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Contra la guerra y a favor de un planeta sostenible

Por: Jordi Virallonga

Estar contra la guerra y a favor de un planeta sostenible es como estar contra la muerte y a favor de la vida eterna

 

He intentado empezar en diversos registros, tonos y estilos este artículo sobre “La paz mundial. Pacto con la naturaleza” que me encargó la organización de este Festival, pero lo que quería decir es que este planeta se va al carajo, que ya no hay vuelta atrás. Hay pruebas irrebatibles de ello, pero la más convincente es que los millonarios ya están viajando al espacio para abandonar la tierra y prepararse un futuro en algún resort interestelar.

Si Juan de Mairena me preguntara: “A ver, dígame un ejemplo de antítesis”, le contestaría con aquella afirmación de Voltaire: “El progreso de la civilización perfecciona la barbarie”. Si me hubiera preguntado por una paradoja, hubiera añadido que, además, envilece a las personas y conduce el mundo a la catástrofe. Lo peor del asunto es que esa contundente afirmación se ha ido meticulosamente completando por lo que respecta a nuestro planeta, pues en tiempos de la Ilustración todavía estaba a salvo.

Hoy el futuro es aterrador, pero no para todos, solo para quien piensa que la Tierra, como dijo Mahatma Gandhi, no es herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos. Lo realmente truculento es saber a ciencia cierta que la incultura, inducida por los grandes intereses económicos protegidos por todo tipo de gobiernos, lo mismo que la desculturización impulsada con maquillaje demócrata y eslóganes morales de grandes almacenes y escuelas de primaria, han creado un imperio luciferino protegido por millones de colonias de messor barbarus, siervos que, maltratándose entre ellos, sacian a sus reinas, oficiantes y oficiales -a quienes adoran y desean asemejarse-, pues gracias a estos pueden costear la  cena de cumpleaños, los zapatos del niño y la hipoteca a los mismos dueños que les pagan el subsidio o el salario.

Los seres humanos, al menos los que yo conozco, he visto o leído, somos chocantes, por utilizar un eufemismo. Si preguntáramos cuántos ciudadanos del mundo están a favor de la paz mundial y la protección de la naturaleza, rozaríamos el cien por cien. Sin embargo, a nivel individual también rozarían el cien por cien aquellos que no estarán en paz hasta castigar anímica, física, penal o letalmente a aquellos que les incomodan, critican o contradicen, aunque sea ideológicamente, y eso es porque la tierra tiene límites, pero la estupidez humana es infinita.

Del derecho o al revés, los no fumadores atosigan a los fumadores, los veganos a los carnívoros, los unionistas a los independentistas, los machotes a homosexuales y feministas, los provacuna Covid a los negacionistas, los ecologistas a los que contaminan, los que quieren olvidar la historia a los  que desean preservarla, y en fin, los brutos cargados de razón a cualquiera que se ponga por delante. A medida que el progreso avanza se desbordan las reivindicaciones de derechos individuales, los cuales raramente coinciden con los derechos sociales. Incluso existen millones de personas a quienes les revuelve el estómago, aunque en nada les afecten, los derechos individuales de otras, como la eutanasia o el aborto, por ejemplo. En fin, como la ley no puede legislar para todo el mundo, siempre alguien ha de salir perjudicado para que otro se sienta a gusto, y eso, claro está, agravia a los sometidos, les revuelve el hipocondrio, les humilla, les sulfura y les lleva al insulto, la disputa, la refriega e incluso al exterminio. Pero eso sí, la guerra mundial no la quiere nadie, de ninguna manera, la paz ante todo. Es curioso.

Así pues, estar contra la guerra y a favor de un planeta sostenible es como estar contra la muerte y a favor de la vida eterna. Y creo que eso es así porque los seres humanos nos hemos disociado, nos importa un pimiento tanto nuestro vecino como el planeta que dejaremos a nuestros hijos. En un pacto mefistofélico con el poder y el dinero hemos entregado nuestra libertad y nuestra alma a cambio de leyes y normas que nos permitan vivir del cuento en los países del primer mundo, los máximos culpables de la destrucción de la Tierra, y nos concedan poder vivir en una inercia ligera de pensamiento y sensibilidad. De esta manera asumimos todo lo que pasa fuera de nosotros sin sentirnos responsables de ello y por tanto sin que nos duela.

En mi opinión, romper esa pasividad es el objetivo primordial del poeta.  Escribir a través de imágenes que se vean, se escuchen y se sientan tan cercanas como para ver en lo que antes nos era externo y circunstancial, algo esencial de la naturaleza humana; otra forma de reconocer, de entender y entenderse, que la futilidad de esta vida no nos había permitido concebir.

Creo que la mejor poesía es aquella que nos habla con naturalidad de cosas sustanciales que nos ayuden a vivir y ser libres. La poesía que permite buscar en nosotros mismos la manera de pasar por este mundo sin levantarnos de la partida antes de hora y sin haber sido un miserable ganando a costa del dolor de otros. Me interesa la poesía moral y detesto la poesía moralista, no solo porque me aburre, sobre todo porque adocena a las personas y les arrebata su libertad de actuar, pensar y sentir como seres únicos e irrepetibles.

Claro está que el trabajo de resistencia de los poetas ha de enfrentarse a una sociedad domesticada en la que casi todo el mundo piensa lo mismo que su vecino a condición de que este piense lo mismo que él. A nadie ha de extrañar, por tanto, que la poesía esté arrinconada, como el cortador manual de cebollas en el estante más inaccesible del armario de la cocina.

En una carta dirigida a Louise Colet el año 1852, Gustave Flaubert le dice: “En el mundo hay una conjura general y permanente contra dos cosas, a saber, la poesía y la libertad. La gente de buen gusto se encarga de exterminar la una y la gente de orden de perseguir la otra.”

De mis maestros he aprendido mucho, una infinidad de cosas, pero los que más me han ayudado han sido los poetas, las poetas. La poesía no es un género de ficción, nos habla de la gente que vemos cada día y que no engrosarán las páginas de la Historia en mayúsculas, pero sí la de los libros de poemas, pues la poesía es la historia de los seres sin historia, la única que me interesa, pues en ella se encuentra, como dejara escrito Luis Cardoza y Aragón “la única prueba de la existencia del hombre”.


Jordi Virallonga nació en Barcelona, España, el 20 de junio de 1955. Es poeta, ensayista y traductor. Escribe en catalán y castellano. Es catedrático de literatura española en la Universidad de Barcelona y preside el aula de Poesía de esa misma ciudad, desde su fundación, en 1989. Ha publicado los libros de poesía: Saberte, 1981; Perímetro de un día, 1986; El perfil de los pacíficos, 1992; Crónicas de usura (Premio Ciudad de Irún), 1997; Llevarte el día en casa (Antología), 1999; Los poemas de Turín, 2001; Todo parece indicar (Premio Valencia de poesía-Fundación Alfonso el Magnánimo), 2003; Por si no puedes, 2010; Hace triste, DVD, 2010; La amplitud de la miseria: antología de poemas 1986-2010, 2013; La transparencia oculta lo que muestra (Antología), 2014; e Incluso la muerte tarda (Premio Hermanos Argensola), 2015.

También autor de las plaquettes: A la voz que me acompaña, 1980; Dos poemas en Turín, 1992; Con orden y concierto (Antología), 1996; De varía misérrima (Antología), 2000; Poemas de amor descortés (Antología), 2005.

Diciembre de 2021.
Publicado el 02.02.2022

Última actualización: 04/05/2022