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Los poetas de la Dinastía Tang y la larga marcha hacia el siglo veintidós

Los poetas de la Dinastía Tang y la
larga marcha hacia el siglo veintidós

Por Fernando Rendón
Especial para Prometeo

 

Realicé un viaje a París, contando con limitados fondos para regresar a mi país, puesto que debía realizar una obligada escala aérea en Londres no considerada en un comienzo, para cierto urgente asunto. No podía pagar el tiquete de avión París-Londres y contaba ahora con poco tiempo. Desde el principio era un absurdo. Según mis cálculos siempre errados, quizás me llevaría once horas tomar un vehículo desde donde me encontraba en el momento en territorio francés, hasta Londres, y luego en un lapso de apenas nueve horas emprender el vuelo de regreso a Latinoamérica, careciendo de toda opción de tomar otro vuelo de retorno a través del dilatado océano azul. Todo ello tenía como fondo mi preocupación por las ásperas discusiones de uno de mis mejores amigos con su compañera, a quien había despojado de su casa, atrincherándose allí, en represalia por su abandono. El problema es que pensamos demasiado, inútilmente, sacrificando las percepciones, solía decirles. Hay una guerra de interpretaciones en marcha, que ha sacrificado a cientos de millones de soldados de las ideas. A cada siglo nuevos ejércitos de ideas aplastadas. Los adjetivos se provocaron unos a otros y se masacraron sin tasa. Un puñado de sustantivos ha tomado el poder sobre la brisa, ignorando a las hierbas y  relegando las antiguas leyes del lenguaje. Se mata por una palabra, por una imagen, por un símbolo y son las palabras las que desencadenan las guerras. Palabras sobre la apetencia inmemorial de una justicia irreal en su tardanza. O palabras para matar, no para renacer. Pensaba no sé por qué, como en un sueño, en los apacibles poemas de la Dinastía Tang, entrelazados con los tejidos de la naturaleza de los ciclos, mientras trataba de recordar a ciencia cierta qué diablos le había sucedido a mis amigos que continuaban acrecentando el desencuentro por el camino de conocer y no de percibir a su perdido amor. Entretanto empacaba mis cosas, apresurando el regreso, sin haber resuelto todavía la apremiante urgencia del reloj malavenido de repente. La cuestión es que no percibimos ya la latente respuesta a nuestra obsesiva pregunta, ni preservamos la paciencia necesaria para obtener una respuesta adecuada del tiempo, sino que tratamos de arrancar a la impaciencia, mediante precarios medios, una réplica a nuestra medida subjetiva. Si la pregunta no tiene límites, como la angustia de nuestro tiempo porque la muerte ha resonado demasiado adentro, los medios de los que disponemos para hallar una respuesta sin medida al interrogante que mantiene al destino humano en el oscuro abismo son ya indigentes, como todo aquel desfile que crece en las calles de nuestra confusa y desorientada contemporaneidad.

Recordé de pronto que los tiempos han cambiado, que París y Londres estaban realmente mucho más cerca una de otra a través del túnel bajo el Canal de la Mancha y que la situación no era tan grave para impedirme hacer la escala a tiempo. Luego observé mirando detenidamente -qué curioso- que ambas ciudades estaban unidas apenas a través de dos coliseos. Coliseos de aquellos de pan y circo, con corredores de pasamanos para la venta de ganado, incluso para el tráfico de personas, y usos más comunes como manifestaciones políticas, procesiones santas, o frívolos espectáculos musicales y deportivos. Entretenernos sin falta para olvidar nerviosamente a la muerte. Esa pregunta. Quizás ambos eran el mismo coliseo en esencia pues se parecían demasiado en el tiempo y en el espacio. Se trataba de un falso dilema: recorrer una prolongada y desgastante distancia exterior o hacer una mínima travesía interior aeropuerto-coliseo-coliseo-aeropuerto y en menos de veinte minutos estaría en Londres. Me di cuenta que estaba durmiendo y de hecho soñando. Y me dispuse a prolongar el sueño en cuanto pudiera para ir más allá en la ilógica conexión de la evocación de la Dinastía Tang de China respecto a las riñas de mi amigo con su novia, que también eran parte del nebuloso sueño, y a las heredadas batallas de pensamientos con cadáveres apilados en gran escala todavía en nuestra dilapidada época.

