Festival Internacional de Poesía de Medellín

Encuentro con Nicolás Suescún


Por Álvaro Castillo-Granada

(Aleph)

Este es un hombre al cual es muy fácil querer. Su mirada y su sonrisa invitan a quedarse, a conversar. Es como una especie de abuelo con el cual es posible hablar de cualquier cosa. Es el escritor más joven que conozco. Los años no le pesan ni le pasan. Lo conocí antes de leerlo, antes de comprobar que es uno de los escritores más importantes de Colombia, uno de los mejores cuentistas que he leído. Me lo presentó (como a Álvaro Rodríguez Torres) Camilo Delgado. Me hablaba mucho de él. Me contó, entre tantas cosas, que Pablo Neruda le había dedicado un libro en París, en 1965. Todavía recuerdo la primera vez que lo vi llegar a la librería donde trabajaba: entró lentamente, mirando todo como si ya lo hubiera visto. No me saludó. Yo me acerqué y le pregunté: “¿Usted es Nicolás Suescún?”. Un poco sorprendido me respondió: “Sí”. En ese momento empezamos a conversar. Fui leyéndolo poco a poco, libro por libro, en orden, como si estuviera asistiendo a un streap-tease: cada libro era una prenda que caía y me acercaba al hombre que escribía. Porque si hay un escritor que (rara avis) se corresponda con lo que escribe es Nicolás Suescún: sobrio, escueto, pesimista, jovial, melancólico, preciso. Ha sido para mí, a lo largo de estos años un ejemplo constante: el dedicarse a una obra, una vocación, un oficio, sin reservas, pasionalmente, sin esperar ni buscar jamás el reconocimiento ni la figuración. Es un hombre de palabra y de palabras, hablar de libros con él es lo más natural del mundo. Sus lecturas se iluminan unas a otras, caminan de la mano. En un momento bastante complejo de mi vida estuvo presente y constante, viendo cómo podía ayudar, qué puertas se podían tocar. Tuve la fortuna de compartir con él y Álvaro Rodríguez Torres unos días en Riosucio, durante el “Encuentro de la Palabra”, y ser testigo de cómo los jóvenes se fascinaron con él y Los cuadernos de N. Lo miraban como un igual, un par: su sonrisa y su chispa iluminaron toda una noche hasta cuando casi amaneció y llegó el sol. Hace poco más de un año me llamó a mi casa y me dijo que me quería regalar su libro dedicado por Pablo Neruda. Que si tenía uno igual para no quedarse sin él. Lo tenía. Conservo ese libro como uno de mis tesoros más grandes, una de esas pruebas contundentes que las palabras unen a los hombres y que la amistad los hace iguales. Este encuentro tuvo lugar una mañana, temprano, en su apartamento en Bogotá. Aquí está lo que me contó en medio del frío. Y su risa, siempre su risa y su mirada de niño pícaro. Es una maravilla saber que existe un colega librero llamado Nicolás Suescún (en Los cuadernos de N me escribió: “para Álvaro colega, hermano, que como yo ha vivido entre libros y para los libros, éste, mío, fragmentario, pero con algo, espero de poesía, con mucho afecto, Nicolás. Bogotá, Dic. 5/94”)...

“Desde que aprendí a leer en el Colegio de la Presentación, de las Hermanas de la Caridad, empecé a leer los libros que había en la casa. Mi abuelo, Eugenio Peña, paisajista de la sabana, había sido Secretario de la Escuela de Bellas Artes. Vivíamos en la “Casa de Los Derechos”, donde estaba la imprenta de Antonio Nariño, que imprimió allí los Derechos del Hombre. Queda en la Plazuela de San Carlos, frente a la iglesia de San Ignacio. Era propiedad de Andrés de Santamaría que, para ayudar a mi abuelo, que durante años había sido secretario de la Escuela de Bellas Artes con un sueldo misérrimo, le había dado la administración de una finca cafetera, y la casa en usufructo.

