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Poesía y analogía

Poesía y analogía


 

Por Luis Eduardo Rendón
Especial para Prometeo

Poesía es cuando dos palabras se encuentran por primera vez
Max Bense

No he experimentado nunca el placer intelectual
sino en el plano analógico. Para mí la única evidencia del mundo
es la regida por la relación espontánea, extralúcida, irreverente,
que en determinadas condiciones, se establece entre tal cosa y tal otra,
lo que el sentido común se abstendría de confrontar
André Breton

La poesía nunca será algo serio.
Se halla más allá de lo serio, en aquel recinto, más antiguo,
donde habitan el niño, el animal, el salvaje y el vidente,
en el campo del sueño, del encanto, de la embriaguez y de la risa.
Johan Huizinga

Es poesía el lenguaje en su naturaleza original y libre, irreductible y joven, rebelde y transformadora, que late sin ningún condicionamiento, gestando nuevas realidades y relaciones inéditas entre el mundo y la utopía, lo posible y lo imposible, el ser y la totalidad. Cantera del infinito, la poesía vence el tiempo, el utilitarismo racional y la fragmentación, comprueba la unidad de lo viviente, donde el hombre es un pez inmortal en el río eterno de la voz: el gran poema colectivo de la humanidad sublima nuestra mortalidad.

Antes de nadar en el río de las palabras, flotábamos al interior de un útero onírico prehistórico; capullos de la intuición, actores mudos de una trama inconsciente e instintiva, la consciencia se hizo mariposa de la palabra y despertamos a la errancia, de edad en edad, de jardín en jardín, de canto en canto.

Antes de florecer en el lenguaje verbal, la poesía es experiencia directa de la revelación del misterio de las cosas. Mientras lee los ciclos celestes y se sincroniza a las estaciones, descubre la comunidad que la primavera no es sólo la fuerza que hace brotar las flores, sino también el heroísmo interior que resiste a la disolución del invierno. El verano trae con la maduración de los frutos y la abundancia de las cosechas, la generosidad de las presencias, al contrario del avaro invierno. El otoño enseña la renovación de un desprendimiento total: el árbol que somos renueva sus hojas en respiración sincronizada con un universo en constante mudanza, caballo de luz sobre el manto de sombra, caballo de sombra del jinete de luz.

Es poesía nuestra semejanza con la naturaleza y sus fenómenos, somos   sus hijos; es poeta el espíritu creador semejante al origen, como el agua que sigue sucediendo. “El acto es virgen aunque se repita” confirma René Char. Estar desnudos, lo experimentaremos siempre por vez primera, sensación del nacimiento, porque la poesía es la lozanía de lo nuevo, imprevisibilidad de los hechos, resplandor de lo desconocido, como la energía del enamoramiento.

Todo nace a cada instante, la verdad perdura sólo por la energía de su propio nacimiento; si la razón se fragmenta en ideas contradictorias que se fosilizan en dogmas, la palabra poética revela la naturaleza imperecedera, que se renueva a sí misma, sujeta a sus propias leyes,  acumulando sus frutos incorruptibles en el reino de la imaginación.

El poeta, al cristalizar en imágenes vocablos y realidades tan distantes que nunca se habían abrazado, devela sus secretas conexiones electrificantes sorprendentemente desconocidas, dando la sensación de que se trata de una lengua nueva dentro de la lengua mecánica,  envejecida ya por el uso o el desuso, ofreciéndonos una lengua más fresca, lechuga sana y vigorosa, longeva y recién nacida, alegría del sembrado.

