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Poesía y memoria

 

Poesía y memoria


 

Por Miguel Florián Rábanos González
IES ‘Murillo’, Sevilla

                           Reconocer que se es efímero y poderlo decir
                           era la única forma humana de inmortalidad.
                                                                          Emilio Lledó  

 

(Memoria y conciencia )

   El hombre es un animal que recuerda en exceso, aseguró Nietzsche (quien, paradójicamente, profetizara la desmesura del eterno retorno de lo idéntico). La memoria, si se agiganta, nos detiene en el pasado, disipándose el porvenir hasta reducirse a un simulacro de lo vivido. La hipertrofia del recuerdo conduce al entumeci­miento, a una quietud que aproxima el alma a la estolidez de la piedra. La evocación fiel y precisa amenaza el libre desenvolvimiento del devenir. Pero si ese exceso de memoria parece resultar nocivo lo es asimismo su defecto. Mejor aproximarse al fiel (el mesótes aristotélico) que posibilita la virtud; porque el hombre se constituye de olvido, y de recuerdo; ambos en él se com­plementan, negándose el primero si el segundo desaparece.

   La facultad de almacenar información no sólo es humana, cuanto existe, existe justamente, porque recuerda. El astro que, monótono, se sostiene (¿por qué?) en su órbita, las partículas imperceptibles que armoniosamente se ordenan en el cristal; todo parece someterse a un principio de estructuración asentado en la repetición. El zigoto porta ya, ínsito, toda la información oportuna para el desarrollo espacioso de unas estructuras innatas que, al desplegarse, formarán el animal adulto. La mor­fogénesis humana se somete a un proceso similar. Es sorpren­dente -y terrible- darse cuenta cómo en la naturaleza se dispersan principios organizativos, principios germinales (los spermata de Anaxágoras, los eîdos platónicos) que, a modo de moldes intangibles imponen orden y forma a la materia lábil. Con el paso de los siglos, el platonis­mo no ha perdido un ápice de fascinación, tal vez haya aumentado; continúa siendo para nosotros un pensamiento dotado de una belleza seductora y, por ello, verdadera. En el Timeo, Platón nos refiere, magistral y misteriosamente, cómo la materia amorfa (chóra), -caótica, tumultuosa como la Tiamat babilónica- puede, sin embargo, lograr la forma que la alce hasta el ámbito de los seres organizados.

   Los humanos nos encontramos trabados en la telaraña del devenir, en su eléctrica zona. El devenir está tejido de orden y desorden, de cosmos y caos. Avanzamos y retrocedem­os. Cada paso que damos hacia una nueva forma organizativa se consigue desde la estructura lograda en el peldaño anterior, como consumación de lo ya alcanzado. Y en este temblor de ondas el hombre ('ser de un día') surge brevemente, y de inmediato, se pierde: obligado por esa proclividad suya a regresar a estadios previos, y por avanzar hacia un fin desconocido. Al cabo el resultado no difiere; cada momento del recorrido genera la totalidad del círculo, y el anillo acabará por cerrarse. Ouroboros: "El camino hacia arriba y el camino hacia abajo es el mismo camino".

   La conciencia, - que nos convierte en sujeto: 'uno mismo', y no otro-, se constituye en esa tensión dinámica entre el recuerdo y el olvido. Somos porque nos acordamos de/con lo que fuimos (así se cumple la máxima socrática del "conócete a ti mismo"), y seremos en tanto que hemos de olvidar lo que somos. La conciencia se constituye sobre la memoria, y es por ello que se hace cómplice tanto del pasado cuanto del porvenir (nos da a conocer la textura del tiempo, mostrándonos cómo lo nuevo emergió de lo pretérito). La temporalid­ad se convierte así en el telón de fondo de ese desenvol­vimiento acumulativo. Si la memoria se evade, con ella se desvanecerá el tiempo. Tal vez, el infierno, de existir, sea el incesante proceso de rumiación de la experiencia vivida ("la memoria es la gran culpable en los infiernos", se lee en La vida de Milarepa), y el paraíso, por contra, el olvido. La conciencia: una irisación, un temblor de fuego que se apaga: "Soy un fue, y un será, y un es cansado".