Mis soñolientas asociaciones de frágiles ideas venían contrastadas por la reseca y desolada visión contemporánea de algunos poetas acerca de los árboles y las aguas, teñidas de sangre y de la desolación del futuro de una tierra degradada por el crimen del acumulativo comercio interminable. Mi sueño se detuvo en shock y desperté.

Pese a un cúmulo de esfuerzos aislados, la poesía no se dirige a impactar a la sociedad a través de los poderosos medios letárgicos de que dispone el desgastado modelo contemporáneo de existencia, para doblegar al pensamiento interesado. Aquellos desconocen voluntariamente el poder de la poesía, a la que abiertamente ocultan, eligiendo apologizar las diversas formas de la negación de la vida. La poesía no solo no se difunde sino que se enseña mal, como si debiera enseñarse y no aprenderse. El número de las editoriales que publican libros de poesía se cuenta ahora en los dedos de los pies. Los exiguos premios de poesía son vistos con suspicacia por la presunción de compinchería entre jurados y premiados. Entre tanto, el río del espíritu humano se seca y es ahora un arroyo entre las rocas.

La Dinastía Tang o era de la prosperidad (618-907), fue el fruto de grandes batallas por la reunificación del imperio. Fundada por el emperador Taizong, produjo cerca de 2.300 poetas renombrados, que escribieron casi 50.000 poemas en cerca de 300 años. Por ello fue considerada la Edad de Oro de la poesía china, posibilitada por la amplia libertad de expresión de la época. Taizong educaba a su sucesor con su propio ejemplo y de su método formativo provienen estas historias:

Cuando su hijo sentado a la mesa tomaba sus alimentos, le decía “Recién después de un año de duro trabajo y el esfuerzo de los campesinos por arar, sembrar y cosechar, es que tenemos comida para consumir. Cuando comes, debes pensar en las dificultades que soportaron los campesinos para cosechar sus granos. La comida que estás consumiendo no se produjo fácilmente. Haz que tu corazón sienta empatía hacia los campesinos y restringe tus deseos. En ese caso, el Cielo ciertamente verá que tienes la sabiduría de ser agradecido por tu buena fortuna, y te otorgará aun más buena fortuna, permitiéndote que siempre tengas comida”.

Cuando contemplaba a su hijo a galope sobre su cabalgadura, Taizong expresaba “Aunque el caballo es un animal doméstico, también tiene sentimientos. Debes apreciarlo. Cuando lo montas, debes pensar en la labor y el trabajo duro que este caballo está haciendo, y restringirte para no hacerlo correr mucho. No puedes agotar toda la fuerza del caballo. El Cielo verá que tienes la humanidad de tratar a las cosas con amor, y te hará rico y honorable, permitiéndote que siempre tengas caballos para montar”.

Acompañaba a su hijo en un bote deslizándose sobre las tranquilas aguas del río, mientras le hablaba “El agua puede impulsar un bote, pero también puede volcarlo. El pueblo es como el agua, y el monarca es como el bote. Si el monarca trata al pueblo con actos buenos y virtuosos, el pueblo amará al monarca. Si el monarca es un tirano y no muestra interés por las necesidades de su pueblo, la gente lo considerará un enemigo y lo traicionará. Tal como el agua, aunque puede impulsar un bote, también puede volcarlo. No puedes dejar de ser prudente en este asunto”.

Se basaba el sensato emperador Taizong en los antiguos preceptos taoístas sobre el arte de gobernar:

   Quien gobierna ateniéndose al Tao
   no intenta dominar el mundo mediante la fuerza de las armas.
   Está en la naturaleza de las armas militares volverse
   contra los propios hombres que las crearon.
   Donde se estacionan los ejércitos, sólo crecen después zarzas y espinos.
   Durísimos años de hambruna de seguro seguirán a una gran guerra.
   Así, el sabio busca el progreso de su pueblo,
   y no el dominio de los pueblos vecinos.
   Por eso no intenta conquistar por la fuerza.

