Festival Internacional de Poesía de Medellín

 

 

La poesía: mucho más que versos

Por José Zuleta Ortiz
Intervención en la XII Escuela de Poesía de Medellín

Al emprender una indagación sobre la poesía, es necesario pensar sobre su singular modo de habitar nuestra vida. Para ello será pertinente lanzar un vistazo sobre lo que es nuestro mundo y comprobar cómo nos hemos perdido al alejaros de ella.

El desarrollo de la humanidad y la formación educativa que se nos ha procurado durante los últimos siglos y que hoy se imparte a los niños y a los jóvenes, está cimentada sobre discursos lógicos. Somos hijos de la quántica, de la demostración lógica, del discurso de la ciencia. El concepto de “progreso” al cual obedecemos y acatamos y en el que ponemos más fe que corazón, proviene, en gran parte la capacidad de intervenir la naturaleza a partir de conocimientos y técnicas que permiten a la especie humana modificar, trasformar y dar diversos usos a los elementos naturales que nos rodean.

Esa intervención sistemática y acumulada ha exigido muchos siglos de experimentación, de ensayo y error, de cálculo y verificación, y ha producido un ser pragmático y lógico, un ser formado en la racionalidad científica, que avanza en la dirección unilateral y a veces arbitraria de la tecnología, en la búsqueda de mejores resultados prácticos; mayor velocidad, menor esfuerzo, mayor cantidad, menor costo.

En ese frenesí de la ciencia y el comercio ha ido surgiendo un mundo, un sistema de sociedades dónde los rasgos culturales de los pueblos se desdibujan y dónde todos nos aplicamos a la tarea pragmática y obediente de los resultados.

La gran montaña rusa que es la vida moderna toma a los niños y los sube a un aparato del que casi ninguno puede escapar. Desde muy jóvenes ya sabemos lo que hay que hacer: tener, ser propietarios es la misión a que nos lanza la lógica del capital y es la ideología y el credo que pregonan los comerciantes. Y allí, en la búsqueda de ese espejismo, nos atamos a la cadena perpetua e invisible del crédito. Obedeciendo a los estereotipos de belleza, de bienestar, de poder, de éxito, de reconocimiento y de ascenso, hipotecamos la potencia de la juventud y la vida toda, al sistema financiero.

La diversidad humana se desvanece ante la uniforme y aplastante globalización del capital y su lógica de vértigo, razón, cifras y utilidades. Sin embargo el éxito de la ciencia y el frenesí de la tecnología no producen sociedades felices. El aspecto más tiranizado de la vida en este tiempo, es el tiempo mismo. La tecnología crea posibilidades reales de ejecutar más rápida y eficazmente muchas tareas prácticas, en esa perspectiva logró remplazar el trabajo de millones de personas y por consiguiente contribuye fundamentalmente a proporcionar más utilidades a los industriales y empresarios y las renovaciones tecnológicas producen cada año millones de nuevos desempleados. Cabe preguntarse si no sería más humano que la tecnología en cambio de suprimir puestos de trabajo otorgara más tiempo libre a los trabajadores. Imaginemos una sociedad donde gracias a la tecnología trabajemos solo tres días de la semana. O un mundo en el cual las monstruosas inversiones que se hacen hoy en tecnología de guerra o de defensa, se destinaran a encontrar alternativas energéticas limpias para proteger el planeta.

La ciencia y la tecnología son bienes de la humanidad que podrían ser instrumentos de libertad, de gozo, de bienestar, pero en la actualidad son herramientas para dominar, para destruir, y sobre todo para crear consumidores. Este tiempo es el tiempo de las nuevas religiones, de las nuevas creencias y si en algo confía ciegamente el planeta hoy es en la tecnología. El Internet da la sensación de certidumbre de verdad, pero mucha de la información que circula en la red es falsa, o es publicidad, que es otra forma de la simulación y de la falsedad. Pero lo más grave es que los consumidores de Internet creen ciegamente en ella. Se ha construido un mundo paralelo y brutalmente adictivo: el mundo virtual. Hay quienes dicen que el que no está en Internet no existe. Eso es una afirmación tiránica y una nueva manera de excluir, porque se excluye al que no consume y la Internet es una gran vitrina y en ultimas una monstruosa caja registradora.