   El Psicoanálisis nos ha hecho un poco resabiados, nos ha desvestido de inocencia, en cierta medida podemos afirmar que nos ha desterrado (otra vez más) del Edén. El Psicoanális­is, ese saber para desconfiados, convierte al ser humano en marioneta movida por pulsiones tanáticas, por oscuras y dudosas fuerzas de intenciones inextricables que, desde el abismo del pasado, nos reclaman. (Regresar..., regresar: desnacer, rebobinar el film hasta plegarnos en la microscópica célula orgánica, en aquél ápice de ser del que partimos). Una y otra vez, merced a la memoria, desandamos el camino: el sexo que nos arrastra a su estado larvario, a la agónica dejación de cuanto somos (o soñamos ser), para poder ensayar la evocación amalgamada de lo que fuimos. Una y otra vez, el gozo in­descifrable de la repetición ("la repetición es la única forma de permanencia que la naturaleza puede alcanzar" [1]). Volver hacia atrás nuestra mirada, remugar los instantes en que alcanzamos la felicidad (y que ahora nos devuelven su vaharada de dicha tibia: igual, pero distinta). Y de nuevo abandonarse al oleaje del incesante mar, con su voz magmática de sirenas dulcísimas. Los momentos perfectos, y los terribles; precipitarse a la humedad de unos labios, al agua fría -que abrasa- del manantial, la voz adentro de madre, el sudor rutilante de las mulas en las eras, el perfume anisado del hinojo en los dedos, la retama encendida, la honda arcilla aquella de la infancia después de la tormenta..., y naufragar, y orillarse en el confín de arena y sueño de esa turba donde se adormece la conciencia.

   El Psicoanálisis ha hurgado demasiado en la entraña de nuestro espíritu, encarán­donos a toda una jauría de animales psíquicos que nos acechan, como gérmenes patógenos que anidan en nosotros. Mirar hacia ese adentro es arriesgarse en un laberinto sin límite. Somos lo que hemos sido: homúnculos psíquicos, semillas latentes que se despliegan sin fin. Afirma Georg Groddeck: "El sentido de la vida personal es volver a ser otra vez un niño, o más bien revivir al niño que nunca desapareció, y esto tras la larga batalla del Yo por hacerse in­dependiente, adulto, para escapar de la madre, batalla perdida de antemano" [2]. Salir de la madre, separarse de ella, imponer una distancia, esa es la intención del yo que, tememos, está condenada al fracaso. Desde la matriz de la madre psíquica, el cordón umbilical se desarrolla a través de los meandros de la experiencia, y en su hilo, finísimo y fatal, nos ovillamos hasta dar en la muerte, retornamos de nuevo al alvéolo de la madre lejana [3]: "De la madre a la madre; no llegamos a ninguna parte; todo el peregrinaje tiene lugar en la madre" [4]. Como Odiseos errabundos, zarandeados por la inexorable Moira, bogamos por el océano amniótico hasta dar en la Ítaca definitiva, expuestos a riesgos innúmeros, a monstruos que sólo en nuestro interior habitan [5]. El olvido acaba por revelarse remembranza de lo arcaico (arkhé); soslayamos lo inmediato para que afluyan vestigios de un tiempo originario que nos ignora, y al que pertenecemos. Nos envuelve de nuevo a­quella dicha, la estación remota donde éramos uno (adámicos, adérmicos) con cuanto nos envolvía. Felicidad refleja que siempre remite hacia un pasado (¿un futuro, tal vez?), Edén donde no cabe diferencia entre los seres, bañados entonces por la luz, la única luz de una inocencia que nos reclama fatal en la lejanía de la edad. Pero qué menesteroso éste que ahora soy, vástago de la escisión, fragmento de aquella totalidad (ser cerrado, homogéneo, compacto, rutilante, esférico, como el de Parménides). Memoria de aquel olvido es nuestro alborozo, eco de aquella dicha imposible de nombrar, que hunde sus raíces en el existir prelógico. Precipita­das discurren las aguas desde aquel venero, y empapan con su luz fresquísima nuestros labios, y reconoce el paladar su remoto gusto, espeso y blan­do. Y giramos alrededor del mismo centro, del foco mudo de su llama, yendo y viniendo. La repetición, única forma (inconstante) de permanen­cia a que podemos aspirar. Y en ese juego de contrastes, entre el olvido y el recuerdo, es de donde emerge, fugaz, la autoconciencia, el cogito que propiamente somos: "El pensamien­to es lo único que no puede separarse de mí. Soy, existo; pero, ¿cuánto tiempo? Todo lo que dure mi pensar". En los intersticios de ese flujo (en sus inaprensibles quantum) es que nos hacemos posible, pasando de lo in­determinado al ser. Perderse y encontrarse; ir del caño al coro y del coro al caño: en ese campo, en esa tensión magnética lo humano se constituye, como el mar sólo es mar en el vaivén de sus aguas. En ese ritmo se vuelve posible la conciencia (¿la del mar también?). Somos porque pensamos, porque desarrollamos operaciones psíquicas, porque nos reconocemos en el azogue escurridizo de la memoria. Nuestra potencia de ser depende de la medida en que ella, la memoria, nos asista.

