Festival Internacional de Poesía de Medellín

Historia de mis libros


Por Gabriel Celaya

(Publicado en Itinerario poético, Madrid, 1975)

Nací en Hernani (Guipúzcoa) el 18 de marzo de 1911, pero cuando aún tenía pocos días me trasladaron a San Sebastián, donde habitualmente vivían mis padres. Y en San Sebastián transcurrió toda mi infancia.

Mi padre se llamaba Luis Múgica Leceta. Aunque de origen humilde (mi abuelo Múgica era carpintero) mi padre logró crear una empresa industrial que hoy día tiene cierta importancia.

Mi madre se llamaba Ignacia Celaya Cendoya. Los Celaya-Cendoya dieron siempre en médicos, músicos y aventureros. Y así, aunque procedían de una clase más alta que los Múgica, fueron declinando.

Mi nombre completo es Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta, y con mi apellido civil (Rafael Múgica) firmé mis primeros libros. Después, cuando ya trabajaba en la empresa familiar, el Consejo de Administración me advirtió que eso de que un ingeniero-gerente escribiera versos "podía perjudicar al crédito de la empresa". Recurrí entonces a mi segundo nombre y mi segundo apellido. Y así nació "Gabriel Celaya".

Más tarde, en mi deseo de romper con todo el pasado, y como me parecía haber logrado un estilo que así lo demostraba, publiqué algunos libros firmando con mi tercer nombre y mi tercer apellido: "Juan de Leceta". Y aunque luego renuncié a ese heterónimo y no seudónimo pues señala un cambio radical en mi vida -- creo que que el "estilo Leceta" se halla latente en todo lo que después he seguido firmando "Gabriel Celaya".

Estudié en el Colegio de El Pilar de San Sebastián. Y, al revés que los genios, siempre fui un primero de clase. Creo que esto se debía, más que a mis dotes, a que era un niño tímido, consecuentemente orgulloso, y libresco.

A los doce años, caí enfermo. Tenía fiebre, y ningún médico entendía la causa. Después de muchas consultas, análisis y rayos X, se decidió que debía suspender mis estudios y cambiar de clima.

Así comenzó un período de mi vida que nunca he logrado entender bien. Alejado de la casa familiar, separado de mi padre y mis hermanas, sin contacto con ningún chico de mi edad, viví muchos meses solo como mi madre en un hotel de Pau (Francia). Después, mi madre alquiló una villa en El Escorial. Allí por lo menos vinieron mis hermanas. Pero yo seguía enclaustrado entre médicos y enfermeras, y sometido a un reglamentado régimen de archicuidados, y sin amigos de mi edad. Estoy seguro de que todo ello estuvo dictado por el cuidado que merecía mi preciosísima persona de último y único representante de la familia Múgica, pero, al margen de que nunca se me diagnosticó ninguna enfermedad concreta, estoy seguro también de que aquel régimen fue fatal para mi salud psíquica. Y naturalmente, empecé a escribir frenéticamente. En 1925, no sé por qué, se me dio por curado, como antes, de un modo no menos fantástico se me había dado por enfermo, y me devolvieron a mi casa de San Sebastián, después de dos años de ausencia. Mis padres decidieron que en lo sucesivo, en lugar de volver a al Colegio del Pilar, estudiaría como "libre" en el Instituto. Recuperé los dos años de Bachiller que había perdido, y en 1927 ya tenía el título sin retraso de edad. Porque, como he dicho, siempre fui totalmente estudioso. Cuando terminé el Bachiller, mis padres daban por descontado que yo estaba llamado a ser ingeniero industrial y, después, director de la empresa familiar. Yo quería estudiar Filosofía y Letras, pero me dijeron que si no me gustaba la carrera de ingeniero, podía incorporarme inmediatamente a la empresa. La práctica me enseñaría a ser un hombre de negocios. Al fin y al cabo ni mi abuelo ni mi padre habían tenido carrera. Ante esto, escogí la carrera de Ingeniero; es decir, Madrid, el mundo abierto.

