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Las claves visionarias

Las claves visionarias



Fotografía © Biblioteca Cervantes

Por Marcelo Coddou
(Universidad de Chile)

"Prisioneros de sus sentimientos, cantaron un solo canto durante toda su vida", ha escrito Karl Vossler a propósito de Hölderlin y Leopardi. Afirmación es ésta que puede extenderse plenamente a lo que, hasta ahora, ha escrito Gonzalo Rojas: la estructura fundamental de su obra parece fundarse en una oposición clave, VIDA/MUERTE, en que cada término -y la oposición misma- conllevan múltiples valencias, pero cuyos sentimientos e intuición poética básicos no varían sino que van afirmándose -haciéndose, así, cabalmente precisos-, en tanto para su expresión el poeta encuentra la palabra más justa.

El objeto del pensamiento poético de Gonzalo Rojas -su "clave visionaria", de abolengo pascaliano-, es el hombre y su destino, el hombre y su miseria. Claves temáticas e impulsos del quehacer de su poesía los constituye: una preocupación agónica por la existencia humana en todas sus direcciones; la angustia, en cifra quevediana, del tiempo, un sentimiento, religioso, del Ser vivido en su aspiración de trascendencia; el ámbito histórico concreto del desenvolvimiento del hombre. Líneas problemáticas que, desde el romanticismo (y no dejemos de anotar que Octavio Paz supo apreciar con lucidez que la herencia a que se acoge Gonzalo Rojas es la romántica), se presentan tanto en la poesía moderna como en el existencialismo filosófico, de los que son sus orientaciones cardinales.

De allí que Gonzalo Rojas no haya sentido que su obra inicial pueda quedar marginada de lo que estima sus logros más significativos, que aparecen, insistentemente, una y otra vez, de volumen a volumen; a veces, con modificaciones importantes (pero, ¿es que no ha dicho Borges, con razón, que "el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio"?). Por ello el autor de Del relámpago aclara: "no hay Transtierro en mí si no hay Oscuro en la simultaneidad del oleaje: Contra la muerte ahí, La miseria del hombre".

Precisamente por tratarse de una poesía de extraordinaria coherencia y unidad, es que para su recta lectura se nos exige partir del núcleo que la cohesiona. Y éste es el anhelo de la Totalidad desde la conciencia de la multiplicidad. Es la búsqueda del encuentro de lo Absoluto a partir de la dispersión. El temple de ánimo básico del hablante de los textos de Gonzalo Rojas aparece conformado por un impulso a restablecer un Fundamento cuya presencia aparece perdida en medio de caos. Tal restauración exige del hablante -y, así, del receptor que oye el texto-, un desplazamiento a los instantes genésicos, el reencuentro con momentos fundacionales. Siendo ése el impulso básico, en la estructura poética van mostrándose los conflictos inherentes a su cumplimiento y van reconstituyéndose los determinantes de sus frustraciones. Es así como el obrar poético -y no debe olvidarse que Gonzalo Rojas propicia y practica una "poesía activa"-, se hace instrumento necesario de aprehensión de un sentido, de modo que sus funciones trascienden los niveles meramente reproductivos de la Naturaleza y el Mundo, para alcanzar dimensiones de participación efectiva en el proceso de su conformación. Es lo que debiera reflexionarse como el mejor cumplimiento que la poesía chilena ha dado al "Creacionismo" de Huidobro, apreciado éste en su sentido más profundo y, quizás, menos comprendido.

Al suyo Gonzalo Rojas lo llama "ejercicio ciego pero incesante, larvario, tal vez", y lo ofrece en tres vertientes que, visibles, lo acompañan desde sus inicios: una reflexión poética rigurosa sobre el alcance de lo lírico y su función; una presencia del amor en dimensiones tales que, con razón, ha permitido que se hable de "erotismo místico" cuando se la considera con detención; y un apreciar el quehacer del hombre en la historia y la sociedad. Sus dos libros claves, Oscuro y Del relámpago, aparecerán, así, subdivididos en tres secciones cada uno, de acuerdo con esas orientaciones temáticas; en el libro caraqueño de 1977 ellas son: "Entre el sentido y el sonido", "Que se ama cuando se ama" y "Los días van tan rápidos"; en el volumen mexicano de 1981: "Para órgano", "Las hermosas" y "Torreón del renegado".

