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Navegación de Altura

Por: Graciela Maturo

El planeta animal se mueve silencioso
en los vastos espacios,
gira en torno a una hoguera llamada sol.
En cada vuelta trae la misteriosa luz
saludada por los pájaros.
En el ocaso callan y el corazón se estremece
con la muerte.
Sístole y diástole de la luz
ritmo del caminar del hombre
perdido entre los frutos y la gravedad de la sombra.
Ya es el alba. Una gritería de cantos
ayuda al sol a crecer.
Es la aurora de la fuerza
que invita a mi voz a desnudarse.
Rumbo de la luz
en la oscuridad del universo.
Es ancho el aire y límpida la pluma
del mirlo que se oculta
entre las ramas altas.
Mira el pájaro con su ojo redondo y absorto
registrando la fiesta de la ciudad
las calles
donde se mueven hombrecillos extraños.
Baja el pájaro con su pecho llameante.
Su mirada purifica la tarde.
Permite que el tallo verde sea verde
y que mis ojos sientan el peso de tanta claridad.
Mi frente se anega hoy
en el océano de la belleza.
Una nube opaca envuelve las ciudades
ahoga, las voces de la angustia.
Un tren interminable atraviesa campos silenciosos.
Otro tiempo se abre como un insólito amanecer
otro tiempo fulgura.
La luz de cada día desgasta las rosas de la carne
mientras llegamos, desnudos,
al centro incandescente de una rosa.

2

Memorias de siglos han caducado ahora.
Mi frente se ha vaciado de antiguas inscripciones.
Sólo siento que estoy aquí, aguardándome,
habitando este cuerpo trágicamente mío.
Huésped de mi garganta y de mi lengua.
desde algún sitio miro su territorio frágil.
Hacía inventarios de mis noches en vela
de muertes cotidianas
de amor de cansancio de resurrecciones
de libros que amé
de rostros en que veía el tuyo,
de palabras tatuadas en mi pecho.
Volví después a mi templo desconocido
el que destruyo y levanto cada día.
El mundo llora en mí
su gran cansancio
siglos de orfandad
días en espera de una palabra
diccionarios borrosos
horas yertas
signo que se esconde en el temblor del agua.
Hombres tristes deshacen
herramientas de plomo
vistiendo de papel su lisura de amebas.
Cordero desangrado
llanto que viene desde el fondo del tiempo.
El silencio de los cielos
cae pesadamente en esta tarde
como un rezo amordazado.
Dónde está el ojo que nos ve
la lengua que nos habla
la mano infinita que nos sostiene.
Código de la lluvia,
lenguajes olvidados, libro mudo,
palabras vueltas hacia sí.
Espera
nervadura de amor
hendija iluminada.
Todo empieza a morir desde que nace
una flor se despliega desde su corazón de sombra
como mi propio corazón

3

volcado a la consumación del vivir
y el morir.
Como un río que vuelve sobre sí mismo
descubro el no tiempo
Como la dulce gaviota vuelta al aire, al origen.
Una brisa en el alba;
ala celeste del misterio.
El aire transitaba los cuartos con olor a madera
llamaba a los que habitan más allá de sus huesos.
El rocío mojaba mis cabellos.
El alma sin edad se confiesa
con los tréboles húmedos de la madrugada.
Ciudad, viscosa, fría,
poblada de muchos rostros y ninguno.
Aullido de la ciudad-desierto,
esquinas sin albergue.
Ciudad sin centro, condenada a morir
bajo el diluvio.
Ciudad enterrada ya en el lodo animal
con puertas de oprobio y olor a goma quemada.
Ciudad clausurada y sin ventanas a lo alto
calles por donde ruedan papeles amarillos
y suenan las pisadas oscuras y sin nadie.
Gemido de la ciudad sin fuego.
Sol que resides en las amapolas
desnuda esta neblina.
Silba en la oscuridad una serpiente
llamada tiempo
con su pecho de abismo
ávida de la vida y de la muerte,
silba y avanza, ciega,
destrozando pájaros iniciales.
Formas del mundo.
Muerde en la carne de la verdad
en el tejido resistente de la luz.
Cae el bello dibujo de la hoja verde
El ruiseñor cantó en su noche
ciego.
Frío lo halló la alondra en el amanecer
Desencuentro de los amantes.