   Para los antiguos griegos Mnemosine personificaba la facultad del recuerdo. "Mnemosine nos enseña que lo que tenemos que recuperar es precisa­mente el origen de todos nuestros recuerdos, ese punto en el que todavía no ha comenzado el tiempo. Y ésa exactamente es la enseñanza mistérica: el camino que hay que remontar para llegar al tiempo sin tiempo, la sucesión de generaciones de dioses y de hombres, la suma de los mitos de Orfeo, no son más que juegos de apariencias" [6]. La diosa nos conduce hasta el origen, nos mece en las acompasadas ondas de la reminiscencia y nos deja varados en el tiempo primordial (aion) donde ya no hay propiamente memoria, y tampoco olvido; las fisuras desaparecen: sólo conjunción, reencuentro de las partes (símbolo), elementos reunidos en el esfero inicial que imaginara Empédocl­es. Barrunto de todo ello es la infancia: sin la piel que ahora nos limita, adérmicos, nos dejábamos entonces atravesar por miríadas de seres, por moléculas sutilísimas, fanales de luz, rumores. La ocasión del recuerdo nos ofrece un especial estado de gracia; el presente es la tierra firme donde hacemos pie para poder saltar hacia el pasado. Conocemos que bajo el limo de los días se ocultan abalorios, carbunclos encendidos, que debemos rescatar.                                                                                  

 

(Anamnesis: palabra y memoria)

   La palabra germina en la matriz de la memoria, y es gracias a la palabra que se activa el proceso evocador: arrastra larvas de la experiencia fugitiva, convocando los espectros anteriores. La palabra es esencialmente simbólica, fragmento que aspira a completarse con la fusión de la realidad vivida: revive, recrea lo ya vivido, aunque cubierto ahora de una pátina de extrañeza, por la distancia que impone el propio devenir, por el alejamiento que provoca la conciencia.

   Hablamos para rellenar huecos, fisuras que se extienden en el flujo, discontinuo, de la temporali­dad; este es el juego donde se forma y perpetúa la conciencia. Las palabras reflexionan, se doblan hacia atrás recogiendo el reflejo, la impronta de lo pretérito. Hablamos para retener el instante, para negar brevemente la huida de los seres, para remansar la estampida tumultuosa de su agua desbocada. Pequeñas burbujas de eternidad en el hervor bullicioso del acontecer. Ser consciente es ser hablante. Si el devenir se nos presentara absolutamente homogéneo -uniforme duración- si no distinguiéramos en su textura corrientes, remolinos, áreas de mayor o de menor densidad, jamás se precipitaría la palabra; pues que ella se configura ciertamente para salvar toda clase de discontinuidad o variación, -los pálpitos brownianos: grietas de ese océano vivo y metálico que es el tiempo. Islas, continentes, simas que modulan e impiden la confusión de toda identidad turbia donde nuestra voz no cabe: palabra, como el cayado de Moisés que hiende el cuerpo de las aguas, y lo escinde.

   La palabra ha sido modelada con la arcilla del tiempo: es tiempo coagulado, latido en el centro de masa temporal que forma sistemas complejos, cuando atrae hacia si vestigios, briznas, pecios del pasado. Un sistema múltiple, aglomerado, un territorio en donde se contiene, en su brevedad, lo pasajero: ondas que se despliegan, y generan ríos subterráneos que desembocan a otra luz, a otro mar.