Felizmente, mi padre (que era de ideas liberales) me llevó a vivir a la Residencia de Estudiantes de la calle Pinar, y ésta, dado su ambiente, fue decisiva para mi formación. Don Alberto Jiménez Fraud, presidente de la residencia, recibía en su casa a los mejores de la época, y era por eso frecuente para los que vivíamos en la Colina de los Chopos, encontrarnos con Juan Ramón, con Ortega o con Unamuno. Por la Residencia desfilaron también durante mis años de estudiante, Baruzi, Keyserling, Marinetti, Calder, Aragón, Strawinsky, Le Corbussier, Milhaud, Worringer, Jules Romain, Valery y otros muchos que, al margen de sus conferencias, gustaban de charlar con nosotros, jóvenes estudiantes de la FUE, porque eran hombres abiertos y nuestros problemas les interesaban.

Además de mi estancia en la Residencia de Estudiantes durante ocho años, tengo que agradecerle a mi padre el que costeara mis primeras vacaciones (veranos de 1928 y 1929) en Tours (Francia). Mi patrona en Tours era una vieja solterona aristocrática (mademoiselle Olga Prot de Vièville) que me cogió un gran cariño porque mis rebeldías de adolescente le hacían mucha gracia. Me empapó de clásicos franceses, y sobre todo de Pascal (para que recobrara la fe, decía), y además, como ella, de joven, se había educado en Alemania, abrió para mí el mágico mundo de los románticos alemanes. Por otra parte, fue en mis vueltas por las librerías de Tours donde encontré unos libros que me fascinaron: eran los surrealistas.

A estas primeras influencias (pues en el Bachiller no me habían enseñado nada de nada) , tengo que añadir las de Nietzsche y Goethe, que desde mis 17 años fueron, y aún siguen siendo, mis autores predilectos. Y tengo que añadir a esto la influencia de los poetas del 27: Federico García Lorca, y Moreno Villa, tan vinculados a la Residencia; Gerardo Diego, del que mi amigo José Solís había sido discípulo en Gijón; y Jorge Guillén, al que me recitaba de memoria otro compañero de la Resi, José Orbaneja, que, por vallisoletano, conocía personalmente a Guillén. Después descubrí a Rafael Alberti y Pedro Salinas; y más tarde de con Vicente Aleixandre; otra influencia profunda en mí.

Entre 1927 y 1935 cursé la carrera de ingeniero industrial sin dificultades ni suspensos. Es decir, sin alarmas para mi familia. Pero lo que realmente me ocupó y me preocupó durante esos años (y eso sí que debía haber alarmado a los míos) no fue la ingeniería, que despachaba como un asunto de trámite, sino la pintura, en la que fracasé, pese a mi entusiasmo, por falta de preparación técnica, y la literatura, en la que el autodidactismo produce mejores resultados. Pese a todo, aunque en aquella época escribía mucho, nunca intenté publicar ni leí a mis amigos lo que escribía.

Y así, a mediados de 1935, me encontré confinado en San Sebastián y convertido en ingeniero-gerente de la empresa de mi familia. Esa empresa de la que tanto me costó desligarme.

TENTATIVAS

El año 1934 planeé un libro -TENTATIVAS- que tardé once años en dar por terminado, y que publiqué en 1946. TENTATIVAS -un Bindulgsroman, como dicen los alemanes- pretendía ser una síntesis de las etapas por las que había ido pasando en mi formación juvenil.

Todas las demás obras que iba escribiendo (poemas, narraciones, teatro, ensayo) sólo eran para mí afluentes que debían desembarcar en TENTATIVAS. Quizá por eso nunca intenté publicar nada cuando era joven. TENTATIVAS era mi libro: El Libro (con mayúscula). No un libro de Memorias más o menos confesionales, desde luego; ni tampoco una novela ( la "novela-novela" estaba en descrédito allá por los años treinta). Lo que yo pretendía era resolver mis experiencias personales en figuras arquetípicas, y /trascendiendo el yo) crear mitos en los que mi vida accidental y una Metahistoria, que en realidad era para mí una Historia de la Cultura, se fundieran. Y a veces, tenía la impresión delirante de que ambas (filogenia y ontogenia) coincidían. Escribía entonces: "La persona hace el espíritu contra la naturaleza. Este quehacer es la vida del pneuma: la Historia. Somos animales históricos; en cada uno de nosotros está implícito no sólo nuestro pasado, sino el pasado entero de la humanidad. Tenemos una memoria histórica, y, por lo que pudiéramos llamar ley filogenética del espíritu (la ontogenia del hombre es la Historia de la humanidad), cada hombre revive todas las grandes épocas de la Cultura. Aun cuando no lo haga de un modo expreso y consciente, no por eso es menos cierto que su actuación más modesta presupone todos los logros del pasado histórico"-- "Cómo la Historia se hace en nosotros y cómo nosotros hacemos la Historia es nuestra aventura esencial. La historia de cada hombre es la Historia del Hombre. Lo que no es experiencia arquetípica es anécdota sin importancia. Y esto es lo más auténtico, aunque no lo más íntimo, porque lo más personal es lo sobreindividual."

