Festival Internacional de Poesía de Medellín

Del eclipse a la conjunción



Por Juan Diego Tamayo
Especial para Prometeo


Conocí el Libro por pálpitos y así lo Leía y agonizaba.”
Oscar Gónzalez




Tan misterioso como el libro está aquel que lo concibe. Aquel que lo crea y lo busca para realizarse en la consumación y comunión de la letra con el papel.

Toda escritura es sagrada y en el libro dicha escritura adquiere un valor que se consolida con el pasar de los años. Numerosos lectores se han dado a la tarea de alabar o maldecir un libro y con ello a su autor. Tirado al fuego o depositado en el altar, el libro recrea las pasiones de los hombres. En él se encuentra lo grandioso y lo censurable. No obstante, los hombres depuran esa materia y eso permite que ahora sigamos leyendo las obras de aquellos que en su tiempo fueron señalados.

Hemos dicho que el libro ha servido como soporte para expresar la condición humana, ahora bien ¿en qué momento el libro se nos plantea como tal? Claros son los estudios que se realizan en estos días sobre el libro como soporte cultural. No obstante, sobre el libro como realización y como punto de partida para la develación no se había hablado hasta el momento. Y sólo ahora asistimos al llamado de “La Trompeta de Mercurio” [1].

Los alquimistas hablan de la reunión de lo masculino y lo femenino para alcanzar el equilibrio y poder crear desde esta perspectiva la instancia mística. Conjunción de elementos, reunión y conformación de la materia en otro que nos revela y se nos revela. La materia se manifiesta y provoca una vía de conocimiento. A veces pareciera que no importara tanto el producto como sí la preparación del mismo, pues el producto escapa a quien lo elabora. Más aún, se pierde en aquello que las ensoñaciones fueron determinando al momento de su gestación.

El y ella se encuentran y comienza el diálogo sobre el lector y el libro. El y ella se reúnen para saberse, para conocerse, para ocultarse, para morir y renacer como el sol de lo alquimistas. La letra no busca acá quedar petrificada, la letra – la instancia de la letra- es la noche, el cuerpo, el vacío que los rodea, que los atrapa, que los reúne. Es una pregunta constante ¿qué es lo que allí dice? Todo y nada. Vacío y temblor. Sólo al leer queda la esperanza de danzar por el humo blanco del sentido y de lo sentido.

El Libro es para ellos un advenimiento. “Ella le dice a él: yo siempre intuí con temor que el Libro venía por mí y que por lo mismo debía estar preparada para recibirlo. No tenía intención, pues, de habitar en el libro si no de recibirlo”.

Recibirlo, acogerlo es también, en este caso, gestarlo. El Libro creador se nos presenta como puente entre el lector y quien lo preserva. Leer es por tanto “protección y preservación”; Libro que se gesta como amor y ausencia. Es, igualmente, “letra blanca y olorosa que desaparece entre el vacío y la cercanía de las cosas”.

El lector y la lectora entran en un eclipse del sentido. También de su vacío y sólo el Libro –el Libro que vendrá- logrará la conjunción que conduce hacia lo inexpresable. Sólo queda lo que se toca, lo que se acaricia; el Libro que es camino y esperanza, permanencia e invitación al viaje. Así se logra nombrar el Libro que nos lee y del que somos una letra en el paisaje.

  1. “La Trompeta de Mercurio. De la Lectura y el Libro". Oscar González. Taller el Ángel Editor. Medellín Colombia. Marzo 2002



Selección de poemas:


V

El Lector del Libro Mudo todavía no existe. Ella y él han comenzado a prepararse en el método de la intuición. Un raro resplandor y deslumbramiento los invade y los posee. Leen con la mano abierta en las letras que vuelan y vuelven de la llama. Quedarse leyendo en la noche es Leer con fantasmas, le dice él a ella.





VII


Prueba de silencio: No leer más con la intención de hallar el sentido de lo que no lo tiene. Travesía de la carne por la palabra Leer y por la palabra fecundación. Escucho decir: Leer es un exorcismo del ser y la fundición de la mirada en el Libro. Fundir y fundar es lo mismo le dice él a ella. Leyendo voy muriendo le dice ella a él. Caen en un trastorno y en una perturbación sin medida y sin cálculo. Leer para exhumarse a sí mismos y liberarse de la muerte.



X


El Lector incita y provoca al Otro para que Lea. Ni él ni ella se incitan para Leer sino al revés se excitan para la risa y la ironía. Tiemblan ante la esperanza de ser Leídos por Orión y Medea. Temperatura y medida de lo incierto. Leemos por necesidad de incertidumbre y no de certeza, se dicen.



XI


Para él y ella hay un Libro Masculino y otro Femenino. Él abre el abismo del templo en la montaña y del Libro Femenino y ella enciende la luz en la lámpara de noche y alcanza a ver el Unicornio que escapa por entre las líneas del Libro Masculino. Leer es tenderse entonces sobre el lecho del infinito.


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