4

El corazón corrige al tiempo.
La alondra y el ruiseñor cantan unidos
en una aurora nueva.

Miraba yo las palabras en el fondo de un cubilete.
Con inocencia ponía a andar el lenguaje.
Quería recoger gemas ocultas bajo el follaje de los
parques.
El día ya termina y el viento sopla.
Los niños se reúnen junto a una estatua ciega.
Hora de soledad y de guirnaldas rotas.
Venga a nosotros el sueño.
Soñar es encontrar el bello reino de la muerte.
Amar el ruido del mar que se desvanece en el alba
recobrar lo perdido.
El día ya termina y las olas rompen con fuerza
sobre los muros.
(Cuando niña quería escribir un poema
para poner la palabra abedul
o acaso jacarandá, jacinto, lilas.
Luego supe que la poesía
corre bajo la piel como una sangre oscura.
Sentí que era una espera del don
una corona de música en el alba,
una dádiva, un sacrificio).
Elegí el incendio de las palabras
para alumbrar
una caverna de silencio.
Surcamos el espacio
como pájaros deslumbrados.
La luz nos mueve
hacia la intimidad del templo
mientras silenciosamente giramos
sobre la tierra ilusoria y pequeña.
En cada danza matinal
recogemos algunas flores
o tejemos coronas de hierbas verdeazules.
Descalzos, sobre tréboles mojados,
reímos en la inocencia.
Nuestros brazos reposan en remansos
de nenúfares blancos.

5

Nuestra estirpe ha sido llamada
a un gran viaje estelar.
Viajamos, dormidos,
hacia la casa
hacia el origen.
Desnudos, despojados, desvalidos
mendigos de la luz
cuidadores del fuego.
Nos diste el mundo desde tu palabra.
Eres el árbol del que me alimento.
yo también soy el árbol.
Tu rostro se esconde en el follaje.
Corona, inteligencia, sabiduría
por la Belleza avanzo hacia el Reino.
No me abandones, geometría de amor.
Después del sexto día comerán juntos el lobo y el
cordero.
En qué rama del Paraíso
en qué balcón de otro mundo
canta el zorzal que vuelve
un día y otro
para decirme un canto que conozco.
Desde dónde hacia dónde va ese canto
o es que viene hacia mí para decirme
que una nube se acerca
y llaman por mi nombre
en otro amanecer
en otra rama.
Has recorrido tardes, signos
dibujos trazados por otras manos,
huellas sobre los márgenes de un libro.
Perseguía la música en la partitura seca
un alma viva entre las cifras.
Hasta que supe leer mi propia piel.
No estaré en los anillos de humo
ni en el número yerto de papeles marchitos.
Alzo un castillo de aire y letanías
pulo una piedra para reposar mi cabeza
tiendo
una red de ternura
para conjurar los lugares oscuros.

6

Construyo un collar de palomas
una fortaleza de juegos
para capturar los ademanes
salvajes del viento.
Aún no he podido
inventar el viento.
Habito entre los signos vivientes
entre cascadas de música.
Cuando la oscuridad gotea en un cuarto melancólico
se abre paso la luz y engendra un árbol
Nace un río de oro en un tiempo desierto.

