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Jorge Zalamea: poesía y paz

 

 

Jorge Zalamea: poesía y paz

Por Ricardo Sánchez Ángel
(Espacio Crítico)

Hace tres años se conmemoró el centenario del gran escritor y poeta colombiano Jorge Zalamea Borda, quien gozó de una audiencia internacional y nacional de gran significado.

La estética poética en la obra literaria de Zalamea descansa sobre los cánones de lo que denomina, poesía al aire libre, para que se lea en las plazas convocando las audiencias populares. Poesía ceremonial de aparato, tributaria de lo teatral y a medio camino entre el relato novelístico y la épica, como en los ejemplos de sus obras La metamorfosis de su excelencia (1942) y El Gran Burundún Burundá (1952). Obras donde el autor crea un arquetipo del tirano que nutriéndose de las realidades colombianas alcanza la universalidad para América latina y otros continentes. Es una genial sátira la del Burundún, personaje esperpéntico al igual que su séquito de servidores y usufructuarios del poder. Constituye un paradigma de la literatura testimonial en el más elaborado lenguaje poético. Lenguaje barroco para un personaje barroco y hasta gótico, tejiendo simbólicamente a través de la creación poética con las prosaicas realidades, las dictaduras del continente.

La acogida de numerosas traducciones y las ilustraciones de connotados artistas -Fernando Botero y Hernán Díaz- señala la repercusión de la obra. Otros destacados ilustradores de sus obras son Giorgio de Chirico, Fernando Martínez Sanabria y Antonio Rodríguez Luna.

El sueño de las escalinatas (1964) constituye una obra que el autor leyó ante vastas audiencias en el teatro Colón de Bogotá y varios de los teatros municipales del país, al igual que en universidades, colegios, bibliotecas, galerías y cuanto escenario público le brindó la oportunidad. Fue acompañado de una grabación donde el poeta lee con su voz majestuosa, el largo poema social y político. Un canto a la indignación contra las miserias y las desdichas de los náufragos del mundo y de la historia que está en la memoria de miles de compatriotas y latinoamericanos. Contribuyendo a la formación sentimental de las juventudes, alimentando el amor y la rebeldía. Expresión lograda de su canon estético de la consolación poética.

El sentido moderno de Jorge Zalamea lo llevó al estudio y descubrimiento de las culturas más extrañas y lejanas a la par que cultivó como nadie en estos lares su conocimiento de los clásicos a quienes leía en sus idiomas. Ejerció con maestría el arte de la traducción, logrando versiones de exquisita belleza como la realizada sobre la obra poética de Saint-John Perse.

La actividad de crítico literario y cultural de alto vuelo la ejerció siempre y de manera sistemática. De 1941 data La vida maravillosa de los libros. Ensayos de crítica literaria. Del mismo año Nueve artistas colombianos. Crítica de arte con numerosas ilustraciones e Introducción al arte antiguo. En 1949 publica con luminosa semblanza realizada por su amigo y antagonista político Juan Lozano y Lozano Minerva en la rueca. Ensayos literarios. Y libros como La poesía ignorada y olvidada (Premio Casa de las Américas 1965) y Erótica y Poética del siglo XX (1992), rescatado gracias a la labor de su alumno, el crítico Carlos Vásquez Zawadzki. Don Jorge Zalamea incursionó en el teatro con dos obras meritorias, El regreso de Eva (1927), El rapto de las sabinas y El Hostal de Belén (1941).

Como analista de la realidad colombiana hizo pesquisa sociológica en la monografía El departamento de Nariño (1936), que el sociólogo Gonzalo Cataño ubica como obra pionera y como parte de lo mejor de la producción sociológica del país, en la tradición de la disciplina. [1]

Jorge Zalamea pertenece a la generación de los Nuevos con grandes intelectuales y hombres públicos como Luis Tejada, Ricardo Rendón, Germán Arciniegas y Alberto Lleras. Este último nos ha dado una evocación magnífica, en sus Memorias, del papel superior de Zalamea entre sus compañeros de generación. Fue amigo íntimo de Federico García Lorca y se emparentó con la generación del 27 y la República Española, que junto con la Revolución Mexicana fueron decisivas en su ideario cultural y político. Participó en la legendaria revista Crítica, fue secretario de redacción de El Tiempo, colaborador de la Nueva Prensa y de numerosas revistas en el continente.

Zalamea vivió largos períodos de ostracismo y censura en Colombia por ejercer con lealtad insobornable sus ideas a favor de las libertades y cultivar su pasión por la suerte de los explotados y marginados sociales. Era un combatiente de la inteligencia y un convencido del humanismo y la lucha por la educación laica, la cultura en todas sus manifestaciones. Fue uno de los protagonistas centrales de la república liberal del presidente López Pumarejo. Figura de manera destacada en el Comité Mundial por la Paz, dada su convicción de oponerse a la amenaza contra la paz como constante ejercicio de la guerra, lo que le mereció el premio Lenin de la paz. Escribió esta síntesis:

Esta evasión silogística de la muerte, de nada nos sirve a los hombres del siglo XX que hemos tenido el tenebroso privilegio de asistir a dos guerras mundiales, a la guerra civil de España, a los genocidios hitlerianos, a la destrucción de Hiroshima y Nagasaki por la bomba atómica, a la abominable guerra del Viet-Nam y a las múltiples consecuencias locales que, engendradas por tan grandes crímenes, nos salpican de sangre y nos contagian de lepra.

Para nosotros, la muerte ha sido una presencia constante, obsesionante. Y lo ha sido en sus formas más sucias, más impúdicas, más monstruosas. Los hombres de mi generación estamos como untados de muerte de caer sobre la tierra durante todos los años del siglo.

Necesariamente, los mayores poetas de nuestro tiempo han dejado testimonio del crimen. Se necesitarían millares de páginas para recopilar la poesía nacida de las salvajes hecatombes. [2]

En la misma obra realizará el repaso inevitablemente incompleto de las numerosas guerras en las siete primeras décadas del siglo XX. Una por año como mínimo. Hoy sabemos que esta constante, la humana conditio, preservará su horrenda existencia.

En Colombia denunció la violencia, participó en la rebelión popular del 9 de abril en reacción por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y fue en compañía de Gerardo Molina, Adán Arriaga Andrade y Diego Montaña miembro de la efímera junta revolucionaria disuelta en la hoguera de los acontecimientos.

Militó en la causa de la paz con ardentía, encabezando en Colombia y América Latina la solidaridad con el pueblo vietnamita, víctima de la agresión norteamericana. Gracias a él conocemos una antología: Poemas de un pueblo martirizado. Las aguas vivas del Viet-Nam. (Bogotá 1967) con un estupendo prólogo sobre el papel de la poesía y el arte en la liberación de los pueblos, el valor de la solidaridad internacional y la dignidad, heroísmo y grandeza de los vietnamitas, cuyos poetas no expresan odio por sus verdugos sino un intenso amor por su patria. La poesía de su cosecha incluye los poemas El viento del este. Un día entre los días.

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Notas

[1] Cataño, Gonzalo. Crítica sociológica y otros ensayos. Bogotá: Universidad Externado, 2000.
[2] Zalamea, Jorge. Erótica y poética del siglo XX. Cali: Centro editorial Universidad del Valle, 1992, p. 95.

Última actualización: 04/07/2018