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Mujer, Poder y Literatura

 

 

Mujer, Poder y Literatura

Por Chiqui Vicioso
Intervención en la XII Escuela de Poesía de Medellín

Cuando me preguntaron sobre el título de la ponencia que debía de leer hoy y reflexione sobre el quehacer literario femenino en mi país, entendí que no podía iniciar un ensayo sobre este tema sin plantearme el papel del poder, poder de lo establecido, en referencia tanto al desarrollo actual, como futuro, de nuestra literatura, y muy en particular de nuestra poesía.

Las escritoras dominicanas hemos definido el poder, como poder patriarcal, un poder que abarca todos los ámbitos: político, educativo, económico, y cultural. Los ejemplos abundan y son de todas conocidos así que me limitare a hablar sobre cómo se refleja ese poder patriarcal en un aspecto que si nos afecta directamente y nos concierne: la crítica literaria.

Empero antes de adentrarme en lo estrictamente literario debo decir que las escritoras dominicanas tienen un glorioso historial de lucha contra el poder patriarcal en todos los ámbitos, siendo el más notable el político. Salome Ureña de Henríquez, reputada como nuestra poeta nacional y madre de la educación dominicana se hizo famosa por sus poemas patrióticos, con los cuales protestaba por la situación política que le tocara sufrir en carne propia. Solo para darles un ejemplo en su cortísima vida (nació en 1850 y murió en 1897, a los 47 años de edad) sufrió 31 cambios de gobierno, varios de una misma persona, (como los cinco de Buenaventura Báez, los tres del General Santana, y los cuatro de Ulises Heureaux, o Lilis), sin contar cincuenta alzamientos y revueltas.

¡Patria desventurada!
¿Qué anatema cayó sobre tu frente?
Levanta ya de tu indolencia extrema;
la hora sonó de redención suprema
y ¡ay si desmayas en la lid presente!

Esta resistencia política, que se tradujo también en una resistencia al sistema educativo imperante que excluía a las mujeres, y a los dictámenes de la iglesia católica, la condujo a batallar en múltiples frentes, entre ellos el amor cuya guerra también pierde, resquebrajándose su salud de manera inevitable.

Esa muerte inaugura el gran silencio y la gran soledad que ha caracterizado a las mujeres pensantes, a las escritoras y poetas dominicanas. Y nadie como la aeda Aída Cartagena Portalatin (1918-1944), para proclamarlo a los cuatro vientos:

UNA MUJER ESTÁ SOLA.
SOLA CON SU ESTATURA.
CON EL CORAZON ABIERTO.
CON LOS BRAZOS ABIERTOS.
CON EL CORAZON ABIERTO COMO UN SILENCIO ANCHO.
ESPERA EN LA DESESPERADA Y DESESPERANTE NOCHE
SIN PERDER LA ESPERANZA.
PIENSA QUE ESTA EN EL BAJEL ALMIRANTE
CON LA LUZ MÁS TRISTE DE LA CREACION.
YA IZO VELAS Y SE DEJA LLEVAR POR EL VIENTO DEL NORTE
EN FUGA ACELERADA ANTE LOS OJOS DEL AMOR.
UNA MUER ESTA SOLA.
SUJETANDO CON SUEÑOS SUS SUEÑOS
LOS SUEÑOS QUE LE RESTAN Y TODO EL CIELO DE ANTILLAS.
SERIA Y CALLADA FRENTE AL MUNDO QUE ES
UNA PIEDRA HUMANA,
MÓVIL, A LA DERIVA, PERDIDO EL SENTIDO
DE LA PALABRA PROPIA
DE SU PALABRA INÚTIL.

Un silencio y soledad que Aída enfrenta con su poema Estación en la Tierra, donde declara:

NO CREO QUE YO ESTÉ AQUÍ DE MÁS.
AQUÍ HACE FALTA UNA MUJER Y ESA MUJER SOY YO.

y que reafirma de espalda a todos los discursos, “definitivamente de frente a la verídica, sencilla y clara necesidad de ir a mi encuentro”.

Enfrentamiento, soledad, silencio, fundación de nuevas corrientes literarias y educativas fueron las armas con que combatieron Salome Ureña y Aída Cartagena, cada una abriéndose campo en los espacios posibles que permitía la pequeña y provincial ciudad de Santo Domingo, el gigantesco campo de concentración en que las distintas dictaduras habían convertido “la isla más hermosa que ojos vieran”, un pequeño paraíso de 42,000 kilómetros cuadrados que aun hoy insistimos en hacer desaparecer.