Pequeñas victorias sobre la muerte diurna.
Oscura certidumbre
de yacer en la palma de una mano.
Nadar entre las nubes que la tarde apacienta
en el ahora de la palabra que se adelgaza
en el silencio
del
no
ser
que vuelve en un raudal de viento y sangre.
Breve corazón del bosque
latido de la dicha.
Trazos que el aire desnuda
sobre la roca
gemidos de flores carnales
signos del aire y la levedad
palabras
aun no pronunciadas.
El viento que no cesa.
Tiempo de purificación,
silencio que sigue a las grandes lluvias
comienzo de una frase
en el aire de la madrugada.
Alguien quiere decirse
alguien quiere escuchar
una señal de fuego.
El sol congela los cristales de la nieve

7

que han destruido las escrituras.
(Los hombres inventaron una pantalla muda
un remedo del alto espacio
un cielo donde navegan
falsos planetas.
Vacío del triste, demiurgo.
Desolación de las tumbas desiertas).
Cuando desfallecía me llamaste
en la tiniebla.
Tu paso hizo estallar las apariencias del mundo
y descubrió el país de la gracia.
Azucenas de nácar humedecieron mi frente.
Supe que nada estaba perdido.
Todo latía allí
en su corona sin tiempo.
El mundo se despliega
como un gran abanico de plumas de arco iris.
Tengo en mis ojos la sabiduría
Me dejo avasallar por el oleaje
terrible de lo bello.
Se abrieron para mí los umbrales del Reino.
Entré silenciosamente en un jardín vedado
palacio de alabastro
sin puertas sin pisadas.
Abismo, centro fulgurante,
frontera del vivir, puerta del mar.
Mis miembros yacían deshabitados
mientras el águila subía entre follajes
de una arboleda diamantina.
Se abrieron los portales del infinito
y fui una, indivisa, con el misterio.
Volví en la madrugada como un convicto a su cárcel.
Era una mendiga
que contempla una fiesta a través de los cristales.
Un árbol resplandece en su jardín de hielo.
El agua forma estatuas.
Se ha detenido el río.
El presente ha tallado flores de piedra dura.
Atrás ha quedado el silbo del viento
y su hermana doliente, la nostalgia.
Ya no suena el gemido del abandonado en su noche
ni violetas de frío se posan en su mano.

8

Una llave de oro
abre los palacios de la música viva.
Ahora puedo mirarte sin llorar.

Quién me tomó en sus brazos para izarme
a un espacio más allá del espacio.
Abrí mis ojos a otra luz
al aire deslumbrante de un país desconocido.
Descubría el camino de la ardiente locura
que revela a los ciegos las paradojas del vivir
y del morir.
Peregrina del cielo,
erraba por las sendas de un bosque no visitado.

Ojo del universo que desde mí me miras
Desde el jardín en ruinas se levanta mi voz.
inaudible
detrás de las palabras donde retumba el viento.
Aconteces en mí, viento
sin forma
soy el vaso que esplende
a tu contacto.
La morada dispuesta para tu fuego.
El hueco sobre la piedra
para tu pie de cazador.
Soy la palabra que tu ser habita
para reconocerme y para serme.
Colmas mi vida cuando la rebasas
de racimos, de luz, de sol, de nieve.
Silenciosa mayéutica del alma
capullo que se abre entre espadañas verdes
lirio sutil
que ya no puede
guardar sus alas.
Mediodía de luz
estuario abierto al infinito
país espléndido del origen
adonde sube la crisálida.

9

Aguas de soledad
lampos internos de ternura
morada silenciosa donde se posa el rayo.
Aguas maternas y sombrías
donde renazco.
Hogar
casa del día
recóndito reinado
alondra luminosa del alba.
Un arroyo de luz viene bajando
un movimiento de heliotropos
quiere decirse por mi lengua.
Suaves hojas se abren
y sangra una vez más el horizonte
en el sacrificio de la tarde.
Resido en un país
de altos acantilados.
La tierra cruje como una bestia herida.
Caen pájaros muertos
se oyen gritos de naufragio.
Levanto un puñado de palabras nacientes
como azucenas manchadas de mi sangre.
Habito las altas torres del aire.
Todo lo que hemos amado permanece.
No morirán las palabras temblorosas
ni el aire que susurra entre los álamos.
El fulgor de unos ojos
la pura nota de un violín.
Y el sol demorándose entre nubes moradas
sobre las barrancas del parque, en Paraná.
Ella teje su túnica.
feliz entre la púrpura hechizada
de su capa sutil
mientras el ruido abate las ventanas.
Tejía largamente una túnica
para arropar el alma andariega.
Con párpados de música
navegaba los ríos de la tierra.
Podía oír el callado rumor de la rosa
y el bramido del trueno en el atardecer
anticipando cataclismos.