La belleza es seducción, completamiento en el otro; sin dejar de ser uno mismo, se es también el otro. Si los fundamentalismos imponen una muralla con su definición del mundo, la poesía disuelve sus ladrillos en arena primigenia, hace soñar los materiales constitutivos del andamiaje de la realidad, los libera de la opresión otorgándoles otras funciones y sentidos gracias a la imaginación, ojo de agua del porvenir, que posibilita todos los acoplamientos. Como nada está terminado sino que comienza con cada vida de una manera diferente, aportamos lo que somos incluso sin saberlo. En el reino de la creación el destino es la ruta misma de la historia. Todo lo sabemos genéticamente porque lo hemos sido, pero hasta el dolor y la alegría más hondos los olvidamos en el río Leteo, que bautiza con la mudez, el olvido, el sueño y la muerte. Antes de la consciencia del lenguaje verbal fuimos inconsciencia mítica, atemporal, atentos al parto del rayo y del volcán, del tsunami y el huracán, verificábamos la similitud de la confianza, asiendo la belleza como resistencia y resguardo ante la fiereza de lo desconocido.

Poesía o necesidad de nombrar el mundo, definirlo, poseerlo, proteger su memoria o complacernos en sus semejanzas, como los kenningars nórdicos: Los peces tienen casa, el mar es la casa de los peces; los pájaros también, el aire es la casa de los pájaros; todo tiene casa, la boca es la casa de los dientes; el bosque es la casa de los árboles; la tierra cabalga, caballo de la neblina; el cielo nos mira: sus ojos son estrellas; el sol corre, el oro es su sudor; el cuerpo es un árbol, el corazón es la manzana del pecho; la mano es una flor, los brazos, ramas del cuerpo. Y la guerra no es sólo en el campo de batalla: la lengua es la espada de la boca. Somos la tierra, la sangre es el río del cuerpo y el llanto la cascada de los ojos. La barba es el bosque de la quijada y las lágrimas el rocío de la tristeza. La cerveza es marea de la copa: La ebriedad es un mar portátil.

La imagen poética revela la relación familiar entre el hombre, el mundo y el  universo, así como el fruto informa de la flor, la flor de la hoja, la hoja del tallo, el tallo del tronco, el tronco de la raíz y la raíz de la semilla. La semilla alguna vez será fruto y el fruto otra vez semilla y este recorrido eterno e intemporal es el del poema.

Comprobamos la conexión de todo gracias al prodigio que une  consciente e inconsciente: nuestro cerebro y sus funciones complementarias: razón y sueño. La inconsciencia completa la otra media naranja, la realidad basada en la razón, es así la otra cara de la existencia, la que permanece oculta, tesoro de la noche. La realidad del sueño, posible sólo para quien sueña, se asemeja a la naturaleza poética, el amor y la muerte: no tiene fronteras definidas o diferenciables y cada quien los asume de forma diferente. Experiencia intransferible, sólo perceptible por experiencia propia, acto mágico. Oráculo, la poesía responde a través de una respuesta imprevisible que mantiene vivas las preguntas. Todo está unido y cada parte aprende de otra por ósmosis o influjo magnético.

La vitalidad es similar en los ramos de estrellas que en los ramos de rosas de una casa de campo. La semilla al morir en la tierra y florecer como árbol nuevo revela la muerte y renacimiento de nuevas galaxias. Las personas son galaxias con sistemas solares en los que giran las preocupaciones centrales de su universo particular. El átomo, los soles, las palabras, los seres, danzan alrededor de un núcleo que constituye su propia verdad. Danza interminable de números que sueñan, nuestra palabra es un número despierto de cien ojos.

Como Proteo siempre cambiante, poesía, poeta y poema son rostros múltiples en metamorfosis continua. Los infinitos rostros de lo vivo rebasan la voluntad del soñador exigiéndole serlo todo, pues el sueño es la disolución de los límites y de la identidad individual, como la muerte. Tantos poetas en el pozo de la locura o en el laberinto de la pesadilla, intentaron comunicar una revelación intransferible. El poema Hölderlin, de José Manuel Arango, lo confirma: Quizá la locura es el castigo para el que viola un recinto secreto y mira los ojos de un animal terrible.