En un principio, TENTATIVAS sólo constaba de cuatro fábulas: Las que, con muy pocas modificaciones, titulé en la edición definitiva: "Orfeo", "El Río", "El Jardín" y "Los Bárbaros". Pero con los años, el proyecto se fue complicando, y las cuatro fábulas primitivas se convirtieron en doce que dispuse triádicamente en cuatro ciclos: "Tentativas trágicas", "Tentativas románticas", "Tentativas lúdicas" y "Tentativas históricas". Cada uno de estos ciclos iba abierto por un planteamiento que rompía las síntesis de los precedentes ciclos.

TENTATIVAS se había convertido para mí en una obsesión, y creo que con el sistematismo que fui imponiéndole, estropeé el libro. Por eso, cuando la editorial Seix Barral me propuso su reedición (1972), indiqué que sería mejor reducir a seis las doce fábulas de la primera edición. Pero ellos optaron por dar una edición íntegra. Es indudable que si las circunstancias históricas en que me tocó vivir hubieran sido diferentes, TENTATIVAS no hubiera padecido la superfetación que ahora lamento. Sírvame pues de disculpa recordar cuales fueron ésas circunstancias: En 1939, al terminar la Guerra Española, todos los amigos-poetas mayores o menores que me habían acompañado en mi juventud habían desaparecido de mi horizonte. Y yo estaba en mi fábrica, más solo que nunca, y menos dispuesto que nunca a publicar, pues nada entendíadel clima intelectual-literario que entonces reinaba. ¿Qué podría hacer entonces sino encarnecerme en TENTATIVAS? Su idea esencial (el cultivo de una personalidad prototípica), normal en un adolescente, empezó a convertirse en lo que para un hombre de mi edad ya era una deformación intelectual, por no decir en una evasión o una elucubración gratuita. No traicionaba la idea de TENTATIVAS pero sí mi verdad y mi vida, cuando es ese libro escribía pragmáticamente:

"El espíritu es creador; el espíritu es libre. Si sólo fuéramos criaturas naturales estaríamos condicionados por nuestra psicofisiología, nuestras circunstancias y nuestro pasado, de un modo casi fatal. Pero podemos modificar todo esto, interpretándolo, no para falsearlo, sino para realizar en ello nuestro sentido. Esta es la transformación de la vida en Historia: La obra del espíritu. Ciertamente, estamos determinados por nuestro pasado y nada parece más insoslayable que el pasado. Sin embargo, podemos modificarlo. Ya el recordar no es meramente reproducir el pasado, sino crear con él una imagen más decisiva para nuestra conformación actual que los hechos brutos tal como ocurrieron. Tenemos siempre mala memoria, olvidamos unas cosas y deformamos otras, y esto quiere decir que la memoria es una función poética, creadora, que nos permite escapar al encadenamiento mecánico de causas y efectos. Inventamos nuestro pasado con vistas a un futuro y, de este modo, hacemos éste posible. Si no tuviéramos esa posibilidad, ¿qué esperanza nos quedaría? No seríamos más que la consecuencia de nuestro pasado y de nuestras circunstancias. No habría para nosotros verdadera libertad. Pero podemos transformarlo todo, hasta el pasado. No en tanto que es lo ya vivido (esto es imposible, naturalmente) pero sí en tanto que el pasado vive aún en nosotros germinalmente. El mundo del espíritu no es un mundo causal, como el de la naturaleza física, sino un mundo teleológico: Un mundo con fines que crea la realidad hacia atrás."