   La palabra guarda con la experiencia una cercanía de la que carece el concepto, que es, a lo más, palabra descarnada, esqueleto de experiencia que no remite a nada concreto. El concepto no es vida cristalizada sino cuenco que nada contiene en su interior, huero saco de vientos. Es fruto, sí, de la avaricia de la palabra, de su avidez por nombrar, mera formalidad agigantada del proceso evocador. De ahí que se incline hacia lo no real, lo puramente desmaterial­iza­do y exangüe. Su demasía le lleva a pretender ser continente de todo, y, a la postre, de nada. De poco nos sirve el concepto en la dramaturgia de la evocación, ninguna sombra del pasado puede convocarse con su ayuda. Es, a lo más, palabra hinchada y fatua que da paso a lo irreal [7], lo imaginario. Cuando emplazamos el pasado, la palabra nos sirve de guía; decimos: casa, pero no la casa ideal, abstracta, sino la casa aquella vivida, sujeta a las coordenad­as de la experiencia; casa que huele a humedad, cuyas paredes encaladas aun podemos acariciar en el recuerdo. Los conceptos, sin embargo, dan frío, y también miedo, apartados como se hallan en su hiperurano inmóvil. Sólo la razón, el logos desprendido de sus adherencias vitales puede pensar objetos como esos. El cuerpo, cuando piensa, recuerda; y lo hace con palabras vivas. Es otro el cometido de los conceptos: cuando lo abstracto se impone, lo concreto se disipa. El viejo Parménides nos colocó frente al dilema de escoger entre experiencia y razón, opinión y verdad. Son demasiad­as las razones de la razón para tener la razón.
   La palabra es símbolo, arrastra en su estela alguna porción de realidad, fusiona lo presente con alguna pizca de pasado, a la vez que sondea el devenir. Sintética, no analítica; no crea, recrea. Tal vez cuando sale de los labios divinos posea capacidad ontogénica, no así de los nuestros. A nosotros se nos abandona en el remolino del tiempo, en su revoltijo de anillos que, sin cesar, se alejan. Es metafórica: siempre encaminándose hacia otra parte sin abandonar el sitio donde ahora se encuentra: "Sólo el poeta sabe / mirar lo que está lejos"; lo distante, lo que a lo lejos rutila y se aproxima. La palabra se abandona a un movimiento que aboca a un horizonte huidizo, inapresable, a una incesante imagen que se escapa. Jamás se halla vacía, no es mero continente, sino naturaleza com­pacta, densa, carnal, y transcen­dente. En ocasiones (Gabriel Miró) llega a ser comestible, dejándonos al pronunciarla un regusto a fruta nueva y fresca: a paraíso perdido que, generoso, regresa. El poeta es "un hombre que se contenta con palabras" [8]; cuanto le rodea (y él mismo también) no es más que palabra embozada; se gusta en tocarla, acariciarla, saborear­la..., la acerca a su alma y aspira su rumor dulce y áspero. Atiende a lo lejano, a lo todavía inalcan­zable que se pone al acecho de la voz. Lo remoto, profundo y secreto, como la pulpa del fruto, como el meollo del bulbo. Vuelan, las palabras, hacia lo desconocido, absorben el polen y lo alquimian en miel, como abejas que son de lo invisible. El dinamismo de la palabra es remedo de la versatilidad del ser. Si la verdad que am­bicionamos es viva no nos será posible capturarla mas que con palabras también vivas. Cuando quedan liberadas de su uso ordinario y presentadas en disposición imprevista, aleándose con otras, las palabras se inflaman, iluminando una región oscurecida de lo real que emerge de su tiniebla para ocupar su lugar junto a nosotros, en la heredad del hombre. Es su capacidad desveladora la que nos hace posible el acceso al hondón del ser, a su amasijo de larvas, a aquello que se agita en el corazón de las cosas y las sostiene. "Algo -afirma René Menard- estaba allí, disimulado en nosotros, que unas palabras desvelan, algo que aparece, desaparece, reaparece, nos provoca, nos mide, nos juzga, anula nuestras categorías, nos niega y nos crea una nueva intensidad de ser, abre una especie de paso vertiginoso hacia un hogar de unidad presente en el trasfondo de nuestra especie" [9]. Arrebatados a un país de raíces antiguas, de madres remotas, cae­mos por el túnel de las formas de quienes nos precedie­ron, y damos en el centro germinal de la especie, en un humus apretado y fecundo, de enorme densidad semántica; y nos absorbe.

   Es en el seno de la palabra donde se nos revela su radical ambivalencia; todo centro es ambiguo (su estabilidad proviene de estar siendo de continuo empujado en todas las direcciones). Cada palabra, como Juno, se ubica en el quicio que distingue (une/separa) dos ámbitos: el mundo de lo consciente y el de lo inconsciente. De sus dos faces, la anterior se presenta armoniosa, precisa, dispuesta a referirse a algún objeto o acción; la posterior, es de aspecto informe, y nos comunica con un territorio impreciso y turbio, abigarrado, retrotrayéndonos en una fuga de sonidos que no parece detenerse. Entonces, la palabra ya nada significa por sí sola, sino en tanto se aproxima a otras y se funde con ellas, fiel a su naturaleza fagocitaria que propende a asimilar­ cuanto se aproxima a su área: orden y desorden conjuntados, diferencia e identidad, caos y cosmos.

   Es tarea del poeta esforzarse por lograr que la palabra se libere del uso ordinario que la petrifica; conseguir que se quiebre y muestre la gema que esconde en su interior, como la doncella encantada de los cuentos que despierta por el beso. Cómo hacer para que desvele su brasa originaria, su enorme capacidad semántica, esa avidez suya de referirse a todo: en eso y no en otra cosa reside el oficio de poeta. Para alcanzarlo se precisa que acierte a quebrarla y así acceder a su palpitante corazón. Al igual que del choque del pedernal nace el destello de la luz que guarda, así, en la metáfora, en el contundente encuentro de la palabra con la palabra, es que puede desvelarse su escondido fuego.