10

Asomada al borde del mundo
con los pies enredados entre las flores
y mis cabellos al viento.
Doctora del rocío
magistrada del alba.
Prefirió la intemperie
aguardando con serenidad
el arribo de naves espléndidas y terribles.
Abismo de estar siendo
y de no ser aún
pasión, destino, ausencia,
regalo, espera.
Llanto de lo no sido
cerrazón de la piedra
felicidad en la hora
de la presencia.
Danza de faunos, letanía agónica,
fiesta
rastro del cielo
vida.
Dueña del silencio
de sus pasadizos solitarios
sombríos
inundados
de abejas encantadas.
Entre unas rocas ásperas yace la llave oculta.
Empecé un diálogo con el viento.
Supe escuchar su voz enronquecida
de pasión y memoria.
Olvidé las palabras
sólo quedó el silencio
hecho de música y poderío.
Viento auroral
déjame ser en ti.
Sollozo del sauzal
del árbol que padece la dulce angustia
de existir.
Clamor del agua que en cascadas se deshace
buscando en su delirio ser la piedra.
Inagotable sed del arenal

11

que el fuego castiga sin piedad.
Resplandor del alma en celo,
caída, sola,
tocada por el beso de la infinitud.
Claridad de la tarde de invierno
recogimiento del alma
en soledad.
Ninguna nube
en la bóveda blanca de los cielos.
Ninguna nube en la claridad del alma.
Eclipse de las formas
manso abandono del ser
a los mensajes del enigma.

Plenitud de llanura sin fronteras.
Presencia innominada del huésped.
Tu cuerpo era la madera de un arpa
que no conocía su destino.
Un teclado dormido
que una poderosa mano pulsó
hasta el sufrimiento.
Tus ojos se mojaban en la luz del mediodía
y tu cuello era acariciado por tibias palomas.
Se abrían las ventanas
sobre una prodigiosa pradera de amapolas.
El viento del océano doblaba
la rama frágil.
Un arpa despertaba a su memoria
un caracol
soñaba infinitamente con su música.
Vocación del morir
entre los llamados del mundo
luz entrevista en sueños
llama oscura
que alimenta la sed.
Vuelo del alma leve
que abandona los miembros voluptuosos
felicidad del aire sobre los pétalos yertos
cuerpo que fue morada y resplandor
Anticipo de la muerte;
morir entre la pasión y la levedad

12

un umbral de transfiguraciones
El cuerpo deshabitado
es sólo arena de recuerdos.
Lúcida ebriedad del peregrino
que arriba a las puertas de la ciudad.
Huir del Jardín
en una sinfonía de tulipanes recién abiertos.
Flores de gracia, llueven sobre la frente impávida.
(Mi padre vino a buscarme
de traje gris
tan sereno y tan pulcro
como cuando venía
en aquel tiempo diáfano
y yo me vestía de capelina
para pasear por los jardines de Palermo.
No sé adonde quieres llevarme ahora
padre mío
pero ya estoy vestida).
Ella fue peregrina de lo oscuro
mendiga de las madrugadas
Bastaba decir
La lluvia sea
para que el trueno atravesara con furia la llanura
y las aguas desmelenaran su cuerpo sobre los techos.
Supo entonces que la eternidad
se ofrece a cada instante en la comunión
de la belleza.
Cae sobre la frente del que invoca
la fuerza poderosa y terrible del rayo.
Episodios de caza furtiva.
Cantar en la luz exacta
del mediodía
y presentir la húmeda penumbra de la noche.
Sortilegio del encuentro
nudo mágico del acontecer.
Caminar por el mundo como si a cada instante
amaneciera.
Embriaguez
de los altos álamos.