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"Sólo somos hombres, verdaderamente hombres, en tanto que vivimos inventándonos a nosotros mismo, realizando nuestro personaje o, mejor, nuestro personangel. Las TENTATIVAS no deben ser una obra que yo hago, sino la obra con que me hago yo. Este autoengendrarse del espíritu en la materia plástica de la vida será su tema y a la vez su resultado: Una perpetua transformación, la imposibilidad de todas las fórmulas. Porque el pneuma es soplo, aliento, y no existe sino en tanto que actúa. No podemos contemplarlo pasivamente. Conocerlo es realizarlo, vivir su perpetuo quehacer."

Quizá el lector no comprenda por qué insisto tanto en hablar de un libro tan olvidado como TENTATIVAS. Pero TENTATIVAS no sólo representa una larga época de mi vida (la de mi enclaustramiento) sino que contiene en síntesis, toda una poesía de mejor fortuna: la que yo daba entonces por marginal. Además, sólo después del fracaso de TENTATIVAS, era posible lo que más tarde aventuré.

Según mi primera idea, TENTATIVAS era un libro que no podía acabar sino con mi vida: "TENTATIVAS es un libro que no puede terminar nunca. Su lema es: "Atrévete a equivocarte." Si algún día dejamos de buscar y acabamos por no querer sino lo que ya somos, será señal de que estamos maduros para la muerte. La muerte no nos parecerá entonces horrible, porque no será un accidente que interrumpe nuestra vida (lo contrario que ella), sino un cumplimiento, un acto también vital. Pero, a pesar de todo, será señal de nuestro fin: Morimos cuando estamos satisfechos de nosotros mismos; cuanto la obra recobra sobre su autor y este pierde su plasticidad; cuando ya no podemos equivocarnos no por tanto vivir."

Pero en este proyecto (TENTATIVAS), por abierto que se pretendiera, había algo falso. Como había algo falso en mi trabajo de ingeniero sin vocación, y en mi postiza vida de burgués, y en mi actividad de escritor que no publicaba. Y contra este malestar, que yo trataba de domeñar con fórmulas intelectuales y voluntades goethianas de orden y acomodación, mi cuerpo dijo su palabra. Y caí enfermo, como a los doce años, sin que nadie supiera explicar cuál era mi enfermedad. Evidentemente, era de origen psíquico, aunque no lo pareciera. Pero eso no me salvó de tres meses de cama, con fiebre (siempre la fiebre) y de un derrumbamiento que daba por definitivo. Fue precisamente porque lo creía definitivo, y porque nunca he estado tan cerca de un suicidio, que quería bien planeado y no arrebatado, por lo que me decidí a publicar TENTATIVAS, que daba entonces por mi testamento.

 

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NORTE

En octubre de 1946 (el 8 de octubre, fecha importante par mí) conocí a Amparitxu Gastón. Nos entendimos enseguida; nos quisimos muy pronto; y esto fue para mí la resurrección. Salía, con su ayuda y su apoyo, del mundo elucubrante de TENTATIVAS a la difícil y sabrosa realidad. Y así, sin pensarlo demasiado, decidimos fundar una colección de poesía: NORTE. Y montamos una pequeña oficina en un rincón de la Parte Vieja donostiarra: Juan de Bilbao, 4, 3º.

NORTE, según pensábamos Amparitxu y yo en aquel momento, debía ser un puente tendido por encima de la "poesía oficial" hacia los entonces olvidados poetas del 27, hacia la España peregrina, y hacia la poesía europea de la que el autarquismo cultural, y la dificultad de hacerse con libros extranjeros, nos tenía separados desde el fin de nuestra guerra. Por eso publicamos, entre los extranjeros, a Rilke, Rimbaud, Blake, Eluard, Lanza del Vasto, Sereni, Mario Luzi etc. Y entre los españoles, a Leopoldo de Luis, Labordeta, Cela, Cremer, Bleiberg, Ricardo Molina y otros. Lo que nosotros queríamos era romper un cerco: El estúpido cerco de la "poesía oficial". Y si después, con las visitas de Virgilio Garrote, Jorge Semprún, Eugenio de Nora y Blas de Otero, fuimos convirtiéndonos en uno de los primeros nidos de la "poesía social" fue porque el desarrollo de nuestra poesía así lo demandaba.

