Festival Internacional de Poesía de Medellín

Poesía y creación: el don de lo que no está

Por Hugo Mujica

(Para Web Prometeo)

"Hay un gran silencio dentro de mí.
Y ese silencio ha sido la fuente de mis palabras.
Y del silencio ha venido lo que es más precioso que todo: el propio silencio.

  
Clarice Lispector.

VIGILIA

 

            Entre el relámpago y la lluvia: el silencio encendido,

la posible escucha
            o lo imposible:
                           lo revelado;

            después,
en un después que no es arena,
            el trueno;
            el estallido de su noche,
                                          lo traducible en sombras.

 

 

            I.

            Gotas gruesas sobre el techado,
                                         llueve sobre la casa.

            Agua en la sed del agua:

            escuchar hasta donde ya no se escucha,
                                                    hasta lo que comienza a decirse.

            Escribir es iniciar, nombrar la ausencia,
                                   después seguir tras lo iniciado,

            trazo primero,
            puerta de una nueva partida, o del único encuentro
que no es eco de la espera:
                                         lo desconocido

            (el trazo que avanzando borro,
                                             la lejanía perdida).

 

 

            II.

            Al final, la palabra inicial no es nunca la escrita,
tampoco la hablada

            es anuncio
            pero sin trazo ni voz.

            Se la oye, pero callar,
como los pasos de nadie
                       atravesando soledades,

acercándose sin llegar,
tampoco irse.

 

            III.

            Después viene la noche,
            la sombra que cubre ausencias. Después queda el abrigo:

            la palabra y su soledad,
                                         el poema.

 

 

I.

 

            Noche y mar, mar abierto: el mar se extiende como lo otro de toda tierra, extiende y llama.
Abre y dilata.

Viene y acaricia, marca.

También se ausenta: hace de la playa un desierto.
Del mar ido, sus huellas en la arena de la memoria, una sed de lejanías.    

            Desde la playa de la vida, playa sin mar, yermo, errancia y sed, el poeta otea hacia la ausencia de lo más propio:
 lo aún por crear.
                 (Lo por nacerse.)

Otea hacia el don de la ausencia,
                                  hacia la ausencia como don.

Otea, escucha, hacia lo imposible de sí mismo. O hacia lo más propio de sí: su diferencia de sí.
Su otro de cada otro, también de sí.
(La sed de trasparencias,
no de agua.

Lo que nunca fue ni será: la razón del ser y el hacer de la poesía: su sinrazón, su gratuidad.
Su descreación: su alteridad de sí, no de mí.)

            Horizonte de lo abierto: recepción y don del viento que lo precede y empuja,
el olvido de otras memorias soplando en todos los recuerdos, recordando para los que olvidan.

 

II.

 

Lo gratuito, el don, es que se pueda comenzar, crear otra vez, no agotar lo imposible original,
               no llegar nunca a la ausencia final.
           
El don del comienzo es la decisión de comenzar.

La creación crea,
antecede.

Daimón, musa, inspiración, delirio o revelación,
inconsciente, tierra o noche…
Nombres de lo otro, de la prelación aún innominada, de lo que me precede, lo que me busca…
            Me dilata.

Nombres de lo que no instauro desde mí,
lo que no se infiere de lo ya dado, lo que no es  prolongación ni voluntad, lo que es recepción,
                      poética de la pasividad,
                      acogida de la poesía.

La poesía antecede no sólo al poema, antecede también al recogimiento, el recogimiento ya es respuesta:
escucha de un posible que llama, una alteridad que atrae:
que recoge, congrega.

            Un posible cuyo anuncio es nuestra propia espera de él.
            Una promesa en hueco, un escuchar hacia lo que aún no es voz.

El poema se nace,
                   estalla la esquirla inicial,
                        (la que debe protegerse como a un pájaro herido
                                                             en la palma de la mano)

una palabra, un tono o ritmo, una escena…
semilla, semen,
semántica.

Crear es cultivar,
acoger y proteger ese
                           instante verbal,
                           darle tiempo para que se conjugue en el tiempo,

encontrarle la medida de su exceso,
su propio borde de sí
                            (su bordearnos),

arroparlo
dejando intacta su desnudez (dejándose desnudar)…

Después, allí, escrito, lo que se me dio,
                                         lo que no tuve hasta no haberlo escrito:

el don de la creación
                    y la creación como don:
                                                               el hacernos creadores.

 

III.

 

Lo posible es el instante,
                              lo real siempre es pasado.
Sombra,
a la luz del fulgor que el instante inaugura.

           (La palabra en su estallido,
                                                          en su antes de ser un nombre.)