Lo poético es la comprobación sensorial de la semejanza de todo lo viviente en cada gesto y forma de ser y de estar en el universo. La palabra poética fusiona realidades como fraseos musicales en un concierto del infinito, interroga el hueso del dinosaurio, la huella de mamut, evoca la sensación del diluvio, desencadena el augurio apocalíptico. Cristóbales Colones del espíritu, colonizamos islas desconocidas, trashumantes del pasado, el presente y el futuro en la barca de olas de la ensoñación.

Hacer un poema como la naturaleza hace un árbol, pide Vicente Huidobro. Somos la naturaleza, los árboles son una extensión de nuestros pulmones, las nervaduras de las hojas semejan nuestras ramificaciones pulmonares, los ríos fluyen, circulan como la sangre; el curso de venas y arterias es como el de los ríos; en sus orillas hay piedras, en las nuestras, huesos; nuestro inconsciente es el mar, cargado de la herencia psicológica universal, tesoro a descubrir en la creación. Acuérdate del pez reclama Gonzalo Rojas, nuestra memoria, aleteo de la consciencia, nada desde el origen.

El aire es una extensión de nuestro pensamiento y por él son posibles nuestras palabras, expresión de la conciencia de ser. El magnetismo de la tierra es el de los amantes. Las órbitas de los planetas deshojan nuestros cuadernos. El sol es metáfora del ojo, el ojo metáfora del sol, lo esférico móvil se repite como un sello indeleble.

En su cópula de palabras, frases, imágenes, visiones, ritmos, sonoridades, sentidos y plurales significados, la poesía afirma en el hombre su identidad como especie y su unidad indisoluble con la vida, devela la intrínseca semejanza de todos los reinos de la vida, el punto mágico que soluciona sus divergencias, derribando el elefante blanco del escepticismo, el edificio lógico que impide la comunión.
La razón clasifica las cosas, señala sus diferencias, reproduciendo el aislamiento. La parte racional del hombre lo aísla, lo especializa. La poesía, como el sueño y el amor, disuelve los límites y nos incorpora a la totalidad encarnada de repente en nosotros. Liberados de una función práctico-mecánica en tiempo y espacio, danzas de correspondencias nos transforman y criollos del universo, retornamos al hogar de la raíz, raíz del hogar.

Poesía es la fusión instantánea del sueño y el soñador, el pensamiento y el pensador, la acción y el actor, el sentimiento y el ser sensible, el cuerpo de la tierra y nuestro cuerpo. Similar al campo recién lavado por la lluvia y tocado por un sol recién nacido, la imagen poética se carga siempre de nuevos y múltiples significados, no sólo porque palabras y frases están liberadas de una función pragmática y con su carga de originalidad se fusionan libremente a otras, sino también porque el partícipe de esta comunión, de acuerdo a su innata selectividad, descubre nuevos significados o sentidos que espolean la transformación de su consciencia: la poesía es contagiosa, reúne al hombre recobrando el sentido de su existencia contra toda disgregación.

Los dogmas religiosos, políticos o científicos crean cauces, condicionan, programan, dividen. La imagen poética derrama para todos la caldera del origen, que late en la renovación celular como el denominador común de la vida y de pronto a través de un lápiz del destino, habla. La voluntad creadora volatiza lo quieto, derrite lo sólido, ablanda la piedra hasta su origen, extrae las espinas ocultas, unifica las más disímiles identidades en el magma de la imagen, finaliza la linealidad, inaugura un universo súbito donde todo se relaciona por vez primera en la inocencia.

La poesía contiene el reflejo de las transformaciones de la naturaleza, de la que somos parte indisoluble. Encarnamos esta trashumancia con el catalejo del pensamiento analógico, inherente a la infancia y a los sueños, donde no existen jerarquías preestablecidas y los seres y las cosas flotan y se relacionan equitativamente en una misma dimensión de sueño y realidad, fusionándose sin condiciones, de manera libre, inédita, limpia y sorpresiva. Cuando las jerarquías de lo conocido que obstaculizan las ramificaciones de lo nuevo ceden de momento, florece una piedra en el mundo, se abre un canal al infinito, brota un poema, inesperado nacimiento eterno.

