Festival Internacional de Poesía de Medellín

“Las guerras se empiezan para que les sea fácil
matar a una mujer que empuja un carrito de niño”


Boceto de Charles Simic
Por Antonio Muñoz Molina

Tomado de El País (Madrid).

Mirando de cerca al poeta Charles Simic uno difícilmente imaginaría las cosas que vieron sus ojos infantiles, los pasajes siniestros de la historia europea que forman parte de sus recuerdos personales. Simic es un hombre alto, con el pelo blanco corto y peinado hacia delante, con gafas, con una sonrisa que en seguida se vuelve sardónica. Acaba de cumplir setenta años, pero parece más joven, en gran parte porque en él no hay rastro de solemnidad, igual que no lo hay en sus versos, en los que un humor seco y una impasibilidad a lo Buster Keaton son las veladuras que cubren una médula de espanto, no incompatible por el amor hacia las cosas que hacen la vida placentera y digna a pesar de todo de vivirse. Simic parece lo que ha sido durante más de treinta años, un profesor de universidad, pero no un profesor de Literatura, sino de algo, por decirlo así, más serio, con más fundamento, un profesor de Física, o de Botánica, o de Biología Molecular, un saber disciplinado que tenga que ver con las leyes del mundo natural y los prodigios y rarezas del mundo visible. Algo que me gusta mucho de los poetas americanos es que tienden a no parecer poetas, ni siquiera literatos, y mucho menos artistas: William Carlos Williams fue toda su vida un pediatra, y se vestía como tal; Wallace Stevens era agente de seguros. Mark Strand escribe sus poemas como un sonámbulo que recordara al despertar sus caminatas por ciudades y paisajes comunes transidos de fantasmagoría, pero si uno se lo encontrara como director de su banco le confiaría de manera inmediata los ahorros.

Cuando era niño vio desfilar a los soldados invasores alemanes por las calles de Belgrado: 'La tierra temblando, al paso de la muerte...' Tan rotundas como su poesía son sus convicciones políticas sobre la calamidad de la despedazada Yugoslavia

Charles Simic es Poeta Laureado, ha ganado el Premio Pulitzer y parece un profesor universitario americano, pero creció en Yugoslavia en los años sangrientos de la II Guerra Mundial y empezó a aprender inglés a los quince años. Un rastro de acento se le nota a veces al final de los gerundios. Cuando era niño vio desfilar a los soldados invasores alemanes por las calles de Belgrado: La tierra temblando, al paso de la muerte... / un pequeño perro blanco corrió hacia la calzada / y se enredó entre los pies de los soldados. / Una patada lo hizo volar como si tuviera alas. / Eso es lo que sigo viendo: / la caída de la noche. Un perro con alas. En medio de la guerra el niño jugaba a la guerra con soldados de plomo escuchando los motores de los aviones y las explosiones de las bombas: bombas de los alemanes, bombas de los aliados, todas matando inocentes, guerrilleros yugoslavos luchando contra los invasores y matándose entre sí. Mientras planchaba, su abuela materna oía en la radio discursos de tiranos, acompañados por clamores de multitudes dementes, y los maldecía en voz alta, y luego le ordenaba al nieto que no contara a nadie sus exabruptos, y para que no olvidara la cautela le daba un tirón de orejas. En esa misma enorme radio alemana un día él y su madre escucharon por primera vez la música de jazz que emitía una radio aliada, y sintieron un arrebato instantáneo de felicidad, aunque no sabían lo que era, una big band estallando con luminosa energía en algún salón de baile de la Europa ya liberada. Terminó la guerra y en la escuela a la que Simic asistía los retratos de Lenin y Stalin habían sustituido a los de Hitler. Su padre estaba en un campo para deportados de Italia. Su madre y él lograron salir de Yugoslavia y acabaron encallados en París, figuras diminutas en la marea inmensa de los desplazados, viviendo en precarias habitaciones de hotel, haciendo colas para renovar permisos cada poco tiempo, esperando un visado americano que les permitiera reunirse con el padre, que al cabo de tantos años de ir de un lado para otro había encontrado asilo en Estados Unidos.

Simic sonríe y me cuenta un recuerdo, con esa precisión que tienen en sus poemas los detalles visuales chocantes: la foto de una recepción publicada por una revista francesa, en 1949, con motivo del cumpleaños de Stalin; Maurice Thorez y Louis Aragon vestidos de frac, alzando sus copas de champán junto al embajador soviético. En la escuela francesa el adolescente apátrida recitaba en voz alta a Baudelaire y a Rimbaud y los ojos se le llenaban de lágrimas a pesar de las risas de los compañeros de clase que se burlaban de su acento. Estudiaba inglés con su madre, escuchando esas emisoras de radio en las que sonaba música de jazz, leyendo revistas americanas con fotos a todo color de grandes automóviles de colores brillantes y neveras llenas de comida. En Nueva York se reunió con su padre después de diez años de separación: lo entusiasmó desde el primer día la vibración de las calles, la intensidad de los colores, viniendo de una Europa de tonos mucho más apagados. Las músicas que había descubierto en Belgrado en una radio alemana ahora las encontraba en los clubes de jazz a los que su padre lo llevaba, feliz del reencuentro con un hijo ya casi adulto.

He traído conmigo el último libro de Simic, recién aparecido, leído ya de esa manera que exige y permite la poesía, asiduamente, avanzando y volviendo, leyendo a veces en voz alta, llevando el libro en un bolsillo para aprovechar cualquier ocasión de lectura, los minutos de espera en un andén, el cuarto de hora de viaje en el metro. That little something es el título. Desde el primer poema reconozco el tono de voz de esa escritura en la que el dramatismo siempre está atenuado por la ironía y en el que los lugares y las palabras comunes cobran una tiniebla de amenaza, y también, de vez en cuando, la dulzura tranquila del paraíso. Jordi Doce, que tanto sabe de la poesía en lengua inglesa, ha organizado y traducido admirablemente al español una antología de Simic. Aquí están de nuevo los escenarios de siempre, los hoteles baratos, las calles sumidas en una negrura de apagón y de cine negro, los regresos del pasado europeo, ahora, tal vez, con un grado mayor de melancolía por el paso del tiempo, con una mezcla más sutil de extrañeza y de indulgencia, con la celebración del amor y la conciencia de la posibilidad del desastre, de su hocico negro rondando muy cerca en la sombra: En cada multitud hay uno o dos asesinos. / Aún no sospechan su porvenir. / Las guerras se empiezan para que les sea fácil / matar a una mujer que empuja un carrito de niño.

Los desastres a los que sobrevivió Charles Simic de niño se repitieron con idéntica crueldad en su país de origen en los años noventa. Tan rotundas como su poesía son sus convicciones políticas sobre la calamidad de la despedazada Yugoslavia: el nacionalismo es una demencia colectiva, una forma de narcisismo en la que millones de personas se pavonean delante de un imaginario espejo colectivo, diciéndose a sí mismos que son los elegidos de Dios. Mientras me firma el libro le digo cuánto me gusta su poesía, y Simic sonríe y cambia de tema elogiando la ilustración de la portada, que es un dibujo de Peter Sís.

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