 

IV.

 

El abrirse, la apertura que la poesía es, precede al poema. El poema es su aparecer,
su tajo inicial.
Su palabra inaugural.

En el poema lo abierto se retiene y contiene como abierto:
como allende de sí:
                              como diciéndose,
      iniciando otro modo de significación,
                                                  otras aperturas.

Al principio fue la palabra y en la palabra el principio,
rastro y tajo.
Aparecer y fuga: lo que viene y aparece desde nuestra propia ausencia.
          Lo creado.

La poesía es visitación, irrupción; el poeta acogida: vacío de sí.
Nada y sed.
           
El poeta no escribe para llenar ese vacío: lo mantiene abierto escribiendo (vaciándose).
Escribe errando lo abierto, lo que va abriendo el escribir:
                                                                               diciéndolo.

(Huellas en el aire,
vuelo agorero, o vuelo porque sí, sin porqué.
Sin ir ni venir: abriendo.)

Escribe borrando: des-viviéndose.
Escribe para desvelar el vacío, borrar: quitar el velo a nada. También a sí.
           
Descrea, porque cree en el vacío. Cree en el vacío porque lo abierto crea. La fuente mana.          
           
            Escribir es abrir
                        (abrirse de un libro o abrirse de sí: ambos en el abrirse de la palabra, en su revelar).
 
  (Escribir, como morir, es afuera.
  El surgir lleva, lo abierto se rebasa sin cubrirse,
  se expande sin replegarse).

Apertura: lo abierto recibe.
Recibir es su don: dar espacio. 

Recibo entregando:
escribo lo que escucho, pero lo escucho al escribirlo.
Como si el poema animara a decirse a ese decirse que suscitó el poema.

Como un don que se nos diera por haberlo recibido.
                                            (Poesía o vida,
                                                          o ambos pero no uno).

            Soy mi recepción. De mí, no desde mí.
            De mí en lo que no soy yo:
                                            en lo que desde mí digo.

Más antes que la memoria, y por ello inolvidable, crear es rememorar, pero no un contenido: un evento:
el acto creador:
el haber sido creado, el estarlo siéndolo al crear.
(Crear es dar la palabra:
                                dejarse decir.)

Recordar creador, memoria inaugural, que crea lo que recuerda: recuerda la creación.
La aparición.

El ser creación: la creación del ser. Y lo otro y más que ser: lo por borrar.
El salir del ser: el callar en lo dicho.
           
(El ir sin volver.
El borrar la página, no las letras.

El viento,
la desnudez en la que viene y huye:
                        la huella, que borrando traza.)

 

 

V.

 

            En lo originario, en lo antes que saberse, nacer fue recibirse: mi conciencia de mí fue mi aparecerme; no me precedí:
                                                                      me recibí.

No me dije:
me escuché diciéndome.
                            Me precedí nombrado.

(Soy la escucha antes de ser palabras: ser palabra es mi recepción, mi huella de mí.
Mi extenderme creación.)
           
Nacer, encontrarme naciendo.
Ser lo surgiendo.

            Así la vida, así el poema, o ambos: también diciendo me nazco, me digo en otros.
            No digo a otros: no quito.
            (Me digo borrándome: huella hacia más allá de mí.
Olvido de mí.)

            A imagen de este acto, actualizándolo, creo: escribo. Abro espacio: escucho.
            Digo -al menos lo busco, y avanzo sobre lo que dije- sin decirme: dejo decir, diciendo.
            (Decir es siempre del orden del volver: sombra y regreso.
Ir es ir hacia nada.
Es borrar lo andado, desdecir lo dicho. Margen y espacio entre palabras.

Se escribe
como se muere o se olvida
perdiéndose en la búsqueda,

        no en su eco: en lo que buscamos.)

También fracaso: me apropio y me digo. El poema, el logrado, llega a ser sólo claridad: siempre transparencia fracasada:
                                                                   yo reflejado.
            Apenas destellos.      

            Sin mí habría sólo transparencia: presencia sin presente, poesía sin poema o nada.
La creación nace de esa nada que contradice diciendo, que acalla dándole voz: ese combate es la creación,
su fracaso es el arte.

Ese arte es su redención.
Redención de la vida: muerte en vida. Apuesta.

En lo hondo no hay raíces, hay lo arrancado:
vacío que, poetizando, se habita para escuchar,
para decir,
para volver a traicionar sin traicionarse:
volviendo, confesando, padeciendo y, otra vez, volviendo a beber de la propia sed.
Aprendiendo que es la copa vacía lo que permanece, no lo que vertimos en ella:
         la poesía, no el poema.

