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El honor de ser capaz del poema

El honor de ser capaz del poema


Colaboración de Rodolfo Alonso, para Prometeo.

En su número 66, fechado el 15 de febrero de 1987, la  excelente revista Poesía, publicada desde hace largo tiempo en la ciudad de Valencia (Venezuela) por la Universidad de Carabobo, difundió las respuestas de algunos poetas latinoamericanos especialmente invitados al cuestionario que fuera elaborado por el poeta venezolano Eugenio Montejo (1938-2008), recientemente fallecido. En homenaje a su memoria, y también por considerarlas de permanente actualidad, se reproducen a continuación las opiniones de Rodolfo Alonso (Argentina).

            Eugenio Montejo: ¿Cuál es su opinión sobre la poesía latinoamericana en las actuales circunstancias?

            Rodolfo Alonso: La ambiciosa --y probablemente inocente-- desproporción de esta pregunta, sin duda debería inhibirme. Generalizar siempre es riesgoso, y hasta puede derivar en lo vacuo, en lo superficial. ¿Quién puede afirmar que se encuentra en condiciones, cuando más estadísticas, de haber leído todo --o aún suficientemente-- lo que se produce en nuestro maravilloso e infausto continente? ¿Quién podría aseverar que conoce a toda la poesía latinoamericana? Digamos, cuando menos, que en un momento de por lo general crasa lasitud y opaca anomia para la poesía occidental contemporánea, por contraposición el fervor y el hervor de nuestro continente se hacen palpables más en una ausencia, en la conciencia de una carencia, en la herida que es la poesía posible y que nos falta, revelados por lo mucho que se escribe poesía entre nosotros.

            Hay una verdadera epidemia de autores, pero me temo también que falte el criterio del valor. Como ya dije alguna vez, quizá el sentido de la presencia evidente de una poesía latinoamericana contemporánea sea este: representar amplios estados de ánimo colectivos antes que limitarse a algunas pocas cimas significativas. Al mismo tiempo, todo hace suponer que ciertos mitos acerca del poeta se van derrumbando lentamente. Ni ángeles caídos ni profetas redentores, los mejores entre los poetas latinoamericanos se van redescubriendo en la oscura selva viva del lenguaje, que no es distinta a la oscura selva viva del corazón humano y de la mismísima e incontrastable realidad.

            Abrumados por esa desmedida cuando no asoladora realidad, orgullosos de una estirpe que sin embargo no tiene ahora curso legal, dueños y a la vez deudores ante el mundo, hay sin duda poetas recientes en Latinoamérica que ya nos han dejado su señal. De la magnitud o de la persistencia de su brillo, de su resplandor en el mejor de los casos, del alimento de su luz o del alcance de su luz, también seremos todos un poquito responsables.

            Por enésima vez, digamos que la poesía no describe ni enuncia, que el poema es. En primer lugar, entonces, volvamos a la obra. La poesía escrita tiene una praxis concreta que no es otra, por supuesto, que el texto. Toda opinión, todo prejuicio, debe ser sostenido con la alusión al texto que lo avale. No es por los servicios prestados a una u otra causa, por los favores conquistados o los halagos merecidos que debe ser juzgada una obra. Aunque ella tenga también su vida propia, como organismo histórico, social y cultural, debemos esforzarnos en apreciarla ante todo como texto: es allí, en el desafío del lenguaje, donde todo valor y todo sentido han de encararse como evidencia para merecerse.

            E. M.: El llamado boom de la narrativa acrecentó el interés por la nueva literatura de este continente. ¿Cree usted que ello haya favorecido de algún modo a nuestra poesía?

            R. A.: Además de los innegables ingredientes que hicieron del publicitado boom de la narrativa latinoamericana antes otro lanzamiento comercial de la inefable sociedad de consumo que un auténtico acontecimiento cultural, digamos que Latinoamérica debe renunciar de una vez a sentirse condenada a esperar perpetuamente la reiteración de su descubrimiento. El verdadero descubrimiento de América será el que ella haga de sí misma, de su propia ventura y de su propio dolor, de su propio lenguaje y de su propia savia, y no el que quiera seguir viendo reflejado en los ojos del otro: conquistador, caudillo, general, patrón, desarrollado, superpotente.

            Quizá por ello la auténtica poesía latinoamericana (mirada nueva, limpia, fresca, original, mirada hacia sí misma, en sí misma) no pudo obtener ningún beneficio concreto del estallido del boom porque su misma esencia, su ser poesía y ser además latinoamericana, la hacía inviable para los carriles por donde circularon en cambio fácilmente otros productos. La poesía latinoamericana, por serlo, no resultaba ni útil ni rentable para los artífices del boom.

            E. M.: Tradicionalmente los poetas latinoamericanos, de expresión castellana, al contrario de lo que ocurría en otras lenguas, no nos han dejado --salvo excepciones-- aportes teóricos sobre poesía. Algunos, como Neruda, se rehusaron expresamente a hacerlo, reservando esta labor a los críticos. ¿Cuál es su parecer al respecto?

            R. A.: De ninguna manera pienso que pueda entenderse como obligatorio el hecho de que un autor reflexione teóricamente sobre su propia obra o la de otros. Pero creo también, sinceramente, que nadie puede sustituir como teórico al auténtico creador cuando se lanza a reflexionar. En esto, sin duda, volvemos a lo que ya afirmaba Baudelaire: ningún crítico llegará a ser poeta, pero todo poeta esconde a un crítico. Como naciones, como culturas, nos conviene que aflore urgentemente la mayor cantidad posible del pensamiento crítico que hay sin duda dentro de los poetas y de los artistas latinoamericanos.