Pero cualquier intento de comprenderlos reducidos a compartimentos estancos resultará inválido. El lector debe atender a la compleja relación, siempre tensa, entre esas tres facetas sólo aparentemente diversas de la poesía de Gonzalo Rojas. Tanto es así, que los poemas pueden desplazarse, de libro a libro, entre una y otra sección, "conforme a un proyecto de vasos comunicantes", pues se les distribuye "en la urdimbre de un todo necesario". Ha de entenderse cada unidad como suma contrastada de las diversas preocupaciones y expresiones (en lo que éstas significan de exploración verbal en el ámbito de aquéllas), presentes en Gonzalo Rojas. Y debido al mismo sentido de unidad profunda es que cada uno de sus libros tampoco constituye un mundo cerrado, aparte, sin relación. Representan, por el contrario, y lo repetimos, núcleos de un universo que se ha ido moviendo, sin solución de continuidad, en un solo devenir constante.

Creo que resulta apropiado sostener que la obra de Gonzalo Rojas ofrece como dominante una dimensión metafísica, en la medida en que en ella hay un número significativo de temas problemáticos que sobrepasan el horizonte exclusivamente empírico de la realidad. Reconocido ello -que el cuestionamiento sobre el Ser y la existencia forma el centro medular de su inquirir poético-, no podemos dejar de advertir la preocupación por esa zona constitutiva de la existencia que es el ámbito histórico en que se desenvuelve el hombre, ámbito al que el poeta atiende con hondura y constancia, entregándonos de él una visión la más de las veces desgarrada y otras fortalecida en la confianza de su final redención. La actitud básica que frente a la sociedad asume el sujeto lírico de la poesía de Gonzalo Rojas podría calificarse, adecuadamente, de testimonial: se va dejando constancia tanto de las fracturas que constituyen el drama del vivir concreto del hombre -parte de su miseria-, como de sus inagotables decisiones por superarlas.

José Olivio Jiménez -estudioso que con penetración ha sabido leer al autor de Oscuro-, se ha referido al "poeta crítico moral, denunciativo hasta el dolor o el sarcasmo y comprometido sin consignas con las causas más justas del hombre", presente en la obra de Rojas. En efecto: nadie más lejos que él de ese entusiasmo calculador de la pasión cabalista, como llamaba Fourier (y recuerda Octavio Paz), a ese amor por el poder que nos lleva a formar camarillas y bandos. Será desde esa posición de total libertad, mantenida a todo costo, muchas veces doloroso, que Gonzalo Rojas escriba poemas decisivos en la "literatura política" de nuestra América: "Reversible", "Desde abajo", "Pericoloso", "Cifrado en octubre", "El helicóptero", "Liberación de Galo Gómez", "Octubre ocho", son algunos de los títulos con los que se adhiere a lo más inmediato, a un aquí y a un ahora, de circunstancia concreta, no difícil de identificar para el que quiera textos en que el poeta asume su responsabilidad ante las exigencias de las convulsiones de la sociedad. En nada los desmerece -por el contrario-, que apunten ellos a un designio de delatar la auténtica situación del hombre. Sin ilusionar a su lector -al no conducirlo a ningún tipo de evasión-, quieren ser -son- un modo de tomar conciencia, desnuda, agónica, del ser del hombre. Poesía mediadora entre el mundo y la conciencia, instrumento por el cual expresar -objetivar- una experiencia. Mas respondiendo siempre a las exigencias que al poema le son propias, reclamando respeto por su naturaleza intrínseca. Diríamos: una búsqueda de la mayor proximidad posible entre el signo y el referente significado, entre la palabra y la realidad vivida.