Creeríamos que los juguetes tecnológicos a que podemos acceder nos proporcionarán más tiempo libre, más tiempo para el ocio y la felicidad. Pero es todo lo contrario: Ahora debemos hacer muchas más cosas al mismo tiempo, y no nos podemos permitir un instante para mirar las estrellas, para sentir las pausas del día instalados en el viento, para conversar en un parque con los amigos. Ahora hasta los amigos los podemos hacer con tecnología, mientras trabajamos para pagar las cuotas de los créditos con que compramos tecnología.

Ayer escuché que estaba en marcha una marcha virtual a la que se habían sumado ya 200.000 personas que marchaban para pedir cadena perpetua a los violadores y abusadores de niños y en esa marcha nadie dio un solo paso, nadie esgrimió un solo argumento, nadie vio las hojas de los árboles rodando por la calle.

Cada día sabemos de amores y de vidas que ocurren en la red; amores sin tacto y sin olor, sin caricias, amores sin aliento. Hay miles de novios y novias que se bajan a cada instante de Internet. . Cada vez es menos necesario ver a otra persona o visitar a la familia. Ya es posible viajar a cualquier lugar del mundo de manera virtual. Podemos en pocos segundos estar en la casa de Pablo Neruda en isla negra sin haber leído siquiera aquel verso desesperado que dice: puedo escribir los versos más tristes esta noche, verso que, como están las cosas de la tecnología, no necesita un amigo o un librero que lo recomiende: solo tienes que digitar seis letras en un buscador y ya estará en tu pantalla y puedes, si no tienes tiempo, si no puedes aguardar a la noche, ver en la misma pantalla, como tiritan azules los astros a lo lejos.

Creemos pues en la tecnología, asociamos esa palabra con bienestar, con eficacia, con éxito. Venimos de muchos siglos de religión quántica, de progreso asociado a la productividad de las máquinas y de los seres humanos como operarios de esas máquinas. Hemos llegado a un punto en el cual la belleza humana es posible por medio de la tecnología. Y lo más inquietante del asunto es que es la tecnología la que nos dicta qué es belleza y que no.

Si alguien desea mejorarse respecto de los patrones de belleza establecidos, sólo tiene que acudir a la tecnología y si no tiene los recursos para hacerlo, el sistema financiero le puede otorgar un crédito automático para ser bellos, y si no califica para el crédito estará condenado a la fealdad, que es como estar condenado al destierro, a la vergüenza y a la soledad.

Pero en medio del imperio de la técnica y de las utilidades, en el apogeo del la cibernética y su democratización, prevalece una sociedad deprimente, una abúlica y descreída masa humana que marcha hipnotizada hacia felicidades artificiales dictadas por los medios de comunicación y asociadas al consumo que proporcionará el crédito financiero, al cual se accede mediante una auto condena a cadena perpetua.

El hombre moderno a perdido su singularidad, así como los atunes viven en cardúmenes, los gansos salvajes en bandadas, las ovejas en rebaños y las abejas en colonias; la especie humana vive y se aglomera en las ciudades y los poblados, y de la misma manera que las otras especies: marcha y actúa obedeciendo pasivamente a los líderes de las manadas sin pensar ni oponerse, así la orden sea precipitarse al abismo.

Esas órdenes en nuestra sociedad son, en gran parte, impartidas por los medios de comunicación. La moda, los gustos, las opiniones, son construidas por los medios y nos alientan a llevar unas vidas en las cuales el consumo es el eje de la existencia.

El artista es alguien que escapó del cardumen, el ave solitaria que vuela a contrapluma, la abeja que se quedó libando y no regresó a la colmena.