Mi abuelo se había quedado ciego y cuando aprendí a leer, a los cinco o seis años, le empecé a leer Don Quijote. Desde ese momento comencé a leer vorazmente. Leía más que todo “libros serios”, pero también libros de aventuras, y la poesía clásica española, el Romancero. A los diez o doce años. En mi casa no había muchos libros y yo compraba los que podía, y también prestaba libros de la Biblioteca Nacional. Y a veces me los robaba. En una librería que quedaba en la carrera sexta me enamoré de El cancionero de Juan Alfonso de Baena (es una gran cancionero de poetas de fines del siglo catorce). En un momento en que estaba el librero distraído, cogí el libro y salí corriendo. Casi diez cuadras. Nadie me persiguió. Casi no lo podía agarrar: tiene 750 páginas, en un papel grueso, es gordísimo... Todavía lo tengo. Tal vez leí algún libro de Emilio Salgari, a Julio Verne no lo leí. Era un niño muy raro...

Iba mucho a cine, me fascinaba el cine. El capitán Blood, con Errol Flynn y Olivia de Havilland, de Michael Curtis, la vi varias veces (la película es de 1936 y yo nací en 1937). Después me pasaron al Instituto del Carmen, de los Hermanos Maristas. Era buen alumno, sacaba buenas notas, pero me comenzó a hartar el colegio. Más grandecito me gustaba jugar billar, me iba a fumar cigarrillos al Parque Nacional... En tercero de bachillerato empecé a faltar muchísimo y perdí el año. Una tía, Lucrecia de Meek, que era la que me pagaba la educación, decidió, para salvarme de las “malas amistades”, mandarme a los Estados Unidos, a una escuela militar. Allá me di cuenta que yo era la “mala amistad”. Tenía propensión a la bohemia, sinembargo, era un buen estudiante. Allá aprendí francés, me enseñó un profesor rumano muy bueno. Me castigaban... me cogían con botellas de whisky que compraba en el pueblo, le daba la plata a alguien para que me las comprara y las escondía en la habitación. Estuve tres años y medio. Terminé el High School. Hice dos años en Columbia University. Empecé a estudiar literatura. Como sabía francés, tomé seminarios avanzados sobre poesía medieval, Mallarmé, los románticos...

Allá leí todo Dostoievski. Es el escritor que más me ha conmovido, por su amor a la humanidad, por la intensidad de sus libros. A través de él leí a muchos escritores rusos: Gogol, Tolstoi, Chejov. No terminé la universidad: al finalizar el segundo año mis tíos no pudieron seguir pagándomela porque el peso se había devaluado y no les alcanzaba la plata. Me vine a Colombia, tenía unos veintidós años. Di clases de inglés en los “Institutos electrónicos de idiomas”, así los llamaban: ponían a los alumnos a escuchar los “patrones del inglés”, y los profesores tenían que hacer lo mismo que las máquinas. Las clases no podían ser más aburridoras, pero me permitieron ahorrar un poco de plata y me volví a ir Nueva York.

Se me acabó el dinero sin haber conseguido trabajo. Pasé una época de mucha pobreza, no tenía donde vivir, pasaba la noche en el subway... Encontré trabajo en Braniff. Allí estuve unos meses hasta que conseguí trabajo en la Biblioteca Médica en la Universidad de Columbia. Eso me daba derecho a tomar clases de noche. No duré casi porque en ese momento, por tener visa de residente, me llamaron al ejército. Estaban empezando a mandar gente a Vietnam. Imagínate: yo no quería ser soldado gringo. La ambición mía en esa época era ser profesor de literatura en una universidad norteamericana. Fue afortunado que no pudiera quedarme, tal vez habría sido un buen profesor... habría sido otra vida... y esa vida académica es bastante aburridora y estéril. Los académicos tienen una visión de la vida muy peculiar, y en Estados Unidos viven como en islas, rodeados por un mar de fanatismo e ignorancia.