Poesía visionaria la de Gonzalo Rojas: lo mueve una voluntad de representación, de transmitir imágenes. Su impulso icónico condice con una concepción central, suya, de la poesía activa, donde la literatura no se agota en sí misma y, por el contrario, constituye vehículo comunicante, modo de plasmación que remite a instancias que están más allá del texto. Atiende, y esto es ostensible, a lo verbal intrínseco, pero con repudio a cualquier formalismo gratuito. La poesía de Gonzalo Rojas va hacia realidades y evidencias -suyas u objetivas-, de las que ella es signo que alcanza significación en la medida de su fidelidad a lo que significa. De las instancias complejas de la totalidad de lo real, esta poesía quiere transmitir un conocimiento, y lo hace sin prescindir de su subjetividad: por lo menos un movimiento vibrátil emotivo está siempre presente en ella. El desgarro mismo con que frecuentemente el poeta integra sus visiones, parecen serle garantía de la autenticidad buscada. Raro es el texto con predominio de la neutralidad abstracta o de encadenamientos puramente lógicos, de distanciamiento analítico. Las Normalizaciones (fundamentalmente las rítmico-sonoras, pero también las sintácticas) juegan una función que tienden a hacer de sus mensajes una comunicación "poética".

En el entender de Gonzalo Rojas el fenómeno de la comunicación literaria -el de las relaciones entre la obra y el lector-, rechaza las polaridades extremas con que se le ha pretendido concebir a través de la historia y de la crítica literaria. Lejos de aceptar la "gratuidad" absoluta y el hermetismo rebuscado del arte -esa postura autotélica que, fundada en el principio de la inmanencia, confiere a la literatura como única finalidad la de su presencia autosuficiente-, rechaza también cualquier didactismo estrecho que pretenda ver al arte como enseñanza imperativa de los sectores de la realidad que acota. No concibe una literatura aislada del mundo y de las relaciones humanas que lo constituyen, pero tampoco postula que contenga la verdad absoluta y definitorio, de la realidad. Si bien propicia una poesía que sea conducta -"siempre quise, más que escribir, vivir como poeta"-, y si también es cierto que no rehuye, como hemos dicho, el ámbito político ni ninguno otro de la realidad infinita y que, por ende, no acepta la mutilación temática -"justo porque el poeta de veras es él y más que él: uno y todos los mortales"-, también lo es que no quiere confundir poetizar con politizar: "eso sería servidumbre -ha dicho- y alejaría del misterio".

Y la presencia del misterio en ninguna esfera se le revela mejor que en la erótica, a la que tan consustancial le es un impulso místico, entendido éste como tendencia hacia la unión con un Orden trascendental. En el libro primigenio, La miseria del hombre, de 1948, Alfredo Lefebvre ya podía determinar, como elementos claves del estrato de las ideas dentro de su estructura, el "sentimiento patético del desquiciamiento de la unidad de hombre" y la "sensualidad erótica" como sucedáneos de las formas de la muerte. En toda la poesía de Rojas nos encontramos con un hablante que siente el asedio implacable de las contingencias, modalidades diversas que para él asume el acabamiento inexorable. Insistentemente también hay referencias al aprendizaje de la palabra como un juego en el cual se le revela "lo oscuro y germinante, el largo parentesco entre las cosas", proposiciones que se entienden rectamente a la luz de la señalización de Octavio Paz de que "la verdadera religión de la poesía moderna reside en la analogía". Tal creencia en la analogía universal -ha establecido también Paz-, está teñida de erotismo: "los cuerpos y las almas -escribe en Los hijos del limo- se unen y se separan regidos por las mismas leyes de atracción y repulsión que gobiernan las conjunciones y disyunciones de los astros y sustancias materiales". En Gonzalo Rojas lo confuso de la heterogeneidad y pluralidad del mundo se vuelve inteligible, precisamente, por la analogía que, sin suprimir las diferencias, las redime, haciendo tolerable su existencia. En esta poesía la angustiante alteridad sólo es enfrentable desde las posibilidades de aproximación erótica, traducida en el recurso poético de la analogía, en cuanto ésa le permite al hablante concebir el mundo como ritmo, en donde todo se corresponde porque ritma y rima. "En lo que he escrito -afirma Gonzalo Rojas-, he tratado de ver el parentesco que existe entre la variedad infinita de las cosas. Mi poesía ha sido una ardua lucha por capturar ese parentesco en una palabra que fuera viva y que contuviera la suma integral de lo que suena y resuena: todo ello desde el ritmo mismo de las cosas, de su más íntima interioridad".