La poesía y todo arte tienen el carácter y el privilegio de la singularidad. Por ello el arte no se suma a ninguna causa, el poeta hace de su indagación su propia causa.

La poesía es un bien que nos habla de lo esencial, y que no se adhiere a la marcha de la muchedumbre, porque la libertad es su única divisa.

En el serpentín de felicidad que nos ofrece el mercado hay algo que no pueden explicar los discursos, ni las disciplinas de la razón y la lógica, algo simple y cotidiano: la realidad, los lenguajes de la razón no consiguen decir sobre lo más profundo de los seres, no explican el mundo de las sensaciones ni el de los sentimientos, y no dicen sobre asuntos que nos conciernen a todos, como la casualidad, o la alegría, no alcanzan a entender el azar, y mucho menos la belleza, o lo que producen en nosotros la música, la luz de las estrellas, la risa de los hijos, la canción del agua.

Parece que para lo realmente importante la poesía es más poderosa que la ciencia, que la técnica, y que la lógica quántica. El ser humano parece alejarse cada vez más de si mismo. La ingeniería molecular, la lógica pura, el cálculo infinitesimal, la cibernética poco tienen que decir sobre el milagro del amor de dos muchachos, y menos aún, sobre la felicidad de unos ojos al ser alcanzados por la luz de otros ojos.

El amor parece haber pasado de moda, la amistad también, nuestras relaciones humanas están cimentadas sobre intereses pragmáticos. Cada vez somos menos solidarios, menos singulares, más utilitaristas y uniformes. Sentimos desdén y apatía por todo lo que no produzca utilidad, la velocidad se apoderó de nosotros y en ella no hay pausa, comenzamos a actuar al ritmo de los megas de los gigas y soportamos una poderosa revolución del tiempo. Si bien somos tiempo y la vida es un poco de tiempo que se nos ha concedido para estar aquí y además es una cantidad de tiempo cuya duración no conocemos previamente. A pesar de la tecnología y de la ciencia, no sabemos cuándo se agotará la dadiva de nuestra vida. Lo que hacemos con el tiempo en las grandes ciudades y en la vida moderna es venderlo, alquilarlo, para poder vivir.

La velocidad que permite la tecnología imprime el ritmo y crea un estilo, una forma de relación con el tiempo, esa relación vertiginosa y simultánea conduce, obliga, a la superficialidad. He oído a la salida del cine decir: “que película tan lenta”. En los colegios la palabra lento es un insulto. Es una forma de afirmar que la velocidad es mejor que la lentitud. Tal vez sea una consecuencia de los miles de años en los que la especie humana ha estado trabajando por ser más productiva, por ir más rápido, por ganar más, en menos tiempo.

De esta manera se construyó un culto al frenesí de la velocidad, somos serviles con las máquinas. Nos han domesticado los electrodomésticos, no podemos decir que paren el carro de la velocidad para bajamos, porque queremos saber adónde y contra qué nos estrellaremos. En el arte y en la poesía, es la lentitud la que proporciona la profundidad. Quién se detiene, es aquel que puede ver, olfatear, sentir, saborear, y tener la felicidad de comprender, de penetrar en la esencia del mundo que nos rodea.

Aventuremos decir que a la poesía le ha sido dada otra indagación del mundo. Que fuimos formados para ser eficaces y productivos y ello nos aleja de la poesía y en esa medida nos alejamos de nosotros mismos. Que vivimos en un mundo donde la poesía no es útil, donde los poetas somos extraterrestres porque nos detenemos donde ya nadie se detiene, porque somos lentos y podemos saborear lo que otros engullen velozmente.

La poesía riñe con lo evidente, evita lugares comunes, indaga, no explica, pregunta no responde, está muy lejos de lo ideológico, no se pone al servicio de ninguna causa. Como dijimos: ella misma crea su causa. No obedece a lo moral: no argumenta desde lo moral. La poesía se diferencia de la prosa en la eficacia, en la condensación, en la economía, y en la música, en la libertad.