Así que regresé a Colombia. Volví a dar clases de inglés en la Universidad Nacional, y de humanidades en la Tadeo, en la Piloto, en la Gran Colombia. No había empezado a escribir. Leía todo lo que caía en mis manos pero no escribía. Toda la plata que ganaba me la gastaba en libros en la librería Buchholz. Un día, su dueño, Karl Buchholz me ofreció trabajo y yo acepté, feliz de dejar las clases y de trabajar con los libros. Trabajé dos años. En esa época empecé a hacer traducciones para la revista Eco. Me encantó ser librero. Además de darme gusto a mí mismo, podía, digamos, satisfacer a la gente. Conocía los libros, podía recomendarlos. Era una librería universal. La visión de él era tener todos los libros. Había libros en cuatro idiomas. En esos dos primeros años conocí mucha gente.

A mi compañera de esa época le dieron una beca en París. Nos fuimos juntos. Iba a las clases de Lucien Goldman en la Escuela de Altos Estudios. Allá fue que empecé a escribir en cuadernos cuentos y poemas. Siempre pensaba escribir pero no lo hacía. Fue una cosa completamente espontánea. Un buen día compré un cuaderno y me puse a escribir cuentos y de golpe los interrumpía y hacía poemas... Los cuentos son los de El retorno a casa, mi primer libro. Estuvimos dos años. Ahí me hice firmar un libro por Pablo Neruda. En París nació mi hija Matilde. Regresé en 1966; Natalia, mi segunda hija, nació dos años después, ya en Bogotá. Buchholz estaba en el proyecto de abrir una librería en Chapinero. Me dejó la dirección de la librería del centro y la dirección de la revista Eco.

Ahí publiqué por primera vez a Rafael Humberto Moreno Durán, Oscar Collazos, Umberto Valverde, Ricardo Cano Gaviria (él trabajó conmigo unos seis meses, antes de irse a Europa), a José Pubén... Yo era muy joven. Ahí nació mi amistad con Ernesto Volkening y con Aurelio Arturo. Él iba a la librería, almorzábamos y hablábamos mucho. Era muy sencillo. Muy independiente. Decía que el inglés era el idioma de la poesía y que ya no se podía escribir poesía en español. Leía muchos cuentos, a Pound, a Eliot, le fascinaba el inglés. Volkening era una persona muy culta, seguía la literatura alemana con un espíritu apasionado pero crítico a la vez. Escribía un español que parecía más bogotano que el de los escritores nativos, lleno de localismos. Era muy interesante hacer una revista, e irla cambiando. El propósito inicial de Eco era difundir el pensamiento y la literatura alemana, pero yo les di cabida a escritores colombianos. Cambié también el método de compras de la librería. Para poder tener muchos títulos, Buchholz compraba pocos ejemplares, pero yo empecé a pedir buenas cantidades de ciertos libros que ya había leído o que sospechaba se iban a vender bien. Compré los que quedaba de la primera edición de El coronel no tiene quien le escriba, la de Aguirre Editor. Cien ejemplares. Los vendí muy bien. Hacía también reseñas en El Espectador para promover libros.

Mientras estuve en Eco publiqué pocas cosas mías. Hice una antología de cuentos colombianos que me encargó Ángel Rama: Trece cuentos colombianos. Él estaba casado con Marta Traba. Era muy amigo de los dos. En esta época conocí también a Feliza Bursztin. Era una mujer extraordinaria. Una gran artista y una mujer que le inspiraba a uno alegría. Tenía una risa estruendosa, muy peculiar, que se imponía a todo, como la de José Pubén, otro gran amigo de esa época, que escribía un libro por semana, pero que solo publicó dos pequeños libros de poemas vanguardistas: Las gradas de ceniza y m, n, ñ. Era uno de los pocos vanguardistas que ha habido en Colombia, país que se distingue por su conservatismo y donde no hubo poesía surrealista. Tenía una biblioteca inmensa en cajas de cartón, unas encima de otras... De esos años es también amigo Alberto Hoyos, que era maravilloso cocinero y un gran bohemio. Muy distinto era Fernando Martínez Sanabria, el “Chuli”. Tenía tal vez la mejor colección de discos de Bogotá, o por lo menos la más sofisticada, al igual que una biblioteca de libros de arte y literatura maravillosa.

