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Hubert Matiúwàa (Nación Mè'phàà, México)

Por: Hubert Matiúwàa

El gallo

 

Me dijo el gallo:
Crecerá mi palabra cada día
hasta que tiemble tu corazón
y dejes de agachar la cabeza.

No tengas miedo si a otro pueblo llegas,
si la montaña te viste
y en otra lengua te enredas.
Respeta la chicharra
que enterraron en tu garganta,
las venas de tu brazo
que por juguetón te dio la calabaza.

Cada mañana grito al mundo,
no quiero que ningún hermano se deje,
escuchen las estrellas
que tu mano da fuerza a la tierra que te dejaron,
nunca vendas las flores contadas
donde lloraron tus padres
ni el camino del venado que te enseñó la abuela.

Si hay sangre,
también habrá plomo para defender lo nuestro.

 

La casa

 

Hay casas en las que nunca quisiéramos pasar,
le decimos a nuestro Dios
que aparte ese dolor de nuestro ojo,
dicen los abuelos,
no coman en la oscuridad
no los queremos ver en la cárcel,
si miran el conejo en la madriguera
o en el camino les cruza la marta,
vengan con somiate
para trabajar con las palabras
que vienen sobre ustedes.

Si nos vieran ahora,
con machetes romperían los fierros que nos esconden,
quemarían velas para alumbrar esta oscuridad
y para que los años no traigan la desesperanza,
sacrificarían dos o tres gallos para regar la memoria
y se siembre en tu vientre la cicatriz que nos mira.

 

 

Mauricio

 

Mi voz se hizo nido
el día que te agarraron,
¿Que no saben que todo lo que te hagan me lo hacen a mí?,
aullé el relámpago en tu boca,
donde anduvimos con los nuestros
y ahora, ya no,
¿Dónde amarraré este dolor que enciende la esperanza?
¿Quién trae la cabeza del pueblo?
¿En qué cruces colgaré aves que sepultan mi lengua?
¿En qué tierra he de encontrar tus pasos,
ahora, que tu cuerpo se acobija en el miedo
y crece la espiga de nuestra rabia?

 

 

Abuelos oro

 

En el patio de la iglesia
se enterraron cuatro abuelos
con cuatro ollas de monedas,
dijeron:
—Seremos piedra
que brillará en la montaña—
con el tiempo se convirtieron en oro,
por eso somos ricos,
ahora,
llegaron los problemas,
viene la gente de lejos
a desenterrar a nuestros abuelos.

 

 

Las navajas

 

Nuestras navajas rayan de noche
para sangrar el día sobre la piedra,
cortan kilómetros de carne
y viajan en túneles para esconder la avaricia.
Nuestras navajas brillan en las manos de la muerte,
dibujan los rayos que caen en los ojos,
tienen ausencias de labios,
tienen añoranza de brazos, pies y cabezas.

Nuestras navajas viajan cortando los vientos
y afilando las mañanas,
encuentran pies en Tlapa,
escarban hoyos en Chilpancingo
y se visten de rojo en Chilapa.

Nuestras navajas esperan en ataúdes
nuestros pequeños cuerpos,
han llegado de lejos a vivir en nuestras manos,
a algún espíritu le pertenecían
o a un aire malo,
llegaron con hambre de nuestros brazos tiernos
y ahora, en esta loma en que se mece el dolor,
¿Quién recreará el rompecabezas que han hecho?

 

 

El niño

 

Vinieron a buscarlo al pueblo
porque no había para donde darle
y atorarle con los contras,
se hacía costumbre ver a los zopilotes
carroñar en las mojoneras,
bajar los ayates de las redilas
y esculcar las enaguas, buscando carne.

Él dejó sus canicas en la cuarta del rombo,
en la raya con nubarrones de nostalgia,
dejó los peces multicolores
con los sueños de la noche
y dejó entre los cafetales
los columpios colgados donde se mece la miseria.

En sus huesos,
fue creciendo el llanto de sus amiguitas,
las niñas de Marutsíí,
que pedían oído al polvo y a las piedras
para que no se lo llevaran.

Lo encapucharon con escamas de la tarde
y le colgaron un cuerno de chivo,
tres rosarios del ojo de venado
y se dispuso a cazar hombres
y a sentar la muerte en su mesa.

Desde entonces,
dicen que los de la Montaña
somos buenos para eso
y no dejan de venir para llevarse a los niños
y sembrarles la muerte en las manos.

 

Llegaron los soldados

 

Llegaron los soldados a quemar el maíz bola,
se corrió el rumor por la radio
que esta vez sí era en serio,
llegaron con cascos para vestir de verde los caminos,
con pies de hormigas para subir a los árboles,
en las cañadas y en el nido de Marutsíí.

Llegaron por el río mirando a las muchachas
y con armas largas bajaron el rayo de los cielos
e incrustaron en los pechos el temor del silencio.

Llegaron con el pretexto de siempre,
a buscar las ausencias
para llenarlas con sus inventos
y desmontar a los espíritus de la goma.
La gente se organizó y los fue a ver,
para que no hicieran nada, pidieron una res,
un chivo y las dos niñas de Marutsíí,
que ellos están para servir
a quienes les saben tratar.


Hubert Matiúwaà nació en Guerrero, México, el 27 de septiembre de 1986. Pertenece a la Nación Mè'phàà. Es poeta y ensayista. Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Guerrero y en Creación Literaria de la Universidad Autónoma de México. Maestro en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Ha publicado los libros de poemas: Piel de tierra, 2016; Cicatriz que te mira, 2017; Las sombrereras de Tsítsídiín, 2018; Cordel torcido, 2018, y Gente piel, 2020. Algunos reconocimientos obtenidos: Primer Premio a la Creación Literaria en Lenguas Originarias Cenzontle, 2016; Premio Estatal de Poesía Joven del Estado de Guerrero 2017, y Premio de Literaturas Indígenas de América, 2017.

Links a Hubert Matiúwaà:

-Charla con Hubert Matiúwàa. Universidad Pedagógica Nacional -Video-
-La poesía fulminante de Hubert Matiúwaà. Entrevista. Revista Desocupado
-Entrevista con Hubert Matiúwaà sobre el Primer Premio de Creación Literaria en Lenguas Originarias Noticias 22 -Video-
-“Todos podemos crear un lenguaje”.  Reportaje de Hubert Matiúwaà, por Mateo Peraza. Tierra Adentro
-Poemas de Hubert Matiúwaà. Nueva York Poetry Review
-Hubert Matiúwaà - Diálogos FIL Guadalajara

Publicado el 06.03.2021

Última actualización: 11/04/2021