Completa esta trilogía de mujeres excepcionales, piedras fundacionales de la literatura escrita por mujeres en la República Dominicana, la poeta Carmen Natalia Martínez Bonilla (1900-1976). Su abierta disidencia contra la dictadura de Trujillo provoco no solo que no pudiera estudiar en la universidad, sino que tuviera que abandonar el país, junto con toda su familia, y radicarse en Puerto Rico, donde se da a conocer como poeta, teatrista y creadora de literatura infantil.

De Carmen Natalia heredamos algunos de los poemas más virulentos contra la dictadura:

El brazo se hizo plomo y te sembró la muerte
en la carne cobarde, en las duras pestañas.
la muerte que tú mismo te ganaste.
La que te fue rastreando, hora tras hora
pegada a tus talones como tu propia sombra.

Y el llanto más conmovedor por sus víctimas:

No hubo blancura igual a su blancura
Nardo, azucena, lirio…magnolia de su carne.
Carne hecha para el beso, fue pasto de las balas.
las Mirabal cayeron bajo el plomo cobarde.

Ayúdame a subirlas al pedestal de piedra
donde graba la historia los nombres de sus mártires.

Ayúdame a decir que cosa grande hicieron
estas mujeres cíclopes, estas mujeres Ángeles.

De regreso al país, una vez derrocada la dictadura trujillista, Carmen Natalia pasa a representarnos en la ONU, y como presidenta de la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM) transita de la poesía de protesta a las propuestas de capacitación y educación de las mujeres dirigentes y campesinas, ya que aunque la mujer de América (y estas son sus palabras) había obtenido sus derechos políticos, “esa lucha esta apenas iniciada y necesitaremos dedicar el máximo de nuestro esfuerzo, de nuestra capacidad intelectual, de nuestras reservas espirituales y de nuestro amor a esta obra reinvindicadora y de justicia para las mujeres de todo el mundo”.

No basta, decía, “reconocer los derechos políticos de la mujer, ni basta con capacitar a la mujer para que asuma con responsabilidad sus papel de ciudadana. Es necesario algo más. Es necesario derribar totalmente esa dura muralla que durante siglos se levanto frente a la mujer, negándole todas las oportunidades, cerrándole el camino hacia su emancipación, oponiéndose al amplio desarrollo de sus capacidades. Esa dura muralla fue edificada con una amalgama de prejuicios, hábitos, tradiciones, costumbres sin sentido alguno de justicia social, y si con un alto contenido de egoísmo. Durante siglos se ha negado a la mujer no solo sus derechos, sino el más simple reconocimiento a sus valores y capacidades. La historia está llena de injusticias atroces de las que todos, hombres y mujeres, debemos avergonzarnos como seres humanos. Pero nada haríamos con avergonzarnos, sino empezamos a rectificar, a reparar el daño, a corregir el error. Creo firmemente que lo estamos haciendo, pero falta mucho todavía”.

Salome, Aída y Carmen Natalia se enfrentaron a una noción de poder, el poder político, con repercusiones en el circulo inmediato de sus vidas, en sus aspiraciones educativas, en sus posibilidades de desarrollo intelectual, poético y profesional, y cada una lo combatió a su manera, pagando un precio excepcionalmente alto que no viene al caso discutir, porque no se trata esta ponencia sobre sus biografías particulares, sino sobre la mujer creadora frente al poder.

Este poder patriarcal en todas sus vertientes tenía entonces y siempre ha tenido otra manifestación aun más perniciosa para la literatura de las mujeres, y se expresaba (y expresa) en el ámbito de la crítica literaria.

Todos los prejuicios, limitaciones, obstáculos, encontraban, y encuentran, su expresión en sofisticados sofismas heredados del llamado pensamiento universal que eran y son parte del programa de formación básico de todo hombre y mujer de la llamada cultura universal. Sofismas que a su vez se convirtieron en la tabla de medir del decir femenino en todas sus vertientes.