La naturaleza vence los diques de la glaciación y la glaciación de los diques, enseñando al hombre la renovación en su ejercicio de resurrección: somos aprendices de los elementos que nos conforman: del agua del sentimiento, del fuego de la acción, del aire del pensamiento, y de la tierra de la sensación, nuestro cuerpo común.

¿Y cuál es la similitud del hombre con el agua? Como el agua somos líquidos, transparentes, fluidos, adaptables, pasivos, cambiantes, precipitados, libres, profundos, turbulentos, oscuros, sensibles, impresionables, serenos, antiguos, subterráneos, silenciosos… Nos transformamos en la relación con esa diosa sin forma definida, que cambia siempre de identidad, móvil, libre, en continua errancia en un río o quieta en un lago, fragmentada en granizo o en gotas de rocío, siempre moviéndose y adquiriendo la forma del espacio que la contiene, adaptable, memoriosa y sensible.

Agua con tantos nombres como semejanzas con lo femenino: lluvia, llovizna, rocío, géiser, arroyo, lago, ciénaga, cascada, manantial, río, acuífero, agua termal, mar, océano, granizo, nieve, hielo, glaciar, iceberg, neblina, niebla, nube. La poesía de agua es fusión con el amor en todas las dimensiones, el amor loco, el paraíso romántico. El poeta de agua nada en el sueño como en un útero, como en la muerte, como en el olvido, sumergido en el misterio del origen. El poema de agua es la sed de infinito a la espera de ser bebida en un solo instante: disolución de las fronteras por la revelación del secreto motriz de la existencia.

El agua simboliza lo subjetivo: las emociones, los estados de ánimo, los sentimientos, los recuerdos, los sueños, la vivencia uterina, la imaginación. Lo mismo que el agua, lo emocional es universal y nos envuelve en sus metamorfosis, disuelve nuestros cimientos, y debido a su desconocimiento o inconsciencia, nos lleva a la desintegración.  El plano de los sueños, de lo que antecede, imagina y augura, como lo original que busca la poesía, tiene la imprevisible metamorfosis del agua. Para que haya equilibrio en el planeta, el agua tiene que estar moviéndose y cambiando de estado. Habrá que comprender cómo es la forma de ser del agua, de aquello que nos constituye instintivamente.

Lluvia de la bondad, bondad de la lluvia; llovizna del placer, placer de la llovizna; cascada del apasionamiento, apasionamiento de la cascada; rocío de la clarividencia, clarividencia del rocío; lago de la interioridad, interioridad del lago; río del deseo, deseo del río; mar de la profundidad psíquica, profundidad psíquica del mar; nube de la imaginación, imaginación de la nube; géiser de la inspiración, inspiración del géiser; arroyo del cariño, cariño del arroyo; neblina de la mediumnidad, mediumnidad de la neblina; manantial de la sensibilidad, sensibilidad del manantial; granizo de la emotividad, emotividad del granizo; nieve de la dulzura, dulzura de la nieve; hielo de la ilusión, ilusión del hielo; acuífero de la benignidad, benignidad del acuífero; ciénaga del instinto protector, instinto protector de la ciénaga; iceberg del onirismo, onirismo del iceberg; glaciar del erotismo, erotismo del glaciar.

¿Y cómo el aire se manifiesta en nosotros? Como el aire a veces somos invisibles, livianos, sutiles, veloces, imprevisibles, caprichosos, móviles, volubles, inconstantes, inconsistentes, dispersos, sorpresivos, silbantes, errabundos, expansivos, ilimitados, adaptables, violentos, volátiles, destructivos…

El aire marca el inicio de nuestro nacimiento: la respiración primera, la entrada al mundo. Y también el fin: Cuando deje de entrar y salir del cuerpo por la respiración, habremos expirado. Sin aire no hay diálogo ni comunicación, pensamiento ni comprensión. Por él se emiten y viajan las palabras y las ideas, el lenguaje articulado en frases, a través de las bocas, las antenas y los satélites, comunicando lo que somos.