Personalmente yo estaba aún lleno de dudas. Había pasado por posiciones existencialistas (las de los poemas que firmé "Juan de Leceta": "Avisos", "Tranquilamente hablando", "Las cosas como son"), y me parecía que apear el lenguaje, hablar de lo que todo el mundo habla en la calle, y emplear, si era necesario, un sorpresivo lenguaje directo, prosaico, y conversacional podría salvar la poesía del aislamiento en que estaba quedando con su irse por las nubes y no tratar de lo que a todo el mundo realmente le preocupaba. Pero, naturalmente, era imposible hablar de lo que la gente decía en la calle, sin incidir en la política. Es decir, sin tomar partido y "comprometerse", como rezaba la fórmula de la época.

Esta situación me llevó a escribir la cantata "Lo demás es silencio" publicada en 1952. En esta cantata, un Protagonista (el viejo existencialista que yo había sido) se enfrentaba dialécticamente con un Mensajero (un marxista rígidamente staliniano), teniendo por fondo un indeciso Coro o Pueblo-Mar (los vencidos, los mudos, a los que según mi entender el poeta estaba obligado a dar voz).

Cuando publiqué "Cantos Iberos" (1954) había ya clarificado cuanto aparecía suficientemente insinuado en mi poemas anteriores; y muy concretamente en el texto que puse al frente de los poemas seleccionados en la "Antología Consultada" (1952). Decía así (y aunque este texto ha sido muchas veces mal entendido, no le añadiré apostillas que podrían parecer rectificaciones, entre otras cosas porque su sentido es inseparable de la época en que lo escribí):

Poesía eres tú

"Cantemos como quien respira. Hablemos de lo que cada día nos ocupa. No hagamos poesía como quien se va al quinto cielo o como quien posa para la posteridad. La poesía no es (no puede ser) intemporal o, como suele decirse un poco alegremente, eterna. Hay que apostar al "ahora o nunca"."

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"Hay quien reza beato: tiempo al tiempo; y hay quien exige nervioso: cada cosa a su tiempo. Aquéllos, perfectistas, estiman en cada obra poética su mayor o menor aproximación a un valor absoluto e inmóvil que llaman Belleza. Éstos, temporalistas, sólo ven en esas obras unos testimonios que, por humanos, son inseparables de un aquí y un ahora. Yo soy de estos. Creo que la Belleza es un ídolo metafísico. La eficacia expresiva me parece más importante que la perfección estética."

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"La poesía no es un fin en sí. La poesía es un instrumento, entre otros, para transformar el mundo. No busca una posteridad de admiradores. Busca un porvenir en el que, consumada, dejará de ser lo que hoy es."

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"Nada de lo que es humano debe quedar fuera de nuestra obra. En el poema debe haber barro, con perdón de los poetas poetísimos. Debe haber ideas, aunque otra cosa crean los poetas acéfalos. Debe haber calor animal. Y debe haber retórica, descripciones y argumentos, y hasta política. Un poema es una integración y no ese residuo que queda cuando en nombre de "lo puro", "lo externo" o "lo bello", se practica un sistema de exclusiones.

La Poesía no es neutral. Ningún hombre puede ser hoy neutral. Y un poeta es por de pronto un hombre."

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"La poesía es "un modo de hablar". Pero expresar no es dejar ahí, proyectada en un objeto fijo (poema o libro), la propia intimidad. No es convertir en "cosa" una interioridad, sino dirigirse a otro a través de la cosa-poema o la cosa-libro.
La poesía no está encerrada y enjaulada en los poemas. Pasa a través de éstos como una corriente y consiste precisamente en ese pasar transindividual, en ese ser del creador y el receptor uno para el otro y en el otro, en ese contacto y casi cortocircuito entre dos hombres que, más allá de cuanto pueda explicitarse, vibran a una. El cortocircuito quema y deja en nada la materia verbal.

***

"Nuestra Poesía no es nuestra. La hacen a través nuestro mil asistencias, unas veces agradecidas, otras, inadvertidas. Nuestra deuda (la deuda de todos y de cada uno) es tan inmensa que mueve a rubor. Aunque, nuestro señor, yo tienda a olvidarlo, trabajamos en equipo con cuantos nos precedieron y nos acompañan.