Hice muchas traducciones importantes, como el prólogo de la traducción de Marguerite Yourcenar a la poesía de Kavafis; es una versión en prosa, tal vez la mejor que hay. El prólogo incluía muchos poemas, así que fui el primer traductor de Kavafis en Colombia. En esa época mi poeta favorito era Arthur Rimbaud, había comprado sus obras en Nueva York. Empecé a traducir El barco ebrio. No la publiqué entonces. No estaba satisfecho con ella. A la librería llegaban todos los libros y así descubrí un montón de escritores, pero me dieron una beca de escritor en Iowa, y dejé la librería y Eco a cargo de Juan Gustavo Cobo Borda. Estuve nueve meses. Tenía uno mucha libertad, se reunía semanalmente con los otros becarios y hablaba de literatura. Lo principal que me pasó allá fue conocer a Juan Sánchez Peláez. Traduje poemas de él para que los pudieran leer en inglés en los recitales. Esas fueron mis primeras traducciones al inglés. Era el poeta más poeta, y la persona más impráctica que he conocido. Había vivido como siete años en Nueva York y no podía pedir una comida en un restaurante. Vivía como en otro mundo, y su poesía es de verdad otro mundo. Los grandes poetas como él crean un mundo alternativo. Allá también conocí a Luisa Valenzuela, Néstor Sánchez, Fernando del Paso, Carlos Germán Belli, y al poeta alemán Nicolás Born... Ya había reunido los cuentos de El retorno a casa. Pedro Lastra me pidió el libro, era el editor de la Editorial Universitaria de Chile. Allá salió la primera edición en 1971. Cuando apareció el libro -en la colección estaban Mario Vargas Llosa, Salvador Garmendia, Hernando Téllez, José María Arguedas, Alejo Carpentier...-, Ángel Rama escribió una reseña muy elogiosa, que no tengo como tantas otras cosas mías o sobre mí que no tuve el cuidado de guardar.

En ese momento abrigué la ilusión de vivir de la literatura, de ser un escritor profesional. Regresé a Bogotá, escribí una novela que nunca he publicado, ni terminado bien, y a los pocos meses me fui a Berlín con otra beca. Era una beca mejor, pero allá me deprimí mucho, había mucha tensión, era terrible ir a Berlín Oriental, donde había una atmósfera muy burguesa. No podía ir uno a un café y sentarse en una mesa porque le decían: “No, esa mesa está reservada” -para funcionarios de provincia del partido invitados a Berlín. Había que ponerse corbata para ver las obras de Bertold Brecht. Las calles muy limpias pero sin vida. Era un contraste tremendo con Berlín Occidental. Allá, con Nicolás, íbamos a muchos bares y a recitales. Conocí a Günter Grass. Ya era amigo de Hans Magnus Enzensberger. Lo había conocido en Cabimas, en un encuentro de escritores en Venezuela, al que fueron como mil novelistas, poetas, críticos y políticos.

En Berlín no pude casi escribir. Me puse a dibujar y a hacer dibujos y unos collages violentos con recortes de revistas y de libros pornográficos. Allí hice la primera exposición de “nicollages” (la segunda fue en Bogotá, en la Galería Belarca). Yo siempre había dibujado, pero allá lo hice con más ahínco. La literatura para mí ha sido un modo de expresarme, yo he sido muy tímido, introvertido. Y cuando no he escrito hacía dibujos o collages. No aprendí a pintar pero tenia una voluntad y un sentido gráfico (todavía hago algunas cosas de diseño gráfico). Siempre he ido mucho a los museos de las ciudades donde he vivido; en Nueva York, por ejemplo, pasaba horas enteras en el Museo Metropolitano y en la Galería Frick.