En Chang’an, capital del imperio bajo la Dinastía Tang, vivían más de un millón de habitantes. Era con mucho la ciudad más populosa de la época. Los exámenes imperiales de administración captaron a muchos talentos letrados para la corte. Poetas, artistas y funcionarios imperiales habían echado hondas raíces en el taoísmo, el budismo y el confucianismo. Practicaban las artes marciales basados en una espiritualidad generosa. Se celebró la obligada distribución equitativa de las tierras, construyéndose canales y sistemas de riego. Se multiplicó la producción agrícola, textil y artesanal. Prosperaron los astilleros, las vías terrestres y fluviales, y por tanto las relaciones comerciales y culturales con Japón, Corea, India, Persia y el Imperio Árabe.  La influencia de la poesía en el alma de China se expandió. El poder se asociaba al esplendor del espíritu y al triunfo transitorio de la cultura, como en los tiempos de los reyes poetas de civilizaciones posteriores: Al-Mutamid en Sevilla, Ibn Zamrak en Granada y Netzahualcóyotl en Texcoco. Paradójicamente el esplendor de la Dinastía Tang comenzó a decaer con la rebelión del general An Lushan (755), apoyada en los mayores poetas del imperio.

Estas son breves noticias de siete inmortales de la Dinastía Tang:

Li Tai Po o Li Bai (701-762), como los poetas de su generación, no usaba a la naturaleza. Con su humilde caña de bambú no deseaba pescar más que un solo pez. En su sueño viajero, cabalgaba sobre el dragón del viento y los viajes solitarios entre las altas montañas eran su elíxir de la longevidad. Sus pensamientos no interpretaban los riscos ni embrollaban sus preguntas, la hondura le hablaba. Bebía con su sombra y con la luz de la luna sobre su rostro a la salud de la noche que le hablaba en su multiplicidad de rumores. El universo no era un concepto que variara en su mente a través de las estaciones, era un aliento vivo del que el poeta hacía parte, cuando todavía existían caminos y bosques que pertenecían a todos. Estudió y se adiestró con varios maestros taoístas, que vivificaron su espíritu libre. Fue arrestado tres veces y condenado a muerte. Maestro de la espada y vagabundo, también tuvo su hora en el huerto y comprendió qué es un mundo sin salida, entre turbulentas intrigas y persecuciones y prefirió saltar al vacío abrazando a la luna, su par. Li Bai dejó tras sí un sensible testimonio compuesto por 2.000 poemas que le sobreviven, uno de ellos su Canción para navegar:

   Un barco de sándalo y remos de magnolia,
   en ambas puntas se sientan "flautas de jade y pífanos de oro".
   Bellas cantantes, incontables cascos de vino dulce,
    oh, déjenme seguir las olas, dondequiera que me lleven.
   Soy como el inmortal que se marchó montado en la grulla amarilla,
    sin meta vagabundeó siguiendo a las gaviotas blancas.
    Las canciones de Chu-ping aún brillan como el sol y la luna.
    De los palacios y torres de los reyes de Ch'u no quedan rastros en las montañas.
    Con un solo golpe de mi pincel sacudo las cinco montañas,
    El poema terminado, río, mi deleite es más vasto que el océano.
    Si la fama y las riquezas pudieran durar para siempre,
    El río Han fluiría hacia el Noroeste volviendo a su fuente.

Tu Fu, nombrado también Du Fu (712-770) fue un brillante poeta contemporáneo y colega de Li Bai, aunque su poesía tenía un carácter más social y político. Fue un implacable crítico de los abusos de poder del emperador Hinang Tsung. Tomó parte en la fracasada rebelión de An Lushan, que desestabilizó el país y obligó a Tu Fu a huir de la capital Chang'an, padeciendo el rigor de la miseria el resto de su vida, como un vagabundo sin hogar. Murió mientras viajaba en un bote. Su amorosa solidaridad con las víctimas de las guerras, su piedad y horror ante las matanzas que se extendían y que debía presenciar lamentablemente como funcionario imperial, se reflejan en varios de sus poemas:

   "Discúlpanos", dicen, "es de poca monta,
    pero los campos están abandonados,
    la guerra y las matanzas no terminan nunca,
    y nuestros hijos fueron llamados al Este".
    "Cantaré una canción en vuestro honor",
    respondo, "tanta bondad me conmueve".
    Concluida la canción, miro el cielo y suspiro.
    En los cuatro rincones oscuros brillan las lágrimas.