Estamos "obligados" a los otros. Y no sólo porque hemos recibido en depósito un legado que nos trasciende, sino también porque el poeta siente como suya la palpitación de cuanto calla, y la hace ser (debe hacerla ser) diciéndola. Esta es precisamente su misión. No expresarse a sí mismo sino mantenerse fiel a esas voces más vastas que buscan en él la articulación y el verso, la expresión que le dé a luz.

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"Nuestros hermanos mayores escribían para "la inmensa minoría". Pero hoy estamos ante un nuevo tipo de receptores expectantes. y nada me parece tan importante en la lírica reciente como ese desentenderse de las minorías y, siempre de espaldas a la pequeña burguesía semi-culta, ese buscar contacto con unas desatendidas capas sociales que golpean urgentemente nuestra conciencia llamando a vida. Los poetas deben prestar voz a esa sorda demanda. En la medida en que lo hagan "crearán" su público, y algo más que un público."

Estas aseveraciones de la "Antología Consultada" pecaban, en parte, de exageradas, Pero es comprensible que así fuera si se tiene en cuenta que fueron escritas en un álgido momento de combate. Por eso después de meditar sobre lo que en ellas pudiera haber de utópico, escribí en el prólogo de "Poesía Urgente" (1960):

"El acceso a esa "inmensa minoría", sin la cual nuestra poesía no será nada, salvo bizantinismo, no puede lograrse con una revolución literaria. Los recursos técnicos, y en especial la posibilidad de hacer audibles y no sólo legibles nuestros versos, gracias a medios como el micro, el altavoz, lar radio etc. son sumamente importantes y están llamados a revolucionar una literatura que venimos concibiendo desde el Renacimiento bajo el signo de la imprenta, que es como decir, de la lectura a solas. Pero hay algo aún más importante. Se trata del acceso a la cultura de capas sociales que hasta hace poco han vivido en estado de pura naturaleza, pero que ya empiezan a llamar sordamente pidiendo otra vida. Sólo en la medida en que el poeta sepa responder a esta demanda, logrará crear un público, y algo más que un público. Pero sería ilusorio confiar sólo en los recursos literarios. Para salvar la Poesía, como para salvar cuanto somos, lo que hay que trasformar es la sociedad. Y a esto debemos consagrarnos con todo y, por de pronto, si damos en poetas, con la poesía como arma cargada de futuro."

Si el lector presta atención a los últimos textos que he citado, advertirá cómo, pese a diferencias aparentes, no hacen sino repetir algunas ideas de "Tentativas", obsesivas en mí por lo visto: La inoperancia del yo, la asunción de toda la humanidad en cada hombre singular. Creo que esto aparece bien manifiesto en el prólogo titulado "Nadie es nadie" que puse a mi libro "Paz y Concierto" (1953). Decía en él:

"Vivimos unos por otros, unos con otros, todos para un conjunto que se nos escapa entre los dedos cuando tratamos de apresarlo; nadie para sí mismo pues que, cuando se mete en su soledad, se siente más que nunca habitado por presencias que son suyas mas no son él. ¿Hay que denunciarlo? El yo no existe. El yo es un encantamiento: Un aparato fácilmente manejable al que todos nuestros muertos recurren para ser de algún modo; un sistma tan milagrosa y provisionalmente oscilante que un cambio atmosférico, una palabra que nos dicen en voz baja, una emoción, una droga (quizá una película de actualidad, seguramente mala, pero siempre impresionante) alteran hasta extremos imprevisibles. Y sin embargo, aunque uno no es nada, debe responder de todo: del mundo entero y de todos los hombres, secreta o patentemente, que fueron y han de venir, son ya en nosotros coleando o germinando. Porque todo (lo vivo y lo muerto, lo animado y lo inanimado, lo alto y lo bajo, lo futuro o fuera del tiempo y lo preciosamente efímero expuesto como un escándalo en los escaparates de lo instantáneo) está buscando en cada uno de nosotros su salvación, y está así haciéndonos ser como somos más de lo que sabemos, ser anteriores a nuestra historia y a nuestra conciencia, ser sin consecuencia previsible lo que cambiando hace como que se repite pero es una invención permanente, ser por archiviejos o archinuevos más allá de nosotros mismos."