En Berlín estuve un año. Allá pude leer algo de Brecht en alemán; no lo aprendí desafortunadamente bien porque el tipo de vida que llevaba allá era más bien bohemio. Pero pude leer a Kafka y a otros escritores y poetas con estilos sencillos. No he leído casi traducciones del inglés y del francés. Siempre he preferido leer el original. Regresé a Colombia, di clases de literatura, pero empecé a hacer traducciones para vivir. A Hernando Valencia Goelkel lo conocía desde la Buchholz. Empezamos a ser amigos desde ese momento. Era un hombre absolutamente excepcional. Aprendí mucho de él. También discutíamos mucho de política. Él era una persona de una inteligencia prodigiosa. La gente no lo aprecia mucho. No ha habido un ensayista como él en Colombia. No escribió tanto sobre literatura colombiana. Lo hizo sobre sus amigos, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus... Su ensayo más conocido sobre literatura colombiana se llama “Destino de Barba-Jacob”, que no me parece el mejor. Escribió sobre Malcolm Lowry, Cesare Pavese, Isaac Babel, Evelyn Waugh, Cyril Connolly, George Steiner... Escritores sobre los que no hay tanto interés ahora, aunque son algunos de los escritores del siglo veinte que van a sobrevivir. La amistad con él era muy entrañable, de respeto mutuo. Era muy irónico, no cínico, y muy profesional: sus ensayos muestran un conocimiento total de los escritores. También era muy autocrítico. Ninguno de sus libros, que son colecciones de sus reseñas y ensayos, fue hecho por él. Todos -menos el último, Lección del olvidado, que son los prólogos que escribió para la colección Cara y Cruz de la editorial Norma- los compiló Juan Gustavo Cobo. Su modesta ambición era comprender y dar a conocer a sus escritores favoritos y a los que iba descubriendo gracias a su curiosidad y su acervo de información. Pero se quedó en el tintero, por ejemplo, Henry James; nunca llegó a hacer un ensayo sobre él o Vladimir Nabokov, dos escritores que le encantaban. Hasta el último momento disfrutó la lectura, a pesar de estar muy enfermo.

Creo que a Álvaro Rodríguez Torres lo conocí en Buchholz. Siempre lo he admirado mucho. Esa tenacidad para aprender los idiomas solo es una proeza. Esa pureza de él y esa poesía tan intimista... Él es muy buen traductor. A Camilo Delgado no recuerdo cuándo lo conocí, él se debe acordar. Con él fundamos la “Librería Extemporánea”. Se me ocurrió ese nombre, que resultó muy apropiado. Somos muy amigos. Con él escribimos críticas de cine en la revista Cinemateca: “Hollywood una muestra” y “Herbert Ross en blanco y negro”. No recuerdo cómo pudimos hacerlo... Era una librería muy bonita, en la Candelaria, de libros viejos pero, como yo conocía clientes de la Buchholz que seguían pidiéndome novedades, empezamos a comprar libros nuevos. Al cabo de dos años nos iba bien pero no hicimos “acumulación de capital”, y el día que hicimos la compra más grande de libros a la Editorial Losada, esa misma noche, nos los robaron todos, esos y los buenos que había en la librería. Quebramos.