Al poeta le ha sido dado un instrumento poderoso, por ello descree de otros poderes. Apoyado en la libertad y la verdad de la poesía, el poeta construye una mirada, busca un tono, Inventa un mundo a partir del que le ha sido dado. En ese sentido la aventura del poeta es la aventura del creador, el poeta es un creador descreído. Un reconstructor del mundo en que vive, un intérprete, un crítico que se expresa no a través de la crítica, si no a partir de la acción de crear.

El poeta combate, busca y reconstruye con el lenguaje, que es la más poderosa de las armas, y así funda su lugar en la tierra. A pesar de los avances de la civilización y de la eficacia de la ciencia y de la técnica, el malestar de las sociedades modernas es evidente. Nos hemos alejado de la naturaleza y parece que ya olvidamos nuestro origen.

En esa relación inicial del hombre primitivo con la naturaleza, en la búsqueda de los primeros senderos, se fraguaron los cantos, los ritos, el habla y nació la imaginación, con ella, la magia, los mitos, en esa ritualidad se estaba construyendo una relación con los elementos de la naturaleza, una comunión con los causantes de la vida.

El poeta como el navegante debe errar, perderse, quedar a la deriva, encallar, naufragar, reír de sí mismo, volver a intentarlo, no creer que lo que siente es suficiente. Debe penetrar en la esencia de las cosas, de la experiencia y asir los cometas por la cola.

La poesía ofrece infinitas rutas, naves, y puertos, pero cada poeta debe realizar un viaje único: su viaje, proponer, de acuerdo a su particular lectura de mundo, un camino una manera. La poesía y el arte son la posibilidad de una utopía posible, el artista puede ser el guía para encontrar una vida a contrapelo de la absurda y mayoritaria voz de los negocios, que no es otra que la que llama al hombre a la guerra.

Tal vez la poesía de luces sobre mundos y modos posibles de habitar la tierra. Tal vez al ser humano se le otorgó la poesía como un candil para alumbrar los períodos más penumbrosos de su viaje por la vida. Tal vez sea la poesía la lumbre que nos mostrará el camino de regreso hacia nosotros mismos.

Hace años
Las ardillas viajaban
De la costa atlántica
A la costa pacífica,
De rama en rama
Sin bajar al suelo.
Era cuando los árboles
Estaban tomados de las manos
Jugando a la ronda de los bosques.

José Zuleta nació en Bogotá en 1960. Director de la Fundación Estanislao Zuleta 1992 – 2008. Dirige el Centro Literario “Voz Alta.” 2005 -2008. Director de la Revista de Poesía Clave. 2004-2008. Coordinador de la agenda literaria de la Biblioteca Departamental del Valle. Orienta el programa Libertad Bajo Palabra en Las cáceles de Cali. Es editor independiente y gestor cultural. Distinciones: Ganador del Primer premio nacional de poesía “Carlos Héctor Trejos”, Riosucio Caldas 2002, con el libro Las Alas del Súbdito. Premio Nacional de Poesía “Descanse en Paz la Guerra” con la obra Música para Desplazados, convocado por la Casa de Poesía Silva, 2003. Segundo Premio Internacional de poesía Convocado por la Universidad De San Buenaventura, con el libro Las Manos de La Noche, 2007. Otros libros suyos: La línea de menta, 2005; Mirar otro mar, 2006 y La sonrisa trocada, cuentos, 2008. En palabras de Elkin Restrepo, “…A José Zuleta se le ha permitido hacer propia la magia natural de las cosas, sin artificios, ni retóricas intelectuales, que es lo que suele suceder entre nosotros. A sus poemas, claros, sensuales, espléndidos, aferrados a pequeños rituales y percepciones repentinas para repetirse a uno mismo como una oración, los mueve la gracia de quien confía a los sentidos y al poder de la belleza inmediata toda indagación en el mundo".

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