Del enfrentamiento frontal, de la denuncia, las mujeres creadoras comenzaron a preocuparse por un poder menos evidente, para el cual no habían tenido tiempo, enfrascadas como estaban en ese ejercicio de ser “la mujer maravilla” que es una de nuestras grandes trampas. Comenzó a preocuparse no solo por la expresión de lo que quería decir (primera etapa de la creación femenina), o el cómo lo quería decir, sino por donde y como se encajaba su trabajo en esa gran producción espiritual de los pueblos que es su literatura nacional.

Los años 70 vieron surgir así una pléyade de creadoras, provenientes de la cantera del feminismo y el marxismo, que comenzaron a denunciar lo que llamaban “sexual politics”, o la política sexual, termino inventado por Kate Millet en el 70; a recuperar textos clásicos de mujeres que ya anunciaban esta preocupación, como El Despertar de Kate Chopin; o La Libreta Dorada de Doris Lessing (1962), o Las Guerrilleras de Monique Witting (1969), libros cuyo aporte fundamental fue atestiguar que las experiencias de las mujeres con la literatura eran diferentes a las de los hombres.

El poder reacciono ridiculizándonos. “la literatura, decían, es literatura, no tiene sexo, ni color, ni una cultura propia de la mujer. Hay hombres que describen mejor a una mujer que las mujeres mismas”. Lo peor fue que muchas mujeres, temerosas de perder el pequeñito espacio que le había otorgado el poder, eran las primeras en abanderarse contra las que andaban en otras búsquedas. Algo curioso, porque nadie había negado nunca la existencia de una estética negra, de la celebración de una conciencia negra en la literatura, pero les resultaba inconcebible en las mujeres, en sus estilos literarios y formas particulares de expresión, consonas con una socialización diferenciada del sexo masculino.

Poco falto para que a muchas de nosotras nos cayeran a “diccionarizasos”, ya que no podían lapidarnos, cortarnos las greñas o, como en la película La Letra Escarlata, ponernos una letra en la ropa que nos señalara como rebeldes, insolentes o atrevidas.

La adopción de las bases conceptuales de la crítica, desde los estructuralistas y su pasión por Saussure, los psicoanalistas leales a Freud y Lacan, o los marxistas y deconstruccionistas apasionados con Derrida, agrupo al sexo masculino, independientemente de las supuestas diferencias ideológicas que existían entre las corrientes literarias, porque todos compartían un origen común, su socialización como hombres desde el poder y para el poder.

Nosotras decíamos: somos eclécticas, enfocamos la vida desde la multiplicidad de nuestros roles, nos nutrimos de todas las fuentes, de la lectura de los textos femeninos, de los intercambios con teóricas feministas en otras disciplinas, especialmente la historia, la psicología y antropología, sin entender que estábamos disparando contra el corazón del poder, que desde el Génesis asume la forma de palabra de Dios, en el ámbito que sea, (EN ESTE CASO, EN EL LITERARIO), de inevitable decreto.

Y frente a nuestras búsquedas, nuestros cuestionamientos, nuestros desafíos, el poder reacciono como sabe reaccionar: sencillamente borrándonos del mapa cultural, en el caso de algunas; comprando la disidencia, con el éxito, la publicación, el viaje, en el caso de otras; cerrándonos las puertas en los pocos espacios disponibles.

¿Y nosotras?

Reaccionamos creando otra clase de poder. el de la guerrilla literaria, un poder que exige poner en juego toda nuestra creatividad, toda nuestra formación, toda nuestra paciencia, toda nuestra insolencia, toda nuestra capacidad de espera, toda nuestra confianza en nosotras mismas.

Así, si ganábamos un premio nacional en poesía y el ghetto literario se apresuraba en cerrar esa puerta, comenzábamos a escribir teatro, y si nos cerraban esa puerta, guiones de televisión, y si nos cerraban esa puerta, narrativa. Una guerra de inteligencia, creatividad y persistencia, contra los pequeños limites de los pequeñísimos países que nos ha tocado habitar.

¿Las claves para hacerlo? El humor, la paciencia, la impaciencia, la insolencia, la autoconfianza, y en algunos casos, si de concursos donde se puede concursar con un seudónimo se trata, el seudónimo masculino, la derrota del poder con sus propios medios, con su propia lengua.

¿Vale la pena?

