English

La poesía y la cordura

Por: Daniel Montoya

Especial para Prometeo

Dentro de cientos o miles de años, cuando nuestros sucesores ⸺ojalá queden algunos⸺ revisen nuestra época y la quieran nominar de alguna manera para su estudio y análisis, tal vez no encuentren mejor calificativo que La era idiota. No creo que la llamen la Edad espacial ni la Edad digital ni la Edad de la comunicación. Qué podrán pensar de nosotros los investigadores cuando revisen los archivos y se enteren de que comíamos basura por placer y luego íbamos al gimnasio a “quemarla” de nuestro cuerpo. O que las fábricas de bebidas azucaradas eran las que apoyaban los equipos deportivos. O que íbamos en carro hasta el gimnasio para luego montarnos allí en unas bicicletas estáticas. O que nos quitábamos las cejas y las uñas naturales para ponernos cejas y uñas postizas. O que en las escuelas a los niños se les enseñaba en clase de tecnología a hacer televisores y cámaras fotográficas de cartón. O que elegíamos a líderes crueles, idiotas, locos, egocéntricos e individualistas. O que las ciudades desconocían a sus académicos, científicos y artistas, pero enloquecían por un equipo de fútbol o un youtuber. O que los sitios turísticos más emblemáticos en las ciudades eran las iglesias y los parques temáticos y no los jardines, los parques naturales ni las escuelas ni las universidades. O que la mayoría de la población no lograba conocer ni siquiera el cinco por ciento de los 95 países en los que estaba dividido el mundo en nuestro tiempo. O que buscábamos en el espacio otros planetas con vida mientras destruíamos la Tierra. O que habíamos dejado de creer en Zeus y el Sol porque eran mitos para creer en Yahvé, que se creó a sí mismo y después hizo el universo en siete días. O que la única manera de demostrar nuestro éxito era a través de la mercancía y la ostentación. O que para solicitar un crédito en los bancos era necesario demostrar que no necesitábamos dinero. ¿Qué irán a pensar de nosotros nuestros sucesores? ¿Sentiremos vergüenza de haber nacido y participado de este derroche de tiempo?

Seguramente los investigadores se preguntarán ¿qué le pasó a nuestra sociedad en esa época? ¿Cómo llegamos a tal punto? ¿Dónde estaban los académicos, los científicos, los profesores, los intelectuales, los lectores, los artistas? ¿Si los hubo en esos días? Por nuestro bien y dignidad, espero que no quede para ese entonces ningún tweet de la política colombiana ni ningún verso de los reggaetoneros criollos. Sería el colmo. 

La nuestra es una era de conocimiento, indudablemente, pero no de reflexión. Es una era de avances tecnológicos y científicos, pero sin propósito, o en el peor de los casos: con fines de poder, dominio, ostentación, mercado, sin una mirada cuidadosa sobre los efectos a futuro que todo esto pueda producir sobre la Tierra ni la amenaza que pueda cernirse sobre la misma especie humana. Es la idiotez en su máxima pureza. Es una mezcla de economía, ignorancia, pensamiento mágico y absurdo. Es un lento suicidio colectivo placentero. No hay nada más irracional que nuestra época. Nos venden la ilusión que todo está bien porque todo vive al alcance de nuestra mano: la psicología positiva y la autoayuda nos quieren convencer de que todo tiene solución y que existen determinadas fórmulas individuales (casi que personalizadas) para alcanzar el éxito y la felicidad, de modo que, si no lo logramos debido a circunstancias ajenas, sigue siendo nuestra culpa; los gurús del emprendimiento vociferan que somos pobres porque queremos, la riqueza se encuentra ahí tan cerca a través de las diferentes cadenas y estrategias de marketing y la creación de empresas; las nuevas corporaciones educativas dicen a los profesores que el reconocimiento en sus campos del saber es facilísimo, solo deben publicar sus investigaciones (inútiles) en las revistas indexadas (que nadie lee) y ser citados una gran cantidad de veces; dicen a los escritores noveles que no son famosos porque no quieren, ahí se hallan las plataformas digitales en que todo el mundo puede autopublicar y vender sus obras. Los líderes religiosos hablan del evangelio de la prosperidad e incentivan a los feligreses a diezmar y ofrendar sus salarios, casas, lotes, carros, todo lo que tengan, porque Dios se los multiplicará como lo hizo con Job, Abraham, Jacob. 

