English

Margaret Randall: Más allá de la poesía

 

 

Margaret Randall: Más allá de la poesía

Por Ximena Bustamante
La Jornada semanal

Poeta, feminista, traductora, ensayista y fotógrafa incansable, autora de más de ciento veinte libros, hoy día en nuestro continente quedan pocas voces que, como Margaret Randall, puedan preciarse de haber sido a un tiempo testigos y protagonistas de los principales movimientos artísticos y culturales de la segunda mitad del siglo xx. Contemporánea de los poetas beat, en la década de los sesenta, abandonó su natal Nueva York para radicar en México donde, con Sergio Mondragón, dio vida a la revista bilingüe El Corno Emplumado, la cual se convertiría en uno de los hitos literarios de América. En entrevista durante su última visita a nuestro país, habla sobre las posibilidades de transformación social que hay en la poesía, y reflexiona acerca de las lecciones que las luchas artísticas y políticas de aquellos años pueden brindar a las nuevas generaciones.

– En varias ocasiones has afirmado que las grandes virtudes que tenían tú y Sergio Mondragón cuando crearon El Corno Emplumado, eran también sus grandes defectos: la juventud y la inocencia. Necesitaban creer que era posible cambiar el mundo a través de la poesía. ¿Ahora ya no crees que eso sea posible?

–Creo que la inocencia de aquellos años residía en que pensábamos que realmente la poesía, es decir un poema, iba a poder cambiar el mundo. Eso sí que ya no lo creo. La poesía es tantas cosas, es algo grande que va mucho más allá que un poema o varios poemas, que un poeta o grupo de poetas. Entendiendo el término más ampliamente, creo que sí puede cambiar el mundo porque ¿qué es la poesía?, es creer en la vida y no en la muerte, es trabajar por una justicia más amplia. Ahora veo a la poesía como todas estas cosas. Por ejemplo, luchar en Estados Unidos por la educación pública que está siendo destruida por este gobierno a propósito, eso es poesía para mí, no es un poema, pero es quizás una manera de hablar de política más ampliamente, sin encasillarla en partidos y movimientos. No lo veíamos así en aquél entonces porque no sabíamos lo suficiente, éramos muy jóvenes e inocentes.

–Al ver hacia atrás, uno se sorprende con toda la efervescencia política, artística y cultural que caracterizó a la década de los sesenta: el movimiento del que fuiste parte, Nueva Solidaridad, el feminismo, la lucha por los derechos civiles, los movimientos estudiantiles. Entonces surge la pregunta, ¿qué pasó? ¿Cómo de repente nos encontramos en un mundo que tú misma has calificado como más inseguro que en el que te tocó vivir?

–Creo que en aquellos años estábamos todos muy compartimentalizados, uno era feminista, luchador por los derechos humanos, guerrillero, estudiante en el '68 aquí, luchando por la autonomía universitaria. Cada quién estaba en su frente de lucha o simplemente en su lugar, porque mucha gente no luchaba, simplemente era. Conforme voy envejeciendo, presto mucho menos atención a esas luchas como cosas separadas; entiendo que la respuesta tiene que ser en cómo se liga todo. Creo que en esto el enemigo ha sido mucho más eficaz que nosotros, porque ha tenido una visión más global de las cosas. Tenemos que globalizarnos, no en el sentido que suele darse a “la globalización”, pues sabemos lo que quiere decir, sino en la capacidad de ligar el feminismo con el antiracismo, la ecología, la lucha contra la homofobia, contra la guerra en Irak. Hoy el reto no es tanto ponernos aquí o allá, sino encontrar la manera de integrar todas las luchas, de modo que cada uno de nosotros realmente sienta que, desde el lugar donde estemos parados, somos parte de un mismo esfuerzo, así seamos mecánicos, maestros, soldados. Uno piensa, por ejemplo, que los soldados no pueden estar en esa lucha porque están siendo utilizados para la otra, pero vemos cómo en Israel ahora hay más de mil soldados en la cárcel porque se han negado a luchar en los territorios palestinos. Entonces, desde donde estés puedes contribuir a un mundo mejor, en incrementos pequeñísimos y grandes, creo que esa es la conciencia que debemos tener hoy. Una de las cosas que nos dañó mucho en mi generación era el sectarismo, las luchas intestinas. Esa creo que debe ser nuestra gran lección; buscar los puntos de encuentro, como decían los vietnamitas tan sabiamente, hace tantos años, y poco a poco crear desde ahí.

–Algunos jóvenes nos sentimos desencantados al pensar que, a pesar de la vitalidad que tuvo la generación de los años sesenta –la cual parece no existir en la nuestra–, el mundo se convirtió en esto. Quizás ya no podemos tener tanta ingenuidad o inocencia como ustedes. Entonces, ¿cómo lanzar la lucha globalizada de la que hablas?

–Aprender de nuestros errores. Nosotros les dejamos a ustedes un mundo hecho trizas, es una cosa bien triste para mí. Tengo un hijo de cuarenta y seis años que un día me dijo: “Mami, lo único que nos queda es que nuestros hijos aprendan de nuestros errores, porque hemos fracasado completamente.” Yo miro a su generación por sus nuevas ideas, nuevas modalidades de lucha. Quizás espero demasiado de ustedes, cada generación tiene sus aciertos y sus fracasos, pero también creo que hay un peligro en todo esto, uno tiene que ser realista y no reinventar la rueda en cada generación, tienen que aprender de nosotros. Existe el peligro de deprimirnos demasiado porque es un momento en que, a pesar de López Obrador, de Venezuela, de Evo Morales, las pequeñas luces que tenemos, estamos en un mundo difícil en el que quien tiene el poder es Bush, no hay otra manera de decirlo, y no es una cuestión política nada más, invade la poesía, el arte, la educación. Corremos el riesgo de suicidarnos en masa, lo digo metafóricamente, porque uno puede decir: ¿cómo hemos llegado a esto y qué hacemos? Veo la posibilidad real de la desaparición de la especie humana, frente a eso, hay que tratar de ser positivos, sin ser idiotas, sin ser inocentes. Quiero creer que hay esperanza.

Última actualización: 04/07/2018