Festival Internacional de Poesía de Medellín

Poemas del irlandés John F. Deane



Traducciones de Esteban Moore
Especial para Prometeo

John F. Deane, Isla de Achill, Irlanda, 1943. Poeta, ensayista, novelista. En poesía su último libro publicado es  Un pequeño libro de las horas, 2008. Ha recibido importantes distinciones: Premio O’Shaugnessy a la poesía de Irlanda (1998), Gran Premio Internacional de Poesía (Rumania, 2000) y el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Marineo (Italia, 2002).

Lejano país

 

1.

 

Nos contó — a Pushkin, Tolstoi, Gogol;
fuimos tártaros y cosacos, yo: Taras Bulba

al frente de hordas de guerreros con enormes bigotes
cabalgando las planicies, desaguaderos y montículos,
mis pantalones cortos,  anchos como el mar Negro.

Bunnacurry la Ucrania
el río Stoney el Dnieper.

 

2.

 

Yo observaba sus pasos sobre el piso de mosaicos de la cocina,
las manos en los bolsillos, mirando hacia abajo;
él estaba atravesando las estepas de su imaginación,

su país albo, la inmensidad de las blancas tierras,
praderas brillantes, salones de baile,  los siervos,
el poeta, batiéndose a duelo, al amanecer,

de pie bajo la red de sombra de las hojas,
la vela de sebo en su candelabro de cobre
trágicamente apagada con la punta de los dedos.

  

3.

 

Durante años desempeñó sus tareas en una mesa rústica
cubierta de expedientes y documentos
mientras gentes acosadas, de manos encallecidas, ancianos,
acudían a él con formularios;

algunas veces sostenía una barra de lacre a la llama del fósforo
y observaba como caía  pesada la gran gota de sangre.
Sus ojos glaseados por el polvo,
las largas piernas recogidas.

 

4.

 

Juntos descendimos sobre el asfalto de la pista,
él guardaba silencio, suplicante,

al fin en casa, llegar, apoyar la punta del pie, sostenerse
como Dédalo  después de su aventurado vuelo;

anciano ahora, y lento, él trasponía
las  corredizas puertas de vidrio de sus sueños,

sufriendo  en los largos pasillos de la aduana   la demora en el control de los pasaportes,

las preguntas acerca de la cantidad de  divisas que traía,
las exigencias respecto de su identidad,  pruebas
de que él era realmente quien pensaba que era y no otro.

    

5.

 

De día fuimos turistas, en un ómnibus
de la empresa estatal de turismo,  observando
las glorias mecánicas de la Revolución.
Durante horas hicimos cola para poder ver al santo,
arrastramos despacio nuestros pies, como convictos,
rodeados por  la formación de guardias armados;

descendimos, fuera de los alcances del sol, a una cripta,
donde yace Lenín, conservado bajo cristales , sus planes
para la reconstrucción del mundo congelados en su cabeza;
la habitación de un hombre muerto

 

pero no podrás tocar sus manos enlazadas
o colocar tus labios sobre la frente de alabastro.
Mi padre guardaba silencio, implorando; durante la noche
lo escuché dar vueltas en la cama  y emitir pequeños,
dolorosos, lamentos animales.

 

6.

 

Finalmente, al amanecer, en el aeropuerto,
lo vi radiante,

estaba sentado bajo las iluminadas arañas de las palabras rusas,
frente al escritorio de un viejo funcionario 

que dejaba caer la sangre del lacre sobre formularios amarillos;
conversaban del tiempo, el tránsito, la nieve,

de Pushkin, Tolstoy, Gogol
de los palacios de verano y de invierno

que aún se mantienen erectos
y brillan como tortas de cumpleaños en su país albo.

   

En la ribera del Dodder

 

El poeta Yeats podría haber sido ese ave
- en las alturas, vigilante; habilidosa;
atenta, a través de su propia imagen
al fluir de las aguas del río;

poeta orando, tanta
concentración y consideración, tantos
pasos lentos a través de ese terreno familiar
dueño de la más mortal de  las intenciones.

En las ramas del aliso, tiras de plástico,
trapos en descomposición
igual que alrededor de  los lugares sagrados y de peregrinación
donde los milagros ciertamente sucedieron;

viejo pájaro crujiente, arrastrando el ala
destrozada, apelando a nuestra misericordia,
dirigiéndose hacia la maleza, donde Dios 
ha entregado su vida por la garza blanca.

 

El Serbal

 

Existe una sensación de esto en tanto imposición
el reverdecer, el florecimiento, la brusca, lacónica puesta en escena
de los frutos escarlatas. Hasta el retorno de la desnudez

y la quietud, la pulpa oscura resplandeciendo bajo la lluvia
y el petirrojo solitario visible nuevamente en su cantar,
esa gracia que podrá ser hallada en la absoluta resistencia.

 

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