Me gusta imaginar que dentro de cientos de años cuando nuestros sucesores se pregunten por nosotros y por lo que hicimos, encuentren en la poesía de nuestro tiempo, de manera extraña, un gran uso de la razón, de la cordura, la reflexión y un sentido mucho más amplio de la vida. Que cuando muchas disciplinas del conocimiento se aliaron con el vacío de turno, la poesía haya mantenido intacto su espíritu libre y rebelde. Que cuando no se logró la paz en nuestro mundo, la poesía nos haya regalado una paz interior vastísima para poder sobrevivir, soportar y dejar memoria y belleza de nuestro catastrófico periodo. 

Por supuesto, es paradójico y contradictorio. La poesía es la que comúnmente hace uso del absurdo, la ingenuidad, la intuición y el pensamiento mágico, ¿por qué querer ofrecerle otro molde? Es tan desatinado nuestro mundo que, como afirmaba Umberto Eco, la idea de la mentalidad científica es más defendida por los espiritualistas que por los mismos científicos. Y los medios de comunicación confunden la imagen de la ciencia con la de la tecnología. De hecho, se asume la tecnología como una especie de magia. Quizá por eso en la pandemia pensábamos que en dos meses ya estarían disponibles en todo el mundo las vacunas. ¿Cómo no iba a ser esto posible si se construyen aviones espaciales y máquinas inteligentes en tan poco tiempo? En medio de este desorden, vacío y presunción, la poesía puede mostrar otras realidades más allá de nuestras emociones y experiencias personales. Por ejemplo: junto a la idea de la especialidad y la fragmentación disciplinar, una poesía que se nutra de otros conocimientos históricos, biológicos, filosóficos, científicos, matemáticos, una poesía investigativa, reflexiva. Junto a los procesos de consumismo y mercancía, un espíritu que goce de la naturaleza. Junto a la rapidez del mercado y la producción industrial, una mirada lenta y contemplativa. Junto a la seriedad, la sacralidad y el autoritarismo, el humor, la ironía, la parodia. Junto a la idea del otro como enemigo, contrincante y competencia, un espíritu generoso, alguien con el que se puede dialogar, aprender y conocerlo para llegar al conocimiento de nosotros mismos. 

¿Qué irán a pensar de nosotros nuestros sucesores? ¿Qué dirán cuando descubran el motivo de nuestras guerras y el daño que le hicimos a la naturaleza? Ojalá encuentren en nuestra poesía algunas respuestas. Sería muy decepcionante que dijeran: “esos poetas se dedicaron a cantarse a sí mismos en una rama alta, mientras abajo derrumbaban el árbol”.  


Daniel Montoya nació en Puerto López, Meta, en 1984. Es poeta, docente y narrador. Licenciado en Lengua Castellana de la Universidad del Tolima y Máster en Neuropsicología y Educación de la Universidad de la Rioja, España Pertenece a la Red Nacional de Escritura Creativa, Relata-Literatura, y a la Red Académica Colombiana de Instituciones de Educación Superior Redlees.

Ganador del XLI Premio Iberoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez, España (2021). Premio de poesía Juan Lozano y Lozano, Ibagué, 2020. Finalista en el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá, 2020. Ganador del IX Premio de Poesía Granajoven, Granada, España (2018). Finalista en el 34° Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, Colombia (2016). 

Ha publicado en algunas antologías de cuento y poesía. Ha escrito los poemarios El libro de los errores, 2018; Políptico del aire, 2018; Manual de Paternidad, 2019, y Los apuntes de Humboldt, 2021. 

Última actualización: 25/04/2022