Purificado por los árboles y los bosques que producen oxígeno sin descanso, a veces la poesía es este aire limpio. No existe en el vacío, cuando se torna huracán arranca casas como si nada, burlando las ingenierías que nunca podrían detenerlo. Brisa, remolino, bruma, viento, torbellino, huracán o tifón, tornado, tormenta, ciclón, borrasca, monzón: La poesía de aire es el pulmón que nos respira. El poeta de aire se lanza en el paracaídas de la lengua como Vicente Huidobro, desciende hasta el aullido de la primera pregunta. Su poema es gruta de palabras como muñecas rusas encajadas hasta la primera semilla o viaje interestelar por las órbitas excéntricas del pensamiento.

El intelecto, la razón, las ideas, las palabras, los conceptos, el nombrar, el diálogo, el conocimiento, los libros, la comunicación, la búsqueda de la verdad, la ciencia, la libertad. El aire es similar a nuestro pensamiento, es universal y nos cautiva en sus arquitecturas, nos apropiamos del mundo a través de la actividad mental, del nombrar, del conceptualizar y definir, del comprobar y verificar, compartiendo la información de lo que otros han vivido y descubierto, y debido a su falta de desarrollo, nos privamos del conocimiento.

Para que haya equilibrio en el planeta, el aire tiene que estar moviéndose, intercambiando la comunicación, el polen del conocimiento, la semilla de la paz. Habrá que comprender cómo es la forma de ser del aire, cómo es lo que nos constituye intelectualmente. El plano de la razón, de lo que concluye y sintetiza, tiene la imprevisible metamorfosis del aire y así comprobamos cómo las verdades son reemplazadas por otras con el tiempo.

Viento del pensamiento, pensamiento del viento; aire de la tolerancia, tolerancia del aire; brisa del refinamiento, refinamiento de la brisa; torbellino de la razón, razón del torbellino; bruma de la elegancia, elegancia de la bruma; remolino de la elocuencia, elocuencia del remolino; tormenta de la belleza, belleza de la tormenta; tornado de la imprevisibilidad, imprevisibilidad del tornado; huracán de la vivacidad, vivacidad del huracán; ciclón de la inteligencia, inteligencia del ciclón; tifón del anticonvencionalismo, anticonvencionalismo del tifón; huracán de la originalidad, originalidad del huracán; borrasca del modernismo, modernismo de la borrasca; monzón de la comunicabilidad, comunicabilidad del monzón.

¿Y en qué se parece el hombre al fuego? Como el fuego somos cálidos, generosos, brillantes, súbitos, explosivos, desenfrenados, impulsivos, móviles, expansivos, protectores, antiguos, transformadores, devoradores, arrasadores, violentos y peligrosos. Señor caprichoso, busca transformarlo todo en él mismo, el que borra las diferencias. Algún día nuestro sol nos devorará, la gran consumación. Líquido en el magma, solidificado en las rocas o domesticado en los fósforos, convoca carnavales y cocina  alimentos, padre protector universal. Su conocimiento sentó el dominio sobre la oscuridad, el frío y las fieras. Simboliza la consciencia (en contraposición a la inconsciencia simbolizada por la oscuridad ignota) y la voluntad individual insuflando dirección a cada acto consciente.

En analogía con la conducta, recordemos a Faetón, el loco hijo de Apolo que no sabía conducir(se) y produjo apocalípticos incendios en el mundo, insolando por siempre a los africanos con el carro solar de su padre. Asociado a la fuerza, al crecimiento, a la generosidad solar, al impulso espiritual o personal. La forma del espíritu divino: "Brahma es idéntico al fuego".

La luz estrellada es un reflejo del pasado; las estrellas son los primeros escritos en las pizarras de la prehistoria, cuando el hombre elevaba su mirada a la lectura del cielo, sabiendo, por la fulguración de su  consciencia, de su unidad con el universo, más allá de la matemática de las órbitas o de las órbita de las matemáticas.

