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Reflexiones sobre la paz, el arte y el estado de naturaleza

Por: Tatiana Arango

Para hablar de la paz, el arte y el estado de naturaleza nos tenemos que referir al eros, o aquellos instintos que quieren conservar y unir, en aras de la vida; y también a su opuesto, a thanatos, al instinto de muerte, la pulsión por destruir y matar. Ambas fuerzas son igualmente indispensables, en un baile continuo de proporción y correspondencia.

Hace 90 años, en un intercambio de cartas entre Einstein y Freud, ambos discutían sobre la existencia o no de algún medio que permita al hombre librarse de la amenaza de la guerra. Ambos concluyen que existe en el hombre un estado latente que logra expresarse con cierta facilidad y degenerar en psicosis colectivas que terminan en guerras. Además de que hay poderosos que perpetúan la guerra y convencen a las masas de su conveniencia mediante la escuela, la prensa y la iglesia, existe en el hombre una sed innata de sangre: el hombre lleva en sí mismo una inclinación y necesidad de odio y de destrucción, y resulta imposible suprimir estas inclinaciones destructoras.

La historia del hombre es la historia del poder y la violencia. El estado de naturaleza se rige por la ley del más fuerte. En el reino natural, el equilibrio se da como un fenómeno producto de la violencia, en que unas y otras fuerzas se compensan.

En Genealogía de la moral, de 1887, Nietzsche dice que la civilización nace ahí, justamente en ese juego en el que el más fuerte domina y somete al más débil, quien obedece. Pero, siguiendo a Freud, varios débiles unidos pueden hacer frente a uno más fuerte.

Así viene el derecho, que no es más que una violencia colectiva. Dice Einstein que el derecho y la violencia se hallan inseparablemente unidos. Dice Freud que la violencia instintiva se sistematiza y organiza mediante agrupaciones de débiles que se unen para hacer la fuerza y someter mediante la violencia colectiva de las instituciones. La comunidad sigue fundamentándose en el poder de la violencia, mediante las relaciones basadas en los sentimientos y las identificaciones. Pero el derecho de la comunidad será la expresión de las desigualdades de poder, pues las leyes estarán hechas para y por los dominadores sobre los dominados.

En el ensayo “La paz perpetua” de 1795, Kant dijo que un Estado es un tronco con raíces propias, una sociedad de hombres, que, de ser pensada como un pedazo de tierra que puede ser tomado por otros como una propiedad, conlleva la pérdida de la existencia moral de sus hombres.

Hoy, 24 de febrero de 2022, un par de siglos más tarde, estalló la guerra: Rusia invade a Ucrania en un gesto que desafía la soberanía y la democracia de nuestras naciones. El mundo le da la espalda a Ucrania, ante las amenazas nucleares de Rusia, y la población civil se levanta en armas para defender su territorio.

La carta de las Naciones Unidas, escrita hace 77 años, comienza con la premisa de preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra.

Por nuestra parte, en Colombia nunca hemos estado en paz; nuestras guerras internas llevan más de 60 años; mis compatriotas y yo fuimos formados por el conflicto.

Si la propensión a la guerra es producto de la pulsión destructora, hay que apelar entonces al adversario de esa inclinación, al eros. Así, necesitamos más arte, que es la aspiración humana más clara al eros.

Dice Freud que reemplazar el poderío material de los instintos que nos gobiernan por el de las ideas está por el momento destinado al fracaso. Pero también acepta que las aspiraciones éticas y estéticas que conlleva la evolución de la cultura son incompatibles con la guerra.

Aspiramos a la paz porque todo hombre tiene derecho a su propia vida, y la guerra deshonra la vida y aniquila nuestros valores. Y trabajaremos en favor del desarrollo de la cultura para trabajar así por la paz perpetua.

Bibliografía

Einstein, A. et Freud, S. (1932). ¿Por qué la guerra? Editorial Minúscula. Madrid, 2001.
Kant, Immanuel (1795). La paz perpetua. Ediciones Alamanda. Madrid, 2018.
Nietzsche, F. (1887). La genealogía de la moral. Alianza Editorial. Madrid, 2006.


Tatiana Arango (1985) es una escritora bogotana de raíces manizalitas y cartageneras. Es autora de la novela La celda de Talita (Calixta Editores, 2021). Se graduó de la Universidad de los Andes como Literata con una opción en Artes Plásticas y una maestría Cum Laude en Educación. Durante diez años llevó a distintos escenarios su poesía performática, y en 2012, en asociación con el Teatro de Garaje, fundó el Antropoético, movimiento que visibilizó la poesía mediante un espacio escénico en Bogotá. Ese mismo año creó la vanguardia: Espontaneísmo Poético. Es conferencista sobre la historia de la vanguardia poética latinoamericana y el Nadaísmo. Durante seis años, con artistas de todas las disciplinas implementó en las cárceles de Bogotá su metodología MOFI: Modelo de Formación Integral a través del Arte, la cual hoy forma parte de los programas educativos del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario INPEC.

Publicado el 11.03.2022

Última actualización: 25/04/2022