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Cambiar el modelo económico para proteger la naturaleza, la vida y la paz

Por: Raúl Vallejo

En las estribaciones de la enverdecida montaña, arropada por una colcha de nubes, se levanta un palafito de caña guadua con techo de bijao, junto a un arroyuelo naciente, rodeado de vegetación exuberante. Este paisaje al óleo, pintado por un romántico del siglo XIX de nuestra América (1), nos habla de ese encuentro fluido entre la naturaleza y el ser humano. En ese momento, la naturaleza todavía se contempla en su magnificencia y complementariedad con el ser humano que la habita y, al mismo tiempo, aquel ser humano aún se siente parte del paisaje natural. En un brevísimo lapso del tiempo, el capitalismo triunfante de la Revolución industrial reducirá la naturaleza a meros recursos naturales y, renovable o no, la concebirá como materia prima inagotable de las industrias nacientes.  

Desde entonces, la naturaleza ya no existe para sí misma sino para ser objeto de explotación en beneficio del capital, la mayoría de las veces sin respetar sus ciclos vitales ni la convivencia ancestral del ser humano en y con ella. La tradición ecológica de las comunidades fue aniquilada en nombre del progreso. El ser humano fue separado de la naturaleza y transformado en simple fuerza de trabajo. Así, la naturaleza y el ser humano se convirtieron en elementos de un proceso de producción que pretende acumular y reproducir el capital para la fabricación de mercancías sin límite en un planeta limitado en sus posibilidades de expansión. Continentes enteros se convirtieron en proveedores de materia prima y mano de obra barata al servicio del capitalismo de los países desarrollados.

Desde su nacimiento, el capitalismo impuso la creencia, elevada a dogma de fe por el neoliberalismo, de que la llamada mano invisible del mercado es la solución para todos los problemas que el propio capitalismo genera en la naturaleza y en los seres humanos. Como todo dogma, la fe en la mano invisible tiene inquisiciones y brazos ejecutores. «Si un ángel bajara del cielo y me garantizase que mi muerte fortalecería nuestra lucha, sería un trato justo», dijo Chico Mendes, asesinado en Brasil el 22 de diciembre de 1988 por causa de su lucha contra la tala indiscriminada de los bosques amazónicos, los incendios provocados y el desplazamiento de las comunidades. Ese año, se registraron 104 asesinatos por conflictos en el campo (2). Años más tarde, el grupo mexicano Maná rindió homenaje a su lucha y sacrificio: «A Chico Mendes lo mataron / era un defensor y un ángel / de toda la Amazonia […] Cuando los ángeles lloran / es por cada árbol que muere». Lo más triste es que el crimen contra los defensores de la naturaleza tiene altas dosis de impunidad y complicidad: nunca tanto, como en estos casos, el Estado es utilizado por los gobernantes como un guardián de los intereses de los capitalistas que ellos mismos representan:

          Hasta 65 ambientalistas fueron asesinados [en Colombia] durante 2020, un año que estuvo marcado por la pandemia. La violencia contra los defensores de la tierra se cobró la vida de 227 personas en todo el mundo, por encima de los 212 de 2019. México y Filipinas encabezan, después de Colombia, la lista negra que elabora cada año la organización ecologista Global Witness (3)

Hay algunas preguntas que están en el centro del debate y que los propulsores de los modelos de desarrollo capitalista prefieren silenciar. ¿Es realmente una alternativa el desarrollo sostenible? ¿Puede el capitalismo extractivista evitar y remediar los daños infringidos a la naturaleza en nombre del progreso? ¿Es posible vivir, en las actuales condiciones de desarrollo tecnológico y de consumo, sin la explotación de la naturaleza? ¿Cómo lograr, en términos legales y prácticos, que las empresas respeten y reparen los daños causados al ecosistema?