Por no poder cubrir los cheques posfechados estuve diez días, feliz de la vida, en la cárcel Modelo -claro que con la seguridad de que saldría en unos días. Hay dos cosas en la cárcel. Uno no tiene ninguna responsabilidad. Hay una sensación, irónicamente, de libertad en el sentido de no estar uno constreñido por la sociedad. Por otro lado es dónde se ve más clara la división de clases. La cárcel es como una imagen exacta y descarnada de la sociedad. Allá el dinero es rey, en un sentido más obvio que afuera. Salía al patio y veía a los aristócratas de la cárcel, en los “caspetes”, después de un gran desayuno, leyendo el periódico y haciéndose lustrar los zapatos mientras los demás teníamos que ir al restaurante a comer unas cosas horribles. Me tocó compartir la celda con un joven que había matado a dos personas. Me pareció muy simpático. No me dio miedo. Me tusaron como en la escuela militar.

Camilo Delgado ha sido siempre un gran amigo. Él es el que me ha dado casi toda la música que tengo, grabada en casetes. Hemos compartido muchas cosas. Me gusta mucho el libro de él, Mis amigos. Un libro donde expresa toda su admiración irrestricta por los ídolos que tiene. Siempre tenemos diferencias...yo digo que a él le gusta, como a Hernando Salcedo Silva, todas las cosas que son como de hace cuarenta o cincuenta años...pero nada que sea nuevo.

En 1980 apareció El extraño y otros cuentos. Este libro de cuentos cortos, es un puente entre el cuento y la poesía. El modelo mío es el cuento clásico norteamericano, un fragmento de vida, algo así como una ventana a través de la cual uno ve a unos personajes en un momento crucial de sus vidas, de tal manera que misteriosamente las abarcamos por completo. Pero los cuentos del Extraño son distintos, a veces muy cortos, lo que llaman ahora “minicuentos”. Estos son una visión muy somera de algo y está, para mí, emparentado con el poema. Yo podría poner entre mis poemas algunos de esos cuentos. Sobre todo a partir de Oniromanía y otro libro que tengo inédito: Noticia del futuro y otros delirios. Había publicado poemas en antologías. Como los cuentos reciben tal vez más atención que la poesía -el cuentista es un novelista en ciernes- me clasificaron como narrador, con el resultado de que los prosistas decían que yo era poeta y los poetas que era prosista, queriendo decir que era mal poeta o mal cuentista, según el caso.

He publicado cuatro libros de poemas: Tres A.M., La vida es, La voz de nadie y Bag Bag. La poesía es expresión y, a la vez, también la búsqueda de una forma. Yo escribo una poesía muy clara, que se entiende. Los poetas que creo que han influido en mí han sido poetas no metafóricos. Todos los poetas chinos, Brecht, muchos poetas norteamericanos. Antes y después de mi trabajo en la Universidad Nacional -fui director de la biblioteca durante la primera rectoría de Marco Palacios- trabajé en la revista Cromos. Hacía reseñas de libros, artículos... Traduje del inglés, entre otras cosas, el Ensayo autobiográfico de Jorge Luis Borges, en 1981. En la revista Nueva frontera hacía portadas. Me gustaba mucho. Yo era un periodista sui generis...era casi el necrólogo oficial...se moría un personaje y me tocaba a mí hacer el perfil, a veces me sentía casi como un empresario de pompas fúnebres. También empecé a escribir artículos de política internacional. Me encantaba. Siempre me ha interesado lo que está pasando en el mundo y contar con algo de objetividad lo que está pasando, o hacer predicciones, por ejemplo que Ronald Reagan, ese actor mediocre, iba a ganar las elecciones...Estaba tan al tanto de las cosas que cuando el atentado contra las Torres gemelas le dije a Margarita inmediatamente: “Ese es Bin Laden”. A Margarita la conocí cuando trabajaba en la Biblioteca Nacional. Llevamos 18 años juntos. Yo estaba en ese momento muy deprimido y conocer a Margarita me salvó la vida. Ahora digo que me conservo bien gracias a ella. Le he escrito poemas de amor y tengo un librito que contiene un poema casi épico sobre ella.

