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La muerte de Allen Ginsberg

La muerte de Allen Ginsberg


 

Por Raúl Henao

 

Un superficial, controvertible comentario de prensa –casi prehistórico por su humor y contenido-  publicado en un periódico local por uno de nuestros poetas yuppis o vedettes, es todo  cuanto ha merecido en estas latitudes la noticia de la muerte de Allen Ginsberg.

Sin embargo, a rajatabla o regañadientes, habría que admitir al respecto, que dicha superficialidad o incomprensión conforma al rasero común de la generalidad de los juicios  formulados sobre las grandes figuras  de la contracultura moderna por quienes les preceden en estas dos últimas décadas y que incapaces de emularlos en alguna medida, optan por rebajarlos a su estatura anodina, restándoles toda importancia o significado en el ámbito de la llamada postmodernidad.

Allen Ginsberg, aparte de ser uno de los poetas más representativos  de la generación beatnik o hipster (años 1951 a 969) llegaría a constituirse en una relevante, carismática,  figura pública, en un admirable excepcional luchador en favor de la libertad de expresión, de la libertad de conciencia,  de la libertad humana en general… aun en aquellos aspectos que la sociedad, prejuiciosamente, señala como ilícitos o prohibidos, pero que por eso mismo afloran en todas partes y están a la orden del día en las más disímiles manifestaciones del devenir histórico y social.

Que el amor –así pensaba Allen  Ginsberg- precisamente cuando se trata de un sentimiento  auténtico y sincero, no tiene límites de sexo, raza, religión o nacionalidad… O que las denominadas  “drogas alucinógenas”  tales como la cannabis índica y sativa (el hachís y la marihuana), la mescalina, la psilocibina o ciertos alcaloides, componentes químicos de algunas plantas, cactus y hongos no comestibles que la humanidad ha venido usando desde tiempos inmemoriales , pueden –opcionalmente- considerarse como medios alternativos o heterodoxos  de placer, curación, conocimiento y  expansión de la mente humana –a pesar del riesgo que encierra su abuso o adición- es algo que el mundo actual se niega reiteradamente a aceptar porque esa sola posibilidad pondría en evidencia el ilusorio equilibrio de la sociedad capitalista y mercantilista moderna, cuya única meta o ideal es Moloch, el becerro de oro bíblico , la consecución del “lucro inmundo”  como lo califica Norman  O. Brown en su libro Eros y Tanatos, genial sicoanálisis  del espíritu (y sentido) de la sociedad norteamericana : modelo de vida reformista y puritano que se pretende imponer  de manera policíaca y represiva a la totalidad  del planeta.

Por haber incursionado en temas semejantes, tanto en su obra como en la vida pública, Allen Ginsberg alcanzaría una rápida notoriedad  en los medios de comunicación  internacionales de los años 50 y 60, en esos mismos medios publicitarios donde, paradójicamente, se intentaría más adelante, tergiversarlo y desacreditarlo presentándolo como un exhibicionista  o payaso, cuando no como un homosexual relapso y extravagante… Imagen distorsionada  que corroboraría  aparentemente  el malestar que produjo en los círculos progresistas  de izquierda su expulsión de la Cuba castrista y de la Checoslovaquia prosoviética… en momentos en los que cuestionar la validez del  comunismo estalinista era visto como un error capital, un acto reaccionario de la peor naturaleza.

Ginsberg mismo, consignaría su testimonio personal acerca de estos confusos incidentes:

“La gente me preguntaba qué pensaba, por lo tanto se los dije.  Hablé de los valores superiores: el sentido de una nueva conciencia que parece estar inquientando a la juventud de todos los países, la revolución sexual, la expansión de la conciencia perseptiva, el rechazo de toda ideología. El contacto directo (alma con alma, cuerpo con cuerpo), la tolerancia de Dostoievsky y la visión de Blake, los mantras budistas (que se ocupan principalmente de la conciencia hasta llegar a la conciencia total).  No tengo ningún tipo de ideología formal,  sino un pensamiento y acción concretos, distintos de la rigidez intelectual del consumismo; estas son las ideas que presento  a la gente para hacerlos pensar sobre sí mismos”  (USA, ¿Revolución cultural? – R. Kostelanetz, pág. 265).

Allen Ginsberg, parece entonces, a la claridad que nos proporciona el inicio del nuevo milenio, más interesado en “cambiar la vida que en “transformar el mundo”, según reza la famosa enseña que los surrealistas franceses hicieron suya en un intento desesperado de conjuntar la realidad y la utopía.  Lo que él busca es una transformación de la conciencia y la sensibilidad contemporánea, un cambio en los hábitos y costumbres, una mayor comprensión y tolerancia social, una intensificación de la vida experimentada como  éxtasis, embriaguez o locura pero nunca como algo tedioso, que se padece y soporta como una enfermedad incurable.

Hay en el poeta norteamericano el propósito de situarse en la línmea bardica de los antiguos rapsodas galeses e irlandeses que eran sacerdotes y cantores, predicadores y hombres públicos a la vez.  Una manera de entender la poesía (y al poeta) que todavía pervive hasta Dylan Thomas,  en el contexto cultural  anglosajón, pero que se ha perdido completamente en la tradición francesa o española (a nosotros –por ejemplo-  nos resulta imposible o francamente ridículo imaginar a Mario Rivero, por no decir que a Dario Ruiz, bailando al sonido de unos címbalos –o siquiera de un acordeón- en las calles de Bogotá o Medellín, como se cuenta que lo hizo Ginsberg en las calles de Praga o la Habana.

