10]. S. Freud, Duelo y melancolía. Buenos Aires: Ed Amorrortu, 1996, p.50.
[11]. V. Díaz, Del dolor al duelo: límite al anhelo frente a la desaparición forzada. Colombia: Ed. Universidad de Antioquia, 2003, p.110. 

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Yorlady Ruiz López nació en Pereira, Colombia, en 1979. Poeta y artista plástica.  Magister en Estética y Creación de la Universidad Tecnológica de Pereira. Hace parte del colectivo Magdalenas por el Cauca donde exploran trabajos colaborativos desde el performance, la pintura y la instalación alrededor de la desaparición forzada en Colombia.

Premio Nacional en artes visuales a nuevas prácticas artísticas Ministerio de Cultura de Colombia, 2014. En el año 2012 fue ganadora del Premio de Poesía Colección de Escritores Pereiranos con el libro Diarios Íntimos.  Premio Nacional de Poesía XII Festival de Poesía de Medellín en el año 2002, en ese mismo año obtuvo el premio de Arte Talentos Carlos Drews Castro en la Ciudad de Pereira. Ha publicado los libros de Poesía Versos para tu fresca alborada, 1998; Novela inconclusa, 2001;  Poemas para Juno, 2009 y Diarios íntimos, 2012.

-Blog Magdalenas por el Cauca
-Antología  Festival Internacional de Poesía de Medellín
-Performaces Blog Magdalenas por el Cauca
-"Descanso en Paz" Poesía por la Paz Canal Youtube de Tatuy Televisión Comunistaria
-Lectura de poemas V Encuentro Internacional Nadaista en Pereira

Creado el 24.01.2019

Última actualización: 15/06/2019