         (Aprendiendo bebiéndola.)

El poeta sabe de un vacío, de un surgente: rostro sin bordes, palabra sin sonido. Libertad del silencio: música.
Tono.
Sabe sin conocer, o sabe el conocer del desconocerse: sabiendo que todo es lo otro
que poder recibir es haber podido morir.

Sabiendo que lo otro no es otro que yo:
                                                     es otro de sí.
 
(Escribir es abrir: abrir es vaciarse.
Soltar.

Generar espacio donde las huellas se plasmen, donde al plasmarse se digan, donde lo dicho me calle.)

El poeta está vacío, y por ello mana: deja.
                                (Dejando salta, palabra a palabra,
                                                                   espacio a espacio.)

Y, desde otro lugar:
pone el cuerpo, lee en sus heridas (marcas que de tan suyas de todos) lo que las heridas abren.
(Pero heridas que no sangren: la poesía es siempre murmullo, si grita calla, ensordece; si sangra no trasparenta,
refleja.

Si busca decirse se busca.
Si se encuentra no se cumple, termina.)

            Da a escuchar, ése es su don, ése su ser mero hueco, ése su ser imagen de su creación
  (creación de sí en la donación de sí;
                                        creación de lo otro en el callarse a sí).

Da cobijando silencios -paradoja o desborde de la lógica-, da  custodiando el misterio como misterio.
Lo otro como otro.
Nada como nada

                    (el desierto de la sed
                                       no la sed del desierto).

Silencio como silencio, sin sombras, sin callarse ni decirse a sí: custodiándolo para dejarlo decirse, como el hueco de una caña.
Como una flauta,
un oboe.
O como el humo de una fogata en el que el viento se dice. En el que el decirse señala desapareciendo.
           
            (Conflicto y lucha de la palabra con el silencio,
la presencia con la ausencia, tan fecundo como la lucha y el conflicto de la vida con la muerte.

El silencio, siempre el silencio.
Su don y su expresión: su exiliarnos.)

Hay que acoger el fulgor de la ausencia,

                                               reflejar
                                               el don de lo que no está
                                                                        en cada cosa que creamos.

Misterio, también, de la gratuidad del misterio, lo otro:
revelación de la insobornable gratuidad de aquello que nos busca con tal que lo esperemos,
que nos habla con tal que escuchemos, que lo tenemos con tal que no lo poseamos.

Misterio de una caricia más que de un  abrazo, de la mano que no retiene, que apenas roza:
del gesto que aprendió la despedida.

Un roce: cuerda, tecla o pluma, los dedos que se retiran son lo que plasman la huella:
de palabra a palabra la huella del silencio.
(Siempre huella de lo que nunca estuvo, de lo que nos dejó su huella: su fecundidad en la ausencia.

La huella de un vuelo caído

                                   la estela de un tajo
                                       en la comunión de las sombras.)

 

 

VI.

 

(Hay más poesía que realidad,
                                     por eso apenas puede decirse.

            Por eso todo rebasa, no desde sí, en sí.)

 

VII.
           

 

Entre palabra y palabra el espacio,
el hiato que reúne,
la apertura para el sentido o el sentido abierto:
                                                            el desborde de la herida.

            Letra a letra la palabra, isla en el archipiélago del vacío.
            Vacío a vacío el sentido.

Lector a lector, ruptura a ruptura,
                                            el salto que reúne.
                             
Ruptura a ruptura el silencio entra.
                                                   El adentro desborda.
            El río corre,
             el desborde fecunda.

 

VIII.

 

Hay palabras que cubren lo que nombran, lo identifican a ella: son la lápida de la identidad,
no nombran, amordazan.
(Callan otras palabras, no callan silencios.)

Otras desnudan lo  nombrado; ahondan lo que nombran, piensan: ahondan nombrando.

Otras, las pocas, son palabras desde donde lo nombrado nace, nace nombrando.
(Y cada palabra es su nombre.)
Son las palabras que no dicen otras cosas: se dicen ellas. (Decir sin eco: gratuidad del decir
celebración del sin porqué
ni para qué.)

Dicen, no cuentan.
Dicen, no señalan, no van: estallan. (Pero como un alba: cuando la luz enciende, cuando aún no quema.
                                          Cuando fecunda.)

Se dicen y, por ello, nos dicen: nos cavan.
Desmienten: nos callan.

Son las palabras diciéndose palabras: son silencio celebrándose poesía.
(No es disyuntiva sino paradoja: no es abolición del silencio, es su anuncio.
Es la voz de las palabras antes de las palabras de mi voz, es un antes sin después.
Un antes sin inicio.)