   La palabra poética supone la conciencia monista, la experiencia que propende a confundir lo vivido, nunca a diferenciarlo. "Cuando se empieza a ver todo en todo, la manera de expresarse suele volverse más oscura. Se empieza a hablar con la lengua del ángel" [10]. La lengua del ángel es pansémica, como la de Dios cuando aparece ante Job desde el vértigo del remolino; voz inarticulada con que se edifican los mundos. El sujeto poético -también el místico- entiende lo real como un sólo ser homogéneo. La razón poética es, por ello, sintética, proclive a la mezcla y a la confusión, porque la conciencia (¿el inco­nsciente?) de sobra conoce que en los estratos más profundos del ser no existen perímetros, ni piel, ni compar­timentos, sino que "todo es uno y lo mismo", ápeiron adérmico. Similar entusiasmo aparece en el alma embriagada por la experiencia extática y estética. De esta forma el antiguo aedo creía sentirse poseído por las Musas. El aedo es ciego, y ve. Ve más que los otros mortales. ¿Y qué es lo que ve?, ¿tal vez el orden inexorable del universo? Él es vidente, de lo pasado y de lo porvenir. En la rueda del devenir, el futuro ya ha transcurrido. El aedo "ve lo invisible. El dios que le inspira le descubre, en una suerte de revelación, las realidades que escapan a la mirada humana" [11]. Convocar a las Musas supone arriesgarse a acceder a la inocencia primera, abandonarse al olvido y ser así un no ser lo que somos: regresar al pasado, volver a ser lo que fuimos (sé el que eres). El poeta es músico, oficiante de las Musas, y ellas le revelan el pasado y el futuro [12], cuanto no es presente (el hombre es, en verdad, un animal que desconoce el presente [13]). Tiresias, y Calcas [14], poseen la omnisciencia lírica, son receptáculo de la revelación divina. Hesíodo recibe de las Musas el bastón de la sabiduría (skeptron) [15], y canta un saber prestado. El aedo recita [16]: 'recrea', 'renueva', 'rehace', 'revive', en definitiva, recuerda (y también 'reencarna', 'resucita'). La reminiscen­c­ia no es exclusiva­mente recuperación de lo pretérito, sino también aproximación de lo porvenir, pues, al cabo, el futuro se halla, latente, en la conciencia divina. La presciencia del dios hace que tanto el futuro como el pasado acaben por identificarse en una suerte de inmóvil actualidad. La memoria es potencia, capacidad de doblegar el decurso de los acontecimi­entos, o revelar el tiempo como una impostura (el presente no es devenir). Saber escuchar, afinar el oído, recuperar la inocencia del oído suficiente para apoderarnos del ruido de los seres. Ellos nos reclaman con sus susurros, porque aspiran a habitar en nuestros labios.

   El alma humana cuando en verdad se dirige hacia la naturaleza viva -que, latente, alienta en lo aparente­mente inerte- queda por ella atrapada, y empujada al canto, a la danza. Si la gracia de un dios no intercede [17], esa emoción no llega a materializa­rse en canción (que es, propiamente, cántico, celebración, conmemoración de lo que es). Son las palabras vivas, los espíritus, las almas de seres que nos poseen. Pero cuando el hombre se aparta de ese encantamiento de lo inmediato, se taponan sus oídos -como  en los compañeros de Odiseo- y ya nada le es posible escuchar. A lo más el estruendo de las máquinas (motores, turbinas, pistones...), o la estremecedora gelidez de los conceptos. En el alma ensordecida ya no anidan los pájaros fulgurantes de las cosas, su desconcierto le hace incapaz de escaparse (éxtasis) a la morada del ser. La inocencia del ser precisa servirse de labios inocentes. No es primitivis­mo, sino fineza de alma que se logra mediante un esfuerzo extremo. Es el poeta un alma infantil, pues él (como 'músico') es el representante del habla original [18].

   Las Musas, hijas de la Memoria, nos conducen -como las Helíades al joven Parménides- hasta un estadio inicial donde se hace posible la desvelación de lo real; nos restituyen, a través de los capilares de nuestra memoria particular, al epicentro de la vasta memoria que nos nutre y nos abarca, allí donde se aglutinan miríadas de conciencias diminutas que burbujean en el crepitar de sangres iniciales. El canto de la Musas, igual que el de las Sirenas (que son su máscara), seducen el alma y la con­ducen hasta los acantilados donde las naves se desarbolan. Son las Madres terribles que nos mecen en su tibio regazo y nos depositan, -embriagados, aletargados-, en las aguas indiferenciadas del olvido que se confunden con las aguas de la muerte. Sabemos de sobra que entre memoria y olvido se establece una relación muy estrecha. El olvido es tanto carencia como exceso de memoria, y en ambos casos hace reventar la finísima piel de nuestra conciencia.

   La palabra poética, insistimos, no debe confundirse con el concepto. Es simbólica, metafórica, grávida -y avarienta- de sentido; el concepto es analítico, propende a la división; y ésta es su condena, pues imaginándose autónomo, acaba por creerse pleno de entidad. Así en Platón, la antipatía que mostraba ante el hacer de los rapsodas; éstos no desvelan el ser, nada más repiten (mímesis) el dictado divino, las antiguas leyendas. Platón destierra de su Calípolis a los poetas porque ve en ellos el riesgo de lo inmóvil, el ejercicio de una memoria que hace imposible cualquier innovación, que impide que aparezcan un nuevo orden a partir del pasado. El poeta desterrado, para Platón, es el sacerdote que se afana en conservar el vano pasado, la edad antigua y yerma que no genera realidad futura.