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"Repitámoslo. Recémoslo: Nadie es nadie. Busquemos nuestra salvación en la obra común. Pesemos nuestra responsabilidad. Sintamos cómo al replegarnos sobre nosotros mismos nuestra inanidad nos angustia, y cómo al entregarnos, al ser para los otros, al ser en los otros y al participar a compás en la edificación general del futuro, el corazón se nos ensancha, el pulso nos trabaja, la vida canta y somos por fin, a todo voltaje, hombres enteros y verdaderos. Salvémonos así, aquí, ahora mismo, en la acción que nos conjunta. No seamos poetas que aúllan como perros solitarios en la noche del crimen. Carguemos con el fardo y echémonos animosamente a los caminos matinales que ilumina la esperanza."

Y así me eché yo, efectivamente, siempre con Amparitxu a mi lado, cuando en 1956, ahorqué mis hábitos de ingeniero burgués, abandoné la fábrica de mi familia y me trasladé a Madrid, con el cielo arriba y la tierra abajo, como suele decirse. Eran los años en que la poesía social estaba en auge. Los años en que mis libros más considerados estuvieron: Los años de lucha y vida furiosa en que Amparitxu tanto me sostuvo. Y aunque fueron también los años de multas, cárcel, persecuciones y dificultades económicas son los que siempre añoraré. Porque entonces parecía que uno servía para algo.

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ÚLTIMA HORA

En los primeros años del sesenta, la llamada "poesía social" entró en crisis. Creo que esto se debía, más que al agotamiento de sus posibilidades, a la increíble difusión que logró pese a los malos auspicios con que había nacido. Al cansancio que produce cualquier corriente literaria dominante y a la proliferación de epígonos que, como ocurre siempre, acabaron por convertir en un cliché lo que había comenzado como un deslumbrante descubrimiento, debe añadirse que el clima de furor y esperanza en que había nacido la primera poesía social se había ido extinguiendo con el paso de unos años en los que no se produjo más cambio que el de una derivación de nuestro país hacia una incipiente sociedad de consumo. Una vez más pudo comprobarse cómo las superestructuras culturales dependen de la base socio-económica en que se producen. Así vimos cómo unos poetas que seguían creyéndose rebeldes al establishment fueron volviéndose acomodaticios.

En aquellas circunstancias, me pareció que era necesario volver a mis primeros principios y a las originarias e imborrables imágenes arquitípicas de que había partido en mi juventud. Sólo volviendo a empezar por donde antes había empezado, y no tratando de alargar una línea de marcha ya trazada, podría encontrar un nuevo camino y una nueva salida. Así, en 1962 publiqué "Mazorcas"; dos años más tarde su concomitante "La linterna sorda"; y (siempre obsesionado por un retorno a mis orígenes) di a la imprenta un libro escrito en 1934 ("Los poemas de Rafael Múgica") que conservaba inéditos, como aún conservo muchos de esa época: la que suelo llamar de "Rafael Múgica", es decir, anterior a 1936.

Muy pronto el neo-vanguardismo, que ya se respiraba en el aire, proliferó, y se manifestó en todo lo que, bajo sus apariencias de experimentalismo renovador, tiene de reaccionario y neo-capitalista. Y empecé a sentirme desconcertado.

Intenté una nueva puesta a punto de la poesía social aplicando ésta a la problemática de mi Euzkadi natal mediante una combinación de sus viejas leyendas con su actual efervescencia revolucionaria. Pero esto no podía tener un verdadero sentido mientras no me expresara en euskera, como lo hacía de niño, cuando aún no sabía el castellano. No obstante, tanto "Rapsodia euskara" como "Baladas y decires vascos" son dos libros nacidos de mi más profundo sentir.

Intenté después el realismo mágico con "Los espejos transparentes" (1968), añadiendo algunas incidencias sociales a lo que el fondo seguía siendo un neo-vanguardismo. Intenté el experimentalismo a ultranza y la poesía concreta con "Campos semánticos", escrito un poco al margen de mi ensayo "Inquisición de la Poesía" (1972), que es algo así como un examen de conciencia y n estudio de las posibilidades de la poesía. Intenté entrar en el jazz, que me apasiona, con "Música de baile" (1967); y en una comprensión de la nueva juventud con "Operaciones poéticas" (1971). Pero nada de esto me satisfacía.