El poema muestra lo mirado, no la mirada; hace sonar la música no el instrumento.

Como la lluvia, trasparenta, no refleja.
Como la lluvia no hace sombras,
                                  se dice sin repetirse eco.

Es creación, no lo creado.

Tampoco es luz. Es noche: es dar a luz.
            Engendrar sentidos.

                                               (Toda sombra es ayer,
                                                         la belleza es siempre otra.)

IX.

 

            El poema abre.
Rasga.

Esa apertura, lo abierto desbordándose apertura,
es el poema.

Abre naciendo desde lo abierto. Tajando con su abrirse lo ya dicho del mundo.

(A cada lector le es dado volver a abrirlo:                                      
                                                           custodiar la herida:
                      ser su brecha hacia el mundo.)

La poesía es un vaso de agua derramada sobre la tinta, escribe borrando,
dice trasparentando,
pasando. Ese paso es su decirse:
                                           su deriva, su poema.

            La poesía nos sobrepasa,
nos abre desde más hondo que nosotros mismos: nos hace otros, nos altera naciéndonos.
 
Su nacer nos extiende dilatándose al dilatarnos: extendiendo su soledad.
           
            El poema es la soledad, la soledad que él mismo crea, la que la poesía habita.
Soledad desde la que nace dándola a luz.
           
La soledad es su halo, lo abierto aún sin poblar,
yo sin mí.
(Él siempre en mí sin mí.)
            La palabra aún sin eco, el decir sin saberse:
la soledad sin el solitario.

El poema nos deja solos, nos hace solos:
es único,
como cada lluvia es única, como cada una cae                                                         entera.

Lo incomparable es lo sólo eso: lo uno de cada uno.
Lo que reúne sin anular.
Lo que agrega diferenciando.
           
El poema como uno y, en ello y no por ello: otro.
            Lo diferente a toda diferencia.

Lo otro de cada otro:
                          lo único de cada uno. Lo afuera de todo todo.

            La soledad del poema es el nacimiento de lo único, lo que no se compara ni suma, tampoco resta:
                               el milagro es milagro por ser sólo un vez.
           
El milagro en su finitud, el que abre la finitud al milagro:
                                                                                        creación.
(El milagro que nos incluye,
                             la inclusión que nos exilia.)

La creación es única, solitaria.
            Extraña y solitaria:
        precio y gratuidad del milagro.

Plenitud de presencia, relámpago.
Parpadeo.

            La soledad de lo creado es su solo instante, su siempre por única vez, su discontinuidad, su irrupción.
            Abre el tiempo,
                             rompe la cuenta.

            (No todas, cada palabra el poema.)
           
Después su irse: su decirse siempre sobrepasa mi querer decir: dice más que lo que dije:
se dice.

Ese más es su comienzo, su ser comienzo cada vez.
Su ser su única vez.
                          Su jamás.
 
            Su más me trasciende: quedo atrás.

Solo.
Sombra de mi dar a luz.
                           Borradura en mi escribir.

 

X.

Como el viento que
                       barre las huellas que traza, así el poema: dice la poesía que calla.

    (Calla en lo que calla:
                           dice los silencios del alma.)                   

XI.

 

DON

I.

Cae una estrella como un surco
en el desierto,

como una huella en la ceguera:
                                        una escritura.


II.

                        La noche,
                        en cada sombra más antigua,
                                                                       revela lo que ella enciende.)

 

            La apertura no solo are: brota. La creación genera creación.
El origen abre destinos.

El poeta escribe no lo que está escuchando  al escribir (lo que me digo), sino lo que va dejando de escuchar (lo que me callo); mientras la poesía habla y calla.
Dice y hace decir. Haciendo decir calla.
           
La callan las palabras que escribe, porque es propio del nacer estar siempre detrás de lo nacido.

El origen es el sacrificio: el de la poesía por el poema. El del poeta por la poesía.

El poema es su propia falta, su siempre abierto desde antes de sí y hacia lo otro que sí.
Tajo.

Trazo de una búsqueda (traza del olvido),
el poema recuerda y anuncia, anuncia y oculta a la poesía. Encuentra y pierde en la pérdida que engendra lo encontrado.

Flujo y reflujo: separación creadora. Marcas en la arena. Sal y espuma que rueda.

Todo es huella de la sed.
De la sed, no el agua que la seca. Del escuchar, no lo escuchado.

De la sed, no la huella en el agua:
                                         lo ya trazado.

 

XII.

 

Mientras se escribe, con el tiempo, la ausencia deja de ser reflejo. También encuentro.

 (La ausencia no sólo calla:
                                  también bautiza.)

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