Fuego de tantos nombres y formas: luz, chispa, llamarada, incendio, magma, lava, brasa, rayo,  trueno, electricidad, relámpago, arco iris, aurora boreal, explosión, volcán, ceniza, humo. La poesía de fuego forja la identidad en la aventura absoluta, desde la propia voluntad que transgrede los límites, como Jean Arthur Rimbaud. El poeta de fuego cultiva la llama original, transgrede los límites, faquir atravesado por la Estrella Polar. Su poema es un meteoro que atraviesa los tiempos. También llamado ladrón de fuego, le cega el resplandor de la verdad y de la ética, medida de fuego de todas las cosas.

El fuego simboliza la fuerza vital que anima los seres, el espíritu motor de la voluntad, el fulgor del comienzo, la acción, la puesta en marcha, la consciencia de sí mismo. El actuar por elección consciente. La intuición o revelación instantánea del presente. Las relaciones humanas, la política. La divinidad (El cielo estrellado y eterno).

El fuego es nuestro yo (el propio personaje), el centro de la personalidad, la voluntad y la consciencia. De la misma manera que el fuego dentro de los mundos, voluntad y conciencia impulsan nuestros actos, y debido a su mala conducción, nos llevan a la destrucción. Por ello para que haya equilibrio en el planeta, el fuego tiene que estar oculto o sirviendo sólo a buenos propósitos.

Luz de la autoconfianza, autoconfianza de la luz; chispa de la iniciativa, iniciativa de la chispa; llamarada de la insubordinación, insubordinación de la llamarada; rayo de la osadía, osadía del rayo; lava de la independencia, independencia de la lava; arco iris del entusiasmo, entusiasmo del arco iris; trueno de la soberanía, soberanía del trueno; relámpago de la decisión, decisión del relámpago; magma de la dignidad, dignidad del magma, aurora boreal de la valentía, valentía de la aurora boreal; incendio del arrojo, arrojo del incendio; brasa de la honestidad, honestidad de la brasa; electricidad del dinamismo, dinamismo de la electricidad; explosión del coraje, coraje de la explosión; volcán del humor, humor del volcán; ceniza de la sinceridad, sinceridad de la ceniza; humo de la audacia, audacia del humo.
Habrá que comprender cómo es la forma de ser del fuego, cómo es  aquello que nos constituye espiritualmente. La acción, lo espontáneo,  lo que sucede, lo que nos reúne y celebra, como lo original que busca la poesía, tiene la imprevisible metamorfosis del fuego.
¿Y en que somos semejantes a la tierra? Como ella aprendemos a ser estables, concretos, sólidos, productivos, organizados, pacientes, perseverantes, fecundos, dadivosos, generosos, exuberantes, nutricios, húmedos, blandos, tangibles, laboriosos, profundos…

La madre tierra ¿quién lo duda? El suelo real donde nos erguimos, donde crecen y se multiplican los nutrientes. Por la ley de la gravedad y por su enorme magnetismo, el planeta mantiene todo cuerpo y toda cosa atraídos hacia él.

Manifestación del hedonismo, bailarina del sistema solar, lo más parecido a la tierra es nuestro cuerpo, maquinaria también de crecimiento, mudanza y reproducción. Comprender la naturaleza terrestre es adquirir el sentido práctico innato de la supervivencia, pues todos los cuerpos guardan de manera innata una memoria ancestral que los acerca a aquello que les permite sobrevivir y los aleja de aquello que los extingue.

La corteza terrestre, la montaña, la cordillera, el árbol, el manglar, el humus, la semilla, la hierba, la roca, el barro, la placa tectónica, el valle, la arena, el desierto, el cristal, entre otros maestros de la tierra, tienen mucho que enseñarnos. La poesía de tierra eclosiona en la lengua, florece en el paladar, su palabra es un fruto, alimenta. El poeta de tierra tiene paciencia de madera como César Vallejo y aprende de los árboles a convivir con los pájaros. Su poema de palabras-semillas, huele a barro recién pintado.