(La infancia de las palabras )

   La razón de que la palabra poética se constituya en la pulsión regresiva (o mejor, en la abolición del presente), se debe a la infancia que, desde su lejana presencia nos reclama con una sed inagotable, es allí donde la conciencia particular reconoce el polo del campo de atracción que ahora la seduce [19]. Fue entonces, en la infancia, cuando tuvo lugar la metamor­fosis del inconsciente en consciencia. Aquel niño que fuimos se sintió extraviado entre las cosas por más que iba, paulatina­mente, desprendié­n­dose de ellas. Si antaño el niño no supo distinguirse de la madre, si su piel se extendía hasta abarcar las cosas que le rodeaban, esa conciencia de confusión, de adermia, no habrá de abandonarle jamás. El lenguaje prelógico va con torpeza articulándose en este paulatino proceso de demar­cación. La infancia es venero de la voz: cada palabra que ahora pronunciamos si la dejáramos libre, a su inercia, regresaría por sí misma a aquél su lugar natural: a la estación primera en donde el espíritu se dilataba en los confines de la mirada, allí donde la naturaleza era alma también, enorme, sin mancha, sin piel. Recordar, recordar..., una y otra vez, para el olvido. Compulsivamente, hasta abolir el presente y mutarlo en pasado, hasta lograr que lo porvenir se diluya en el torbellino de lo pretérito. Amamos la altura del pájaro cuando acaricia el cielo, pero nos emociona sentirlo, cálido, en nuestras manos. "El hombre sabe muy bien que en sí mismo existen posibilidades de felicidad o de grandeza de las cuales se ha apartado. Ciertos seres, en particular, traen al mundo esta nostalgia: los poetas son aquellos que, no contentos con expresar las voces interiores, tienen la temible audacia de seguirlas hasta las más peligrosas aventuras (...). Saben que no es una cosa tan natural ser un hombre en esta tierra. Una especie de reminiscencia enclavada en toda criatura, pero capaz, en ellos, de súbitas resurrecciones, les enseña que hubo un tiempo lejanísimo en que la criatura, en sí misma más armoniosa y menos dividida, encajaba sin dificultad en la armonía de la naturaleza (...). Y quien está dotado de esta memoria se pone a esperar, porque adivina dentro de sí, adormecidos pero capaces de despertar, los gérmenes que dejaron  esas épocas infantiles" [20].

   Nuestra dicha es regresar, pero no únicamente para mimetizar lo ocurrido, sino para recrearlo desde la experiencia creciente de nuestro caudal de existencia. La tensión entre la experiencia acumulada y la inconsciencia primitiva desencadena una especial fruición (recreo) que alcanza su cumbre en el encuentro. La experiencia estética tiene bastante que ver con esa fusión, con esa reminiscencia. El trascurso de los años no borra épocas anteriores sino que las conserva bajo las nuevas capas de experiencia; de manera que el hecho estético nace al originarse un 'arco voltaico', cuando el presente se conexiona con algún momento dichoso guardado en el reservorio de la memoria. "El poeta es el genio del recuerdo, que no puede hacer ninguna otra cosa sino recordar y admirar lo que fue hecho" [21]. Esa pulsión por volver, por regresar de nuevo (y aglutinar presente con pasado), una y otra vez, configura nuestra conciencia, recupera la escenografía del principio, el espacio en donde emergió -de un borboteo, rumor de aguas, tumulto- el verbo. Y tras el verbo, custodiándo­lo, la enmudecida presencia de Dios [22].

   La infancia no fue feliz, ni desgraciada, fue otra edad; este alborozo que ahora nos colma se ha hecho posible porque, merced a la palabra, pudimos convocar lo vivido, y lo hicimos a nuestro antojo. Así quiero imaginarme cualquier paraíso, celestial o no, un Edén con las dimensiones de la memoria, como un inagotable calidos­copio que nos permita permutar indefinidamente cuanto hubimos amado. Las palabras que configuran el poema nos reclaman desde lo distante, por eso es que "un exceso de infancia es un germen de poema" [23]. Un exceso de infancia, su permanente oleaje, la ductibilidad del alma para poder acceder a ese espacio pretérito, y guarecerse en él, siendo niños de continuo. Además de oportunos son desveladores los versos de Jean Tardieu, cuando de sí mismo escribe que es "un hombre que simula envejecer / aprisionado en su infancia" [24]. El tiempo descubre su impostura, fue celada; nunca existió para la memoria, sólo la impenetrable duración de los seres; gracias a la memoria el tiempo se espacializa, y los acontecimientos pueden entrecruzarse en las coordenadas de su mapa: y, aquí y ahora, puedo seguir con mis pupilas, otra vez, el vuelo pardo del zorzal y aspirar el perfume blanco y limpio de aquella azucena. Y adentrarme, también, en la tiniebla oscura y cálida de la madre. La palabra poética nos viene de una lejanía que habita entre nosotros, de la apartada (y compañera) infancia, del país donde se fraguan los mitos [25]. Así lo han creído numerosos pensadores y poetas, y lo podemos constatar si interrogamos a nuestra propia alma: "todos los poetas escriben con el sentido primero de las palabras, es decir, con su infancia" [26].