Bai Juyi o Po Chü-I (772-846) vivía sin afanes, alardes ni preferencias. Sus poemas reflejaban la serena brisa sobre el sosegado lago de los días, rebatiendo a nuestras personas que se preocupan tanto por ellas mismas, tratando de poseer, predominar, saber e interpretar, sin conseguir olvidarse de la menesterosa importancia, y haciendo a la vez tan poco por comprender el espíritu de cierto pasado vigente todavía en nuestras vidas, aunque no nos apercibamos de ello:

   Si tengo propensión al vino,
    algunas veces bebo;
    si no tengo nada que hacer
    me siento reposadamente,
    silencioso y tranquilo
    hasta muy tarde
    y al siguiente día, duermo profundamente
    hasta que el sol está muy alto.

   No me causan nostalgia, en otoño,
    las noches largas;
    no me lamento en primavera
    por los días que pasan.

   Enseñé a mi cuerpo a olvidar
    si es joven o viejo,
    y a mi alma, que aprecie igual
    la vida que la muerte.

Nacido en la ciudad de Taiyuan, la familia de Bai Juyi sufrió la extrema pobreza y por ello decidió llevar una vida de vagabundo.  Se acercó al pueblo conociendo sus sufrimientos. Era partidario de que “los artículos y cantos sean escritos para reflejar la actualidad”. Dijo: “Cuando los tiranos y los favoritos oyeron mis canciones de Ch’in, se miraron los unos a los otros y cambiaron de expresión”. No era deliberadamente hermético. Destruía todos los poemas que no entendiesen las gentes sencillas. Escribió más de 2.800 poemas. Enfermó y murió en Luoyang.

Wang Wei, conocido como el Buda poeta (701-761), fue también pintor, calígrafo, músico y estadista. Fue discípulo del Maestro Ch'an Daoguang. Durante la insurrección de An Lushan contra la dinastía Tang perdió su cargo. Recobró su calidad de funcionario y luego fue designado ministro. Su más célebre poema fue El parque de los Ciervos, parte de una selección conocida como La colección del rio Wang, que describe el viaje de Wang Wei y Pei Di a lo largo del país. A la muerte de su esposa en el año 730, no volvió a casarse, se hizo budista y estableció un monasterio. En sus últimos años llevó una serena existencia de ermitaño. Del hallazgo del sentido de su propia identidad hablan las líneas de sus versos, contrarias a la compraventa del espíritu al pragmatismo (que un tren de acción ritma nuestras vidas):

   Los rápidos cantan sobre un grupo de rocas
    la luz crece poco entre los densos pinos
    en la superficie de una bahía fluctuante
    con nueces como cuernos
    y  profusas algas a lo largo de las playas.
    En lo profundo de mi corazón siempre fui puro
    Como estas limpias aguas...
    Oh, permanecer en una extensa roca plana
    Y arrojar la línea de pesca por siempre.

Liu Zongyuan fue un poeta, ensayista y filósofo (773-819), nacido en Chang'an. Se trasladó a la capital, convirtiéndose en uno de los grandes poetas de su tiempo. Defendió el equilibrio entre la forma y el contenido. Fundó con Han Yu el movimiento de la prosa clásica, que revivió la poesía de la vida cotidiana. Su estilo es fuerte y elegante. También escribió decenas de artículos en un tono depurado, y ensayos en los que sintetizó elementos del Confucianismo, el Taoísmo y el Budismo. Trabajó en el Ministerio de Ritos, y luego fue degradado y enviado a trabajar en las localidades. Escribió más de 600 poemas, entre ellos el célebre Río Nieve:

   Un millar de colinas y ni un solo pájaro volando.
    Diez mil caminos y ninguna huella humana.
    En una barca solitaria, un hombre viejo
    con un sombrero de caña y ropa de lluvia
    pesca solitario en el frío Río Nieve.

Li He fue un poeta nacido en Luoyang (791-817). Hacía parte de la familia imperial de la dinastía  Tang, pero su vida fue desafortunada, pues quedó huérfano siendo adolescente. De un gran dominio técnico en su poesía, realizaba abruptos cambios de tono y ritmo exponiendo una tras otra sus imágenes sorpresivas, que expresaban el tiempo que padeció. Ha sido considerado uno de los antecesores de los poetas malditos. Murió de tuberculosis a los 26 años. Sobre Li He escribió tras su muerte Du Mu: “Los túmulos funerarios no pueden describir su resentimiento y dolor, ballenas resoplando, tortugas impulsivas, los fantasmas de cabeza de buey, espíritus de cuerpo de serpiente, no pueden describir su amor por la extravagancia y lo irreal”. 

