English

Luis Fernando Cuartas (Colombia)

Por: Luis Fernando Cuartas

La casa inundada

La casa que flota está inundada, el barco se carcome, las olas se presentan gigantescas, las fronteras son de hambre y grietas con la muerte; hay un temblor entre la arena y una muchedumbre gime entra la Aurora; el mundo como una manzana que se pudre ve desaparecer la infancia y hoy sólo cuenta la estadística de los que pasaron al otro lado sin papeles. Las playas están sembradas de sonrisas truncas y unos niños pájaros han caído por que nunca los dejaron emprender sus vuelos. ¿Será luto esa lágrima oculta? La arena está convertida por momentos en un botadero de futuros.

 

 

Árboles

Todos somos árbol, hierba y montaña, pasan por encima nubes dibujadas por el viento, haciendo historias de aire, como plantas móviles donde clorofila y pensamiento se destilan subiendo por la tierra que tocamos, hasta ver la sonrisa como flor de labios hecha de sol y de sombras, Todos somos agro, somos simiente y somos cultivo, algo de belleza extraña sale de la tierra donde estas pisando.

 

Tejidos

La urdimbre del mundo es una esfera de hilos imantados

Son sedas de átomos enlazados entre sus  fuerzas amorosas

Que se acercan y repelen son  hebras de un tejido anónimo hecho de todo

Junto con deshechos  en las nadas del vacío, es ver entre mezclados con los estambres con  cosmos

Ser y no ser y seguir siendo en una envoltura donde juega un gato que runrunea

Nuevos universos sobre el globo de una nube láctea.

Somos nudos y desnudos

Somos espartillos cruzados, canastos mundos  entretejidos

Madejas de vida que se han puesto a rodar para hacerse cada vez inmensidades de un ser

Que nada entre las sombras audibles sólo en el sueño del estar siempre en movimiento.

Móviles, móviles esferas de hilos  donde un ser de otro dimensión hace un tapete

Para volver a volar como en otro tiempo fue posible.

 

El último viaje

La barca aún no ha partido, esta estacionada entre la rivera y el inicio del oleaje mayor, anclada en un puerto íntimo. Anuncia que va a zarpar con una colección de sombras, un cuaderno para apuntar soledades, una mulata para buscar la noche entre la neblina y el sol que se derrite. Aún no parte, cuando está aún en pleno puerto balanceándose, entre las ramas de la orilla y el agua a un tibia del atardecer, está en suspenso: la barca misma es la vida, que nos  escapa al mar baldío, que nos pierde entre acantilados y borrascas, que sale de nuevo a  recuperar el erotismo en pleno trópico y a beber con aborígenes, todo mito está presente antes de partir definitivamente, mientras tanto, que la barca sea un refugio para gozar la respiración que nos regala el  existir

 

Desolación

Habitaba alguien algún día, se sienten aún las risas y alguna queja matutina.

El humo de la estancia ya no se ve entre el techo, ni la vaca muge afuera  ni la señora reza adentro.

Todo ha desaparecido y quedan los escombros, una rancia lejanía de voces que se han ido, la chatarra del corazón haciendo herrumbres en el lugar del olvido.

Un pez de porcelana roto, la metafísica de un grito ya perdido, el ojo de un Chirico que ve entre el tragaluz aquellos lugares caídos en desorden ante el tiempo fatigoso de los humanos sin rostro. 

Allí todavía se mueve el viento, los muros tiene  sombras y las grietas padecen de un calvario entre la angustia y la desolación. 

Somos parte de esa peste que cae sobre los sitios donde algún día alguien amo y se hizo ceniza y polvo, arena de los días y palabras tiradas al azar del tiempo.

 

 

Las manos

 

El alimento de las manos está en el barro, sacude el cuerpo la existencia al contacto con el caolín y la ceniza.

Cuarzos que hablan desde su mirada sumergida en grutas, mohínas manos que buscan un verde naranja tan parecido al rojo que se agranda sobre el negro lugar de la tierra donde habitan aún yerbas de hollín y aguas del Bredunco que nos llegan por debajo de los pies que hacen su reino sobre el suelo húmedo.

Luego la herramienta sacra, el bambú que escribe y que se convierte en casa, el girasol haciendo de la locura una siesta sobre el prado virgen.

El pino, árbol dormido que abre su boca en las noches donde se comulga con el frío.

El poleo de una pócima sangrada entre las palabras de olor y entre el desorden sensorial del sumergido.

Palabras que llegan cargadas de pan y de escultura orgánica, caricia de la mano que sabe el lugar exacto de la queja y el placer, artesanos del día y poetas de la noche, mano alimentada entre el arroz y el trigo, el diario vivir de una labor, un hacer heredado desde el primer gesto de amamantar las piedras, vestir la niebla y buscar la música de la madera y el metal gozoso. 

 Manos degustadas y tocadas por el sueño

 

La virgen de la desolación

Quieta, pétrea y solitaria entre escombros y basuras, la Virgen de la desolación nos deja abismos y perplejidades en los sumideros.

Casi es la muestra de lo patético: el abandono. Nadie pasa ante esa esfinge, nadie reza una oración de tartamudos.

Esta imagen detenida, ahuyenta fiesta y carnaval, es la opaca sociedad que levanta el templo y luego lo defeca.

Ahogo de mundo, la virgen de la desolación somos nosotros mismos tirados y triturados en las escombreras del abandono, sin cielo y sin tierra, los desclasados, los de ningún lado, los que hablan y no son escuchados, los sin nombre.

La virgen de la desolación es la estampa viva de un país en caos. 


Luis Fernando Cuartas nació en Bello, Colombia, el 9 de septiembre de 1955. Es poeta y ensayista. Historiador de la Universidad Nacional de Colombia. Es guía patrimonial. Dirige desde 2003 el programa radial Taller de Luna. Libros: En la calle no calleLas noches de los jueves, Los objetos con ojos, y Madame Destino, antología de la revista Punto Seguido. Copartícipe del proyecto Punto Seguido, y de la revista Innombrable proyecto Colombo-mexicano. 

Última actualización: 26/05/2021