   La lengua infantil es radicalmente simbólica, sus palabras siempre acaban por encontrar aquello que nombran. En su origen, la lengua es exagerada­mente polisémica: propende a decirlo todo. Las palabras antaño se atraían sin que razón alguna (sentido común, utilidad) le impusiera un determinado orden. Como seres ingrávidos flotaban sobre la superficie de las cosas, depositándose caprichosamente sobre ellas. La palabra señalaba una realidad que no era propiamente objetiva, ni subjetiva tampoco, pues aún no se había mostrado contundentemente la dicotomía sujeto-objeto. Lo real para el niño es múltiple y lábil; todavía no se ha constituido suficiente­mente la conciencia que habrá de hacer distinciones, y que atribuirá al mundo su solidez y permanen­cia. El alma del niño se deja arrastrar por la marea de su sangre y de su respiración, habitando una región fronteriza entre el sueño y la vigilia. El poeta, niño disfrazado, se abandona al revuelto caudal de las palabras que, disociadas de su uso frecuente (Freud), le empujan al pasado. Anamnesis. Recuerdo no tanto de los hechos que acontecieron sino de algo que los precede y fundamenta. Afán por asir con la palabra aquello que no es posible tocar con nuestras manos. "Mnemosine nos enseña que lo que tenemos que recuperar es precisamente el origen de todos nuestros recuerdos, ese punto en el que todavía no ha comenzado el tiempo" [27]. Cada uno reproduce a su manera la experiencia de la especie, fiel a una suerte de ley ontogenética del espíritu. Retornar al tiempo sin tiempo, desnudo, al tiempo justo (kairós), al instante axial que reúne, conciliándolo, el devenir. Y la palabra es, para el poeta, el instrumento mediador de esa aventura. Es verdad que "la esencia del arte es nostalgia del Otro Mundo" [28]. ¿Por qué no ha de ser nuestra palabra un exacto y fiel retrato de lo que se manifiesta?, ¿por qué no hemos de decir justamente lo que acaece? La palabra humana surge de la escisión entre alma y mundo y, paradójicamente, es su función rellenar ese abismo; posee una movilidad que, por más que el uso común lo pretenda, la hace incapaz para referirse a un objeto que, de otra parte, también se encuentra sometido al flujo del devenir. La palabra siempre cubre y descubre, siempre transgrede.

   Si tiene razón Georg Groddeck al afirmar, como vimos ya, que el sentido de nuestra existencia consiste revivir al niño que fuimos, habríamos de reconocer en el lenguaje poético, junto a otras, esta función psicológica (por no decir soteriológica). La abolición del futuro, la posibilidad del regreso, la negación de la conciencia. El poeta aspira a la primitividad del lenguaje en tanto que procura aquella beatitud edénica del origen: "Para el hombre que habla, las palabras son domésticas; para el poeta, permanecen en estado salvaje" [29]. La capacidad que esconden las palabras, su potencial semántico queda relegado en su uso ordinario; sólo la conciencia nostálgica y atenta puede adentrarse en su interior y liberar su enorme hoguera. La palabra es el pan del poeta, y su vino; el alimento del que se nutre su alma y vigoriza su cuerpo. Para obtener de ellas la riqueza que encierran se precisa recogimiento y abandono, una segunda inocencia. Internarse en su corazón secreto, insistimos, no es fácil, las palabras precisan saberse amadas, solicitadas, y no se entregan de inmediato a cualquier aprendiz de seductor. Ese estado de conciencia que es la dejación estética del alma, su aban­dono, facilita que pueda salir de sí misma y aproximarse a lo demás, a lo incons­ciente como afirma Friedrich Schiller [30], que es el ámbito en donde adquieren su levedad las palabras, la alegría de su aérea libertad, de su luz verdadera. Cuando el poeta principia su tarea sabe que se adentra en un follaje desconocido (per una selva oscura), en un boscaje de vegetación viciosa, enmarañado de castaños y robles, de musgos y muérdagos. Allí parecen fundirse miríadas de voces: aguas, aves, ramas, viento... Es un territorio ignoto pero, de esa algarabía, de esa confusión, comienzan a erguirse, delimitándose en claros, rumores que se articulan en palabras, discernibles ya para el oído. Escribe a este respecto José Ángel Valente: "El comienzo de un poema (...) es siempre mucho más azaroso e infinitamente más precario. Todo movimiento creador auténtico es en principio un tanteo vacilante en lo oscuro" [31]. El poeta va tejiendo una urdimbre que no puede prever porque se configura justamente en su inmediato hacer.