Li He escribió estas líneas vigorosas:

   El rey de Qin cabalga sobre un tigre, recorre los ocho confines
    El brillo de su espada ilumina el verde azul del cielo.
    Xihe, fustiga al sol con un tintineo de cristal.
    Las cenizas del mundo desaparecen, pasado y presente se apaciguan.
    Cabezas de dragones escancian vino invitando a la Estrella del Licor
    Mandolinas talladas en oro resuenan en la noche;
    los pies de la lluvia en el lago Dongting entonan sus flautas
    y ebrio de vino, hago retroceder a la luna.

Du Mu fue un poeta lírico, escritor, pintor y calígrafo (803-852), nacido en Chang'an, cuando la fortuna de su familia declinaba. Vertió en los poemas y en sus paisajes la vida de la naturaleza y de su época. Aprobó los exámenes imperiales y ocupó cargos públicos, pero nunca llegó a tener un alto puesto a causa de sus enemigos. En su juventud llevó una vida apacible. Su obra fresca, de sensuales descripciones alimentadas por su atracción por las cortesanas, refleja la influencia en su vida de las obras poéticas de Du Fu, Li Bai, Han Yu y Liu Zongyuan. Escribió poemas contemplativos entre los que emerge su serena persona:

   Tortuosa senda de piedras.
    Alta y helada montaña.
    Voy arriba y más arriba.
    De entre nubes blancas emerge una casa.
    Detengo el carro y me siento a contemplar.
    El ocaso en bosques de arces me encanta.
    Sus hojas azotadas por la escarcha
    son más rojas y más bellas
    que las flores de primavera.

Nos separa una torturante distancia hasta el siglo veintidós. Una distancia labrada de masacres y hambrunas para conquistar territorios, guerras de mutua aniquilación por el agua y por el aire, invasiones, desarticulaciones, retaliaciones, expoliaciones, helada indiferencia, desiertos en expansión y grandes ríos en extinción, océanos sin peces, selvas de inanición y muerte, lo que se llama muerte, con todos sus apellidos, títulos y adjetivos. En suma, se trata del imperioso deber del señorío respondiendo despiadado a la pregunta humana sobre el feliz porvenir, que administra como se dice la aflicción humana. El cielo no llegará. En cambio nuestros descendientes llegarán al siglo veintidós, Dios sabe cómo.

Al respecto es siempre reconfortante recordar las palabras de Saint-John Perse en Estocolmo (diciembre de 1960): ““No temas”, dice la Historia, quitándose un día la máscara de violencia y haciendo con la mano levantada ese ademán conciliador de la Divinidad asiática en el momento más fuerte de su danza destructora. “No temas, ni dudes, pues la duda es estéril y el temor servil. Escucha más bien ese latido rítmico que mi mano en alto imprime, renovadora, a la gran frase humana siempre en vías de creación. No es verdad que la vida pueda renegar de sí misma. Nada viviente procede de la nada, ni de la nada se enamora. Pero tampoco nada guarda forma ni medida bajo el incesante flujo del Ser. La tragedia no finca en la metamorfosis misma. El verdadero drama del siglo está en la distancia que dejamos crecer entre el hombre temporal y el hombre intemporal. El hombre iluminado sobre una vertiente ¿irá acaso a oscurecerse en la otra? Y su maduración forzada, en una comunidad sin comunión, ¿no sería quizá una falsa madurez?...””.

Los filósofos idealistas han decretado irrealmente la condición incognoscible de un Dios inmutable. Los filósofos materialistas han proclamado una verdad en movimiento, que se niega a sí misma transformándose y progresando de un siglo a otro, incluso en menores períodos de tiempo, lo que hace una suma irreal de momento. Qué son y qué pueden llegar a ser para Occidente la naturaleza, la esperanza, la inteligencia y el amor, de los que dependemos para persistir vivos y a los que arruinamos y perdemos sin haberlos conocido ni abrazado. Qué es y que llegará a ser para nosotros la indestructible vida que supera a la muerte que nutrimos con cada acto inconsciente, con cada pensamiento, con cada gesto del pulgar vuelto hacia abajo. Qué es y cuándo llegará a su fin la guerra demoledora de pensantes cabezas y ardientes corazones, destructora de los enérgicos brazos que han arado las tierras y levantado las civilizaciones y los caminos entre humanos, intentando aniquilar las huellas de todas las inmemoriales creaciones humanas.