Lo que se le ofrece como espectáculo regido por el azar y el capricho, quiere ser aprehendido en repeticiones y conjunciones. Procura asentarse así en la idea de la correspondencia universal, acceder al seno de la Unidad, intento cumplido, sin embargo, desde la visión irónica que implica, como contrapartida, la lucidez frente al deshacimiento y la ruptura permanentes. En otra declaración suya encontramos lo que su poesía nos da como imagen: "...el hombre está todavía descuartizado y fragmentario, y aún anda en el caos: ese caos de los cuarenta sentidos sueltos: pululación de ojos y de manos, de orejas y narices, hasta ahora no amarrados en el cosmos orgánico, pleno y flexible".

Son muchos los textos del autor en los cuales el motivo básico es el amor en su dimensión erótico-sensual, pero que culminan, en definitiva, en un apóstrofe a la divinidad que, en la poesía de Gonzalo Rojas, asume la presencia del que es potente como para "amarrar en el cosmos orgánico". La sensualidad dominante expresa ese anhelo que acompaña a la búsqueda de una armonía natural -nuevamente: "cósmica"-, donde la mujer está unida a la infancia y la tierra y donde el sexo omnipresente es el gran fecundador universal, nunca mero encuentro de dos cuerpos solitarios, unidos momentáneamente en un esfuerzo individual.

Por ello, si le preguntan a Gonzalo Rojas si la suya es "poesía del amor", él dirá: "Sí: poesía del amor, del infierno al paraíso. Del loco, loco amor, en la línea de Catulo o Arcipreste, de Rilke o Breton. Pensamiento erótico que hay que entenderlo en lo que es. Pobre cuerpo: inocente animal tan calumniado. Tratar de bestiales sus impulsos, cuando la bestialidad es cosa del espíritu".

Al igual como acontece en las preocupaciones de los poetas surrealistas, el amor-pasión ocupa en la obra de Gonzalo Rojas lugar privilegiado: espera de ese enigma la gran revelación; lo aprecia fruto de la síntesis suprema de lo objetivo y lo subjetivo, instancia donde pueden recobrarse todos los prestigios del Universo. Su poesía magnífica al ser amado, deifica a la mujer, convertida muchas veces en el término de la procesión mística, capaz de tomar el lugar de lo Absoluto y, así, del Fundamento.

La búsqueda del Fundamento -que José Promis ha destacado como rasgo de los escritores de la generación chilena de 1942, a la que Gonzalo Rojas pertenece-, es característica de nuestra época. Según propone Paz: "nuestro tiempo es el de la búsqueda del fundamento, o, como decía Hegel, el de la conciencia de la escisión".

Las oposiciones escisión / unión se resuelven, en Gonzalo Rojas, en la experiencia que se obtiene a través del amor y de la poesía. Poesía y amor son una religión que pueden reintegrar al hombre a la energía original de la cual se siente escindido. Lo que el propio Gonzalo Rojas dijera sobre Transtierro vale, en verdad, para toda su obra: "aspira a mostrar, y sólo a mostrar, la muerte-vida como búsqueda del origen". Léanse sus textos con esa advertencia presente y podrá apreciárselos de un modo efectivo.

 

Última actualización: 04/07/2018