   La palabra emerge de una substancia averbal y, tras sus avatares, regresará al indiferenciado magma del que se desprendió [32]. Las palabras son mensajeras del silencio, pues silencio no es negación de la palabra, sino su confir­mación y su sustento. La genealogía de la palabra a él nos conduce. El silencio es el lugar natural de la palabra: de él surge y a él se encamina. La vida de la palabra forma un arco, una parábola sobre el océano de lo averbal. Tal vez el silencio sea la palabra (la Palabra), la sola y única palabra [33]: sin escisiones, sin grietas, sin pausas en donde se instala nuestro decir. La memoria sirviéndose de la palabra procura eternidad [34], la inocencia del paraíso, el devenir inmaculado al margen de los valores, el "asilo cerrado / de nuestra niñez maravillada" [35]. En ese estado de gracia es donde el decir poético alcanza su plenitud, su más alta cima, cuando el objeto más leve, el ruido más insignificante nos tras­lada a aquella otra edad: "Una regadera, un rastrillo olvidado en el suelo, un perro al sol, un pobre cementerio, un lisiado, una pequeña casa de campesinos, todos ellos pueden convertirse en cuenco de revelación" [36].
                                                                         
                     

Notas

[1].         George Santayana, Diálogos en el limbo.
[2].         G. Groddeck, Sobre el Ello.
[3].         "¿Cómo podrás morirte un día, Narciso, sino tienes madre? Sin Madre no es posible amar. Sin Madre no es posible morir". Hermann Hesse, Narciso y Goldmundo.
[4].         Norman O. Brown, El cuerpo del amor.
[5].         "A Lestrigones ni a Cíclopes, / ni al fiero Poseidón hallarás nunca, / si no los llevas dentro de tu alma, / si no es tu alma quien ante ti los pone". Constantino Cavafis, Itaca.
[6].         Giorgio Colli, La sabiduría griega.
[7].         Enrique Pajón, El ser y el hombre.
[8].         Nikos Kazantzakis, Alexis Zorba.
[9].         René Menard, La experiencia poética.
[10].       Georg Ch. Lichtenberg. Aforismos, F-47
[11].       Jean-Pierre Vernant, Mito y pensamiento en la Grecia antigua, II
[12].       "Infundiéronme voz divina para celebrar el futuro y el pasado". Hesíodo, Teogonía, 32
[13].       "El hombre es el único animal que desconoce el presente". Oscar Kiss Maerth, El principio era el fin.
[14].       Homero, Iliada, I, 70
[15].       Teogonía, 28
[16].       'Recita', vuelve a citar, convoca de nuevo.
[17].       "Se sabe que algo precede a la palabra humana: esto debe ser escuchado y vivenciado antes que la boca pueda ser perceptible para el oído, y se sabe también que esa voz inspirada, llena de secretos, que precede al habla armoniosa de los hombres, pertenece a la misma naturaleza de la cosa como una manifestación divina que se deja revelar con su esencia y con su excelsitud". Walter F. Otto, Las musas
[18].       Walter F. Otto, Las musas
[19].       "En el mundo nadie siente las cosas nuevas con la fuerza que las siente el niño. El niño se estremece ante ese olor como el perro ante las huellas de la liebre y experimenta una locura que después, cuando somos mayores, se llama inspiración". Isaac Bábel, Relatos de Odesa, 'Historia de mi palomar'.
[20].       Albert Béguin, El alma romántica y el sueño.
[21].       Sören Kierkegaard, Temor y temblor.
[22].       "Todo poema tiene a Dios por testigo -y corazón y tabernáculo verdadero-. / Todo canto es sustancia divina, aun con Dios ausente". Pierre Jean Jouve, Melodrama.
[23].       Gaston Bachelard, Poética de la ensoñación.
[24].       Jours pétrifiés
[25].       "Los mitos son creados por adultos mediante la regresión a las fantasías de la infancia, y el héroe se forja y nutre de la historia infantil personal del autor del mito". Otto Rank, El mito del nacimiento del héroe.
[26].       Ilhan Berk, Veterano del mar
[27].       Giorgio Colli, La sabiduría griega
[28].       H. A. Murena, La metáfora y lo sagrado.
[29].       Jean Paul Sartre, Qué es literatura.
[30].       "La experiencia nos enseña que el único punto de partida del poeta es el inconsciente (...), y la poesía, si no me equivoco, consiste precisamente en saber cómo expresar y comunicar ese inconsciente". Carta a Goethe, 27.03.1801
[31].       Las palabras de la tribu
[32].       "Nos visitan larvas de que apenas somos responsables". Alfonso Reyes, La experiencia literaria.
[33].       "I un mot, el Mot, era el parlar comú (Y una palabra, la Palabra, era el hablar común)". J. V. Foix, On he déixat les claus.
[34].       "La memoria es la lucha contra el poder mortífero del tiempo en nombre de la eternidad". Nicolás Berdiaev, El sentido de la Historia.
[35].        Eugenio Montale, Huesos de sepia.
[36] .       Hugo von Hofmannsthal, Carta a Lord Chandos.

Última actualización: 04/07/2018