La pregunta crucial, sin embargo, tiene que ver con el respeto a la vida en armonía con la naturaleza de las comunidades y la búsqueda de la paz. ¿Cómo terminar con los asesinatos de líderes ambientalistas y castigar a sus asesinos? La ecologista colombiana Francia Márquez, que ha sufrido varios atentados a su vida, ha denunciado: «Hay un vínculo entre la violencia armada y el modelo de desarrollo económico, eso hace que Colombia sea el país con más líderes ambientales asesinados. No hay posibilidades de acceder a la justicia y cuando lo logramos es lenta e ineficaz» (4)

La Constitución del Ecuador, en su capítulo séptimo, titulado «Derechos de la Naturaleza», define: «Art. 71.- La naturaleza o Pacha Mama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos...». El artículo 72 establece el derecho a la restauración; el 73, señala la aplicabilidad de las medidas de restricción y protección; y, el 74, protege los derechos de las comunidades a beneficiarse de la naturaleza en función del buen vivir.

Es decir, existen instrumentos legales para la protección de la naturaleza; existen comunidades dispuestas a defender el equilibrio ecológico y a relacionarse sanamente con aquella; y también existen alternativas de desarrollo económico que buscan proteger al ser humano por sobre el capital. Hay una conciencia creciente en el mundo de que al proteger a la naturaleza estamos protegiendo la vida y los seres humanos, pero mientras no cambiemos radicalmente el modelo del capitalismo extractivista no habrá protección de la naturaleza ni de la vida y la paz será una paloma extraviada entre los árboles caídos de una paisaje devastado.

1.   Juan León Mera, Paisaje, c. 1870, óleo sobre tela, 62 x 42 cm, Banco del Pacífico, Guayaquil. 
2.  Daniele Belmiro, «Los herederos de Chico Mendes», El País, 14 de noviembre de 2014, acceso el 25 de febrero de 2022, https://elpais.com/internacional/2014/11/14/actualidad/1415989498_987988.html  
3.   Inés Santaeulalia, «Colombia vuelve a ser en 2020 el país más peligroso para los ecologistas», El País, 13 de septiembre de 2021, acceso el 15 de febrero de 2022, https://elpais.com/internacional/2021-09-13/colombia-vuelve-a-ser-en-2020-el-pais-mas-peligroso-para-los-ecologistas.html
4.   Sally Palomino, «Francia Márquez: “Colombia es un país que discrimina y condena a quienes piensan diferente”», El País, 08 de febrero de 2021, acceso el 08 de febrero de 2022, https://elpais.com/internacional/2021-02-08/francia-marquez-la-impunidad-frente-a-los-asesinatos-de-lideres-en-colombia-es-un-premio-a-sus-victimarios.html


Raúl Vallejo Corral nació en Manta, Ecuador, en 1959). Doctor en Historia y Literatura por la Universidad Pablo de Olavide, de Sevilla. Ha publicado en los últimos años: Pubis equinoccial (cuentos, 2013, Premio Joaquín Gallegos Lara); El perpetuo exiliado (2016, Premio Internacional de Novela «Héctor Rojas Herazo», 2015, y Premio Real Academia Española, 2018); Patriotas y amantes. Románticos del siglo XIX en nuestra América (ensayo, 2017); y Gabriel(a) (2019, Premio de Novela Corta «Miguel Donoso Pareja», 2018).

Es autor de los poemarios Cánticos para Oriana (2003), Crónica del mestizo (2007, Primer lugar en la VI Bienal de Poesía «Ciudad de Cuenca») y Missa solemnis (2008). Con nuestro sello editorial publicó, en 2015, Mística del tabernario, galardonado con el Premio de poesía «José Lezama Lima», 2017, otorgado por Casa de las Américas, La Habana, Cuba. El jurado del premio expresó: «Mística del tabernario explora en sus versos una materia proteica que transita cómodamente de la gravedad al humor, atenta lo mismo a los grandes acontecimientos que a los pequeños sucesos de la vida cotidiana». Es Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Publicado el 11.03.2022

Última actualización: 06/05/2022