La mejor expresión del problema que me preocupaba es "El Derecho y el Revés" (publicado bajo el título "Dos Cantatas", en 1963, y reeditado en 1973 por "Ocnos"). Si en "Lo demás es silencio" (1952) me planteaba un conflicto interior entre el existencialismo y el marxismo ahora, dentro de mí, enfrentaba al ingeniero y al mono o, digamos, a Prometeo y Epimeteo, al extrovertido y al introvertido, al activista y al quietista, o, como diría Koestler, al comisario y al yoghi. Y si la ruptura con el existencialismo fue para mí tan difícil y dolorosa, por no decir tan incompleta, como lo había sido antes mi ruptura con el surrealismo, entendido como una concepción del mundo y no como una bisutería literaria, "a la española", la separación del marxismo ortodoxo y militante supuso en mi vida un trauma no menos grave.

Cuando uno llega a mi edad resulta difícil superar ciertas desilusiones. Y aún cuando uno cree que explica quizá no haga más que racionalizar fallos vitales. No obstante puede que eso sea más honesto que explotar posiciones adquiridas.

En 1969 publiqué "Lírica de Cámara"; y en 1973, "Función de Uno, Equis, Ene." ¿A qué apuntan estos libros? Al decepcionante reconocimiento de que el hombre no responde a los modelos humanistas que, desde el clásico hasta el prometeico-marxista, se nos han dado. Más allá de cualquier transfiguración, racionalización, revolución o transformación posible, "Lírica de Cámara" gira en torno a la constatación de que, como la Física Nuclear nos muestra, estamos sumidos en un mundo de estructuras que funcionan al margen de cuanto humanamente podemos comprender. Lo que llamamos "personalidad" (y no digamos individualidad o subjetividad) es una fantasmagoría sin sentido último. Y esta es la cuestión a la que se aplican también los poemas de mi libro "Función de Uno, Equis, Ene", en donde "Uno" es el yo aislado; "Ene", los otros o el colectivo y "Equis", un implacable e incomprensible orden que se rige según leyes o reglamentos no humanos: El del universo formado por unas micro y macro estructuras en las que nosotros desaparecemos, sin ser siquiera advertidos. Pues nuestras fabulaciones, personalidades, ideas o culturas históricas no responden a nada real. Quizá sólo el conflicto entre lo que llamamos mundo exterior y el Ello, entendido éste como un mundo de las pulsiones e instintos impersonales que nos identifican con la materia inorgánica, pueda explicar nuestras absurdas construcciones psíquico-ideológicas. Pero a fin de cuentas no tiene importancia. Siempre viviremos gobernados por algo que escapa a nuestra conciencia.

Todos nuestros heroicos combates y nuestros sabios debates parecen entonces una burla. "La corta tragedia (escribía Nietzsche en "La Gaya Ciencia") ha acabado siempre por servir a la eterna comedia de la existencia y "la mar de sonrisa innumerable" (por decirlo con Esquilo) acabará por cubrir con sus olas la mayor parte de esas tragedias".

Por eso, en cabeza de mi último libro de poemas ("La Higa de Arbigorriya") he puesto esta cita de Dostoievsky: "Pensé: Ha llegado el momento de tirarles una botella a la cabeza. Cogí la botella, y... me serví una copa."

Todo parece terminar así en una enorme carcajada. Y sin embargo, ¿por qué se muere uno más tranquilo cuando ha hecho todo lo que estaba a su alcance? Quizá se deba esto a una huella mnémica de nuestros milenios culturales. O quizá todo lo que últimamente he escrito se deba al agotamiento del pequeño sistema en que estoy constituido. Y quizá otros puedan vivir la aventura como si fuera nueva. Quizá. Ojalá. Pero hoy, si a mí me pidieran que resumiera mi vida, ofrecería este poema:

 

Biografía

                           No cojas la cuchara con la mano izquierda.
                           No pongas los codos en la mesa.
                           Dobla bien la servilleta.
                           Eso, para empezar.

                           Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
                           ¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
                           Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
                           Eso, para seguir.

                           ¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?
                           La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
                           Si sigues con esa chica, te cerraremos las puertas.
                           Eso, para vivir.

                           No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
                           No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
                           ¡Ay sí, no respirar! Dar el no a todos los nos.
                           Y descansar: Morir.

 

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