Para Ginsberg, en un sentido literal, la poesía debe volver a religarse a la vida cotidiana, actitud que comparte con la generalidad de los poetas de la generación beatnik y hipster.  Sus “guías espirituales” son, por un lado,  William Blake (al que Robert  Graves considera como el restaurador de la tradición bárdica en Inglaterra), Walt Whitman y Henry  D. Thoreau, que al igual que Ralph W. Emerson y los Trascendentalistas de Boston, se remiten continuamente a los grandes libros sagrados de la India, más que a las escrituras cristianas o judías (recuérdese al respecto que en alguna parte Ginsberg se define como un “judio budista”).  Todo esto en abierta contraposición a la corriente academicista, sholar  norteamericana; que proviene en línea directa del culto a la obra formalista abstraccionista de T.S. Elliot y sus continuadores Ramson o Tate… y tuvo una vigencia absoluta, hegemónica, durante el período siguiente a la segunda guerra europea.

Resulta significativo constatar la  persistente fascinación e influencia que ejercen el pensamiento y las religiones del Cercano y Lejano Oriente, sobre la filosofía y las letras inglesas y norteamericanas, corroborando aquella evidencia histórica que señala como una constante la penetración cultural de una raza y nación conquistadora y dominante por parte de la raza o nación vencida.  Dos siglos de dominio colonial inglés sobre la India, China y Japón (sin contar la no muy lejana aventura bélica norteamericana en japón y Vietnam) provocaría, en represalia, una irrupción sin precedentes del arte y la cultura de esos países en el ámbito angloamericano.  No se explica entonces que dicha influencia oriental pudiera resultar molesta o improcedente en la obra poética de Ginsberg, Kerouac, Gary Snyder, Michael MacClure y otros poetas de la generación beat… considerada, por otra parte,  la más autóctona  y norteamericana de las corrientes literarias del presente siglo.

De manera que cuando en el célebre Proceso de Chicago  (1969-70) – donde el establishment fundamentalista y autoritario intenta desmantelar de una vez por todas el movimiento libertario  y contracultural de los años sesenta -el juez Julius J. Hoffman (apodado irónicamente Julius el justo) encuentra risible o ridícula  la intervención –como testigo de la defensa- de Allen Ginsberg  desde el momento que éste recita una  salmodia en sánscrito o intenta explicar su significado en el contexto religioso hinduista, este hecho se constituye en un indicio  flagrante y revelador  de loa apartada que se encuentra la actual  clase dirigente y la justicia  de ese país de los valores culturales –como la libertad de opinión política y religiosa- que conformaron originalmente la democracia estadounidense.

Habría que agregar que durante la intervención del testigo-poeta se intenta en todo momento estigmatizarlo  remarcando su condición homosexual.  A este respecto nos dice Jean Pierre Palacio (prologista de la edición española del libro Testimony/Chicago Trialdonde se relatan los incidentes  de ese proceso al “festival de la Vida”):

“El liberalismo acepta que una persona profese una religión oriental, pero que se combine su ascetismo original con un epicureísmo generoso, confiere al que la practica una falta de seriedad que no se perdona” (Testimonio en Chicago, pág. 42)

En suma, Ginberg no sacrifica ningún aspecto de su vida a la creación de su obra, sino que ambas confluyen  en una misma, torrencial –y a veces turbulenta- corriente central.  Es claro que él concibe su poesía en la atmósfera iluminada  de lo que él llama ”la tradición gnóstica” (“todo eso viene d ela tradición gnóstica, de la tradición mística subterránea de Occidente.  Nosotros  no la originamos, sólo la continuamos un poco aquí en Norteamérica.  Sí, ese es el problema.  Porque es saliendo de debajo de la bandera norteamericana y  dirigiéndonos por el caminode Thoreau, como podemos encontrar aquí nuestro propio yo”.  Se trata, pues, de un arte, que a semejanza del “arte hermético” de los alquimistas medievales cambia al hombre que lo ejerce o profesa.  Así lo entiende Bruce Cook –el biógrafo por excelencia de la generación beat –cuando considera el poema titulado The Change (El Cambio) como revelador de la mejor poesía  de Ginsberg.  El mismo Cook  nos dice que el poeta beat a partir de esa etapa consigue reconciliarse con sus fantasmas más íntimos y personales…, aquellos que durante su alucinada  experiencia con el yage, (la ayahuasca de la Amazonía colombo-peruana) se habían materializado en la imagen  terrorífica de “el vomitador” … que por un instante le hace pensar si no se ha perdido  definitivamente en la locura, tal como cuenta en una carta escrita a su amigo, el novelista William S. Burroughs (Cartas del Yagé, pág. 67).

Lo cierto es que quienes conocieron  al poeta hacia el final de su vida nos hablan de su extraordinaria cordialidad y humanidad, de su trato amable y bondadoso.  Aparentemente nada hacia recordar al ángel radical, contestatario de su juventud porque el poeta, al reconciliarse con lo vulgar y cotidiano de la condición humana,  -como antes le aconteciera a Walt Whitman, que veía el milagro del mundo resumido en una brizna de  de hierba- había terminado por reconciliarse con su propio rostro y cuerpo mortal (“una gran cantidad de santos  de la india me señalaron el cuerpo, buscar en el cuerpo y no fuera de la figura humana”)… Con ese cuerpo que él odiaba porque le recordaba el cuerpo sudoroso, lacerado, desnudo de su madre psicótica.  “Su propio corazón es su gurú, le había dicho finalmente uno de sus maestros hindúes. Paz a sus cenizas.

 

Última actualización: 04/07/2018