            E. M.: Las tendencias líricas aparecidas en los últimos cuarenta años, las mismas que se hallan más o menos vigentes, se agrupan bajo lo que tentativamente Octavio Paz ha definido como la posvanguardia. ¿Está de acuerdo con esa denominación o prefiere emplear otra diferente?

            R. A.: Aquí, en cambio, me parece que el problema supera ampliamente a la pregunta. La cuestión no es cómo denominamos al fenómeno, sino si lo hemos comprendido y hemos asimilado lo que tenía de positivo, desechando por otro lado lo nocivo o negativo. Los movimientos artísticos no existen en el vacío, no tienen entidad si no se encarnan en obras. Son las obras, entonces, en primer lugar, y luego sus relaciones y sus significados culturales, las que deben preocuparnos, y no la forma de denominarlas. Salvo que esa denominación, ese nombrar, incluya, implique una nueva perspectiva, ilumine un nuevo ámbito, amplíe nuestro espacio para vivir y para crear. Modestamente, no creo que el vocablo post-vanguardia, apenas temporal o físicamente catalogador, alcance a superar o esclarecer las ambigüedades y contradicciones que ya el concepto de vanguardia, acuñado a comienzos del siglo XX, acarreaba consigo desde entonces.

            E. M.: En la época que vivimos, de amenazas universales y tensiones de pre-guerra atómica, ¿qué misión le asigna usted al poeta?

            R. A.: Otra vez, una pregunta de inocencia demoledora. ¿Cómo evitarse decir que todos quisiéramos que el poeta fuera capaz con su palabra a la vez de realizarse como persona y de ayudar a todos sus hermanos, de enunciar la palabra necesaria, imprescindible y única, la palabra a la vez tan íntima y secreta, húmeda todavía del silencio de los orígenes, emergiendo en una orilla virgen del universo, y también a la vez general, compartida, fraterna, solidaria, no tan sólo ofrecida sino también aceptada por los otros, que entonces la harían suya y le darían destino, aunque ese destino fuera el no poco glorioso de volverse sabiamente anónima, ya sin autor ni tiempo, encarnada en el fluir mismo de la vida y de lo humano?

            Ni traicionarse, pues, ni traicionar a los otros; y además, no traicionar la propia lengua, el propio idioma, el sonido que uno ha venido a traer al mundo. Y siendo uno ser la especie, tan bellamente bárbara e intuitiva como trágicamente condicionada por las culturas que se ha hecho o le han impuesto. Y ser la esperanza de un mañana mejor, la luz de la utopía sin la cual no merece la pena vivir. Y ser también, al mismo tiempo, la conciencia de nuestra irrisoria pero desmedida condición. Lo que somos, lo que podríamos ser, quizá lo que seremos.

            Pero bien sabemos que, por ahora, la única gloria honestamente deseable ya no es siquiera ni la de vivir en el corazón de los otros, de algún otro, sino más humilde y sabiamente el honor y el placer, la angustia y la ansiedad de haber escrito, de haber sido capaz del poema, que por nosotros circuló y ahora está vivo, fragante y tibio, latente carne de lenguaje, recién amanecido, temblorosamente inclinado, libremente tendido hacia los otros, hipócritas o no, semejantes, hermanos.


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Rodolfo Alonso nació en Buenos Aires, Argentina, en 1934. Fue el miembro más joven del grupo de vanguardia Poesía Buenos Aires. Tradujo a numerosos autores de diversos idiomas. Dirigió su propia editorial. Antologías de su obra poética fueron publicadas en Bélgica, España, México y Colombia. Poeta, ensayista y traductor. A partir de Salud o nada (1954) publicó más de 25 libros propios, la mayoría de poemas pero también de ensayo, reflexión y narrativa. Primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina y de otros grandes autores. En 1997 recibió el Premio Nacional de Poesía por su libro Música concreta (1994). La Universidad de Carabobo (Venezuela) lo distinguió, en 2002, con la Orden Alejo Zuloaga. Fue Premio Konex de Poesía 2004. Recientemente, la Academia Brasileña de Letras le otorgó su máxima distinción (2005). Rodolfo Alonso fue siempre un comentarista comprometido de la actualidad literaria, cultural y hasta política no sólo de su país y de las Américas sino de Europa y del ancho mundo, siendo su «palabra insaciable» antes de nada la de la «defensa de la poesía» -títulos significativos de libros suyos-, pero también la de la «libertad libre» que ella supone, como la proclamó Rimbaud, a quien fue comparado por sus compañeros de generación. Según palabras de Jose Augusto Reabra, Entregándose por entero, aunque «inseguro», al amor de las palabras, Rodolfo Alonso tiene la lucidez del poeta que, deseando «hablar claro» (Hablar claro es otro título sintomático de una colección suya de poemas, de 1964), siente siempre la «carencia» y al mismo tiempo la potencialidad infinita de sentidos del lenguaje: «Las palabras, me descubrí diciendo alguna vez, son aproximativas» -escribe, explicitando el doble significado de la expresión: nunca podrán ellas significarlo todo, imprecisas como son, pero sirven aún así para aproximar a los hombres». En el presente año obtuvo el Premio Internacional de Poesía en lengua castellana, convocado por la Revista Prometeo.

 

Última actualización: 04/07/2018