Quizás no, pero ¿hemos de adoptar el sollozo como alternativa al poder? ¿El llanto de las Salomes, las Aídas, las Carmen Natalias? como proclama Aída Cartagena en su poema “Ahora que aun vivo”:

Desde hace tiempo mi vida ha comenzado
y no se basta a si
Y todos mis pensamientos están como en una celda
y hay algunos que llegan a creer quererme
Y están más cerca de mí a cada hora.
pero oídme, no me avergüenzo y quiero
ser procesada para poder revelarlos:
son ellos mis hechos o mi conciencia.
hasta ahora los llevo con la cara sonreída,
Con la cara tonta de los que se contentan
Con la rutina de esta estación de transito.
Más, yo no soy esta cara,
Ni quiero felicidad común,
Ni estoy hecha para el festín de los profanos.
He descubierto mis propios pensamientos
y he buscado en ellos, y no he encontrado
nada de muelle, ni eso que es la concordia
o la conciliación con la conformidad.
todos los ídolos míos, los he alimentado
con materiales de paciencia, de amor y de belleza
han crecido conmigo
y ya se avejentan con la mordaza de los tímidos.

…

Me siento en mi anegada como un mar
de aquello que me ha hecho su única
habitación,
De aquello que me ha hecho para el canto
y me ha ofrecido el orden que destruye
ex-profeso.

No quiero otra memoria, ni la razón ajena,
ni la grandeza de alcanzar
las cosas que reposan para otros.
que cada “yo” posea lo que espera
con la esperanza de las verdades difíciles
Y el venturoso fracaso de las consolaciones.

También yo soy ciertamente una mujer
con todos sus momentos, y si no fuese así
me sentiría hervir a voluntad ajena.
Como era soy, y tomo del mal lo que me llega,
y rompo la difícil puerta para entrar al calabozo
de las grandes virtudes.

Sin resistencias esta celda se abre
y salgo con la voz que nació suficiente
para inventar la biografía del sueño.

Sin resistencia esta celda se abre
y salgo con mi voz y el tumulto de mis muertos.
Sabed que nadie tiene culpa de que no sea
lo feliz que intente serlo,
ni de que este ahora desesperadamente bastada
y asida a mis sollozos.

Chiqui Vicioso nació en Santo Domingo, República Dominicana, el 21 de junio de 1948. Licenciada en Sociología e Historia de América Latina por el Brooklyn College de Nueva York, Maestría en Educación por la Universidad de Columbia y Postgrado en Administración Cultural por la Fundación Getulio Vargas (Brasil). Ha sido reconocida con el galardón Anacaona de Oro en Literatura y la Medalla de Oro al Mérito a la Mujer en 1992. Obra: Viaje desde el agua, 1981; Un extraño ulular traía el viento, 1985; Volver a vivir: imágenes de Nicaragua, 1986; Julia de Burgos, 1987; Algo que decir: ensayos sobre literatura femenina -1981-1991, 1991; Internamiento, 1992; Salomé Ureña de Henríquez (1850-1897): A cien años de magisterio, 1997. Es autora de las obras de teatro: Wish-ky Sour, Premio Nacional de Teatro 1996; Salomé U: cartas a una ausencia; Desvelos (diálogo entre Emily Dickinson y Salomé Ureña); Perrerías, y NUYOR/islas. “… Chiqui Vicioso ha logrado un impacto significativo en la literatura y cultura dominicana en las últimas tres décadas. Organizó el primer Círculo de Mujeres Poetas ahora llamado Círculo de Mujeres Creadoras, abarcando cada vez más mujeres. Durante muchos años vivió en los Estados Unidos y en sus primeros escritos se percibe la huella de su formación en Norteamérica, sobre todo en el empleo muy personal de la lengua castellana. Desde su regreso a Santo Domingo, a principios de los ochenta, ha sido incansable en su búsqueda de sus raíces y de una voz poética personal que la distinga entre el conjunto de mujeres de su generación. Su primer libro, Viaje desde el agua, publicado en 1981, la estableció como una voz para ser escuchada en la República Dominicana. Sherezade, la de los mil cuentos y las mil formas, ha sido otorgada una nueva vida en el esplendor y la desesperación de las islas, vividos y cantados por una mulata Sherezade del Trópico, levantándose del borde del mar y de la memoria, para celebrar nuestra hibridación cruda y nuestro antiguo y siempre presente legado…” (Daisy Cocco De Filippis, Autora, Desde la diáspora/ New York, 2005).

Última actualización: 04/07/2018