Me deprime el país. Colombia es un país donde reina, como en la mayor parte, la injusticia, pero aquí la hipocresía la ha barnizado siempre en mayor grado, creo, que en otras partes. Por eso escribí en un poema, “Abrí los ojos y me dijeron / que en país de ciegos hiciera como el ciego. / Después me enseñaron las palabras / y me aconsejaron que cerrara la boca / si no era para repetir lo repetido”. Cuando yo estaba pequeño, la diferencia de clases era monstruosa. Ahora sigue siendo monstruosa porque los ricos son más ricos y los pobres son muchos más y más pobres, pero hay una clase media que esconde un poco esa abismal diferencia de clases.

A mí me gusta mucho traducir porque es un ejercicio hasta cierto punto creativo, en una forma constreñida porque lo que se busca es trasladar el contenido de un texto al idioma nativo -o en mi caso también al inglés, que es como mi segundo idioma- en la forma más exacta posible. Y para llegar a eso hay que, a veces, darle muchas vueltas a las cosas, sobre todo en la poesía. En Colombia hay ahora muy pocas posibilidades de hacer traducciones literarias porque el mercado aquí es muy pequeño. Así que me he visto obligado a traducir toda clase de textos, a veces informes o libros de administración y otras materias. Pero he traducido libros muy buenos como El Río, de Wade Davis, y libros de historia, como Repúblicas en armas de Clement Thibaud o Colombia antes de la independencia de Anthony MacFarlane. Otro que me gusta mucho es Los periodistas literarios, de Norman Sims. Pero claro que he preferido traducir a Flaubert, a Rimbaud, a Yeats, en muchos casos por iniciativa mía, como los centenares de poemas que he traducido al español, y desde hace unos años al inglés. Estas últimas son traducciones de poetas colombianos que hago para la página poetryinternational.org, a través del Festival de Poesía de Medellín. Y he traducido poemas de Luis Vidales, Raúl Gómez Jattin, María Mercedes Carranza, Mario Rivero, Héctor Rojas Herazo, Carlos Obregón, Piedad Bonnett, etc.

En 1994 publiqué Los cuadernos de N. Es mi libro más popular, tiene muchos “fans” jóvenes. Para que lo publicaran en una colección de novelas dije que era una “antinovela” pero en realidad es una colección de fragmentos sobre un personaje algo kafkiano, medio filosófica, medio narrativa, formada por fragmentos narrativos o descriptivos, aforismos, citas, poemitas, y además ilustraciones... Es un poco triste porque el personaje es un ser oscuro, en cierto modo soy yo, pero con algo de exageración, digamos. No entiendo bien por qué les gusta a los jóvenes, ni cómo se ha convertido en casi un libro de culto. La edición fue de solo 1.000 ejemplares, pero ha circulado mucho, me han mostrado ejemplares vueltos nada que misteriosamente han pasado de mano en mano.

He escrito muchísima reseñas y ahora tengo la idea de hacer un libro de ensayos. Yo pensaba que no podía superar la simple reseña, pero he tenido que escribir ensayos, ya sea como prólogos o conferencias. Por lo general son sobre poetas y son análisis muy puntuales de su poesía, sin comparar los autores con otros, sino profundizando en ella. Me cuestan trabajo, es una labor de penetración, profunda espero, en la poesía para iluminarla, explicarla, entenderla. Me siento relativamente satisfecho de lo que he hecho, aunque nunca acabo de estar seguro si lo que escribo vale la pena. Siempre he sido un poco desdeñoso con mis propias cosas. No me he hecho propaganda, ni he tratado de figurar. Con la poesía he dependido de otras personas. María Mercedes Carranza y Mario Rivero son los dos poetas que han creído en mí. Ella publicó una antología de mi poesía. Era la persona más franca que he conocido en la vida. Una poeta en cuya poesía se reflejaba esa forma de ver sin tapujos la propia vida y la de los demás: descarnada y hasta cruel. Y Mario es el gran poeta colombiano de la ciudad, el que ha sabido captar la atmósfera de la calle y la mentalidad del animal urbano que la habita”.

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