Vengan a mí los ángeles
descubran esta frente en agonía

13

este pecho secreto y resplandeciente.
Hallen en estos miembros una huella
desnuden esta luz que desborda su vaso.
La música nace de mis dedos.
Paso de danza sobre el mundo
encuentro fugaz en la belleza
que anticipa el arrebato sagrado.
Encadenada entre jazmines
espero un rocío de eternidad
un breve espacio victorioso.
Paso de danza sobre el mundo
rondel que cierra el arco de las horas mortales.
Batalla del lenguaje
contra la destrucción de un rostro amado.
Caen los dulces cabellos deleitables
las pupilas
donde moraba la ternura.
Risas de niños, cantos, música de violines.
Construyo una morada de palabras
para encerrar ese paso de danza.
Este fue para ti
un jardín dulce y melancólico
reducto de extramuros donde se
anhela vivir
entre dalias fosforescentes
y rumores de agua.
Un jardín amado
transitado por verdes alimañas
y mujeres de cabellera sedosa.
Una morada musical
habitada por mariposas blancas
donde un oculto rey encendía los fuegos
de cada día.
En algún momento este jardín se reveló
como un lugar de destierro.
Empezaste a soñar con un amanecer absoluto,
con un día sin muerte.
El alma era una orquídea sin raíces
enredada en los muros del jardín.

14

Abandoné mis torres
para mezclarme con otros náufragos
hasta que comprendí
que sólo podía darles
una moneda de sangre
una mortaja
tejida con hilachas de mi propio corazón.
En la caverna del pecho nació un pájaro.
En el silencio de las grandes ruedas
que mueven los días y las noches
se oyó su canto solitario, tenue.
Sonaba en las albas iluminadas
o en la impiedad de desiertos dolorosos.
Pájaro auroral
ascua viva
corona de los días.
Dejadme amigos míos
en el vivir y el desvivir
dejadme entrar en la fogosa interioridad del bosque
donde residen los leones de la noche
y despertar en las auroras con jacintos azules
y ruido de mar en mis oídos.
Durar en el jardín
beber en el arroyo frío
entre piedras de musgo amarillento;
Mis ojos han sido destruidos
y han vuelto a nacer con luz propia.
Ellos me llevan ahora
entre nubes ingrávidas.


Madrid-Buenos Aires, 1997
Publicado el 17.04.2020


Graciela Maturo nació en Santa Fe, Argentina, en 1928. Es poeta, ensayista, escritora americanista, investigadora y ex profesora universitaria. Fundadora del Centro de Estudios Poéticos Alétheia.

Ha publicado los libros de poesía: Un viento hecho de pájaros, 1958; El Rostro, 1961; El mar que en mí resuena, 1965; Habita entre nosotros, 1968; Canto de Eurídice, 1982; El mar se llama ahora con tu nombre, 1993; Memoria del Trasmundo, 1995; Cantos de Orfeo y Eurídice, 1997; Nacer en la Palabra, 1997; Cantata del agua (plaqueta), 1998; Navegación de altura, 2004; Antología Poética, 2008; Bosque de Alondras. Antología poética 1958-2008, 2009; Jardín de arena, 2011.

Algunos de sus libros de ensayo e investigación: Proyección del Surrealismo en la literatura argentina, 1967; Julio Cortázar y el Hombre Nuevo, 1968; Claves Simbólicas de García Márquez, 1972; La literatura hispanoamericana, De la utopía al Paraíso, 1983; La mirada del poeta, 1996; La razón ardiente. Aportes para una teoría literaria latinoamericana, 2004; Los trabajos de Orfeo, 2008; La poesía: un pensamiento auroral. Alción, Córdoba, 2014.Mereció la distinción “Personalidad sobresaliente de las Letras” de la Academia Argentina de Letras, en 2018.

Última actualización: 21/04/2020