No se ha arrojado sobre nosotros definitivamente  la sal de la tragedia y no hemos transitado mucho más que más que el camino al mar de nuestro propio fin. Es preciso ir ahora río arriba tras la poética de la escritura cuneiforme, pictogramática o jeroglífica del origen. Debemos sustentar nuestra sensoriedad poética, escalando una nueva percepción del aprendizaje de la sonriente materia de nuestro sueño. Más que hablar, auscultar. Más que enseñar, cultivarse. Más que imponer, cimentar. Más que poseer, distribuir. Más que concluir, renacer.

De lo contrario se seguirá cumpliendo la advertencia mítica y contemporánea del protocelta William Butler Yeats:

   La civilización mantiene su ensamblaje
    Sometida a mandato, bajo una paz fingida,
    con ilusiones múltiples, como barril con zunchos;
    pero la vida humana es pensamiento; el hombre
    aún sumido en terrores, jamás tiene descanso.
    Siglo tras siglo, siempre con ansias insaciables,
    devora, se enfurece, desarraiga y arranca
    para llegar, al cabo de esfuerzos impacientes,
    a la realidad desoladora.
    ¡Egipto y Grecia, adiós! ¡Adiós tú, Roma!
    En las estribaciones del Everest o el Meru,
    En noches emparedados bajo los ventisqueros,
    O en mesetas atroces donde el hielo y el viento
    Azotan sus desnudos cuerpos, los eremitas
    Saben que tras el día viene la noche ciega
    Y que, antes de la aurora, todos los monumentos
    Y las glorias del hombre se habrán desvanecido.

No tendrá sentido llegado ese día viajar de París a Londres, pues ya no serán la misma ciudad que se mueve en torno al mismo coliseo. Mis amigos que se pelean ya no podrán hacerlo por el infortunado fracaso de su sueño. Entre tanto, los poemas de la Dinastía Tang, escritos bajo el cielo de China hace once y doce siglos, mientras el oscurantismo medieval hostigaba a los poetas e intelectuales europeos, siguen siendo la viva memoria del sueño humano que puede recobrarse en la pulsión de su recogimiento interno, apelando a todas sus fuerzas encadenadas y desencadenantes para trascender su condición efímera y guerrera, antes que aceptar con resignación la extinción de la vida. No habrá más utopía que la restauración humana sobre la tierra. El reiterado llamado de los antiguos poetas a vivir una vida generosa y sabia, su amor por el pueblo y su sentido de la justicia, sus vidas paradigmáticas entrelazadas a la naturaleza, su lejanía del postmoderno espíritu de la pesadez, su embriagadora celebración de la existencia y de la amistad, su repudio a la guerra y a la corrupción de la autoridad, y su lenguaje poético cuidadoso y resistente al tiempo, continúan siendo actuales.

La desesperada confesión de impotencia y “dulce derrota” de una parte de la actual poesía de Occidente ante la trasnacional de la desesperación, que pareciera conducirse a veces hacia un lenguaje vacío y meramente intelectual o abstracto, en la bicicleta estática de su desabrido juego de abalorios, debería permitirnos aún un tiempo de reposo y reflexión, benévolo para la certeza en las dimensiones de la vida que no conocemos ni comprendemos. Ellas son nuestra reserva. La poesía no está asociada al poder, que se le resiste. A la vez este no prevalecerá contra la voluntad de la vasta poesía de la existencia, como si pudiera la brisa negarse a las hierbas, de la misma manera que es imposible alcanzar o negar cualquier forma de conocimiento duradero o no relativo con los limitados sentidos que poseemos. Los colores que percibimos no son los colores de la materia. Los sonidos que percibimos no son aún la música del espíritu. La arcilla que nos constituye no es todavía la arcilla de la que está hecho el porvenir.

Cesa de matar y de morir, hombre. Separa la vida de la muerte. Cesa ya de reconocerte en la putrefacción y asciende de nuevo por la savia del roble hacia las verdes yemas de la naturaleza viviente.  

 
Última actualización: 28/06/2018