La tierra simboliza la realidad objetiva, exterior, perceptible por los sentidos. Lo material, substancial, tangible y comprobable. La economía. El cuerpo. La salud. El alimento. Las grandes estructuras y construcciones materiales. Lo práctico, el sentido común, la memoria de la tradición.

En directa relación con nuestro cuerpo, De la misma manera se compone de agua y continentes u órganos relacionados entre sí. Circundado por venas en vez de ríos, nuestro cuerpo tiene que estar alimentándose de los frutos de la tierra, madre nutricia, dadora del alimento, y como el volcán, expulsar parte de lo que lleva adentro.

Habrá que comprender cómo es la forma de ser de la tierra, cómo es aquello que nos constituye físicamente y pertenece a nuestro cuerpo. En analogía con lo sensorial y lo concreto, como lo original que busca la poesía, la tierra está hecha de una acumulación visible que se reproduce continuamente.

Corteza terrestre de la madurez, madurez de la corteza terrestre;  montaña del sigilo, sigilo de la montaña; roca de la concentración, concentración de la roca; árbol de la paciencia, paciencia del árbol; manglar de la responsabilidad, responsabilidad del manglar; cordillera del reposo, reposo de la cordillera; humus de la humildad, humildad del humus; desierto de la disciplina, disciplina del desierto; semilla de la perseverancia, perseverancia de la semilla; hierba de la fecundidad, fecundidad de la hierba; barro de la voluptuosidad, voluptuosidad del barro; placa tectónica de la tenacidad, tenacidad de la placa tectónica, valle de la exuberancia, exuberancia del valle, arena del constructivismo, constructivismo de la arena; cristal del orden, orden del cristal.

La poesía es el ingreso a un estado niño donde participamos de la danza original de los elementos del mundo. Cada uno de los diez mil seres, tiene un nombre que al invocarse, activa la gran interconexión, la mutua encarnación: El niño puede ser rayo y el rayo niño; la nube puede ser cabellera y la cabellera nube, gracias a la alianza mágica entre los planos.

La poesía es la necesidad innata de unión con los otros, del completamiento renovador en libertad; demolición de jerarquías verbales y racionales para percibir el infinito, como en la infancia donde cada vocablo emite su tono vibratorio, sol de sensaciones, recuerdos y augurios: la poesía lo revive todo a través de nombrarlo en nupcias por vez primera. El poeta excava desde su propia chimenea hasta la primera ceniza o  consciencia de la primera combustión. Sin la poesía el lenguaje se fosilizaría hasta representar sólo el pasado o un presente mecánico, carente de espiritualidad o singularidad. Con la poesía el lenguaje se torna oracular, porque todo habla, tiene un lenguaje permeable a la analogía poética que abre sendas al futuro, órbitas nuevas en el mundo, proveyéndonos de originalidad o cercanía con el origen, en términos más que filológicos.

La oracularidad de la poesía es directamente proporcional a la universalidad de los infinitos lenguajes de la vida. Su inherente  pluralidad de significados hace que cada pregunta sea respondida con todas las respuestas y a su vez que cada respuesta esté contenida en todas las preguntas: La palabra es cetro de Hermes, materia prima del pensamiento y la realidad, centro de la civilización: los poetas fundan las épocas con su forma de poetizar. Les corresponde hoy más que nunca contribuir a la unidad desinteresada de la humanidad para salvar el mundo de la división explosiva, desactivando la dinamita de los dogmas.

Dicen los físicos que las partes del universo se distancian entre sí a gran velocidad -el odio según Empédocles-, de allí la tendencia a la independencia entre las partes, la intolerancia entre los planos, la violencia desatada. Pero la poesía ejemplifica la práctica de la paz, la belleza, la justicia, la verdad y la alegría (más que la injustamente subrayada apología de la guerra). Poesía o abrazo renovado y fraternal entre los seres y sus múltiples destinos, unidad en el amor que mueve al cosmos.

Última actualización: 04/07/2018